Mi socio nunca supo lo que pasó en ese garaje
Lo cuento porque necesito sacármelo de encima, no porque esté orgulloso. Daniela llevaba una semana metida en mi cabeza, desde que cerramos el plan en voz baja, junto a la máquina de café, con su marido a tres metros revisando facturas. Ella en una clase de pilates que no existía. Mi mujer en su cursillo de los jueves. Y nosotros dos, por fin, con una hora libre por delante. Tal vez dos.
—¿A las nueve y media te viene bien? —me había preguntado, fingiendo que hablaba de unos papeles.
El detalle perfecto fue suyo. Delante de Aníbal soltó por teléfono que pasaría a dejar unos documentos y, ya que estaba, a pagar parte de los honorarios. Su marido, mi socio desde hacía seis años, dijo que era un poco tarde para molestarme, pero que muy amable, que mil gracias.
Si supieras lo que pienso hacerle a tu mujer no sé si me darías las gracias. Si supieras que llevo seis meses imaginándome a Daniela con la boca abierta alrededor de mi polla, con las tetas al aire encima de la mesa donde firmamos tus contratos, con el coño empapado de tanto pensar en mí, tal vez no me llamarías socio.
Desde las nueve no despegué los ojos del reloj. A las nueve y media en punto sonó el timbre de la oficina. Abrí, ella entró, y antes de cerrar la puerta ya nos estábamos besando contra la pared del recibidor. Un beso largo, de los que llevan demasiado tiempo aplazados, con lengua desde el primer segundo, sin ese tanteo educado de los besos de estreno. Le rodeé la cintura, subí las manos hasta el sujetador, se lo apreté por encima de la camiseta y noté cómo los pezones ya se le habían puesto duros. Ella se rió contra mi boca.
—Qué malo es usted —susurró, como si todavía nos tratáramos de usted.
Tuvimos cinco minutos. Cinco. Los suficientes para calentarnos hasta un punto del que ya no se vuelve fácil. Le metí la mano por debajo de la camiseta, le subí el sujetador de un tirón y le pellizqué un pezón entre los dedos. Ella echó la cabeza hacia atrás, se le escapó un jadeo que rebotó en el pasillo vacío, y me buscó la mano libre para llevársela entre las piernas, por encima del pantalón. Estaba caliente incluso a través de la tela. Justo entonces unos golpes secos en una puerta del pasillo nos congelaron en el sitio.
No era nuestra puerta. Era el vecino de al lado, que entraba a su despacho. Pero el susto fue real, esa mala conciencia que te sube por la nuca cuando sabes que no deberías estar haciendo lo que haces.
—Tranquila —le dije—. No es aquí.
Volvimos a lo nuestro con más risas que prisa. Ella, animada, me puso la mano sobre el pantalón y sonrió al notar cómo la tenía, dura y marcada a lo largo de la pierna. Me la apretó por encima de la tela, me la recorrió con dos dedos de arriba a abajo, y soltó un «madre mía» en voz baja que me puso la polla todavía más tiesa. Parecíamos dos críos escondidos en el sótano del colegio, sobándonos a oscuras con el oído atento a cada ruido, salvo que yo ya le había metido la mano por dentro del pantalón, buscando el borde de las bragas, y ella ya me estaba desabrochando el cinturón sin dejar de reírse.
Y entonces sonó su teléfono.
—Mamá, ¿cuándo vienes? —se oyó al otro lado.
Su hijo. Daniela cerró los ojos, puso cara de resignación y me apartó la mano con suavidad, sacándomela del pantalón con un cuidado que era casi una promesa.
—Lo dejamos para otro día —dijo, ya colocándose la ropa, ajustándose el sujetador por debajo de la camiseta con dos gestos rápidos.
La acompañé al ascensor. Y ahí, en el descansillo, mientras esperábamos, se me ocurrió la idea. Una mala idea, de esas que no se piensan con la cabeza.
