Mi ex volvió y ya no era la misma de antes
Renata y yo llevábamos casi dos años juntos cuando empecé a darme cuenta de que algo no terminaba de funcionar entre nosotros. No era una pelea, ni un desencuentro grande. Era algo más silencioso, más cotidiano. El sexo, esa parte que al principio fue puro fuego, se había vuelto una rutina previsible. Beso largo, ella debajo, misionero hasta el final, fin.
—¿Por qué no probamos algo distinto? —le preguntaba a veces.
Ella se reía como si fuera una broma y cambiaba de tema. Renata era preciosa: castaña, piel muy blanca, ojos oscuros que se le agrandaban cuando se enojaba. Tenía unas piernas largas que me volvían loco, y unos pezones rosados que yo besaba con devoción. Pero su forma de entender el sexo terminaba siempre en el mismo lugar, en la misma posición, con la misma lámpara tenue al costado de la cama.
Después de muchos intentos por moverla un milímetro de su zona de confort, terminé tomando la decisión que llevaba meses esquivando. La dejé. No fue por falta de cariño, sino porque yo necesitaba otra cosa. Quería a alguien que en la calle fuera elegante y discreta, pero que en la cama no tuviera límites. Una contradicción imposible, según mi mejor amigo, pero yo no estaba dispuesto a transar.
Las primeras semanas sin ella fueron raras. La extrañaba a ratos, sobre todo cuando llegaba a casa y nadie me esperaba en el sillón con un libro entre las manos. Pero también descubrí una libertad que se me había ido escapando sin darme cuenta. Volví a salir, volví a coquetear con desconocidas en los bares, volví a sentir el filo dulce de la incertidumbre.
Por esos días me acordé de Soledad, una compañera de mis tiempos de gimnasio que más de una vez me había dicho, sin rodeos, que le encantaría tomarse algo conmigo cuando estuviera libre. Le mandé un mensaje corto.
—Hola, ¿estás libre esta noche? —escribí.
—Justo estoy en el bar de la esquina con unas amigas. Vente —respondió en menos de un minuto.
***
Cuando llegué, sus amigas ya estaban en modo despedida. Soledad me recibió con un beso en la mejilla que duró un segundo más de lo normal, y diez minutos después estábamos solos en una mesa del fondo. Ella tenía una manera de mirar que decía todo lo que no decía con palabras. La invité a mi departamento sin tantos rodeos, y ella aceptó sin tantos rodeos tampoco.
Apenas cerré la puerta, ya la tenía contra la pared, comiéndose mi boca como si llevara meses esperando ese momento. Le subí la blusa y descubrí que tenía unos pechos enormes, mucho más grandes de lo que dejaba entrever debajo de la ropa. Se arrodilló sin que yo se lo pidiera, y lo que vino después fue otra cosa.
—Llevaba tiempo imaginando esto —me dijo entre lengüetazos.
Era directa, sin filtros, sin esa mojigatería que yo había aprendido a tolerar con Renata. Me llevó al sillón, me pidió que la tomara como yo quisiera, y me regaló una noche de la que todavía me acuerdo cuando cierro los ojos. Se quedó hasta la mañana siguiente. Cuando se fue, supe que esa parte mía que necesitaba salir había encontrado por fin un respiro.
Pero la historia con Soledad la dejo para otra confesión, porque no es lo que de verdad quiero contar acá. Lo que quiero contar es lo que pasó con Renata casi dos años después.
***
Habíamos perdido contacto por completo. Ni un mensaje, ni un saludo de cumpleaños. La vida nos había llevado por caminos distintos, y yo asumía que ella seguía con su versión ordenada y previsible del amor.
Hasta que una noche, en un evento de una marca para la que trabajaba un amigo, la vi al otro lado del salón. Llevaba un vestido negro corto, con la espalda casi entera al aire. El pelo más largo, más ondulado. Una copa de vino blanco en la mano y una sonrisa nueva. No era la misma chica que yo había dejado. Algo en su forma de pararse, de mirar de costado, de reírse con la cabeza echada hacia atrás, gritaba que la Renata tímida ya no existía.
Nos acercamos como dos viejos conocidos que no esperaban encontrarse, y por unos minutos hablamos de todo y de nada. Antes de despedirnos, intercambiamos números.
—Avísame cuando estés libre —me dijo, y guardó el teléfono en su bolsito.
Esperé tres días para escribirle. Tres días que se me hicieron eternos. Cuando por fin la llamé, le propuse vernos en un bar cerca de su casa. Aceptó. Esa noche nos besamos por primera vez en años, en una mesa apartada, con la música ambiental tapando cualquier conversación. Sus besos eran distintos. Sabían a otra cosa, a otra mujer.
La invité al departamento, pero ella negó con la cabeza.
—Hoy no —dijo, y se fue dejándome con la peor de las erecciones y una curiosidad que no me dejó dormir.
***
Pensé que era una venganza calculada, una manera fina de cobrarme el final que le había impuesto años atrás. Pero la verdad era otra. A los pocos días empezaron a llegar mensajes a mi teléfono. Primero textos, después fotos, después videos.
—¿Te acuerdas de mí entre las piernas? —escribió, con una imagen que no dejaba lugar a dudas.
—Cómo no me voy a acordar —contesté.
—Es tuya cuando quieras —agregó—. Pero quiero que vengas a buscarla.
Yo estaba fuera de la ciudad por trabajo, así que acordamos que la vería el fin de semana siguiente. Esos días los pasé enganchado al teléfono, recibiendo audios suyos con la respiración entrecortada, fotos en el espejo del baño, mensajes que me dejaban con la mente fija en un solo lugar.
—Quiero que me cojas como nunca te dejé hacerlo —escribió una madrugada.
