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Relatos Ardientes

De día se llamaba Renata, de noche era la loba

Se llamaba Renata, aunque ese nombre solo le pertenecía mientras había luz. De noche, cuando el rojo y el negro se apoderaban de su cuerpo, cuando la música subía como una marea espesa que arrastraba todo a su paso, ese nombre dejaba de importarle. Lo dejaba en el perchero junto con el abrigo, como una piel que ya no necesitaba.

La loba no necesitaba nombre.

El cambio nunca ocurría de golpe. Llegaba por capas, despacio, como una marea que sube sin que nadie la vea avanzar. Primero era la forma de caminar. De día, Renata avanzaba con pasos prácticos, de oficina, de listas de tareas y de relojes que apuraban. La loba, en cambio, se deslizaba. Las caderas marcaban un ritmo lento, casi perezoso, como si el suelo le perteneciera y el resto solo lo tuviera prestado.

Los hombros se le relajaban. El cuello se estiraba. Su cuerpo dejaba de pedir disculpas por ocupar espacio.

Luego estaba la sonrisa. Renata sonreía por educación, esa mueca tibia que se reparte en los ascensores y en las reuniones. La loba sonreía solo cuando quería provocar algo. Una curva breve, ladeada, que no llegaba a enseñar los dientes del todo. Una promesa incompleta, dejada a medias a propósito, para que el otro tuviera que acercarse a buscar el resto.

Y los besos. Renata besaba con ternura, con cuidado, midiendo. La loba besaba como si tomara algo que ya era suyo y solo hubiera venido a recogerlo.

***

Esa noche llegó al club con un grupo de amigos, rodeada de risas, de empujones cómplices, de copas que se alzaban por motivos que nadie recordaría al día siguiente. El local estaba lleno, oscuro, vibrante. Luces rojas y moradas se derramaban sobre los cuerpos y los volvían siluetas. El calor era espeso, húmedo, casi animal, un aliento colectivo que se pegaba a la piel.

Bailó un rato sin pensar en nada, dejándose llevar por el bajo que le golpeaba el pecho. Una amiga le gritó algo al oído y ella se rió sin entender. Brindó. Giró. Cerró los ojos.

Entonces lo vio.

No era el más llamativo de la pista, ni el más seguro. Estaba un poco apartado, moviéndose con cierta torpeza contenida, como quien observa más de lo que se deja ver. Tenía esa actitud de los que llegan a un lugar lleno de gente y se quedan en el borde, midiendo, esperando a sentirse parte. Algo en su forma de estar ahí —atento, ligeramente al margen— hizo que la loba levantara la cabeza dentro de ella.

Renata seguía bailando. La loba ya había elegido.

***

No fue directa. Nunca lo era. La caza no empezaba con un asalto, empezaba con paciencia.

Se desplazó por la pista con naturalidad, cambiando de ángulo, mezclándose entre los cuerpos, dejándose rozar sin detenerse en ninguno. Lo rodeó sin que él lo supiera. Lo observó desde atrás, desde un lateral, desde un reflejo fugaz en el espejo manchado de la barra. Estudió su ritmo, sus pausas, la forma en que sostenía el vaso, la manera en que buscaba aire cuando la música apretaba demasiado y el cuello se le tensaba.

Aprendió de memoria todos esos detalles antes de tocarlo. Saber dónde mira alguien es saber por dónde entrar.

Esperó.

Esperó hasta estar segura de que él ya la había visto, aunque ni él mismo supiera bien cuándo. Lo notó en cómo, de a poco, empezó a buscarla con disimulo entre la gente, en cómo sus ojos volvían una y otra vez al mismo punto de la pista, esperando que algo volviera a aparecer. Cuando estuvo segura de eso, atacó.

No por delante. Nunca por delante.

Se acercó por detrás en un momento en que él estaba distraído, riéndose de algo con un amigo, y dejó que su cuerpo se ajustara al suyo como si la pista se hubiera estrechado de golpe y no quedara más remedio. No lo tocó de inmediato. Primero fue solo el calor, esa sensación de que alguien acaba de aparecer a tu espalda. Luego el roce inevitable de una cadera, breve, como sin querer. Después, una mano que encontró su antebrazo y se quedó ahí, firme, sin pedir permiso ni disculparse.

Él se tensó. Giró la cabeza.

La loba ya estaba mirándolo.

***

La cercanía era total. El ruido pareció bajar de volumen, como si alguien hubiera cerrado una puerta entre ellos y el resto del mundo. Ella sonrió apenas, inclinándose lo justo para que él pudiera oler su perfume, sentir el aliento tibio cerca del cuello. No dijo nada. No hacía falta. Las palabras eran para los que dudaban, y ella no dudaba nunca.

Él tampoco habló. Tragó saliva, esbozó algo parecido a una pregunta que no llegó a formularse, y se dejó hacer.

Bailaron así, encajados, en una danza lenta y peligrosa que no tenía nada que ver con la música rápida que sonaba alrededor. Ellos llevaban su propio compás, más profundo, más privado. Brazos que se alzaban y se enredaban. Manos que exploraban sin prisa, como si midieran el terreno antes de avanzar. Ella marcaba el ritmo con el cuerpo, lo guiaba, lo acercaba, lo alejaba apenas unos centímetros solo para volver a atraparlo y verlo respirar aliviado.

Era un juego, y los dos lo sabían. Pero solo uno de los dos conocía las reglas.

Quédate quieto. Déjame a mí.

