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Relatos Ardientes

La noche que aprendí a disfrutar del sexo anal

Todo empezó por un mensaje directo, de esos que una recibe y casi siempre ignora.

Había subido una foto a mis historias: yo de perfil frente al espejo del baño, en bikini, posando para que se notara bien la curva de mi cintura y de mi culo. Esa misma noche me llegó un mensaje que, en lugar de los típicos halagos vacíos, me hizo reír de verdad.

«Si ese bikini pudiera hablar, ahora mismo estaría pidiendo refuerzos. ¿Lo rescato yo o lo dejamos sufrir un rato más?»

Le contesté, y de ahí no paramos. Al principio fueron fotos normales, conversaciones largas, cosas de la vida. Él no era el chico de gimnasio con el cuerpo marcado que una espera; era un tipo común, pero con una cabeza rápida y un sentido del humor que me desarmaba. Culto, ocurrente, y con una chispa que se sentía caliente incluso entre líneas inocentes.

Poco a poco el tono fue cambiando. Empezó a hablarme del cuerpo de forma cada vez más directa, y después abiertamente sucia. Me gustaba que se atreviera. Cuando comentaba lo que le provocaban mis pechos, mi culo, o me describía cómo se imaginaba tocándome, yo sentía un calor que no me dejaba en paz. Me hacía sentir deseada y un poco perversa, y le seguía el juego sin pensarlo dos veces.

Vivíamos en la misma ciudad. Lo empecé a llamar «Demonio», porque cada mensaje suyo me tentaba un poco más y me hacía pecar solo con la imaginación.

***

Una noche, la conversación se desbordó.

—Ya no aguanto más, Camila —escribió—. Si te tuviera enfrente ahora mismo te sacaría ese vestido y te pondría contra la pared. Te agarraría los pechos con las dos manos mientras te beso el cuello.

—Mmm, me encanta cómo suena eso —respondí—. ¿Y después qué, Demonio?

—Después te bajaría la ropa interior y te metería dos dedos bien adentro mientras te muerdo el hombro. Quiero sentir lo mojada que te ponés por mí.

—Ya estoy mojada solo de leerte —tecleé, con el pulso acelerado.

Le mandé varias fotos: primero del pecho, después una de espaldas en tanga, y al final un video corto, tocándome despacio, conteniendo un gemido para que no se oyera en el resto de la casa.

—Joder, Camila… me estás matando. Y ese culo… te lo quiero azotar mientras te tengo en cuatro. Mirá lo que provocaste.

Me llegó una foto suya. La tenía dura, gruesa, de unos dieciocho centímetros, completamente afeitada. Me quedé mirando la pantalla un buen rato, sintiendo cómo me encendía todavía más.

—Dios… —escribí—. Me dan ganas de arrodillarme y metérmela entera en la boca.

—Eso quiero verte hacer. Y después te voy a poner en cuatro y te la voy a meter en el culo. Ese culo se merece que lo trabajen bien.

Cuando mencionó el anal, algo se me apretó en el estómago. Lo había intentado un par de veces en mi vida y nunca había sentido nada bueno, solo molestia y ganas de que terminara cuanto antes. Pero la química con él era tan fuerte, y sus palabras me prendían tanto, que no le dije que no.

—Me da un poco de miedo —confesé—, pero me está poniendo muy caliente que lo quieras.

—Tranquila. Yo te voy a preparar despacio, te voy a lamer hasta que seas vos la que me pida que te lo meta. Quiero escucharte mientras te abro de a poco.

Seguimos así un buen rato, cada mensaje más explícito que el anterior. Yo le mandaba más fotos, él me respondía describiéndome con detalle todo lo que pensaba hacerme. Mientras me tocaba leyéndolo, no podía dejar de pensar en lo que sería volver real cada una de esas frases.

Hasta que, una noche, escribió lo inevitable.

—Estoy cansado de imaginarlo, Camila. Juntémonos. Quiero hacerte todo lo que te digo, en persona. ¿Este fin de semana?

—Sí —respondí, sin dudarlo tanto como esperaba—. ¿El sábado?

—Perfecto. Te paso a buscar.

***

Llegó el sábado. Me duché con calma, me perfumé y me puse un vestido rojo ajustado, corto, con un escote que dejaba poco a la imaginación. Debajo, solo una tanga del mismo color y nada más. Me miré al espejo y me gustó lo que vi: la tela marcaba cada curva.

