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Relatos Ardientes

Lo que pasó en las duchas del camping esa mañana

Me desperté antes que Nadia, con esa pereza pegajosa que deja una noche corta. Agarré el neceser y la toalla, salí de la autocaravana sin hacer ruido y caminé hacia los baños del camping con la luz todavía tibia de la mañana.

Las duchas estaban ocupadas por el personal de limpieza, así que me senté en un banco de madera a esperar. Encendí un cigarro y dejé que el humo se mezclara con el olor a pinos mojados. Era uno de esos momentos en los que no piensas en nada, solo dejas pasar el tiempo.

Entonces los vi venir desde la zona donde estábamos nosotros. Una mujer de unos cincuenta y tantos, con el pelo recogido, caminaba acompañada de un chico y una chica que rondarían los veinte. Por el aire de familia, supuse que eran madre e hijos.

—Buenos días —dijo ella al pasar por delante de mí.

—Buenos días —respondí.

Cuando ya me daban la espalda, giré la cabeza para mirarlos un segundo más. La chica y la madre se dijeron algo al oído, se rieron, y la mayor volvió la vista hacia mí. Me sostuvo la mirada un instante, sin prisa, antes de seguir su camino.

Demasiado temprano para esos juegos, pensé, y sonreí para mis adentros.

El servicio de limpieza salió justo después y me dijeron que ya podía pasar. Entré hasta la última cabina, la más alejada. Eran duchas amplias, divididas en dos espacios: uno para el agua y otro, seco, para dejar la ropa. Me desnudé, abrí el grifo y dejé que el chorro caliente me despertara del todo.

Estaba enjabonado de pies a cabeza, listo para aclararme, cuando oí la puerta abrirse. Alguien entró y, antes de que pudiera girarme, dos brazos me rodearon por la espalda.

Supe que era Lúa por el tacto de sus pezones duros contra mi espalda y por la forma en que sus manos buscaron los míos para pellizcarlos. Me limpié el jabón de la cara y me di la vuelta para encontrarme con sus ojos oscuros.

—Buenos días —dije.

—Buenos días. ¿Dormiste bien? —preguntó, sin soltarme.

—Del tirón. ¿Y vosotros?

—Me costó un poco, pero a Bruno no le importó. Seguimos un rato más —respondió con una media sonrisa.

—¡Bendita juventud! —me reí.

Su mano bajó por mi vientre hasta encontrar mi polla, que ya empezaba a responder.

—No creas —dijo, apretándola despacio—. Me desperté caliente e intenté despertarlo a él con la boca y ni se inmutó.

—Bueno, pues aquí estoy yo. No creo que le moleste.

Nos besamos. Le agarré las nalgas con las dos manos mientras su lengua buscaba la mía con esa avidez que no disimulaba. El agua nos caía encima, calentándonos todavía más. Subí una mano hasta uno de sus pechos y bajé la cabeza hasta atrapar el pezón entre los labios.

Lo rodeé con la punta de la lengua, sintiéndolo endurecerse, y lo succioné despacio. Ella gemía sujetándome la cabeza contra su pecho mientras su mano seguía moviéndose arriba y abajo.

—Mmm. Qué dura está —murmuró.

Sentía su pulgar jugando con la punta cada vez que subía. Volvimos a besarnos, y entonces empezó a bajar: el cuello, las clavículas, mis propios pezones, que mordisqueó con una sonrisa. Acabó de rodillas, frente a mí.

Pasó la lengua por toda la longitud antes de rodear la punta, justo donde se une con el tronco, y rozarla con los labios una y otra vez. Cuando por fin me la metió entera en la boca, tuve que apoyar una mano en la pared.

En un momento, una de sus manos se deslizó entre mis piernas y separó mis nalgas. Casi sin pensarlo, me incliné un poco hacia delante para facilitárselo.

—Esto te gusta, ¿verdad? —dijo, levantando la vista.

Su dedo presionó la entrada y fue entrando muy despacio. Sin dejar de usar la boca, empezó a moverlo, y todo mi cuerpo se estremeció. Cerré los ojos y empecé a jadear, hasta que de pronto sacó el dedo y se levantó.

—Si sigo así, te corres enseguida. Ahora me toca a mí —dijo.

No se lo discutí. Me arrodillé y hundí la cara entre sus piernas, separando los labios con la lengua para llegar bien adentro. Ella levantó una pierna y la apoyó sobre mi hombro para abrirse del todo.

Recorrí toda la longitud con la lengua hasta llegar al clítoris. Apenas lo rocé, dio un respingo y hundió los dedos en mi pelo, apretándome contra ella.

—Joder. Qué bien lo haces. No pares. Haz que me corra —jadeaba.

Puse todo de mi parte. Igual que había hecho ella conmigo, deslicé una mano por detrás hasta su ano y empecé a introducir un dedo mientras la lengua no paraba.

