El desconocido que mi marido eligió esa noche
Esa tarde mi marido llegó del trabajo con la mirada inquieta. La conocía de memoria: era la cara que ponía cuando guardaba un secreto que en el fondo creía que me iba a gustar. Apenas dejó las llaves en la mesa de la entrada, me llamó al cuarto.
—Hablá con él —me dijo, y me pasó el celular—. Se llama Damián. Lo contacté hace dos semanas y aceptó hacer lo que te conté.
Después se metió a la ducha como si nada. Yo me senté en la cama, con el teléfono en la mano y un nudo nuevo en el estómago. Hacía meses que dábamos vueltas sobre esa fantasía entre vino y sábanas, sin terminar de decidirnos. Ahora el hombre estaba al otro lado de la pantalla, esperándome.
—Buenas noches —escribí, tan formal como si pidiera turno con el dentista.
Me respondió con una videollamada. La acepté antes de pensarlo. Apareció un tipo de unos cuarenta y largos, cara amable, barba recortada, una camisa abierta hasta el segundo botón. Hablaba pausado, con esa cadencia que tienen los hombres que ya no necesitan demostrar nada.
—Me cuentan que sos vos la que pidió esto —dijo.
—Es una fantasía vieja —admití—. Mi marido la quiere cumplir conmigo.
Hablamos un rato. Me preguntó por mis límites, por lo que me gustaba, por lo que prefería no hacer. No tenía nada de la prepotencia que yo había imaginado. Eso fue lo que me convenció. Cuando finalmente me preguntó si podía verme, le dije que sí. Apoyé el celular contra la lámpara de la mesa de luz y dejé caer la bata. Damián tardó unos segundos en hablar.
—Tenés un cuerpo que da rabia, mujer.
—Ahora vos —le respondí, sorprendida de mi propio descaro.
Lo hizo sin dudar. Tenía el pecho ancho, el vientre apenas marcado y, entre las piernas, una verga gruesa y dura que me hizo apretar las rodillas sin querer. Le dije que me parecía hermoso. Reí, y él rio también. Antes de cortar me prometió que iba a llevarme un regalo el día del encuentro.
—Un vestido corto, transparente. Y debajo, una tanga de hilo que vas a tener que dejarme sacar con los dientes.
Esa frase me dejó temblando.
Cuando mi marido salió del baño, yo todavía tenía la respiración corta. Me miró todo en un segundo: las mejillas, el celular en la cama, los muslos apretados. Sonrió de costado, me dio vuelta sin mediar palabra y me cogió por el culo allí mismo, contra el respaldo, sin pedirme permiso. Le encanta mi culo como a pocos hombres les encanta nada. Terminó dentro de mí con una rabia silenciosa que no se parecía a la suya de siempre.
—El sábado —me dijo después, todavía respirando agitado—. Damián viaja el sábado.
***
Esperé la semana entera con un nervio que no se calmaba. Compré crema nueva, me depilé, me hice las uñas. La noche del sábado me bañé dos veces. Me puse un vestido negro corto, ese que mi marido siempre comentaba cuando yo quería que no me dejara llegar al postre, y debajo nada, porque la otra ropa la traía Damián. Mi marido manejó hasta el hotel en silencio, con una mano en el volante y la otra apoyada en mi muslo, alta, posesiva, repasando lo que pensaba reclamar más tarde.
El hotel era uno de esos sitios discretos del centro, con cortinas pesadas y olor a almidón. Nos hospedamos en el tercer piso. Mi marido había alquilado dos habitaciones por las dudas: una para nosotros y otra contigua a nombre de Damián, para que el conserje no atara cabos. Tocaron la puerta cinco minutos después. Un hombre alto, de traje azul oscuro, con la sonrisa lista antes que la boca.
—Sos más linda en persona que en la pantalla —me dijo. Y a mi marido, con la mano extendida—: tenés suerte.
Nos sentamos los tres en el borde de la cama. Conversamos como si estuviéramos por firmar un contrato más que por desnudarnos. Mi marido repasó las reglas en voz baja, una por una. Nada de besos en la boca. Si yo decía basta, se acababa todo. Si yo pedía algo, ellos preguntaban antes. Damián asentía con la calma de quien ya había estado en mesas así.
Después abrió su mochila y me entregó una caja. Adentro estaba exactamente lo que me había prometido: un vestido cortísimo, casi una segunda piel transparente, y una tanga negra atada con dos hilitos a las caderas. Me encerré en el baño para cambiarme. Cuando me miré al espejo no me reconocí. La mujer que me devolvía la mirada no era la que llevaba a los chicos al colegio los lunes.
Volví al cuarto descalza. Los dos estaban desnudos, sentados en la cama, con las vergas paradas. Mi marido contra el respaldo, Damián al borde del colchón. Vi la diferencia de tamaño y miré para otro lado, no porque me asustara, sino para no humillar al hombre con el que vivía. Damián me adulaba sin parar mientras me acercaba: el cuello, los hombros, la manera de caminar. Me arrodillé entre los dos y empecé a chupar, primero a uno, después al otro, alternando con esa entrega que solo aparece cuando una sabe que la están mirando.
Damián me levantó del piso con las dos manos, me tiró sobre la cama, me abrió las piernas y bajó la cabeza entre mis muslos. Tenía la lengua paciente, entrenada, y empezó por la concha y siguió por el culo, sin pedir permiso, como si fuera lo más natural del mundo. Mi marido me miraba mientras otro hombre me chupaba donde solo él me chupaba. Le brillaban los ojos de un modo nuevo.
