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Relatos Ardientes

La noche que mi colega dejó de ser tan correcta

Hay personas que llegan a tu vida con el aire de quien no está dispuesta a mostrarse entera, y Aurora era exactamente así. Apareció en el instituto donde yo daba clases hacía apenas un par de meses, recién recibida, con los nervios disimulados detrás de una espalda recta y una voz que se volvía firme apenas entraba al aula. Era joven, de piel muy blanca, cabello negro siempre recogido en una cola baja y un cuerpo que ella se ocupaba en cubrir con blusas formales que de todos modos no alcanzaban a esconder lo bien proporcionada que estaba.

Nos saludábamos cada mañana en el pasillo. «Buenos días, profesor». «Buenos días, maestra». Ese trato cortés, casi protocolar, que en cualquier otro lugar habría sido frío y que entre nosotros funcionaba como un juego silencioso. Los estudiantes la respetaban incluso más que a mí, y eso que yo le llevaba quince años de oficio. Tenía una autoridad serena, esa que no necesita levantar la voz para sostenerse.

Algunas tardes coincidíamos en la salida. Su novio la esperaba estacionado frente al portón, en un auto que tampoco lograba disimular cierto descuido. Ella se despedía con un apretón de manos suave y subía sin mirar atrás. Yo me quedaba un momento observando cómo aquel hombre, distraído, ni siquiera notaba lo elegante que era la mujer que se sentaba a su lado.

Todo cambió en un evento de inicio de ciclo. El director nos pidió que custodiáramos juntos un sector del auditorio. «Son los profesores a los que más respetan los chicos —dijo—, así que confío en que pongan orden con los de primer año, que esta camada viene difícil». Aceptamos sin decir nada, y yo agradecí por dentro que el azar hiciera lo que yo no había sido capaz de forzar.

Durante el evento no pasó nada con los alumnos. Lo que sí pasó fue entre nosotros. Hablamos de historia, de astronomía, de un libro que ella estaba leyendo y que yo conocía mejor de lo que aparenté al principio. Aurora tenía un humor seco, casi negro, y una manera de soltar comentarios afilados con la cara más inocente del mundo. Cada vez que me miraba un poco más de la cuenta, sentía que se estaba dando cuenta de algo.

—Usted es más interesante de lo que parece, profesor —me dijo a la salida.

—Y usted, más peligrosa, maestra.

Se rió. Una risa corta, contenida. Era la primera vez que la veía reír así.

***

Una semana después coincidimos por casualidad en un bar del centro. Yo era cliente habitual del lugar; ella entró del brazo de su novio. Cuando la vi me costó reconocerla. Llevaba un vestido corto, negro, con un escote discreto pero suficiente para hacerme imaginar lo que ese uniforme académico me venía ocultando. Las piernas, torneadas, terminaban en unos tacones bajos que la hacían caminar distinto, más libre, más mujer y menos maestra.

Le pedí al mesero que les llevara dos bebidas de mi parte. Ella levantó la copa, me reconoció y me hizo una seña discreta. Su novio giró la cabeza con esfuerzo, como si le molestara que alguien interrumpiera. Me acerqué a la mesa.

—Buenas noches, maestra —dije, y la besé en la mejilla muy cerca de la comisura de los labios.

—Profesor, qué casualidad —respondió.

Le tendí la mano al novio.

—Mucho gusto, soy Damián.

Me devolvió el saludo con una sonrisa cordial, agradeció las bebidas y se fue al baño casi enseguida, como si el cambio de escena lo cansara. Aproveché esos segundos para tomarla de la cintura, apenas, con la excusa de pedirle permiso para sentarme un momento. Ella puso las manos en mis hombros y me agradeció. Cuando me alejé, le rocé la mano dos veces. Dos veces de más para que fuera un accidente.

***

Volvimos al trato cortés en el instituto, pero algo se había quebrado del lado bueno. Hablábamos todos los días. Yo me pasaba por su aula con la excusa de pedirle un marcador; ella me buscaba en la sala de profesores con una pregunta inventada. Era evidente para los dos y, por suerte, para nadie más.

Un sábado por la tarde recibí un mensaje suyo. Decía que había terminado con su novio hacía algunos días, que estaba bien, que tenía ganas de tomar algo. Antes de que pudiera proponer un bar, ella misma se adelantó: prefería pasar por mi casa. Que ella llevaba el vino si yo me encargaba de la cena. Le respondí con la dirección y me dediqué a maldecir lo lento que avanzaba el reloj.

El resto de la tarde lo pasé cocinando y reordenando lo mismo dos veces. A las nueve sonó el timbre. Aurora traía el pelo suelto por primera vez. Una botella de vino en una mano, un pack de cervezas en la otra.

—El vino para la cena —dijo entrando—. Las cervezas para después.

—¿Hay un después?

Me miró. No respondió.

Cenamos hablando de pavadas, dando rodeos, riéndonos demasiado fuerte de chistes que no eran tan buenos. En algún momento empecé a buscarle la mano con el pretexto de pasarle el pan y la mantuve un segundo más cada vez. Cuando llegó la última copa de vino, le acaricié la cintura por encima de la blusa y sentí cómo se le erizaba la piel. La miré. Tenía los pezones marcados a través de la tela; estaba excitada desde mucho antes de cruzar la puerta.

La besé. Un beso largo, sin urgencias, como si lleváramos meses esperándolo. Porque los llevábamos. La llevé al sillón del living, me senté con ella encima y empecé a desabrocharle la blusa botón por botón. Aurora se rió con la boca pegada a la mía.

