Lo que vi en la oficina vacía aquella noche de tormenta
La lluvia llevaba horas cayendo sobre Valencia como si alguien hubiese dejado un grifo abierto sin intención de cerrarlo. Desde la ventana del piso decimoquinto, Marina veía cómo la calle de la Paz brillaba bajo el agua, los adoquines convertidos en espejos rotos y los paraguas rendidos contra el viento. El móvil no paraba de vibrar con avisos: autobuses desviados, líneas de metro cortadas, calles anegadas entre Russafa y Colón. El centro, colapsado.
Dentro de la oficina, en cambio, el tiempo parecía suspendido.
Eran pasadas las siete y media. Demasiado tarde para un día normal, pero finales de diciembre no entiende de horarios: cierres, pendientes acumulados, correos que nadie quiere responder antes de irse. Marina seguía sentada, con el blazer abierto y las mangas remangadas, revisando documentos bajo la luz blanca del techo. El café, frío. El teclado, constante. Afuera, las sirenas lejanas y el golpe persistente del agua contra los ventanales altos.
Pensó en marcharse. Miró el teléfono. Imposible. El centro estaba impracticable y, por una vez, no le molestó la idea de quedarse.
La planta se había ido vaciando poco a poco. Primero los saludos rápidos, luego los ascensores bajando, después el silencio. Ese silencio particular que no es calma, sino expectativa. Solo quedaban algunas luces encendidas y un murmullo lejano al fondo del pasillo.
Al fondo, los cubículos beige formaban un pequeño laberinto apagado. Alfombra gruesa, mullida, diseñada para absorber pasos y secretos. A cada lado, dos despachos: el de Marina y el del compañero nuevo. Él era Rubén, trasladado desde la sede de Barcelona para supervisar la fusión. Alto, de pelo oscuro y notablemente atractivo, había sido una incorporación interesante, aunque apenas habían intercambiado un par de frases.
Marina estaba absorta en un informe cuando un sonido leve y desconocido captó su atención. Era rítmico, casi imperceptible, como una respiración contenida. Intrigada, se reclinó en la silla y miró hacia la oficina de él. La puerta estaba ligeramente entreabierta. El sonido aumentó apenas un poco y, con una sacudida interna, comprendió que se trataba inequívocamente de un hombre dándose placer.
Se levantó sin pensarlo y caminó hasta el umbral. Por la rendija lo vio de espaldas, la mano moviéndose con una cadencia lenta y concentrada bajo el escritorio. De un altavoz salía, en volumen muy bajo, el audio de un vídeo; los jadeos grabados se mezclaban con la respiración cada vez más agitada de él.
El corazón de Marina golpeaba con fuerza. Sabía que debía apartar la mirada, pero no lograba hacerlo. Había algo intensamente turbador en observarlo así, sin que él supiera que estaba siendo visto. Sintió un calor conocido acumularse entre sus piernas mientras la mano de Rubén aceleraba y su respiración se quebraba en sílabas roncas.
De pronto, el cuerpo de él se tensó al alcanzar el clímax. Marina retrocedió rápido, el rostro encendido, el pulso disparado. Volvió a su despacho con la mente hecha un torbellino.
***
¿Qué se suponía que debía hacer ahora? No podía simplemente ignorar lo que había visto. Pero si lo mencionaba, sería incómodo hasta lo insoportable. Y, sin embargo, fingir que nada había pasado le resultaba igual de inquietante.
Se sentó frente al escritorio, atrapada entre pensamientos contradictorios. No tenía sexo desde la ruptura con su última pareja, hacía ya meses. El estrés, las jornadas largas y la presión constante apenas le dejaban tiempo para nada. Pero verlo así, tan vulnerable y desinhibido, había despertado algo en ella. Un hambre antigua. Una necesidad que llevaba demasiado tiempo dormida.
Más tarde, él apareció en la puerta de su despacho. Nervioso. Demasiado consciente de su propio cuerpo. Marina estaba apoyada en el borde del escritorio, las piernas cruzadas, los brazos colocados de tal forma que su blusa blanca, con dos botones abiertos, hacía exactamente lo que no debía. Ella lo sabía. No hizo nada por corregirlo.
—Yo… —empezó él—. Lo de antes… no era lo que parecía.
Marina alzó una ceja, divertida.
—Rubén —dijo con calma—, llueve, es tarde y la ciudad está colapsada. A todos nos afecta de alguna manera.
