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Relatos Ardientes

Lo que vi en el vestuario de la piscina aquella tarde

Era una de esas tardes de julio en las que el aire de la sierra de Soria se quedaba quieto, espeso, sin una sola nube que diera tregua. En la esquina de la plaza, Adrián esperaba con las manos en los bolsillos y el corazón un poco más rápido de lo normal. Llevaba casi un año sin ver a Marina, y aquella tarde, como tantos veranos atrás, habían quedado para ir juntos a la piscina del pueblo.

Él siempre había sido el callado de los dos. Tímido, leal, de los que prefieren escuchar antes que hablar. Había dejado los estudios para trabajar las mañanas en el taller mecánico de su padre, y el año entero se le había ido entre el olor a grasa y el ruido de las llaves contra el metal.

Marina, en cambio, se había marchado a la ciudad a estudiar el primer curso de Enfermería. Volvía distinta. No sabía explicarlo, pero algo en ella había cambiado durante esos meses lejos de casa, como si la ciudad le hubiera enseñado de golpe un montón de cosas que en el pueblo nadie le contaba.

Cuando la vio aparecer al fondo de la calle, Adrián sintió un vuelco en el estómago. Llevaba un vestido blanco corto, y por debajo se adivinaban las tiras de un bikini rojo bien ceñido. El pelo rubio, rizado, recogido en una coleta alta. Sin decir nada echó a correr hacia él y lo abrazó con fuerza.

—Me vas a partir por la mitad —protestó él, rígido como una tabla.

—Calla o te dejo sin aire —respondió ella entre risas.

Los dos se rieron, pero Adrián se quedó paralizado al notar el cuerpo de Marina pegado al suyo. Sus pechos se apretaban contra su pecho, y un escalofrío le recorrió la espalda entera. Cuando por fin se separaron, se miraron a los ojos con una mezcla de ilusión y de algo que ninguno se atrevía a nombrar.

—Estás más fuerte —dijo ella, pasándole la mano por el hombro.

Adrián se encogió y se puso colorado.

—El taller es duro… Y tú… tú estás… ya eres toda una mujer —balbuceó, sonrojándose todavía más.

Marina le dio una colleja suave, de las de broma, y él se hizo aún más pequeño, lo que le arrancó a ella una sonrisa tierna. Sabía de sobra que le gustaba. Llevaba años sabiéndolo, esperando a que algún día se atreviera. Él, por su parte, no encontraba la manera de decirle que era la única persona en la que pensaba cada noche.

De camino a la piscina hablaron de todo. Marina le contó anécdotas de la facultad, del piso que compartía con dos compañeras, de los exámenes que la habían hecho llorar, de alguna fiesta de estudiantes.

—Seguro que has ligado un montón y hasta tienes novio por allí —soltó Adrián con tono guasón, tratando de disimular los nervios.

—Qué va. Los de la ciudad son todos unos engreídos y solo buscan una cosa —respondió ella mirando al suelo.

No le mentía del todo, pero tampoco le contó la verdad entera: que sí había estado con algún chico, que la ciudad la había iniciado en muchas cosas, y que ninguno de ellos había sabido dejarla satisfecha. Para no herirlo, se calló esa parte.

No pudo evitar acordarse del verano anterior, en las fiestas del pueblo. Aquella noche se había acercado a Adrián mientras bailaban, rozándolo, buscándolo. Y él, como siempre, se había puesto tenso y había escapado al primer contacto. Cansada de esperar, se había marchado a la ciudad a crecer.

Ahora regresaba con una idea clara en la cabeza: comprobar si aquel verano podía ser distinto, si Adrián, con sus manos ásperas y su mirada esquiva, había madurado de una vez.

—Y tú, ¿no tienes a nadie en mente? Algo habrá —preguntó ella, chocando su hombro contra el de él.

—No, no hay nadie —mintió Adrián, mordiéndose las ganas de confesarle que la única persona en la que pensaba caminaba a su lado.

***

Llegaron acalorados y sudorosos. La piscina estaba a las afueras, junto a la vieja estación de tren. Un jardín amplio de césped reseco, unos cuantos pinos que daban algo de sombra, una piscina grande rectangular en el centro y otra pequeña al lado para los niños. La socorrista vigilaba desde una silla de plástico cerca de la entrada. Los vestuarios quedaban en el extremo opuesto, lejos del agua.

