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Relatos Ardientes

Lo que me provocó la foto de un lector anónimo

Todo empezó con una foto. No con un nombre, ni con una cara, ni siquiera con una voz. Una foto que llegó después de varios días de mensajes, de esos que se escriben de madrugada cuando una ya bajó la guardia y se permite contar lo que de día se calla.

Él me había escrito por un relato que publiqué, el primero que me atreví a firmar con seudónimo. Me dijo que lo había leído tres veces. Que había algo en la forma en que yo describía el deseo que se le metía debajo de la piel. Yo le contesté, claro. Una siempre contesta cuando alguien te dice que tus palabras le hicieron temblar.

Fueron días de ir y venir. Frases sueltas, confesiones a medias, ese juego de avanzar un paso y retroceder medio para que el otro venga a buscarte. Hasta que una noche, sin avisar, me llegó la imagen.

Su erección. Dura, tensa, con la punta brillante, sostenida por una mano que no le temblaba. Y debajo, una sola línea: «Mira lo que me hacés.»

Me mojé. Irremediablemente, sin poder evitarlo, me mojé al verla.

Y necesito que se entienda bien por qué, porque no fue lo que cualquiera pensaría. No me mojé por la imagen en sí. He visto y he probado atributos deliciosos: gruesos, largos, recorridos de venas, con la punta húmeda latiendo contra mis labios. No me faltan recuerdos de esos. No fue eso.

Me mojé porque yo había hecho eso. Porque mis palabras, escritas a oscuras desde mi cama, habían despertado ese deseo en un hombre al que no le conozco ni la voz. Esa idea me atravesó entera: ser la causa, ser el hechizo. Como si esa erección fuera la prueba física de que tengo un poder que ni yo me creía del todo.

Y entonces empecé a imaginar. Llevo días sin poder parar.

***

Lo imagino frente a mí. De pie, todavía vestido a medias, mientras yo me arrodillo despacio sobre la alfombra. Quiero aspirar ese olor que tienen las pieles excitadas, ese perfume a deseo que sube cuando un cuerpo lleva demasiado rato esperando. Quiero levantar la vista y encontrarme con la suya, y sonreírle desde abajo, desde el lugar donde una decide entregarse porque le da la gana.

Porque eso es lo que nadie entiende del todo. Estoy de rodillas, sí. Pero soy yo la que manda. Soy yo la que lo puso así, la que lo tiene conteniendo el aliento, la que va a decidir el ritmo, la pausa, el momento exacto en que va a perder la cabeza. Arrodillada y dueña. Las dos cosas a la vez.

Llevaría puesto mi conjunto de encaje, el que aprieta sin marcar, el que realza el pecho y deja que el hilo del tanga se hunda entre mis nalgas. Quiero que me vea así. Quiero ser lo primero que mire cuando baje los ojos: una mujer joven, dispuesta, que no esconde lo que quiere.

Imagino mi mano cerrándose con suavidad alrededor de la base. La otra, más abajo, sosteniendo, masajeando, sintiendo cómo todo él se tensa con el primer roce. Y ese primer suspiro suyo, ese que se le escapa antes de poder fingir que se controla. Ese suspiro sería mío. El primero de muchos.

No quiero que dude. Ni un segundo. Solo que se deje hacer, que se deje recorrer beso a beso, que afloje los hombros y se entregue a mis manos mientras mis labios empiezan a cerrarse, lentos y carnosos, alrededor de la punta.

***

Quiero oírlo. Quiero que gima bajito, que se le quiebre la respiración mientras lo voy recibiendo despacio, dejándole sentir cada centímetro: mis labios apretando, mi mano subiendo y bajando con ritmo, mi lengua dándole la bienvenida húmeda y cálida. Mi boca convertida en un sitio tibio donde por fin descansa todo lo que él venía guardando.

Quiero mirarlo mientras lo hago. Levantar la vista con los ojos brillantes, vidriosos de puro placer, y verlo verme. Que sepa que lo estoy disfrutando tanto como él. Que entienda que esto no es un favor: es un deseo mío, uno que llevo días alimentando a solas, con la mano entre las piernas y su foto encendida en la pantalla.