Cuando lo besó, lo hizo distinto a como besaba Renata. No fue suave. Fue seguro. Un beso breve, profundo, que no pedía respuesta porque la daba por hecha, que entraba como si ya hubiera estado ahí antes. Se separó antes de que él pudiera reaccionar del todo, dejándolo con esa sensación de vacío urgente que la loba sabía provocar mejor que nadie: la del que prueba algo una sola vez y se pasa el resto de la noche queriendo repetirlo.

Entonces le tomó la mano.

No lo miró al hacerlo. Simplemente cerró los dedos sobre los de él y tiró, con naturalidad, como si siempre hubiera sido así, como si ese gesto fuera lo más obvio del mundo. Avanzaron entre la gente, esquivando codos y vasos, hasta un pasillo lateral cerca del guardarropa, donde la música llegaba amortiguada y las luces apenas alcanzaban. El espacio era más estrecho, más oscuro. Un rincón donde las sombras se acumulaban y nadie tenía motivos para entrar.

Ahí, contra la pared, la loba se permitió detenerse.

***

Lo miró de arriba abajo, despacio, sin ningún apuro. Sus dedos aún atrapaban los de él. Sonrió de nuevo, esa sonrisa peligrosa de antes, y se acercó lo suficiente como para que no quedara ninguna duda de lo que estaba pasando ni de quién mandaba ahí.

El pasillo olía a perfume caliente y a algo eléctrico, a tormenta a punto de romper. La pared estaba fría contra su espalda cuando se apoyó, pero su cuerpo ardía y el frío solo hacía el contraste más insoportable.

Deslizó las manos por el torso de él con una lentitud cruel, buscándole la piel debajo de la ropa, reconociéndola como si la hubiera estado esperando desde mucho antes de verlo. Sus dedos no pedían permiso. Exploraban, apretaban, se colaban justo donde el cuerpo reacciona solo, sin que el dueño pueda evitarlo, y arrancaban un estremecimiento inmediato.

La piel respondía. Siempre respondía.

Ella sentía cómo el cuerpo de él se tensaba bajo sus manos, cómo el ritmo de la respiración se rompía en pequeños cortes, cómo cada caricia provocaba un temblor nuevo en un sitio distinto. El roce era constante, inevitable. Caderas que se encontraban. Muslos que se presionaban. El calor acumulándose sin salida, sin posibilidad de escape, hasta volverse casi doloroso.

La loba se pegó más, hasta que entre los dos no quedó ni aire.

Su boca bajó por el cuello de él, lenta, dejando un camino húmedo y peligroso, deteniéndose justo donde el pulso latía más fuerte. No besaba para tranquilizar. Besaba para encender. Cada contacto era una chispa más en un incendio que ya no tenía marcha atrás. Él gimió bajo, ronco, contra su oído, y ese sonido le recorrió el cuerpo entero como una recompensa, como la confirmación de que la presa ya era suya.

El encuentro fue urgente, desordenado, brutalmente vivo.

Manos que se perdían bajo la ropa. Uñas que marcaban una espalda. Piel contra piel buscando un alivio que cada vez se alejaba más y dejaba en su lugar solo más deseo. El pasillo parecía encogerse alrededor de ellos, contenerlos apenas, mientras los cuerpos se agitaban con una necesidad primaria, sin nombres, sin promesas, sin nada que explicar al día siguiente.

El mundo se redujo a ese metro de pared, a esa penumbra, a ese latido compartido que iba más rápido que cualquier canción.

***

Cuando todo terminó, no hubo palabras.

La loba apoyó la frente en el pecho de él un instante, respirando despacio, dejando que el eco del deseo ajeno —todavía palpitante, todavía caliente— se mezclara con el suyo. Le gustaba esa sensación más que cualquier otra cosa: llevarse algo de la presa consigo, un calor residual que la acompañaría el resto de la noche como un trofeo invisible.

Se separó con calma, sin prisa, como quien cierra una puerta con cuidado.

El rojo de sus labios seguía intacto. Sus ojos brillaban oscuros, satisfechos. Se arregló el vestido con un gesto automático, se pasó una mano por el pelo y lo miró una última vez, con esa mezcla de satisfacción y distancia que dolía un poco, aunque ella nunca lo admitiría.

—Vuelve a la pista —le susurró—. Nadie tiene por qué saberlo.

Él abrió la boca para decir algo, quizás su nombre, quizás una pregunta, pero ella ya le había puesto un dedo sobre los labios.

—Así está mejor —dijo.

Y se fue.

***

Caminó de regreso con el mismo paso lento y seguro con el que había llegado, dejando atrás el eco de un encuentro imposible de explicar y a un hombre que tardaría semanas en dejar de buscarla entre la gente. No miró hacia atrás. Las lobas no miran hacia atrás.

En el baño, frente al espejo, se observó un momento. Tenía las mejillas encendidas y los ojos brillaban distinto, con una luz que Renata no conocía. La loba estaba tranquila. Saciarse le sentaba bien, le suavizaba algo por dentro, le devolvía la calma de quien ya consiguió lo que vino a buscar.

Se retocó los labios, aunque no hacía falta. Era parte del ritual.

Aún no era de madrugada.

Aún había noche por delante, música, cuerpos, luces rojas. Y la loba, si quería, todavía podía volver a cazar.

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Comentarios (4)

Fran_MDP

Tremendo!!! Me enganchó desde la primera linea y no pude parar. Mas relatos como este por favor

NachoCba

El titulo solo ya es una obra. Excelente

LauK22

Me quedé con ganas de saber mucho mas de Renata. Hay segunda parte?

Griselda_B

Ese personaje tiene algo que no te suelta. Me recordó a una mujer que conocí en el trabajo hace unos años, tenía esa misma energía misteriosa. Muy bien contado

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