—Agarrá el celular —le dijo Damián sin levantar la cabeza—. Vas a querer tener esto.
Mi marido agarró el teléfono y empezó a grabar. Damián me corrió la tanga hacia un costado sin sacarla, me la dejó puesta como un detalle deliberado, y se metió adentro mío de una sola vez. Se me ahogó un suspiro en la garganta. La concha se me iba a partir y al mismo tiempo se me derretía. Él se movía despacio, midiéndome, y me hablaba en un hilo de voz, llamándome cosas tiernas que en boca de un desconocido sonaban casi peligrosas.
—¿Te gusta, amor?
—Sí —respondí entre dientes.
Mi marido se acercó por un costado de la cama, se inclinó hasta tocar mi oído y me habló con una voz que yo no le había escuchado nunca.
—Si te quiere besar en la boca, no le aceptes. Si lo dejás, hasta acá llegamos.
Me clavó la mirada como diciéndome que iba en serio. Asentí con la cabeza, asustada, sin terminar de entender por qué esa orden me ponía todavía más caliente.
Damián me dio vuelta, me apoyó el pecho contra el colchón y empezó a empujarme por el culo. Le había rogado que fuera despacio. Lo hizo durante diez segundos y después se olvidó. Le pesaba la verga, lo entendí enseguida. Me dolió, me dolió mucho, y se lo dije.
—Le está doliendo —intervino mi marido desde el costado, todavía con el celular grabando, la voz cortante—. Te lo está diciendo.
—Perdón, perdón —dijo Damián, y se salió. El alivio me corrió por la espalda como agua fría.
Me besó el hombro, me acarició la cintura y me dejó respirar. Después me senté sobre él en la cama, despacio, dejando que mi concha lo recibiera con mi propio peso. Esta vez sí se movió como yo necesitaba, con un ritmo que iba subiendo de a poco. Mi marido aprovechó el ángulo y se metió por detrás. Era más chico que el otro, lo aguanté entero. La doble penetración me la había imaginado mil veces y nunca había imaginado nada. Sentí cómo se rozaban dentro mío, cómo los dos me miraban la espalda, cómo mi propio cuerpo dejaba de ser un cuerpo y se volvía algo que se hablaban entre los dos. Damián intentó alcanzarme la boca. Giré la cara a tiempo.
—Solo a él —dije, casi sin aire.
—Está bien —murmuró Damián, y me chupó los pezones para compensar.
Acabaron casi a la vez, uno en la concha, el otro en el culo. Me sentí llena, sucia, exhausta, hermosa al mismo tiempo. Me dejé caer entre los dos y tardé varios minutos en volver a respirar despacio. Damián me miró el culo, divertido, y comentó algo bajito sobre cómo había quedado. Le respondí algo a mi vez, en un tono de risa cansada. Mi marido me besó la sien, la mejilla, los labios, en ese orden, y se fue al baño.
Fue exactamente entonces, en esos dos minutos a solas con Damián, cuando empezó la otra historia.
—Tomá —me dijo, deslizándome una tarjeta entre los dedos—. Acordate de mí. Sos una mujer impresionante. Si alguna vez querés vernos sin él, llamame.
Lo miré sin contestar. No le devolví la tarjeta. La cerré en la palma con un movimiento que no parecía mío. No supe siquiera por qué. Tal vez por miedo, tal vez por orgullo, tal vez porque una parte de mí ya había aceptado lo que la otra parte fingía no haber oído. Lo que no sabía era que mi marido había vuelto a la puerta del baño un segundo antes y había escuchado cada palabra.
***
Nos cambiamos en silencio. Mi marido fue cordial con Damián hasta la despedida. Cerró la puerta detrás de él con suavidad, y entonces me miró. Me conocía la cara antes que yo misma.
—¿No tenés nada que decirme?
—Que estuvo rico —dije, intentando una sonrisa que se me rompió en la boca.
Me tomó la mano. No con fuerza, con esa calma fría que duele más que cualquier grito.
—Mejor que me cuentes toda la verdad. Si no, esto es lo último que pasa entre nosotros.
Me temblaron las rodillas. Me solté de él y me senté en el borde de la cama. Le conté lo de la tarjeta entre lágrimas que no calculé. Le dije que no había pensado llamarlo, que no se la había pedido, que la había guardado sin saber por qué.
—El trato era no a solas —respondió, sin moverse—. Vos lo sabías.
—Perdoname —le rogué, y me abracé a su pecho como si me fuera la vida—. Perdoname, mi amor. Que sea la primera y la última vez.
Se quedó callado un rato largo. Después estiró la mano hacia mi cartera, sacó la tarjeta de Damián entre dos dedos y la tiró al tacho del cuarto sin volver a mirarla.
—Que sea la primera y la última —repitió.
Me besó. Me besó con esa rabia silenciosa que solo conocíamos él y yo, y me dio vuelta sobre la cama deshecha, y me cogió de nuevo, ahora sin testigos, mientras yo le pedía perdón en cada empujón. Acabó dentro mío como queriendo borrar las huellas del otro. Nos dormimos abrazados, ahí, en ese hotel del centro, hasta el día siguiente.
El video todavía lo tiene él. La tarjeta no la recuperé jamás.