Me avisó que estaba abajo. Bajé con el corazón golpeándome el pecho. Ahí estaba, apoyado en su auto, y los dos nos reímos del puro nervio al saludarnos con un beso en la mejilla.

—Estás… increíble —dijo, recorriéndome de arriba abajo—. Ese vestido es peligroso.

Me abrió la puerta y fuimos a un bar tranquilo. Al principio hablamos de cualquier cosa, nos reímos, nos reconocimos en persona después de tantas pantallas de por medio. Pero a la segunda copa el tono ya estaba subiendo otra vez.

Se acercó un poco más, con media sonrisa.

—Desde que vi esa foto tuya de espaldas no dejo de imaginarte en cuatro.

Me sonrojé, pero no aparté la mirada.

—Sos un demonio de verdad —respondí—. Todavía me da algo de miedo lo del anal… pero me tenés muy curiosa.

Soltó una risa baja y me miró directo a los ojos.

—No te preocupes. Te voy a preparar hasta que me ruegues. Quiero escucharte mientras te abro despacio.

Sentí un calor que me subió por todo el cuerpo. Nos quedamos en silencio un segundo, mirándonos.

—¿Nos vamos ya? —dijo, bajando la voz—. Porque si seguís mirándome así, no sé cuánto más voy a aguantar comportándome.

***

Salimos del bar y subimos al auto. Apenas arrancó, me incliné hacia él y empecé a acariciarlo por encima del pantalón. Lo sentía endurecerse despacio bajo mi mano.

—Camila… —murmuró, apretando el volante—. Si seguís así no llego al hotel.

Sonreí y seguí, sintiendo cómo se marcaba la tela contra mi palma.

Llegamos. Apenas entramos a la habitación, las luces estaban tenues y sonaba música de fondo. Nos besamos con ganas, lenguas y manos recorriéndonos sin freno. De repente me separó un poco, con la voz ronca.

—Bailame. Quiero verte mientras te sacás la ropa.

Me encantó el pedido. Empecé a moverme al ritmo de la música, bajándome el vestido rojo despacio, dejándolo caer al suelo. Quedé solo con la tanga. Él se sentó en el borde de la cama, mirándome como si fuera la única cosa en el mundo.

Me acerqué, me di vuelta y le moví el culo cerca de la cara. Después me giré, me abrí de piernas frente a él y empecé a tocarme despacio, sin dejar de mirarlo.

—Mirá cómo te tocás para mí —gruñó, apretándose por encima del pantalón—. Ya debés estar empapada.

—Estoy mojada por vos —respondí, jadeando—. ¿Te gusta verme así?

—Me encanta. Sacate eso y seguí.

Me quité la tanga y seguí, metiendo un dedo mientras gemía bajito. Él no aguantó.

—Vení. Arrodillate.

Me arrodillé entre sus piernas, le bajé el pantalón y lo tomé con la mano. Lo lamí desde la base, despacio, y después me lo metí en la boca. Lo chupé con ganas, moviendo la cabeza, dejando que la saliva chorreara.

—Así… qué boca tenés —jadeaba, agarrándome del pelo—. Más profundo.

Hice lo que pedía, hasta el fondo, con los ojos llenos de lágrimas y el mentón empapado. Lo sacaba, volvía a metérmelo, lo golpeaba contra mis mejillas y contra mis pechos. Me excitaba sentirlo tan duro, tan caliente, escucharlo hablarme así.

—Te gusta que te trate así, ¿verdad? —murmuró.

—Me encanta —gemí, mirándolo desde abajo.

***

No aguantó más. Me levantó, me tiró sobre la cama y me abrió las piernas. Se arrodilló entre ellas y empezó a lamerme con hambre, la lengua trazando círculos sobre mi clítoris, bajando, entrando.

—Ay, Demonio… qué rico —gemí, arqueando la espalda.

No se quedó ahí. Me levantó las piernas, me separó las nalgas y pasó la lengua por mi entrada de atrás. Me lamió el culo despacio, en círculos, mientras dos dedos me trabajaban por delante.

—Sí… seguí —gemí, temblando—. Me estás volviendo loca.

—Este culo está hecho para esto —dijo, con la voz quebrada—. Apretado, rico… me encanta.

Alternó entre los dos hasta que yo no sabía ni mi nombre. Después me dio vuelta y me puso en cuatro. Me agarró de las caderas y me la metió por delante de un solo empujón profundo.