Él rió, incómodo.
—Tienes razón. Barcelona me tiene acostumbrado a sequías emocionales.
Ella también rió, y el ambiente se relajó apenas lo justo.
—Solo te digo —continuó— que tengas más cuidado. Si alguien más lo hubiera visto, Recursos Humanos no habría sido tan comprensivo como yo. —Hizo una pausa—. En todo caso, el archivo del fondo tiene una ventana mucho más pequeña. Más discreto.
Rubén abrió los ojos, sorprendido, y soltó una carcajada incrédula.
—Vaya, no esperaba consejos prácticos. Eres toda una experta en discreción, ¿eh?
Se disculpó. Dijo que llevaba meses solo, que necesitaba desahogarse, que había sido un momento de debilidad y que no quería causar mala impresión. Marina lo escuchó con atención, y notó, durante una fracción de segundo, cómo su mirada se desviaba hacia su escote antes de volver al rostro.
—No te prometo que lo olvide —dijo él al despedirse, con media sonrisa—, pero intentaré no repetirlo… a menos que me invites.
Marina sintió un cosquilleo traicionero entre las piernas ante esa provocación. Soltó una risa baja.
—Cuidado con lo que deseas, compañero. Podría tomarte la palabra.
Cuando el ascensor se cerró y la planta quedó completamente vacía, Marina volvió a sentarse. Afuera seguía lloviendo. Y por primera vez en semanas sintió esas cosquillas conocidas, largamente ignoradas por el cansancio.
No hizo nada más esa noche. Pero la imagen no la abandonó. Ni en casa, ni en los días siguientes, ni cuando la lluvia siguió cayendo sobre Valencia.
***
Esa misma noche, ya en su apartamento, no pudo quitárselo de la cabeza. Cada semáforo en rojo durante el camino había sido una tortura: la mano de Rubén moviéndose con esa cadencia lenta, la espalda ancha tensándose, el sonido grave que había escapado de su garganta. Cerró la puerta, se apoyó contra ella un instante y respiró hondo.
Se quitó la ropa con manos impacientes y se metió en la cama desnuda. Abrió el cajón de la mesilla y sacó el juguete que guardaba para noches como esa. No necesitó nada más que recordarlo: ya estaba empapada. Se tumbó de espaldas, abrió las piernas despacio y lo deslizó dentro con un suspiro largo. Movió las caderas en un vaivén suave, imaginando que era él, los pezones duros, la boca abierta, dejando que el placer creciera en oleadas hasta que se corrió arqueando la espalda. No fue suficiente. La imagen seguía allí, latiendo dentro de ella.
Los días siguientes transcurrieron con aparente normalidad para el resto de la oficina. Para Marina fueron una lenta y deliciosa agonía. Sabía que no era buena idea involucrarse con un compañero, mucho menos con uno que solo estaba de paso. Pero cada vez que se lo repetía, su cuerpo le contestaba lo contrario. Y era evidente que él también lo sentía: coincidencias «casuales» en la cafetería, miradas que duraban un segundo de más, sonrisas que decían más que las palabras.
Marina empezó a jugar su juego favorito: provocar sin tocar. Tacones altos, medias negras transparentes, faldas ceñidas a las caderas, un botón más abierto de lo profesional. Observaba con deseo disimulado cómo Rubén se servía el café: las manos grandes, la espalda ancha bajo la camisa, esa arruga concentrada entre las cejas. Cada día el intercambio de miradas se volvía más intenso. Ninguno decía nada, pero los dos sabían que la tensión estaba ahí, espesándose.
Hasta que una tarde coincidieron solos en el ascensor.
Después de las formalidades de rigor, Marina se giró ligeramente hacia él, bajó la voz y, con una sonrisa lenta, le soltó:
—Hoy tengo mucho trabajo pendiente. Me quedaré hasta tarde. Espero que tú también.
No esperó respuesta. Las puertas se abrieron y salió con paso firme, sin mirar atrás. Pero sintió su mirada clavada en la espalda hasta el último segundo.
***
Pasaron las horas. La planta se fue vaciando. Lejos de calmarse, el deseo de Marina solo creció. Sentada frente a su escritorio, ya sola, no conseguía concentrarse. Cada pocos minutos cerraba los ojos y se imaginaba encima de él, bajando despacio. Llevaba días excitada, húmeda incluso en las reuniones más aburridas. Y nada lograba apagarlo.