—Ahí. Sí —apenas podía hablar.

Seguí hasta notar cómo arqueaba la espalda y todo su cuerpo temblaba. Se corrió con un gemido largo que retumbó en los azulejos. Lúa nunca fue silenciosa, y a aquella hora no me importó lo más mínimo.

Seguí un poco más, aunque ella ya me empujaba la cabeza para apartarme.

—¡Para! Quiero tu polla —dijo, tirando de mí hacia arriba.

La levanté apoyándola de espaldas contra la pared y la dejé caer despacio sobre mí. Entró sin ninguna resistencia, empapada.

—Mmm. Qué dura. Fóllame —pidió, rodeándome la cintura con las piernas.

A pura fuerza de brazos empecé a subirla y bajarla, cada vez más rápido, con sus gemidos rebotando en la cabina. Aguanté todo lo que pude, pero el cansancio empezó a ganarme, así que la bajé al suelo y le pedí que se pusiera a cuatro patas.

Volví a clavármela casi sin pausa, agarrándola de las caderas, bombeando sin freno mientras ella mascullaba que la follara bien duro.

—Sí. Así. Bien adentro —decía entre dientes.

Esta vez me tocó a mí: pasé los dedos por su ano y fui metiendo primero uno y después otro. Yo ya jadeaba por el esfuerzo cuando sentí cómo se cerraba alrededor de mí y se corría otra vez, temblando entera.

No quise terminar dentro. Me incorporé, me coloqué frente a ella y me acabé con la mano, soltándolo todo sobre su cara y su pecho, que ella esperaba con la boca abierta. Me quedé apoyado en la pared, sin aliento, mirándola relamerse.

—Qué bueno —dijo, poniéndose de pie y pegando su cuerpo al mío para besarme.

Nos tomamos un momento para recuperarnos y luego nos enjabonamos el uno al otro. Recorrer su cuerpo mojado con las manos, y que ella hiciera lo mismo conmigo, bastó para que volviera a endurecerme.

—Mejor acabamos ya y nos vamos —dije—, o de aquí no salimos.

Lúa se rió con esa risa cristalina suya y me dio la razón, no sin antes agacharse a besarme la punta una última vez.

—Pues casi mejor —dijo.

***

Ella se envolvió en la toalla mientras yo me vestía. Salimos juntos de la ducha y, nada más abrir la puerta, nos dimos de bruces con una chica de pelo castaño claro y largo.

Me costó reconocerla. Era la misma que había pasado antes por delante de mí, la que acompañaba a la mujer mayor y al chico. Nos miró sorprendida y se metió a toda prisa en uno de los cubículos, pero antes de cerrar la puerta se giró un instante y nos sonrió.

Lúa no se dio cuenta de esa sonrisa. Yo, en cambio, lo tenía clarísimo: llevaba un buen rato ahí fuera, escuchándolo todo. Se había quedado pegada a la puerta, sin moverse, hasta que salimos.

Que aproveche la mañana, pensé, sin poder evitar una sonrisa.

Caminamos juntos de regreso a las autocaravanas. Al llegar, cada uno se fue hacia la suya, pero Lúa antes se me colgó del cuello y me besó sin ninguna prisa. Me quedé mirando cómo se alejaba hasta que entró.

Al darme la vuelta para entrar en la nuestra, vi salir de la caravana de al lado a la mujer mayor, la madre de la chica de las duchas. Me sostuvo la mirada otra vez, igual que antes, y entró sin decir nada.

***

Nadia seguía dormida cuando entré. Me puse a preparar el desayuno pensando en que aquella mañana seguiríamos nuestro camino, aunque nos diera pena despedirnos de Bruno y Lúa.

Antes de despertarla, me tomé unos minutos para mirarla. Estaba de lado, enrollada en el edredón, desnuda como siempre dormía, dejando a la vista un pecho y la curva de sus nalgas.

—¿Qué miras? —dijo de pronto, sin abrir del todo los ojos—. Espero que tengas el desayuno listo.

Me reí y me tiré encima de ella a hacerle cosquillas hasta que se levantó fingiendo enfado.

—¿Te parecen maneras de despertar a una mujer decente? —protestó.

La miré levantando las cejas, divertido.

—Pero si te he despertado a ti.

—¿Qué insinúas? ¿Que no soy decente?

Fingí pensármelo, y eso bastó para que me golpeara con la almohada entre risas. La sujeté, la tumbé boca arriba sobre la cama y ella se quedó con las piernas abiertas, mostrándome todo su cuerpo. No me lo pensé dos veces: me eché encima, todavía vestido, buscando su boca.

Giró la cara justo cuando mis labios rozaban los suyos, negándome el beso.

—¿Ahora quieres besar a una indecente? —dijo.

—No solo besarla —respondí.

