Seduje al nerd tímido que me adoraba en silencio
Tomás siempre estuvo ahí. Desde el primer semestre, sentado dos filas detrás de mí, con su cuaderno impecable y esa letra diminuta que yo le pedía prestada antes de cada parcial. Callado, noble, con una mirada que se encendía cada vez que yo abría la boca para decir cualquier tontería.
Era dulce. Respetuoso. Tímido hasta el dolor.
Y, según yo, estaba enamorado de mí desde el día en que nos sentamos juntos en aquella clase de estadística que ninguno de los dos entendía.
Lo sabía por las señales. Por cómo se ponía rígido cuando me inclinaba sobre su hombro para leer sus apuntes. Por cómo se le iban los ojos a mis labios cuando creía que no lo notaba. Por cómo tartamudeaba y miraba al suelo las mañanas en que yo llegaba con falda corta.
Tomás me deseaba. Y nunca, jamás, iba a hacer nada al respecto.
Esa parte era la que me volvía loca.
***
Aquella tarde de octubre lo invité a casa con la excusa del examen de la semana siguiente. Mis padres estaban de viaje y yo tenía toda la tarde y toda la noche para mí. Le mandé un mensaje simple: «Vení a estudiar, te explico lo que no entendiste». Respondió en menos de un minuto, como siempre.
Me preparé. No voy a fingir que no lo hice.
Me puse un pantalón de pijama suave y un top fino, sin sostén debajo. Me recogí el pelo en un moño desprolijo que dejaba el cuello al aire. No lo hacía por provocarlo.
Bueno. Sí lo hacía por provocarlo.
Cuando tocó el timbre, lo encontré con la mochila colgada de un hombro, los rizos castaños cayéndole sobre la frente y las mejillas ya un poco rojas. Le costó sostenerme la mirada más de dos segundos.
—Pasá —le dije, y me hice a un lado para que rozara mi hombro al entrar.
Subimos a mi cuarto porque era el único lugar con escritorio, pero el escritorio estaba lleno de ropa sin doblar, así que terminamos los dos tirados en la cama, con los cuadernos abiertos entre nosotros como una excusa de cartón.
***
Durante la primera media hora hice el esfuerzo. De verdad. Le expliqué desviaciones, le marqué fórmulas, le corregí un ejercicio. Él asentía, anotaba, repetía mis palabras en voz baja como si rezara.
Pero yo no dejaba de mirarle la boca.
Tenía unos labios bonitos, llenos, que se mordía cuando se concentraba. Y cada vez que se inclinaba sobre el cuaderno, yo veía cómo intentaba con todas sus fuerzas no mirarme el escote del top.
Perdía la batalla cada pocos segundos.
Dejé el cuaderno a un lado, despacio, y me acerqué un poco más en la cama. Él se quedó muy quieto, como un animal que sabe que algo va a pasar pero no se atreve a moverse.
—Tomás —le dije, apoyando una mano en su muslo—. ¿Te puedo contar un secreto?
Tragó saliva. Vi cómo le subía y bajaba la garganta.
—Sí —dijo, casi sin voz.
Me acerqué hasta su oído. Sentí que temblaba.
—Siempre me pregunté cómo cogerías —le susurré—. Un chico tan bueno como vos.
Se giró hacia mí con los ojos enormes, la boca entreabierta, sin encontrar ninguna palabra. Por un segundo pensé que se iba a levantar y se iba a ir corriendo.
No lo hizo.
Me besó.
***
Fue como si dos años de mirarme en silencio se le soltaran de golpe. El beso empezó torpe, demasiado fuerte, con los dientes chocando, y enseguida se volvió hambriento, profundo, desesperado. Sus manos no sabían dónde posarse: me agarraban la cintura, subían por mi espalda, volvían a bajar.
—Perdón —murmuró contra mi boca—. No sé… no sé si lo estoy haciendo bien.
—Estás haciéndolo perfecto —le mentí, porque la verdad era que su torpeza me estaba volviendo loca.
Le tomé las manos y se las llevé yo misma hasta el borde de mi top. Él entendió. Me lo subió con un cuidado casi religioso, como si tuviera miedo de romperme, y cuando me dejó los pechos al aire se quedó mirándolos un instante largo, sin tocar, solo respirando.
—Sos preciosa —dijo, y la voz se le quebró un poco—. No tenés idea de cuántas veces…
—Shh.
Bajó la cabeza y me lamió un pezón, despacio, con una mezcla de timidez y adoración que me erizó toda la piel. Lo hacía con torpeza, sí, pero con una entrega que ningún chico experimentado me había dado nunca. Cerré los ojos y le hundí los dedos en los rizos.
Cuando levantó la cara para buscarme la boca otra vez, yo ya estaba empapada.
***
Me quité el pantalón de pijama yo misma, porque a él le temblaban demasiado las manos. Me quedé desnuda sobre la cama y él se incorporó de rodillas, mirándome entre las piernas como si tuviera delante algo que no merecía.
—¿Querés probarme? —le pregunté.
Asintió, incapaz de hablar.