Un suave golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Levantó la vista y vio a Rubén de pie, con el traje impecable y su colonia inundando la oficina. Marina se levantó y rodeó el escritorio hasta quedar frente a él. Vio el deseo en sus ojos; el mismo que empezaba a recorrer su propio cuerpo.
—¿Y ahora? —preguntó en voz baja—. ¿Sigues necesitando desahogarte?
La respiración de él se volvió pesada.
—No sé qué decir —respondió, con una sonrisa ladeada—. Pero si insistes, podría mostrártelo.
Ella alzó la mano y la posó en su mejilla.
—No tienes que decir nada —susurró, rozando con el pulgar sus labios—. Solo demuéstramelo.
La mirada de Rubén se oscureció. Giró el rostro y rozó los labios contra la palma de Marina, la lengua probando su piel. El aliento de ella se quebró.
El primer beso fue lento, casi tímido: labios contra labios, respiraciones mezclándose. Pero cuando sus bocas se abrieron, todo cambió. Marina sintió un escalofrío recorrerle la columna; él la sujetó de la nuca con una mano firme y el beso se volvió profundo, húmedo, desesperado. Sin separarse, ella se quitó la blusa y dejó caer el sostén. Rubén bajó la vista a sus pechos y soltó un suspiro ronco. Falda y braga resbalaron por sus piernas hasta el suelo. Quedó desnuda salvo por los tacones, la piel brillando bajo la luz tenue.
Él se desnudó también: la americana, la corbata, la camisa por encima de la cabeza, revelando el torso ancho. Cuando dejó caer el pantalón, su erección saltó libre, gruesa y palpitante.
—Mira lo que has provocado desde el primer día —dijo con voz baja.
Marina se arrodilló frente a él sin que se lo pidiera, las rodillas sobre la alfombra mullida, la cara a centímetros de su sexo. Primero se acercó y lo respiró hondo, ese aroma masculino intenso que le hizo cerrar los ojos. Luego lo tomó con ambas manos en la base y lo deslizó despacio hasta el fondo de su garganta.
Rubén soltó un gruñido largo, la cabeza echada hacia atrás.
—Dios… Marina… —jadeó, enredando una mano en su pelo.
Ella no fue suave: subía y bajaba la cabeza con un ritmo perfecto, la lengua recorriendo cada centímetro, los labios apretados creando succión. La saliva le escurría por la barbilla y caía sobre sus propios pechos, pero no paraba. Le gustaba estar así: arrodillada en la oficina, desnuda, sintiéndose usada y deseada al mismo tiempo.
Él la levantó tirándole del pelo con suavidad firme, la besó y la sentó en el sofá beige, abriéndole las piernas. Se arrodilló entre ellas y bajó la cabeza. Su lengua lamió todo su sexo de abajo arriba, deteniéndose en el clítoris hinchado con succiones lentas que la hacían arquear la espalda. Dos dedos entraron en ella curvándose hacia arriba, rozando ese punto que la volvía loca.
—Sí… así… por favor, no pares… —enredó las manos en su pelo, tirando.
El placer era tan intenso que sus piernas empezaron a temblar sin control. El orgasmo la atravesó como una ola violenta, y Rubén siguió lamiendo hasta que ella se retorció, suplicando que parara y que no parara al mismo tiempo.
***
Él se sentó en el sofá, las piernas abiertas. Marina se subió encima con movimientos lentos, los tacones aún puestos. Rozó la punta caliente contra su entrada empapada y bajó centímetro a centímetro, dejando que la abriera, la estirara y la llenara por completo.
—Oh, Dios… —susurró con la voz quebrada—. Te siento absolutamente todo.
Rubén apretó la mandíbula. Las paredes de ella lo envolvían, palpitando, contrayéndose alrededor de él con una fricción perfecta que lo hacía jadear. Marina empezó a moverse: arriba y abajo, primero lento, luego más rápido, girando las caderas. Sus pechos rebotaban frente a la cara de él, que los atrapó con ambas manos, los amasó, mordió suavemente los pezones. La besó en la boca mientras ella cabalgaba sin parar. Una de sus manos bajó hasta sus nalgas, y el dedo medio, mojado en saliva, empezó a rozar y presionar su ano en círculos lentos, metiendo apenas la yema, hasta hacerla gemir más fuerte.