—Espera. Te enseño dónde está mi plaza en el garaje. Así el próximo día aparcas abajo y subes directa, sin dar vueltas.
Mentira, claro. Lo que quería era robar un par de minutos más, lejos de oídos ajenos. No se me iba de la cabeza el tacto de su piel, el peso de su cuerpo contra el mío, ni el calor que le había notado entre las piernas por encima del pantalón. Después de seis meses esquivándonos la mirada en cada reunión, la idea de despedirme con un apretón de manos me parecía una broma cruel.
***
El garaje del edificio tiene una zona muerta, un recodo detrás de la rampa donde la luz automática tarda en llegar y se apaga enseguida si nadie se mueve. Un pasillo estrecho, un cuartito de contadores, unas escaleras que salen a la calle por una puerta lateral. Riesgo de que te pillen, sí, pero los pasos se oyen desde lejos. Da tiempo a recomponerse.
Lo conocía bien. No es la primera vez que lo uso, y eso es parte de lo que tengo que confesar. Pero esa noche solo pensaba en Daniela.
Bajamos por la rampa hablando de nada. En cuanto doblamos el recodo, hice como que buscaba el interruptor y dejé que la luz se apagara sola.
—Vaya —dije, con un asombro de actor malo—. Se fue la luz.
Ella se rió en la oscuridad.
—Qué malo es usted. Otra vez.
La besé contra la pared de hormigón, frío contra su espalda y yo pegado a su frente. Le subí la camiseta hasta el cuello, le bajé las copas del sujetador de un tirón y le saqué las tetas al aire ahí mismo, en el garaje. Le chupé un pezón y luego el otro, aguantándome las ganas de morder demasiado fuerte, y ella me clavó las uñas en la nuca para que no parara. Mientras la boca bajaba por su cuello mi mano encontró el camino entre sus piernas, por encima de la tela. Le apreté el coño con la palma abierta y noté el calor incluso a través del pantalón. Daniela jadeó y se mordió el labio para no hacer ruido.
Estaba tan encendida como yo. Le desabroché el botón, le bajé la cremallera y le metí la mano por dentro de las bragas. Lo tenía empapado. Los dedos se me resbalaron entre los labios del coño sin ningún esfuerzo, y cuando le encontré el clítoris y empecé a acariciárselo con la yema del corazón, ella soltó un gemido largo que tuve que ahogarle con un beso. Le metí un dedo, luego dos, y noté cómo se le apretaba el coño por dentro cada vez que se lo curvaba hacia arriba, buscándole ese punto que la volvía loca. Se restregaba contra mi mano, me la buscaba en lugar de apartarla, empezó a respirar de esa forma entrecortada que avisa de que ya no controla.
Y de repente echó la cadera a un lado, sacándome la mano.
—Para, para… —dijo en voz muy baja, sujetándome la muñeca—. Es que luego me pongo a mil y no puedo parar. Y aquí no, así no. Si me corro me pongo a gritar, y no puedo.
Unos segundos para recuperar el aire. Yo tenía los dedos empapados de ella, brillando en la penumbra, y me los llevé a la boca sin pensarlo. Se rió al verme.
—Qué guarro.
—Sabes a gloria.
Y otra vez la boca, pero ahora fue ella quien tomó la iniciativa. Su mano bajó por mi pecho, por mi estómago, hasta el cinturón.
—Quiero vértela —me dijo al oído, y se rió de su propio atrevimiento.
No me hice de rogar. Con una habilidad que me sorprendió, me soltó el botón, bajó la cremallera y me sacó la polla de un solo gesto, agarrándomela de raíz con la mano entera. La tenía tan dura que casi me dolía. Sacó el móvil, y por un momento pensé que iba a hacer una foto. Pero no: solo encendió la linterna para mirar, para ver lo que tenía entre las manos a la luz azulada de la pantalla. La recorrió despacio con los ojos, apretándomela suavemente, subiendo y bajando el puño una sola vez desde la base hasta la punta, y noté cómo se relamía.