—¿Por qué tan lento? —murmuró.

—Porque te estuve mirando demasiado tiempo como para apurarme ahora.

Le solté el sostén y al sentirse libre me clavó la mano en la entrepierna. Tenía los pechos exactamente como los había imaginado mil veces: blancos, firmes, con los pezones rosados, un poco fríos por el aire. Empecé a besarlos sin prisa mientras le bajaba el cierre del pantalón y le metía la mano debajo de la ropa interior. Estaba mojada. Mucho. Tan mojada que el dedo entró solo, sin pedir permiso.

—Eso —susurró ella, con la cabeza tirada hacia atrás.

La acosté en el sillón, le saqué el pantalón y le aparté la tanga a un costado. Bajé despacio, besando el vientre, los muslos, la parte interna de las piernas. Cuando le pasé la lengua por primera vez, respiró fuerte y cerró las piernas un instante, como si tuviera que acostumbrarse. Después las abrió. Después me sostuvo la cabeza con las dos manos.

Le hice sexo oral despacio, alternando la lengua con un dedo, y mientras la sentía estremecerse subía la otra mano para apretarle los pechos. Tenía un sabor limpio, ligeramente salado. Cuando empezó a temblar le clavé las uñas con suavidad en el muslo y se vino con un gemido contenido, casi avergonzado, mordiéndose la mano para no hacer ruido.

—No tienes que callarte —le dije.

—Es la costumbre.

Esa frase me dijo más que cualquier otra cosa de toda la noche.

***

Me incorporé y ella tiró de mí para sentarme en el sillón. Se arrodilló entre mis piernas y me la chupó con una timidez que me confirmó lo que ya sospechaba: era una chica de casa, de pocas manos, de una pareja larga y aburrida. No me la mamaba con técnica, me la mamaba con ganas, que es muy distinto y muchísimo mejor. Le puse una mano en la nuca, sin presionar, solo guiándola, y con la otra le acariciaba los pechos que se balanceaban cada vez que se inclinaba.

La frené antes de que la cosa terminara así. La acosté otra vez en el sillón, me puse sobre ella y la penetré despacio. Estaba tan estrecha que tuve que entrar de a poco. Apretaba de una manera que no recordaba en mucho tiempo. Aurora me clavó las uñas en la espalda y soltó un gemido grave, distinto, el primer sonido del día que no se molestó en disfrazar.

—No te detengas —dijo.

No tenía ninguna intención. Empecé a moverme con un ritmo lento, mirándola, viendo cómo le rebotaban los pechos al compás. Le besé el cuello, la oreja, le mordí el lóbulo. La di vuelta y la puse en cuatro contra el respaldo. Desde atrás la cogí más fuerte, sosteniéndola por la cintura, y le miré la espalda blanca arquearse como un puente. Cada vez que entraba hasta el fondo, soltaba un quejido corto, como si le doliera bien.

—Qué rica la tienes —dijo, casi sin aire.

La giré de nuevo. Quería verle la cara. Volvimos al misionero pero con otra intensidad. Aurora me besaba en la boca con la lengua casi metida en mi garganta, los pechos pegados a mi pecho, las piernas cerradas alrededor de mi cintura. Sentí que me venía y supe que tenía que decidirlo rápido. Me incorporé, me la trabajé con la mano un par de veces más y le acabé encima de los pechos. Largo. Más que de costumbre.

Ella se quedó quieta, mirándose. Pasó un dedo por su pecho, lo probó con la punta de la lengua y me miró como si recién descubriera algo.

—Nunca me habían acabado encima —dijo.

—¿Te molestó?

—Me encantó.

Le pedí que me terminara de limpiar con la boca. Lo hizo. Sin pudor.

***

Después fue al baño, volvió desnuda y se acomodó contra mi pecho en el sillón. Le serví una cerveza. Estuvimos un rato en silencio, mirando una luz de la calle que entraba por la ventana y pintaba el piso de naranja. Me contó que nunca había estado con nadie que no fuera su ex, que se había preguntado tantas veces si era normal terminar con un solo hombre en toda la vida, y que esa noche había sentido cosas que ni siquiera sabía que existían.

Más tarde lo hicimos otra vez en mi cama. Esta vez de misionero, suave, como ella estaba acostumbrada y como yo había decidido respetarle. Me vine adentro de ella, con su permiso, mirándola a los ojos. Cuando terminé, me besó con una ternura que ya no era de compañera de trabajo.

Se vistió alrededor de la una de la mañana. Nos despedimos en la puerta con un beso adolescente, de los que se dan apretándose la cara con las dos manos. Aurora sonreía como hacía meses no la había visto sonreír en el instituto.

Cuando llegó a su casa me escribió. Sus padres la esperaban despiertos, preocupados. Nos quedamos chateando hasta las cuatro. El lunes siguiente volvimos a saludarnos en el pasillo con la formalidad de siempre: «Buenos días, profesor», «Buenos días, maestra». Pero algo había cambiado del lado bueno. Y ese algo me bastó para los meses que vinieron.

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Comentarios (5)

Claudio_BA

tremendo relato, me engancho de principio a fin!

noche_calida88

Lo lei dos veces porque me gusto demasiado. Se nota que es una confesion real, no inventada.

LectorSil_BA

Que bueno! Me recordo a una situacion parecida que vivi con una compañera hace años... esas cosas que uno nunca espera jaja

tomasete22

Por favor que haya una segunda parte, me quede con ganas de mas!!

Marce_L

Muy bien narrado, la tension que vas armando desde el principio esta lograda a la perfeccion. Enhorabuena.

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