La levantó como si no pesara nada y la giró. La colocó de espaldas contra el escritorio, el torso de Marina apoyado sobre la superficie fría que contrastaba con su piel ardiente. Le subió una pierna sobre la mesa, exponiéndola. Ella se aferró al borde con ambas manos. Él se pegó a su espalda, guió la punta hasta su entrada y entró de un solo empujón profundo.
—¡Ahhh! —soltó Marina, un gemido largo que retumbó en toda la planta.
—Joder, Marina… estás tan mojada que resbalas alrededor de mí —gruñó él contra su oído—. ¿Sientes cómo te abro? ¿Cómo te lleno hasta el fondo?
Empezó a moverse: primero lento, sacando casi todo y volviendo a clavarla con fuerza, luego más rápido, embestidas que hacían crujir el escritorio. Una mano subió por su costado y atrapó un pecho; la otra se enredó en su pelo, tirando hacia atrás para arquearle la espalda y exponer el cuello, que besó y mordió justo donde latía el pulso.
—Así… gime para mí —susurró—. Dime que te gusta que te folle así.
—S-sí… me encanta… más fuerte… ¡ahhh!
Las nalgadas secas resonaban cada vez que su pelvis chocaba contra ella. El ritmo se volvió salvaje, profundo, sin pausa. Marina ya no controlaba los gemidos: gritaba, jadeaba, suplicaba. El orgasmo se acercaba, brutal.
—Así… córrete para mí… —jadeó él—. Quiero sentir cómo me aprietas…
Y Marina se corrió con un grito ahogado, todo el cuerpo temblando, las piernas a punto de fallarle bajo los tacones.
La llevó al sofá y la puso de rodillas, exponiéndola por completo. Le pasó la lengua por todo con devoción y luego presionó la punta contra su ano. Entró despacio, milímetro a milímetro, abriéndola con paciencia y saliva. Ella gimió largo y profundo, una mezcla de ardor y placer prohibido que la hizo temblar entera. Cuando lo tuvo todo dentro, él empezó a moverse, alternando despacio, llevándola más cerca del abismo con cada embestida. Marina sentía cómo la llenaba de formas distintas, y cuando Rubén se corrió, ella lo hizo con él, apretando tanto que casi lo expulsó.
Finalmente él salió, se masturbó un par de veces y terminó sobre sus pechos y su cuello. Marina pasó los dedos por la piel, se los llevó a la boca y lo miró mientras lo hacía, los ojos brillantes de placer total.
***
La lluvia seguía cayendo sobre Valencia con la misma insistencia que al principio de la noche, como si el cielo supiera que dentro de esa oficina aún quedaba fuego por apagar.
Marina, con las piernas todavía temblorosas, se incorporó despacio. Lo miró con una sonrisa lenta, satisfecha, casi traviesa.
—Voy a arreglarme un poco —susurró, señalando el baño privado de su despacho.
Cuando salió, ya vestida —blusa abrochada, falda en su sitio, tacones impecables—, Rubén estaba completamente vestido de nuevo. Traje perfecto, corbata bien anudada, como si nada hubiera pasado. Solo el leve desorden de su pelo y el brillo oscuro en sus ojos delataban la verdad.
Se miraron en silencio un segundo. Él se acercó, le rodeó la cintura y la besó suave, sin prisa. Un beso que sabía a despedida y a promesa al mismo tiempo.
—Esto no puede quedarse en una sola noche —murmuró contra sus labios.
Marina sonrió, mordiéndose el inferior.
—Lo sé. Tú vuelves a Barcelona en unas semanas… pero mientras estés aquí, mi oficina tiene llave. Y mi apartamento está a quince minutos.
Rubén soltó una risa baja.
—Entonces mañana, después de que se vayan todos, vuelvo a quedarme hasta tarde. Y esta vez sin prisa. Sin interrupciones.
Ella sintió un nuevo latido entre las piernas solo de oírlo. Lo besó una última vez, profundo.
—Trato hecho. Ahora vete, antes de que alguien note que los dos seguimos aquí.
Rubén caminó hacia la puerta, pero antes de salir se giró y le lanzó una última mirada que le erizó la piel.
—Buenas noches, compañera.
—Buenas noches, Rubén.
La puerta se cerró. Marina se quedó sola, apoyada contra su escritorio, escuchando la lluvia. Sonrió para sí misma, todavía sintiendo su calor entre las piernas. La noche había terminado. Pero la historia, apenas empezaba.