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Relatos Ardientes

La noche que ofrecí a mi esposa a un desconocido

Hace ocho meses que mi vida empezó a desmoronarse, y hasta hoy no he encontrado la forma de detener la caída. Primero perdí el trabajo, después la calma, y por último el respeto que me tenía a mí mismo. Vivíamos al día, contando monedas para la comida de nuestros tres hijos, y cada conversación con Carla terminaba en el mismo reproche callado: el dinero que no había.

Ella seguía de camarera en un restaurante del centro, pero su sueldo no alcanzaba ni para tapar los agujeros más urgentes. Las deudas crecían como una mancha de humedad en la pared. Yo me sentía un cobarde, un fracasado que no podía sostener a su propia familia. Una semana atrás nos sentamos a hablar de verdad, sin gritos, y llegamos a un pacto: peleados no íbamos a ningún lado, y por el bien de los chicos teníamos que encontrar juntos la salida.

Un primo lejano me ofreció alquilarme su coche para trabajar en las aplicaciones de viajes. Le dije que no tenía con qué pagarle, y él accedió a esperar. «Ya me darás lo mío cuando puedas», me dijo. Por fin una buena noticia. Empecé al día siguiente, todavía sin agarrarle el ritmo al volante, pero con una esperanza que hacía meses no sentía.

Fue un pasajero quien me dio el primer consejo que lo cambió todo.

—¿Por qué no pruebas los fines de semana de madrugada? —me sugirió—. La noche en esta ciudad mueve mucha plata.

Le hice caso. Le dije a Carla que empezaría de jueves a domingo, en horario nocturno. Ella me esperaba a la salida del restaurante a las diez y yo la pasaba a buscar para ahorrarnos el transporte. Esos trayectos de vuelta a casa, en silencio o riéndonos de cualquier tontería, fueron lo único que nos mantuvo unidos en aquellas semanas. Incluso volvimos a buscarnos en la cama, después de un mes entero sin tocarnos.

Pero la madrugada tiene sus propias reglas, y una noche subió al coche un hombre de voz grave que me las enseñó todas.

—¿Qué tal va la noche, amigo? —preguntó desde el asiento de atrás.

—Lenta, pero bien.

Lo miré por el retrovisor. Era mayor, bien vestido, con esa tranquilidad de quien conoce cada esquina.

—No llevas mucho en esto, ¿verdad? No me respondas si no quieres.

Notó enseguida que yo no conocía el barrio al que íbamos. Me habló de la zona de los neones, un laberinto de bares, locales nocturnos y prostíbulos «elegantes» donde, según él, corría el dinero como agua. Los extranjeros pagaban bien y dejaban propinas generosas. Muchos conductores habían dejado las aplicaciones para dedicarse solo a trasladar gente hasta allí los fines de semana.

—Me caíste bien —dijo al bajar, y me tendió una tarjeta—. Si alguien busca diversión, me llamas. Hay comisión por cada cliente.

Guardé la tarjeta sin pensar demasiado. Ni los huevos ni las ganas de meterme en más líos, me repetí. Pero la idea se me quedó clavada como una astilla.

***

Los días pasaban y el desgaste me hundía. La curiosidad pudo más que el miedo, y sin decirle nada a Carla empecé a llevar pasajeros a la zona y a telefonear al señor Robles, que así se llamaba el hombre de la voz grave. Él me indicaba a qué bar estaba más vacío, yo dejaba allí a los clientes y él me pasaba mi comisión. Un dinero extra, modesto pero real, que aliviaba un poco la asfixia.

Con el tiempo, Robles me dio confianza y un catálogo. Fotos de mujeres, tarifas, condiciones. Según la chica, así era la comisión. Yo cada vez hacía menos viajes normales y más gestiones de ese tipo. Me sorprendió la cantidad de gente que buscaba eso, sobre todo turistas con la billetera llena. Una noche le pregunté cuánto ganaba una de esas mujeres por servicio. La cifra me dejó frío: en un par de horas se llevaban lo que yo en una semana.

A las cinco de la mañana llegué a casa y encontré a Carla despierta, con los ojos hinchados de llorar.

—¿Pasa algo, cariño?

—No te lo quise decir antes de que salieras… hubo recortes en el restaurante.

—¿Te despidieron?

—Sí. Sin liquidación, solo media quincena. Y mira esto.

Me entregó un sobre. Lo abrí con las manos temblando. Era un ultimátum del banco: quince días para reunir más de cuarenta mil euros, o empezaban a embargarnos los bienes y, después, la casa.

—Esto ya es demasiado, Carla.

