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Relatos Ardientes

Lo que dejé que aquel desconocido me hiciera en Sevilla

Esto me pasó en Sevilla, y todavía hay noches en que no sé si me avergüenza o me excita recordarlo.

Me llamo Lorena y por aquel entonces vivía en Valencia, atrapada en una rutina que me estaba secando por dentro. Llevaba meses sin que nada me hiciera sentir nada, así que una mañana cualquiera compré un billete y decidí irme unos días a casa de una amiga, a ver si cambiando de aire cambiaba también algo dentro de mí. Quizá conocer a alguien. Quizá solo dejar de aburrirme.

Noelia me esperaba en la estación con una sonrisa que prometía problemas. Apenas me dio tiempo a soltar la maleta cuando ya me estaba contando el plan: ella y su novio Andrés solían ir a un local muy conocido de intercambio de parejas, un sitio discreto donde se tomaban unas copas y se dejaban llevar. Me invitó sin demasiados rodeos.

—Llevas demasiado tiempo seria —me dijo—. Vente y ya verás.

No recordaba cuándo había sido la última vez que me había arreglado para salir de verdad. Me puse un pantalón corto muy ajustado, un peto que se ataba al cuello y a la cintura y que dejaba los costados al descubierto, sin sujetador. Unas sandalias de tacón que me estilizaban las piernas y una chaquetilla vaquera por encima. Soy alta, de piel clara, con el pelo rubio y ondulado y los ojos castaños. Me miré al espejo y, por primera vez en mucho tiempo, me gustó lo que vi.

Habíamos quedado a las diez en la puerta de la sala. Noelia y Andrés llegaron puntuales y, nada más entrar, me pusieron un chupito en la mano. Brindamos, nos reímos, hablamos de tonterías mientras la música nos envolvía.

En algún momento se acercó uno de los empleados del local a saludar a Andrés. Era enorme, de espaldas anchas como una pared, mucho más alto que cualquiera de la sala. No era mi tipo; estoy acostumbrada a ver hombres trabajados en el gimnasio al que voy, y nunca me han atraído los grandullones. Pero había algo en cómo me miró al darme la mano que me hizo bajar la vista al suelo.

—Marcos —dijo, sin soltarme los dedos más de la cuenta.

Acabó sentado a mi lado, entre Noelia y yo, y dijo rondar los treinta, casi mi edad. Aquello se convirtió en una barra libre: cada vez que vaciábamos los vasos, aparecían otros llenos. El alcohol empezó a calentarme la cara y a soltarme la lengua, y el tiempo se me fue escurriendo entre risas y chupitos sin que me diera cuenta.

Marcos no paraba de hablarme. Parecía que le había caído en gracia, y llegó un punto en que Noelia y Andrés se levantaron para marcharse. Yo preferí quedarme un rato más.

—Te espero en casa —me dijo Noelia al oído—. Y ten cuidado si vuelves sola.

Sola. Esa palabra me rondó la cabeza mientras los veía salir.

Seguimos con algún cubalibre y un par de cervezas más. Marcos me dijo que esperase, que terminaba su turno enseguida y que me acompañaba hasta la casa de mis amigos para que no anduviera de noche por la ciudad. Me pareció un gesto considerado. Tan considerado que ni se me ocurrió desconfiar.

Cuando por fin salimos, yo iba mareada de verdad. El aire de la calle me golpeó y todo empezó a dar vueltas. Marcos me sujetó por la cintura y yo me apoyé en él para no torcerme un tobillo con aquellos tacones. Iba literalmente colgada de su brazo, tambaleándome, y él aprovechaba cada paso para rozarme, para deslizar la mano un poco más arriba, para murmurarme que era muy guapa y que le había gustado desde que entró.

—No me mires así —le dije, riéndome sin fuerza—, que no me tengo en pie.

Al llegar al coche me di cuenta de que la cerveza me estaba pasando factura por otro lado: tenía unas ganas terribles de orinar.

—Mi piso está aquí al lado —dijo él—. Más cerca que el de tu amiga. Vas, te alivias, y luego te llevo.

Le dije que sí sin pensarlo demasiado, porque dudaba que aguantara mucho más. Y acerté con las prisas, porque no habíamos hecho más que entrar en el portal y meternos en el ascensor cuando se me escapó un poco. Sentí el calor extendiéndose por la tela del pantalón, la mancha delatándome en la entrepierna, y quise que la tierra me tragara.

***

En cuanto se abrió la puerta del piso, corrí hacia el baño tapándome con el bolso, como si así nadie fuera a notar nada. Cerré por dentro, me quité el pantalón y las bragas empapadas y los puse bajo el grifo para que no cogieran olor. Me lavé deprisa, me sequé con una toalla y me la enrollé a la cintura como un pareo, para no quedarme medio desnuda. Tenía la cara ardiendo de vergüenza y el agua fría me había puesto los pezones tan duros que se marcaban a través del peto.

Llamaron a la puerta.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Marcos.

Y sin esperar respuesta, abrió. Me pilló allí plantada, descalza, con la toalla y la cara roja, y en lugar de retirarse entró del todo.

—Un momento, Lorena, que te seco eso —dijo, cogiendo otra toalla.

Empezó a frotarme la entrepierna por encima del improvisado pareo mientras yo me lo sujetaba para que no se cayera. Me quité la chaquetilla para que no se mojara también y me quedé solo con el peto atado al cuello, enseñando más piel de la que cualquier mujer enseñaría en aquella situación. Él no apartaba la vista de mis pechos ni un segundo, y yo, en lugar de pararle, me dejaba hacer.