Me abrió las piernas con esa delicadeza suya, como quien destapa algo frágil, y bajó la cabeza. Sentí su aliento primero, después la lengua, suave, casi tímida, recorriéndome despacio.
—Así —le guié, con la voz entrecortada—. Justo así, no pares.
Y no paró.
Lo que le faltaba de técnica le sobraba de ganas. Me lamía con hambre, subía la lengua entera de abajo hacia arriba, se detenía en el clítoris y lo chupaba con una concentración que me hacía arquear la espalda. Cada tanto levantaba los ojos para mirarme, para comprobar que lo estaba disfrutando, y volver a encontrar esa mirada de perrito fiel mientras me devoraba me prendía fuego por dentro.
—Dios, Carla… —murmuró contra mí—. No sabés cuánto soñé con esto.
Yo me retorcía, le tiraba del pelo, le clavaba los talones en la espalda. Él me abría con los dedos, me besaba, me chupaba, me decía cosas entre jadeos que yo apenas alcanzaba a oír.
—Te tengo ganas desde el primer día. Desde siempre.
Esa frase, dicha justo ahí, con su boca pegada a mí, fue la que me hizo acabar. Me corrí fuerte, con las piernas temblando, apretándole la cabeza contra mí mientras una ola me recorría entera de la nuca a los pies.
Cuando levantó la cara, tenía los labios brillantes y una sonrisa de incredulidad, como si no terminara de creerse lo que acababa de pasar.
***
—Todavía no terminamos —le dije, jadeando—. Te falta una cosa.
—¿Qué cosa? —preguntó, ingenuo.
Le hice una seña para que se acercara y le hablé al oído otra vez.
—Cogerme.
Lo vi temblar. Lo ayudé a sacarse la camisa porque él solo no atinaba con los botones. Debajo tenía un cuerpo que yo no me esperaba: trabajado sin exageración, de hombros firmes, con esa piel cálida que olía a jabón y a chico nervioso. Todo este tiempo escondido bajo camisas anchas y modestia.
—Mírate —le dije, pasándole una mano por el pecho—. Tanto esconderte.
Se sonrojó hasta las orejas.
Me abrió las piernas de nuevo y se inclinó a besarme las caderas, el bajo vientre, con esa devoción suya que no se le iba ni en el momento más caliente. Cuando por fin se acomodó sobre mí, los dos contuvimos el aire.
—¿Seguro que querés? —preguntó, con la voz ronca—. No quiero hacerte algo que…
—Tomás. Me acabás de hacer terminar con la boca. Estoy más que segura. Dale.
Lo agarré de la nuca y lo atraje hacia mí.
—Despacio al principio —le susurré—. Después hacé lo que quieras.
***
Entró despacio, como le pedí. Lento, firme, atento a cada gesto de mi cara por si algo me molestaba. Gemí al sentirlo, y él se detuvo un instante, enterrado del todo, mirándome como si acabara de cruzar una puerta que llevaba años cerrada.
—No me lastimás —le dije antes de que preguntara—. Movete.
Y empezó a moverse.
Primero con cuidado, marcando un ritmo suave, casi temeroso. Pero le bastó verme disfrutar para soltarse. Sus caderas empezaron a chocar contra las mías con fuerza, sus manos me apretaban la cintura, y esa mirada tímida de siempre se había convertido en otra cosa: hambre pura, deseo retenido durante demasiado tiempo.
—No sabía que ibas a ser así —jadeó—. No sabía que… que era tan rico.
Yo lo arañaba, le mordía el labio inferior, le clavaba las uñas en la espalda. En cada embestida mi clítoris rozaba su cuerpo, y sentí que se me acumulaba otra vez todo en el bajo vientre.
—Tomás… me voy a venir de nuevo —le avisé.
—Hacelo —dijo contra mi boca, casi suplicando—. Quiero sentirlo.
Me apretó contra su pecho, aceleró, y me corrí por segunda vez gritando su nombre, con las piernas rodeándolo, encerrándolo dentro de mí mientras todo el cuerpo me temblaba.
Él aguantó unos segundos más y después se quedó quieto, enterrado, gimiendo bajito contra mi cuello. Sentí cómo se vaciaba, cómo se le aflojaba todo el cuerpo encima del mío.
***
Nos quedamos así un rato largo, los dos sin aire, con los cuadernos olvidados en algún rincón de la cama. Él me acariciaba el brazo con la punta de los dedos, despacio, como si todavía no se animara a creerlo.
—Carla —dijo al fin, con la cara hundida en mi pelo—. Te quiero desde el primer semestre. Desde aquella clase de estadística.
Le acaricié los rizos y sonreí en la oscuridad. Ya lo sabía. Lo había sabido siempre. Esa era, justamente, la parte que más me gustaba.
—Lo sé —le dije.
Cerré los ojos con su cuerpo cálido pegado al mío y entendí, con una mezcla de culpa y satisfacción, que después de esa tarde nada entre nosotros iba a volver a ser como antes.
Y, sinceramente, no quería que lo fuera.