—¡Ah! —grité cuando me llenó entero.

Empezó a moverse duro, con estocadas largas. El sonido de su cuerpo contra el mío llenaba la habitación.

—Empujá contra mí —gruñía—. Así.

—¡Sí, Demonio! ¡Más fuerte! —gemía, echando el culo hacia atrás para recibir cada embestida.

Me daba palmadas mientras me cogía. Después de un rato se detuvo, me hizo dar vuelta y se concentró otra vez en lo de atrás. Me lamió con más intensidad, metió un dedo, después dos, abriéndome despacio, preparándome.

—Te estás relajando —murmuró contra mi piel—. Sentís cómo se abre.

Yo gemía sin control, notando cómo cedía con su saliva. De pronto se detuvo, me dio una palmada y me dijo con voz firme.

—Hoy vas a aprender a disfrutarlo de verdad.

***

Me puso de nuevo en cuatro. Escupió sobre él y sobre mi entrada, y presionó despacio.

—Respirá. Empujá hacia afuera —me ordenó.

Empujó firme pero sin apuro. Sentí cómo me abría alrededor de su grosor. Gemí fuerte cuando entró del todo la cabeza.

—Ah… duele —dije, con la voz tensa.

—Relajate —murmuró, avanzando de a poco—. Dejalo entrar.

Centímetro a centímetro lo fue metiendo hasta el fondo. Empezó a moverse despacio primero, después con estocadas constantes. Al principio solo sentí presión y un ardor que me hacía apretar las sábanas. Pero, sin darme cuenta, algo empezó a cambiar.

—Qué culo… —gruñía—. Sentí cómo te lleno.

El ardor se fue mezclando con otra cosa, algo que nunca había sentido. Me agarré fuerte de las sábanas y gemí más alto, esta vez no de incomodidad.

Después me hizo subir encima de él. Me senté de espaldas, bajando despacio hasta tenerlo todo adentro.

—Ahora movete vos —me dijo—. Quiero verte.

Empecé a moverme arriba y abajo. El placer creció rápido, más rápido de lo que esperaba. Me toqué el clítoris mientras me movía sobre él.

—Dios… sí —gemí, sorprendida de mí misma—. Se siente… por primera vez me está gustando de verdad.

Me agarró de las caderas y empezó a empujar hacia arriba.

—Decime lo que sentís.

—¡Me encanta! —grité, moviéndome más rápido—. Te está llegando profundo y me gusta demasiado… no pares.

El orgasmo me llegó de golpe, brutal, inesperado. Fue el más intenso de toda mi vida. Todo el cuerpo se me sacudió, me cerré apretada alrededor de él y grité sin importarme nada.

—¡Me corro…! —fue lo único que alcancé a decir.

Él siguió hasta que terminó también. Me levantó rápido, me arrodilló frente a él y se corrió sobre mi pecho con un gruñido largo.

***

Cuando todo terminó, quedé tendida en la cama, exhausta, intentando recuperar el aire. Algo había cambiado de raíz. Por primera vez había sentido placer real con el sexo anal, y no un poco: muchísimo.

Nos quedamos un rato hablando, todavía desnudos y sudados, riéndonos de lo intenso que había sido. Me limpié con la sábana y charlamos como si nos conociéramos de toda la vida.

Desde esa noche, mis mejores orgasmos vienen de ahí. Todo por culpa de él, que se ganó el apodo a pulso y dejó de ser solo un nombre en una pantalla. Y desde entonces he tenido mucho de eso, y muchos finales tremendos.

Gracias, Demonio, por enseñarme un mundo que yo creía conocer y no conocía en absoluto. ¿Te animás a ser el próximo?

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Comentarios (6)

Lucia_Mza

increible relato!! me dejo sin palabras, muy bien contado

TeresaB_

Por favor seguí contando, quede con ganas de leer mas experiencias tuyas. Muy honesto todo!

VeroLectora

Me recordo a mi primera vez con eso, tambien tuve miedo al principio jaja. Me encanto como lo narraste, se siente muy real.

PatricioB

Buenisimo. De los mejores de la categoria.

LunaGriz

La parte del hotel me mato jajaja tremendo!! Sigue escribiendo por favor

CarlosV45

excelente relato, bien escrito y sin rodeos. Se agradece!!!

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