No iba a poder negarme ni aunque quisiera.
***
El sábado pasé a buscarla a las nueve. Le había pedido que se pusiera un short corto, de esos que dejan ver el final de las nalgas si se agacha un milímetro. Llegó con uno gris, ajustado, y una blusa blanca sin sostén. Subió al auto y me besó antes de que yo pudiera saludarla.
—Manejá tranquilo —dijo, mientras me acariciaba el muslo.
Apenas entramos a mi departamento, no hubo preámbulo. Me empujó al sillón, se arrodilló entre mis piernas y me bajó el cierre con los dientes. La forma en que me la chupaba no tenía nada que ver con aquella Renata que apenas se animaba a abrir la boca dos años antes. Me la trabajaba con calma, con técnica, con una mirada hacia arriba que me hacía perder la cabeza.
—¿Te gusta así, papi? —preguntó, sin soltarme.
Asentí, porque las palabras me costaban. Me bajó hasta el fondo, me sostuvo unos segundos, y volvió a subir despacio. Cuando se levantó y se acomodó arriba mío en un 69, yo ya no entendía nada. Pasamos un buen rato así, dándonos placer al mismo tiempo, hasta que ella se separó y me pidió que la llevara a la cama.
***
La acosté boca arriba, le puse las piernas sobre mis hombros y la penetré sin pausa. Renata gimió de una manera que yo jamás le había escuchado. Ese sonido grave, casi animal, era nuevo. La cacheteé con suavidad, esperando que se enojara. No se enojó. Me pidió más.
—Más fuerte —dijo, mirándome a los ojos.
La obedecí. Le apreté el cuello con la mano abierta, sin cerrar nunca del todo, sintiendo cómo su pulso se aceleraba debajo de mis dedos. Sus ojos brillaban de una manera que yo no conocía.
—Soy tu puta, decímelo —pidió.
Se lo dije. Lo repetí. Ella sonreía cada vez que la palabra le caía encima como una caricia.
La di vuelta y la puse en cuatro. Se abrió sola las nalgas con las dos manos, como invitándome a entrar de nuevo. Cuando me hundí en ella, estaba empapada. Le di unas nalgadas que dejaron la marca de mi mano dibujada en su piel blanca. Cada palmada la hacía gemir más fuerte.
—Sos mi dueño —murmuró en algún momento—. Hacé conmigo lo que quieras.
Yo no era su dueño, pero el juego me encantaba. La acosté de costado, me acomodé detrás, y mientras la cogía despacio le apretaba los pechos con una mano y le acariciaba el clítoris con la otra. Me llevé los dedos a su boca para que se probara, y ella los chupó como si fueran un caramelo.
—¿Me convertiste en esto, te das cuenta? —dijo, riéndose entre jadeos.
—Vos sola te convertiste —contesté.
—Pero vos empezaste —insistió.
Y tenía razón. De alguna manera, lo poco que habíamos hecho en aquel viaje de fin de semana años atrás, cuando la convencí de salir del misionero por primera vez, había abierto una puerta que después otros se encargaron de empujar más adentro.
***
Nos tomamos un descanso. Bajamos a la cocina por agua y volvimos a la cama con los vasos en la mano. Ella se acomodó contra mi pecho y empezó a hablar. Me contó, sin pudor, las cosas que había probado en esos dos años. Los amantes ocasionales, las noches en hoteles con desconocidos, los juegos que aprendió a pedir sin vergüenza. Me lo contaba mirándome a los ojos, esperando una reacción que no llegó.
—¿No te molesta? —preguntó, con cierta sorpresa.
—No —dije—. Me gusta esta versión tuya.
Sonrió, y bajó la cabeza hacia mi entrepierna otra vez. Esta vez, mientras me la chupaba, me hizo algo que yo nunca había vivido. Me lamió despacio hasta llegar a un lugar al que nadie se había animado antes. Su lengua exploró sin pedir permiso, y yo me sorprendí a mí mismo levantando las caderas para darle más espacio. No supe cuánto duró. Pudo haber sido un minuto o veinte. Cuando volvió a subir y a meterme en su boca, yo ya estaba a punto de explotar.
—Vente adentro —pidió, después de subirse encima.
Lo hice. La sentí apretarse alrededor mío hasta el último espasmo. Después, con su propio dedo, recogió un poco de lo que se le escapaba entre las piernas, se lo llevó a la boca, y me lo mostró antes de tragárselo. Una imagen que se me quedó grabada para siempre.
***
Nos quedamos un rato en silencio. Yo le acariciaba el pelo. Ella tenía esa sonrisa cansada de las mujeres que acaban de hacer exactamente lo que querían hacer.
—¿Te das cuenta de lo que pasó? —pregunté.
—¿Qué pasó? —respondió, fingiendo no saber.
—Que ahora el que tiene que ponerse al día soy yo.
Se rió. Después de un rato, hicimos el amor otra vez, pero esta vez fue distinto. Más tranquilo, más parecido al sexo que solíamos tener antes. Como si la Renata de hace dos años hubiera vuelto, aunque fuera por unos minutos, para despedirse de mí del todo.
Acordamos vernos sin compromiso. Sin etiquetas, sin promesas. Ella me pidió exclusividad, y yo le dije que sí, sabiendo que no iba a cumplir. Tal vez por eso la cosa terminó como terminó unos meses después. Pero esa es otra confesión, para otra noche.
Lo que aprendí con Renata, lo aprendí tarde. Que las personas cambian cuando se les abre la puerta. Que la chica que dejás porque te aburre, puede volver siendo la mujer que te quita el sueño. Y que a veces, la mejor versión de alguien aparece justo cuando ya no la podés tener entera.