—Menuda polla tienes —susurró, apagando la linterna enseguida—. Era solo para verte.
Pensé, con cierta lástima, que yo podría haber hecho lo mismo. Que tenía delante a esta mujer que me volvía loco desde hacía medio año y no le veía ni la mitad. Casi mejor así. Lo que no se ve no atormenta tanto después. Pero le seguía notando las tetas al aire contra mi camisa, y sabía a qué sabía su coño en la punta de mis dedos, y eso ya iba a atormentarme lo suyo.
—Bueno —dijo de golpe, sin soltarme la polla—. Nos vamos.
—¿Y no te despides? —le dije, medio en broma, medio suplicando.
—¿De qué?
—Podrías darle un beso de despedida.
Risas otra vez. Y otra vez el «qué malo es usted». Pero entonces se agachó.
Fue un solo beso, dijo. Empezó como un roce, la punta de la lengua paseándome despacio por el glande, un saludo de nada. Luego otro más decidido, con la boca abierta y los labios cerrándose alrededor de la punta. Y al tercero ya se había olvidado del plan de irse. Se me metió la polla entera en la boca, hasta la garganta, y volvió a sacarla despacio, chupándome de arriba a abajo con la lengua pegada al glande. Me agarró por las caderas y me empujó hacia ella, despacio primero, después con ganas, como si quisiera medirme, saber hasta dónde podía llegar. La lengua le daba vueltas por debajo de la corona, luego se me tragaba entero otra vez, y cada vez que salía me miraba desde abajo con una sonrisa que no era inocente en absoluto. Yo le sostuve la cabeza con una mano, sin forzar, solo acompañando el vaivén.
—Joder, Daniela —se me escapó—. Qué bien la chupas.
—Cállate y disfruta —me contestó, con la polla saliéndosele de la boca un instante, y volvió a tragársela.
Ahora el que tenía la espalda contra la pared era yo, completamente entregado, conteniendo cada gemido por miedo a los ecos del garaje. Ella seguía a lo suyo, una mano firme en la base de la polla, siguiendo el ritmo de la boca, y la otra colada por dentro del pantalón, acariciándome los huevos, apretándomelos justo lo suficiente. Levantaba la vista cada tanto para mirarme en la penumbra, con la boca llena, y yo notaba cómo tragaba la saliva alrededor de mí. La polla le entraba y salía brillante, y ella la chupaba con un descaro que no cuadraba con la mujer educada que se sentaba en las reuniones.
—Para —dije sin convicción ninguna—. Me voy a correr.
Ella negó con la cabeza sin detenerse. Aceleró, incluso, marcándome el ritmo con la mano de abajo arriba mientras me la chupaba a la vez, y noté cómo la corrida me subía desde los huevos sin manera de frenarla. Cuando ya estaba al borde, descontrolado, soltó un segundo solo para decirme, con la voz ronca, restregándose contra mí y con la polla mojada rozándole los labios:
—¿Y eso qué tiene de malo? Córrete en mi boca, anda.
No le dio tiempo a terminar la frase. Una luz al fondo del garaje, el chasquido de un coche al cerrarse, pasos. Nos recompusimos a toda prisa, yo peleándome con la cremallera y con una polla que no había manera de meter en el pantalón, ella escupiendo por un lado y alisándose la camiseta por encima de las tetas todavía al aire, los dos muertos de risa y de susto a partes iguales.
Falsa alarma. Era alguien que aparcaba dos plantas más arriba. Subimos las escaleras pegados a la pared, ella delante, y yo con la polla todavía media dura frotándome por dentro del pantalón a cada paso.
—Espera —susurré, parándola unos peldaños más arriba—. No viene nadie.