El roce constante de su mano me fue encendiendo. Sus dedos subieron por mis muslos, por encima de la tela, y antes de que pudiera decir nada me estaba abrazando por detrás. Sentí todo su calor contra mi espalda desnuda y su erección apretándose contra mí. Sus manos treparon despacio, se colaron por los costados del peto y encontraron mis pechos, atrapando los pezones entre los dedos, apretándolos suave, como comprobando hasta dónde podían llegar.

—Quieta —me susurró al oído—. Déjate.

Y me dejé. Esa es la parte que aún no sé cómo explicar.

Me desató el peto y lo dejó caer al suelo. Me dio la vuelta y se agachó a chuparme los pechos mientras mis manos, solas, bajaban hacia el bulto que tensaba su pantalón. No tardé en desabrochárselo. Acabé de rodillas sin recordar bien cómo, y lo único que tengo claro es la manera en que me sujetaba la cabeza, marcando el ritmo, sin dejarme apartarme. Cuando terminó, me obligó a tragar y me levantó de un tirón, arrancándome la toalla de la cintura de un solo gesto.

—En cuanto te vi entrar, supe cómo iba a acabar esto —dijo.

***

Me empujó contra la pared del pasillo. Me mordía el cuello, la oreja, y bajaba la mano entre mis piernas mientras yo, mareada, excitada y sin una sola brizna de resistencia de verdad, separaba los muslos para él. Me penetró de pie, sin prisa al principio y luego con una fuerza que me arrancaba el aire, sin soltarme los pechos, tirando de los pezones como si quisiera arrancármelos.

—¿Te gusta? —jadeó.

—Sí —dije, y me odié un poco por lo rápido que lo dije—. No pares.

Me levantó en peso y se sentó en una silla del salón conmigo encima, hundiéndose en mí una y otra vez, gobernándome las caderas con las manos. Yo gritaba, y mis gritos parecían enloquecerlo más.

—Dime que te gusta —insistía—. Me pone oírte.

Estaba a punto de correrme cuando me dio la vuelta y me dejó de espaldas a él. Lo que vino después me pilló por sorpresa, aunque tampoco hice nada por impedirlo: me penetró por detrás, despacio, abriéndose paso. Me dolió y me gustó a partes iguales, y esa contradicción me tuvo temblando un buen rato.

—Me vuelve loco verte así —murmuraba contra mi nuca.

Perdí la cuenta de las veces que me corrí. Acabamos derrumbados en el sofá, él todavía pegado a mi espalda, y nos quedamos dormidos así, enredados, hasta que la luz del día se coló por las rendijas de la persiana.

Me desperté con sus manos recorriéndome otra vez. Me puso boca arriba y me besó los pechos como quien se toma el desayuno con calma, sin prisa, recreándose. Después me llevó en brazos hasta el dormitorio y me tendió en una cama enorme. Recorrió todo mi cuerpo con los dedos, deteniéndose justo donde mis estremecimientos le decían que siguiera, en el clítoris, en los pezones, bajando de nuevo entre mis piernas mientras su cuerpo se apretaba contra el mío. Yo solo cerré los ojos y me dejé llevar.

—Desde el primer momento en que te vi, supe que quería esto —dijo, colocándose encima.

—Pues lo tienes —respondí, sorprendida de mi propia voz.

Me sujetó el pene para que se lo acariciara y luego me lo guió otra vez, frotándome el clítoris con la otra mano y arrancándome un placer que me nublaba. Esta vez me penetró de un golpe seco, salvaje, nada que ver con la delicadeza de los minutos anteriores. Me hizo gritar. Con mis piernas sobre sus hombros, me agarró de los pechos y empezó a amasarlos con fuerza.

—¿Te gusta? —preguntó—. Dime que sí.

—Sí —jadeé—. Sí, me gusta.

—Pídemelo.

—Hazme lo que quieras —dije, y lo decía en serio.

Sentía sus dedos cerrándose sobre mis pezones mientras aceleraba el ritmo, embistiéndome sin tregua, hasta que con un estremecimiento que le recorrió la espalda entera se vació dentro de mí. Yo me quedé tirada, casi desmayada, deshecha de tantos orgasmos seguidos. Él se desplomó a mi lado, sin separarse, y volvimos a dormirnos hasta media mañana.

***

Nunca le di mi número. Cuando me marché de su piso, con la ropa todavía húmeda en el bolso y el cuerpo dolorido, me prometí que no se lo contaría a nadie, ni siquiera a Noelia, que me esperaba con mil preguntas y una sonrisa cómplice.

—¿Y bien? —me dijo nada más abrir la puerta.

—Nada —mentí—. Me acompañó y me vine.

Me miró como si supiera que estaba mintiendo, pero no insistió. Yo me metí en la ducha y dejé que el agua caliente me corriera por la espalda, intentando ordenar lo que había pasado. No fue el alcohol lo que me asustó, ni el desconocido, ni siquiera lo que dejé que me hiciera. Lo que de verdad me dejó pensando fue lo poco que me costó decir que sí a todo.

Volví a Valencia dos días después. La rutina seguía exactamente igual que cuando me fui, gris y predecible, pero yo ya no era la misma. Algo se había despertado en aquella noche de Sevilla y no había forma de volver a dormirlo.

A veces, cuando la ciudad se queda en silencio y no consigo pegar ojo, vuelvo a aquel ascensor, a aquella toalla, a aquella voz pidiéndome que me dejara. Y me sorprende descubrir que no me arrepiento. Que si volviera a empezar, con el mismo aburrimiento clavado en el pecho, probablemente compraría otra vez el billete.

Esto me pasó en Sevilla. Y, aunque no se lo he contado a nadie hasta hoy, es la confesión más honesta que he escrito nunca.

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