No había casi nadie. Un par de familias resguardadas bajo los árboles y poco más. Era temprano y el calor no invitaba a salir de casa.

Extendieron las toallas, se quitaron la ropa hasta quedarse en bañador y corrieron hacia las duchas para no abrasarse los pies en el camino. Adrián llegó primero, apretó el pulsador y un chorro de agua fría le cayó por la espalda, cortándole la respiración.

Marina, que venía detrás, aflojó el paso para observarlo de lejos. El trabajo le ha sentado bien, pensó.

—¿Está fría? —preguntó con una sonrisa traviesa.

—Solo un poco —contestó él rápido, con la voz temblorosa, apartándose enseguida.

Ella se colocó en la ducha de al lado, de espaldas. Adrián se quedó esperándola, mirándola de reojo, repasando cada curva. Cuando el agua helada cayó sobre el cuerpo de Marina, la chica soltó un grito.

—¡Está congelada, por Dios! —exclamó girándose de golpe.

Adrián vio cómo sacudía el pelo bajo el chorro. El bikini rojo sujetaba sus pechos, y los pezones, erizados por el frío, parecían querer romper la tela. Avergonzado, apartó la mirada para que no lo pillara.

Ella, en cambio, disfrutaba del agua con los ojos cerrados y una sonrisa en los labios. Sabía perfectamente que la estaba mirando.

***

Cerraron las duchas y se lanzaron de cabeza a la piscina. El agua estaba templada, casi demasiado cálida para ella. Nadaron, se salpicaron, se hicieron aguadillas entre risas, buscando cualquier excusa para rozarse.

Marina se apoyó en el borde y se echó el pelo hacia atrás.

—Qué gusto volver a estar así contigo, como cuando éramos críos.

—Sí… aunque ya no somos tan críos —respondió él, algo más serio.

—Eso es verdad —dijo ella, mirándolo un instante más de la cuenta—. Pero me gusta que contigo todo siga siendo tan fácil.

—Contigo siempre lo es —admitió él en voz baja, con el corazón disparado.

Se quedaron quietos, mirándose.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó ella con una sonrisa pícara.

Adrián propuso jugar al tiburón: cruzar el ancho de la piscina nadando sin dejarse atrapar. A Marina le encantaban los juegos, así que aceptó al momento.

—Pero empiezas parando tú —dijo ella.

Marina salió del agua para coger carrerilla, caminando despacio, provocadora. Adrián la observaba desde dentro, disimulando. El bikini rojo contra su piel clara, el sol reflejándose en las gotas que le resbalaban por las piernas. De pronto echó a correr y se lanzó, intentando cruzar sumergida, pero él fue más rápido y la atrapó por la cintura bajo el agua. Sin querer, su mano resbaló y rozó uno de sus pechos. Salió disparado a la superficie, rojo, disculpándose atropelladamente.

—No ha pasado nada, tranquilo —contestó ella sin darle importancia, con una sonrisa divertida bailándole en la cara.

Ahora le tocaba a ella perseguirlo. Adrián fue a subirse al bordillo para tomar impulso.

—¿El señorito tiene miedo de perder y necesita carrerilla? —lo picó Marina.

Al final se impulsó desde la pared sin salir. En cuanto arrancó, ella nadó hacia él con todo. Justo antes de que tocara el borde, lo agarró por los hombros, se abalanzó y le rodeó la cintura con las piernas, apretando su sexo contra el torso del chico. El roce inesperado la hizo estremecerse, y a él lo dejó completamente paralizado. Marina apretó las caderas un instante más antes de soltarlo bajo el agua.

Adrián no pudo evitar que su cuerpo reaccionara. Notó cómo se endurecía dentro del bañador y rezó para que ella no se diera cuenta.

El juego siguió. Le tocaba cruzar a Marina, y mientras salía del agua, él la miraba de reojo. El bikini empapado, pegado a la piel, no escondía nada: los pezones marcados, duros por el agua y por algo más. Una imagen que no ayudaba precisamente a que se le bajara la erección.

Ella se lanzó con fuerza, pero Adrián la alcanzó y la cogió de la muñeca. Marina, por instinto, le agarró el brazo con la otra mano y tiró hacia sí, hundiéndolo, haciendo que su entrepierna le rozara el cuerpo. Un calor intenso le subió por dentro al sentir lo duro que estaba.

Lo he calentado, pensó satisfecha. A ver si por fin se atreve. Sabía que se estaba pasando de la raya, pero le quedaba un último empujón por dar.