Los dos nos quedamos mirándonos con la misma cara de náufrago. Y entonces apareció el pensamiento. No lo digas, no lo pienses siquiera, me ordené. Pero ahí estaba, agazapado, la única solución rápida que mi cabeza era capaz de imaginar, y me daba asco a mí mismo solo por considerarla.

—No lo vamos a lograr —susurró ella—. Vamos a perder la casa.

—Tranquila, ya se nos ocurrirá algo. Tenemos un par de semanas. Voy a ducharme y a salir a trabajar.

—No has descansado.

—Sin dinero no hay nada que negociar. Yo al menos saco algo conduciendo. Tú ahora descansa.

***

Esa madrugada el coche iba casi vacío hasta que subieron dos jóvenes, claramente de buena posición, hablando entre ellos sin bajar la voz.

—Yo quiero algo más natural, tío —decía uno—. Todas las del catálogo se ven operadas. Estarán buenísimas, pero estoy harto de tanta silicona.

Se me secó la boca. El día había sido nefasto y el ultimátum me quemaba en el bolsillo de la mente. Aparqué a un lado de la calle. Las manos me temblaban cuando saqué el móvil.

—Caballeros, una disculpa. Escuché que el catálogo no les convenció. Tengo algo distinto.

En la galería del teléfono yo guardaba unas fotos de Carla. Imágenes íntimas, sugerentes, un breve vídeo nuestro que jamás había imaginado mostrarle a nadie. Antes de arrepentirme, giré la pantalla hacia ellos.

—¡Guau! Esta sí es de verdad —dijo uno.

—Se ve natural. Una mujer de verdad.

Mientras se relamían mirando a mi propia esposa, ocurrió algo que todavía no logro entender: no me dio rabia. Al contrario, escucharlos hablar así de ella me encendió por dentro de un modo que me asustó.

Pactamos una cita para las diez de la noche en un hotel cercano. Puse mis condiciones: solo uno de los dos, y con mi presencia en la habitación, como espectador. Aceptaron sin discutir el precio. Mil euros. Tan fácil que daba vértigo.

Lo difícil empezaba después. Tenía que mirar a Carla a los ojos y contárselo.

***

Llegué a casa demasiado temprano y ella se asustó.

—¿Qué haces aquí a esta hora? ¿Pasó algo?

—No pasó nada. Siéntate, por favor. Necesito que me escuches hasta el final sin interrumpirme.

Le confesé todo. El señor Robles, las comisiones, el catálogo, los clientes que buscaban diversión. Le juré que jamás me había acostado con ninguna de esas mujeres, que mi papel era solo llevar y traer. Ella escuchaba pálida, sin soltar palabra.

—¿Y por qué me lo ocultaste? —preguntó al fin.

—Porque tenía miedo de que pensaras lo peor de mí. Pero hay más, Carla, y esto es lo que de verdad me cuesta decirte. ¿Recuerdas cuando, jugando, fantaseábamos con ir a un club de parejas?

—Termina de una vez, por Dios.

—Esta madrugada subieron dos chicos. Querían algo natural, no las del catálogo. Y yo, como un idiota desesperado, les enseñé esto.

Le mostré la galería con sus fotos. El silencio cayó sobre la habitación como una losa. Me sentí el ser más miserable del planeta.

—¿Les vendiste mis fotos y el vídeo?

—No. Fue peor. Les ofrecí una noche contigo. Por mil euros. Y yo estaría ahí, mirando, sin tocarte, sin que nadie te falte el respeto. Perdóname, mi amor, estaba ciego de desesperación.

Las lágrimas me caían por la cara, de vergüenza y de miedo. Esperaba que me echara de casa, que me gritara, que me dejara. En cambio, se levantó despacio y me tomó las manos.

—¿Cuánto, dijiste?

Me quedé sin aire ante la pregunta.

—Mil euros. Por una noche.

—¿Tienes todo controlado? ¿No se nos va a ir de las manos?

—Yo voy a estar contigo cada segundo. No me separo de tu lado.

—Te amo y quiero que esta pesadilla se acabe. Si no hay otra salida, lo haré. No vamos a perder la casa.

***

De camino al hotel le repetí cien veces que podíamos dar la vuelta. Ella llegó envuelta en una gabardina negra y, antes de tocar la puerta, se colocó un antifaz de encaje que dejaba descubierta la mitad de su rostro. El joven nos esperaba con una botella de whisky. Sirvió tres copas y empezó a desvestirse mientras yo me sentaba en el rincón más alejado.