Le pasé las manos por la cintura desde atrás, subí hasta las tetas y se las apreté con las dos manos, y con la otra volví a soltarme el pantalón. Le bajé el suyo unos centímetros y le colé la mano por dentro de las bragas otra vez. Seguía empapada. Le froté el coño con dos dedos, buscándole el clítoris, y ella empujó el culo hacia atrás, contra mi polla, restregándomela por encima de las bragas. Estaba decidido a terminar lo que habíamos empezado, ahí mismo, aunque fuera un instante. Le aparté las bragas a un lado y le apoyé el glande contra la raja del coño, mojándomela con lo que ella misma soltaba.
—¿Qué haces? ¿Estás loco? —dijo, pero sin moverse, sin apartarse, empujando incluso un poco más el culo hacia atrás.
—Shhh.
No decía que no. Sus jadeos decían todo lo contrario. Empecé a bajarle el pantalón un poco más, sentí el calor de su piel contra mi polla, y ella se abrió de piernas todo lo que le daba la ropa a media asta, buscando el ángulo. Le rocé la entrada con la punta, apenas medio centímetro dentro, y noté cómo se le apretaba el coño alrededor del glande antes siquiera de haber empujado. Entonces, esta vez de verdad, llegaron las voces. Dos personas hablando en el portal, la puerta de la calle abriéndose.
Salimos de las escaleras tan tranquilos como pudimos, en la penumbra del rellano donde nadie reconoce a nadie. Nos despedimos junto a su coche, entre dos columnas.
—¿El lunes? —pregunté.
—No puedo, el niño tiene fútbol. ¿El martes?
—El martes tengo viaje. Nos queda el jueves.
—Mmm —fue toda su respuesta.
—Este jueves te… —empezó ella, y se frenó—. ¿Y si a tu socio le da otra vez por quedarse a hacer horas?
—Vamos a un hotel.
—No es lo mismo —dijo, arrugando la nariz—. La verdad, prefiero…
—Lo sé —la interrumpí—. Prefieres el morbo de la oficina.
Miró a un lado y al otro de la calle vacía. Me dio un último beso, la mano una vez más donde no debía, cerrándose sobre la polla que todavía no se me había bajado del todo, y me lo dijo al oído antes de meterse en el coche:
—El jueves. Encima de tu mesa. Como en las películas. Me la vas a meter hasta el fondo.
***
Y aquí viene la parte que de verdad me cuesta contar, porque el jueves tampoco salió como yo lo había imaginado.
Vino, sí. Puntual. Esta vez sin sustos de teléfonos ni vecinos curiosos, los dos solos en la oficina con la persiana medio bajada. La desnudé entera, por fin, despacio, mirándola a la luz tenue del flexo. Le saqué la camiseta por la cabeza, le desabroché el sujetador y se lo dejé caer al suelo. Tenía las tetas más bonitas de lo que había imaginado durante seis meses, firmes, con los pezones oscuros y ya duros. Le bajé el pantalón y las bragas de un tirón, la puse contra la mesa y me arrodillé yo primero, separándole las piernas. Le comí el coño ahí mismo, hundiéndole la lengua entre los labios, chupándole el clítoris hasta que se agarró al borde de la mesa y empezó a temblarle todo el cuerpo. Me metió los dedos en el pelo y me apretó la cara contra ella, restregándose contra mi boca sin ningún reparo. Estaba a punto de correrse, lo notaba en cómo se le contraía el coño alrededor de los dos dedos que le había metido a la vez que le chupaba, cuando de golpe me apartó tirándome del pelo.
Y justo cuando creía que esta vez no se escapaba, descubrí que Daniela tenía sus propias reglas.
—Eso para luego —me dijo, apartándose cuando intenté tumbarla sobre la mesa—. Primero déjame disfrutar a mí.