Él, mientras tanto, se moría de vergüenza. Le aterraba que ella lo hubiera notado, que pensara que era un cualquiera que se empalmaba a la primera de cambio.

Al salir a la superficie quedaron pegados, uno junto al otro. Marina lo miró con los ojos cargados de deseo. El cuerpo de Adrián le pedía besarla sin pensar, pero la cabeza le exigía prudencia. Se apartó para seguir jugando.

Esta vez salió del agua para lanzarse, y de espaldas a ella se recolocó el bañador gris para disimular el bulto. Marina no perdía detalle de su espalda, de su culo, de los brazos definidos por el trabajo. Cuando se giró y vio la silueta marcada bajo la tela, una sonrisa se le escapó.

Avispada, se colocó en el lado contrario, en buena posición. En cuanto Adrián se tiró, lo cazó. Lo atrajo por el torso, le enredó las piernas en la cadera y le llevó la cara contra sus pechos, apretándolo. Encajó su cadera con la de él y sintió de nuevo la dureza rozando su sexo. Desesperada, apretó las piernas para sentirlo mejor, dejando claras sus intenciones.

Pero Adrián, abrumado, se soltó de golpe.

—Al final me vas a ahogar —le reprochó con voz seca.

—No es para tanto, solo estamos jugando —contestó ella, sorprendida por su reacción.

—Tienes razón, me he pasado un poco —respondió él, cabizbajo.

Marina lo miró con una sonrisa cómplice y le lanzó agua con la mano.

—Anda, vamos a las toallas a tomar el sol, que ya hemos jugado bastante.

Subió las escaleras y él se quedó dentro, esperando a que su cuerpo se calmara, viendo cómo el bikini rojo se aferraba a su culo a cada peldaño.

***

Un grupo de chicos de veintipocos años acababa de llegar. No eran del pueblo; seguramente pasaban las vacaciones con algún familiar. Se sentaron a la sombra, escondiendo alguna cerveza, riéndose de sus propias tonterías. Al ver salir a Marina del agua, callaron de golpe.

—¿Y esa? —preguntó uno.

—Madre mía, qué buena está. ¿La conoces? —replicó otro.

—Callaos, idiotas, que es la vecina de mi tía. Como sus padres me pillen mirándola, me cae una buena —zanjó el tercero.

Marina caminó hacia su toalla con la calma de quien no necesita demostrarle nada a nadie. No se cubrió ni apuró el paso. El grupo la siguió con la mirada en silencio, y cuando pasó, se cuchichearon algo y se echaron a reír.

Adrián, desde el agua, observaba esas miradas de lobo y se sintió pequeño. Ellos eran más lanzados, más ruidosos. Pero Marina los ignoró como si no existieran, y eso, por algún motivo, lo reconfortó.

Salió, esquivó a los chicos y se tumbó al sol. De reojo, miraba a Marina secarse el pelo. Cuando terminó, ella se echó a su lado, algo inquieta.

—¿Estás bien? Te veo rara. ¿Te han molestado esos imbéciles?

—No, qué va. Es que hace mucho calor —mintió.

No iba a decirle que la culpa era suya, que si no fuera por su timidez ya estarían juntos. Pero le gustaba demasiado como para rendirse.

—¿Y qué harás cuando termines la carrera? —preguntó él con voz de cordero.

—Buscar trabajo de lo mío. Aquí en el pueblo será difícil, tendré que irme a la ciudad —respondió ella, cerrando los ojos.

Marina disfrutaba de la quietud, pero el cuerpo todavía le ardía por todo lo que había pasado en el agua. Se tumbó boca arriba, abrió un poco las piernas flexionadas para que el sol entrara por debajo del bikini, y se acarició el vientre con la punta de los dedos, casi sin tocarse. Estaba al límite y no sabía cómo aliviarse.

Por la respiración de Adrián, supo que se había quedado dormido. Será el cansancio del taller.

Entonces se le ocurrió una idea. La pensó varias veces, dudó, y al final se levantó. Fue a la entrada y le pidió a la socorrista la llave del vestuario de mujeres. La mujer, mayor, leía un libro con desgana; alzó la vista, le tendió la llave y siguió a lo suyo sin preguntar nada.

Marina volvió, cogió su bolsa con la ropa de recambio, se la colgó del hombro y se perdió entre los árboles.