Carla se bebió dos copas de un trago. Yo apenas mojé los labios; necesitaba estar sobrio para no perder el control de la situación. Bajo la gabardina llevaba un conjunto rojo que yo no le conocía: liguero negro, encaje sobre la piel, el pelo cayéndole sobre los hombros. A sus cuarenta y dos años seguía teniendo un cuerpo que cortaba la respiración. Estaba tímida, callada, hasta que el alcohol fue soltándole la rigidez de los hombros.

El chico le pidió que bailara. Ella se movió despacio, girando, buscándome con la mirada cada pocos segundos, como pidiéndome permiso o pidiéndomelo a sí misma. Cuando las manos de él se posaron sobre sus caderas, esperé sentir celos, una punzada de rabia. No llegó. Llegó otra cosa: el calor subiéndome por el cuello, las palmas húmedas, el pulso disparado.

La giró hacia él y le desabrochó el sujetador con una destreza que me dejó claro que sabía lo que hacía. Recorrió su cuello, sus pechos, su vientre con una lentitud de catador. Carla echaba la cabeza hacia atrás y de su garganta salían sonidos que yo conocía de memoria, pero que nunca había oído provocados por otro hombre. Cogió un cubo de hielo y lo paseó por su espalda, por su estómago, por encima de la tela que aún la cubría. Ella separó las piernas casi sin darse cuenta.

Yo no apartaba la vista. Mi mano fue hacia mi entrepierna sin que yo se lo ordenara. Nunca había visto a mi mujer así, con los ojos en blanco y la respiración rota, entregada a las manos de un desconocido. No era una cuestión de tamaño ni de técnica; era verla perderse, y verla perderse me estaba volviendo loco.

Cuando él la penetró, ella soltó un gemido largo que me atravesó. Cambiaron de postura una y otra vez: de espaldas, de lado, de rodillas sobre la cama. Mi única condición había sido no participar, y la respeté al pie de la letra, masturbándome en silencio desde mi rincón, hipnotizado por una escena que jamás había imaginado protagonizar. La música se había apagado hacía rato; en la habitación solo quedaba el sonido de los dos cuerpos chocando y la voz de Carla pidiendo que no parara.

Terminó diez minutos antes de lo pactado. El chico se portó como un caballero: nos dejó la botella, nos agradeció la noche y comentó, ya vistiéndose, que su amigo tenía que vivir aquello alguna vez. Yo me había corrido sin darme cuenta del momento exacto.

***

Volvimos a casa sin decir una sola palabra. Ella se metió a la ducha y, desde dentro, me llamó para que la acompañara.

—A nadie tiene por qué importarle —le dije, acariciándole la espalda bajo el agua—. Nosotros solos nos metimos en este pozo. Nosotros solos saldremos.

—Sí, corazón. Saldremos. ¿Me haces el amor?

El jabón resbalaba por su piel y mis labios la seguían. Una mano en su pecho, la otra bajando hasta donde sé que enloquece. La pegué contra los azulejos y, mientras entraba en ella despacio, no podía dejar de pensar en lo que acababa de ver, en cómo se había entregado, en los gemidos que otro le había arrancado.

—Así, mi amor —murmuró—. Dime que me amas.

—Te amo con todo lo que soy.

—Soy tuya y de nadie más. Pase lo que pase, lo haremos juntos. Si tengo que ser tu cómplice en cualquier locura, lo seré, pero contigo.

—Por muy mal que estemos, vamos a salir de esta.

—No pienses en eso ahora —jadeó—. Concéntrate en mí.

Nos corrimos casi a la vez, agotados, agarrados como dos personas que se sostienen sobre el mismo precipicio. Aquella noche no resolvió nuestras deudas ni borró el ultimátum del banco. Pero algo entre nosotros cambió para siempre, y todavía hoy, cuando recuerdo su mirada detrás del antifaz, no sé si me arrepiento o si volvería a hacerlo.

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Comentarios (5)

CarlosLect_Sur

Tremendo relato, de los mejores que lei en esta categoria. Gracias!

Mara_Palacios

Necesito una segunda parte, no puede quedar ahi!! Que final tan intenso

TichoLector

Lo lei dos veces. Hay algo en como esta contado que se siente completamente real, sin adornos innecesarios. Muy bueno.

Nico_curioso

Curioso como una situacion desesperada puede llevar a decisiones que jamas te imaginas... me quede pensando un rato despues de terminarlo

lectornocturna22

Me recordo a algo que me conto un conocido hace años. Pense que exageraba, pero despues de leer esto ya no estoy tan seguro jaja

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