Lo siento entrar y salir, lento, mientras saboreo cada parte. Mis manos no paran: una aprieta, la otra acaricia más abajo con esa avidez que no sé disimular. Lo noto todo. La humedad de mi boca mezclándose con la suya. Mi lengua trazando círculos. Sus dedos enredándose en mi pelo, no para forzar, sino para sostenerme la mirada, para que no aparte los ojos mientras me aplico a la única tarea que me importa en este momento.

Y subo el ritmo. Y bajo. Y vuelvo a subir. Voy ganando su garganta como quien gana terreno, escuchando cómo sus gemidos crecen, cómo se vuelven menos suyos y más míos. Lo busco hondo, hasta donde se me saltan las lágrimas y se me corre la respiración, y aun así no me detengo. Porque esas lágrimas también son parte del juego, y son mías, y son suyas.

***

Y entra. Y sale. Y lo miro, sonriendo con la boca ocupada, esa sonrisa que solo se entiende desde abajo. Y entra. Y sale. Y mis manos le agarran las nalgas y lo empujan hacia mí, marcando yo el compás de su entrega.

Su boca es suya, pero ahora la mía es de los dos. Mi lengua, de los dos. Las lágrimas que me asoman cuando aprieta el ritmo, de los dos. Mi sonrisa de placer, mi garganta, mis manos hundidas en su carne para atraerlo: todo eso es nuestro, suyo y mío al mismo tiempo, sin que ninguno de los dos sepa ya dónde termina uno y empieza el otro.

Hasta que me avisa. No con palabras. Me lo dicen sus ojos, que rozan ese borde donde se pierde el control, donde ya no hay disimulo posible. Y yo sé exactamente lo que tengo que hacer.

Lo dejo salir de mi boca. Lo sostengo, palpitante, brillante de saliva, y le sonrío. Una mano lo masturba firme desde la base, con la maña de quien sabe el momento justo. La otra juega más abajo. Mis ojos lo buscan, mis labios se abren, mi lengua espera.

Y se derrama. Tibio, espeso, en oleadas que no controla. Una parte cae en mi mejilla, otra en mis labios, y la mayor parte va a parar dentro de esa boca que él hizo suya por un rato. Lo recibo entero, sin apartar la mirada, jugando con su placer en la punta de la lengua mientras lo sigo exprimiendo despacio, sacándole hasta la última gota de todo lo que traía guardado para mí.

***

Después me quedo así un momento, arrodillada, sonriente, con la respiración entrecortada y el cuerpo todavía vibrando por lo que acabo de provocar.

Solo que nada de esto pasó. Todavía no. Sigo en mi cama, sola, con su foto en la pantalla y la mano entre las piernas, terminando lo que empecé hace un rato. La imaginé tantas veces esta semana que ya casi la recuerdo como un hecho.

No sé si algún día le contestaré con algo más que palabras. No sé si su nombre real, su voz, su cara, estarían a la altura de lo que mi cabeza construyó. A veces el deseo es mejor cuando se queda en el filo, sin tocar, sin gastar.

Pero quería contarlo. Quería dejar por escrito lo que una foto y un puñado de mensajes de madrugada pueden encender en una mujer que sabe usar las palabras. Porque al final, esto es lo que de verdad me moja: saber que algo mío, una frase, un susurro escrito, fue suficiente para ponerlo así.

Espero que él también haya terminado del otro lado de la pantalla, pensando en mí. Esta era su confesión, aunque la haya escrito yo. Y esta, su lluvia blanca.

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Comentarios (5)

LauraVR_22

Me encanto este relato, se siente muy autentico. Pocas veces algo me llega tan directo.

Tomas_Lect

Tremendo final, no lo esperaba. Seguí escribiendo por favor!!

vikingo_sur

Que buena perspectiva. La parte de que las palabras provocan mas que la imagen es muy cierta jajaja

NightReader77

primera vez que leo algo asi y me quede sin palabras. increible

SandraLee_BA

Me identifico muchisimo con esta situacion, aunque nunca lo contaria como lo hiciste vos jaja. Excelente.

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