***

La vieja puerta de madera chirrió al abrirse. Dentro hacía fresco, olía a cloro y a humedad. La luz entraba por unas ventanas altas y se reflejaba en las paredes blancas, descascarilladas. Bancos corridos de madera, y en el centro una camilla de masajes de cuero negro. Un tabique separaba el cambiador de las duchas, que apenas usaba nadie.

Cerró con llave, se sentó en el banco y dejó la bolsa a un lado. Sacó la ropa y la toalla, lo colocó todo en orden mientras repasaba en su cabeza cada roce de la tarde.

Fuera, los gritos de los chicos despertaron a Adrián. Se estaban tirando al agua como animales y hasta la socorrista les había llamado la atención.

—¿Marina? —preguntó mirando alrededor.

Su toalla seguía allí, pero ella no estaba. Habrá ido a ducharse, como siempre antes de volver a casa. Con ganas de orinar, se dirigió descalzo hacia los baños, sin hacer ruido al pisar.

Al pasar junto a los vestuarios, un sonido lo detuvo en seco. Parecía un sollozo. Se quedó quieto, escuchando. Luego un gemido tenue. El corazón se le aceleró y la cabeza empezó a imaginar lo que aquello podía ser.

En silencio, rodeó el edificio hasta la parte de atrás y se encaramó a un árbol. Por la rejilla de un viejo ventilador se veía el interior del vestuario de mujeres. Asomó la cabeza con cuidado y, al ver lo que vio, casi se cae de la rama.

Marina estaba sentada en el banco, recostada hacia atrás, con las piernas abiertas y flexionadas. Una mano apartaba la braguita del bikini, dejándole vía libre a la otra, que se movía con urgencia sobre su sexo. Los ojos cerrados, las mejillas encendidas, la boca entreabierta.

Adrián había mirado por ese mismo agujero muchas veces de crío, espiando a chicas mayores que se duchaban en bañador. Pero esto era otra cosa. No podía apartar la vista. El bulto le creció de nuevo y su mano bajó sola a acariciarse por encima del bañador. ¿Qué pensaría si supiera que la estoy espiando?, se preguntó, devorado por la culpa y por las ganas a partes iguales.

La respiración de Marina se aceleraba. Sus dedos se hundían entre los labios, sabiendo en cada momento dónde tocar, y de su garganta escapaban gemidos cada vez menos contenidos. Subió la otra mano por el vientre, la coló bajo la tela del bikini y se apretó el pecho. El sonido húmedo de sus dedos llenó el vestuario. El cuerpo se le arqueó, soltó un gemido que rebotó en las paredes, y luego se quedó floja sobre el banco, recuperando el aire.

Adrián, fuera de sí, se desató el cordón del bañador para liberarse. Pero en ese instante un estruendo lo invadió todo: un tren cruzaba la vía a toda velocidad. Asustado, agachó la cabeza. Cuando volvió a asomarse, Marina ya caminaba hacia las duchas con el bikini bien colocado.

Bajó del árbol con el corazón a mil, sin saber si era por el susto del tren o por lo que acababa de ver. Volvió a la toalla a esperarla, muerto de miedo de que alguien lo hubiera pillado.

Unos minutos después apareció Marina, con la cara tranquila y relajada.

—¿Nos vamos ya, dormilón? Tengo que ayudar a mi madre con la cena —dijo, regalándole una sonrisa.

Adrián asintió enseguida, sin atreverse a mirarla a los ojos. Pero ella no sospechó nada.

De vuelta a casa recordaron viejas historias y quedaron para volver a la piscina al día siguiente. En cuanto llegó, Adrián se metió directo a la ducha. Y mientras el agua caliente le caía por encima, se tocó pensando en ella, en lo que habría pasado si se hubiera atrevido a entrar en aquel vestuario.

Continuará…

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Comentarios (6)

KiloVerde33

increible!!! uno de los mejores que lei en esta pagina, en serio

LunaRdp

Se me hizo muy corto, quede con las ganas de saber mas. Por favor escribi mas!!

Tere_BA03

jaja me recordo a un verano de adolescente, esas cosas pasan mas seguido de lo que la gente admite. Muy real el relato

Verano2004

el vestuario de la piscina jajaja clasico sitio donde pasan cosas inesperadas. Excelente!!

CuriozoBA

Es una confesion real? suena muy autentico, eso es lo que mas me gusta de esta categoria

GabiMDQ

De esos relatos que lees de un tiron y cuando terminan queres que no se acaben. Seguí así!

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