Me levantó del suelo, invirtió los papeles y me apoyó a mí contra la mesa. Me desabrochó el pantalón, me lo bajó hasta los tobillos y se arrodilló ella, la que hacía un segundo estaba a punto de correrse con la boca. Y volvió a hacerme exactamente lo que me había hecho en el garaje, con la misma calma y el mismo descaro, pero esta vez con luz y sin susto de pasos, tragándose la polla entera hasta la garganta y sacándola despacio, chupándola de raíz. Se paraba solo para mirarme desde abajo, con la polla apoyada en los labios y una sonrisa nueva. Yo intentaba seguir el plan, llevarla hacia la mesa, cogerla por los brazos y ponerla encima, pero ella me sujetaba las manos y negaba con la cabeza sin soltarme la polla de la boca.
—Si sigues así me corro, y ya no podré después —le advertí.
Se la sacó de la boca solo el segundo justo para contestar, con los labios brillantes y un hilo de saliva bajándole por la barbilla:
—Pues entonces córrete —dijo, como quien gana una discusión.
Y volvió a tragársela, esta vez más hondo, aguantándome en la garganta unos segundos antes de subir. Intenté una última vez. Me incorporé, le tendí la mano para levantarla. Y ella, ofendida en broma, se puso de pie y empezó a vestirse. Se subió las bragas, se agachó a por el sujetador.
—O me dejas disfrutar a mi manera, o me voy.
Cedí, claro. Cómo no iba a ceder. Con la polla apuntándome al techo y a esa mujer medio desnuda amenazando con largarse, cedí. Volvió a arrodillarse a medio vestir, con el sujetador colgando de un hombro y las bragas puestas, con esa media sonrisa de quien sabe que ha ganado la partida, y me metió la polla otra vez en la boca. Ya no hubo más discusión ni más plan ni más mesa. Solo ella, marcando el ritmo con la mano y la boca, decidiéndolo todo. Aceleraba cuando quería y me tenía al borde, y frenaba de golpe cuando notaba que iba a correrme, apretándome la base de la polla con dos dedos para que aguantara. Me tuvo así lo que se me hicieron horas, chupándome y parándose, chupándome y parándose, hasta que ya no aguanté más y le solté la corrida a la vez que le agarraba la cabeza con las dos manos. Se la tragó entera, sin salpicar, con los ojos cerrados, y luego me chupó la punta un rato más, sacándome hasta la última gota. Cuando terminó, sonrió y se relamió.
No hubo nada de lo que tantas veces habíamos imaginado en voz baja junto a la máquina de café. Ni polla en el coño, ni la mesa de por medio, ni ella boca arriba con las piernas abiertas. Solo su boca, su ritmo y su decisión. En un abrir y cerrar de ojos ya se había vestido, alisado el pelo y borrado cualquier rastro de lo que acababa de pasar. Yo seguía recuperando el aliento, apoyado en el borde de la mesa con los pantalones por los tobillos.
—El martes que viene —dijo desde la puerta, guiñándome un ojo—. Igual ese día sí te dejo metérmela.
Y se fue.
***
Lo he pensado mucho desde entonces. Su juego es calentar, prometer, hacer desear lo que no termina de dar. Dos citas, dos veces a medias. La primera me la reventó su propio hijo; la segunda, ella misma, por puro placer de mandar. A lo mejor es su forma de cobrarse algo, de tener el control en lo único donde puede tenerlo del todo. La polla en su boca y no en su coño. El decidir cuándo y cómo me corro. Yo pidiendo y ella eligiendo.
No me quejo demasiado. Cada cual juega con las cartas que tiene. Pero confieso que, las pocas veces que coincido con Aníbal en una reunión y me da una palmada en la espalda llamándome «socio», pienso en su mujer arrodillada en mi oficina, con mi polla en la boca y una sonrisa que no le he visto nunca a él, y no sé si lo que siento es deseo o un castigo silencioso por seguir cayendo en el mismo juego.
El martes, casi seguro, volveré a abrir la puerta cuando suene el timbre.