Una de sus manos bajó hasta agarrarme, ya duro de nuevo.

—Mmm. Es que eres tú el que me convierte en una golfa —murmuró.

Ella misma me bajó el pantalón lo justo para liberarme y me guió hacia su interior sin más preámbulos. Sentí su calor, su humedad, la forma en que se ajustaba alrededor de mí mientras entraba.

—Cómo me gusta —suspiró.

Empecé a moverme despacio. Me rodeó la cintura con las piernas y me agarró las nalgas para marcarme el ritmo. Esta vez no solo no me negó el beso, sino que me buscó la boca para lamerme los labios mientras yo salía y entraba hasta el fondo.

Su cuerpo temblaba bajo el mío, los pechos aplastados contra mi pecho, los gemidos cada vez más fuertes con cada empujón.

—Mmm. Sigue —pedía.

Obedecí, bombeando cada vez más rápido hasta sentir cómo se ponía rígida debajo de mí y levantaba las caderas buscando tenerme más adentro. Verla correrse fue suficiente: casi de inmediato, con sus músculos apretándome, sentí que yo también estaba al límite.

Terminé con un gruñido dentro de ella, que se movía como si quisiera exprimirme hasta la última gota. Me quedé unos segundos más, con la respiración agitada, hasta que ella me dio un empujón flojo.

—Anda, quita, que pesas —dijo, riéndose.

***

Nos sentamos a desayunar, pero no llegamos a terminar. Llamaron a la puerta: eran Bruno y Lúa, que venían a despedirse. Tenían que ir a recoger a unos amigos.

—Me han avisado de que la furgoneta de ellos va a tardar mucho en arreglarse —explicó Bruno—, así que vamos a buscarlos y seguimos todos en la nuestra.

—Me da muchísima pena —dijo Lúa—. Pensábamos quedarnos hasta que os fuerais.

—Pues nada. Una lástima —respondió Nadia.

—Además me he quedado con ganas de más —añadió Lúa, mirándonos a los dos—. Sobre todo de que me follarais los dos a la vez, pero...

—Todo se andará —la cortó Bruno, con una sonrisa.

Solté una carcajada. Lúa nos besó a los dos antes de marcharse, y de pronto la autocaravana se quedó en silencio.

—Pues si todo el mundo recoge —dijo Nadia—, nosotros también deberíamos ir tirando.

—Es justo lo que estaba pensando —respondí.

Como no habíamos montado gran cosa, recogimos el avance y guardamos las dos sillas antes de arrancar. Mientras maniobraba para salir de la parcela, vimos a la mujer de al lado subirse al puesto del conductor de su caravana, justo cuando la chica bajaba de la parte de atrás.

La vi mejor entonces: alta, delgada, con el pelo castaño claro tirando a rubio hasta los hombros y una piel tan blanca que parecía no haber tocado nunca el sol. La cara ovalada y pecosa, y unos ojos verdes que destacaban incluso de lejos. Era la chica de las duchas, la testigo silenciosa. Se subió enseguida al asiento del copiloto y arrancaron detrás de nosotros.

Paramos en la entrada del aparcamiento para pagar y hacer el papeleo, y ellos pararon justo detrás. Cuando la mujer bajó de su caravana, pude observarla con calma: pelo moreno y rizado hasta los hombros, alrededor de un metro setenta, con algún kilo de más pero nada que le sentara mal. Lo que dominaba su figura eran un par de pechos grandes que se adivinaban bajo la sudadera y unas caderas anchas.

Esperó detrás de nosotros mientras charlábamos con la chica de recepción.

—¿Y adónde vais ahora? —preguntó la recepcionista.

—Pues tenemos pensado seguir hacia la costa —contestó Nadia.

—Muy buena elección. Hay un camping a dos minutos del pueblo, andando, con muy buenas instalaciones. Mirad, os doy nuestra tarjeta; si la enseñáis allí, os hacen descuento.

—¡Qué bien! Gracias —dijo Nadia.

Al girarnos para salir, la mujer de los ojos verdes y su madre nos saludaron con la cabeza. Yo les devolví el gesto, con la certeza de que aquella mañana, sin que ninguno lo planeara, habíamos compartido mucho más que un camping.

Salimos a la carretera con cinco horas de camino por delante y la idea de parar a mitad para comer en alguno de los pueblos que íbamos a atravesar. Nadia puso música, bajó la ventanilla y dejó que el aire le revolviera el pelo. Yo conducía en silencio, todavía con el sabor de la mañana en la piel, pensando que algunas despedidas dejan más ganas que pena.

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Comentarios (5)

CuriosaRosa

que mañana tan inesperada jaja!! me encanto, no me lo esperaba para nada

suspiro_lector

Por favor seguí contando, justo cuando se pone bueno se corta... quiero saber qué paso con la testigo

rodrigo_mdp

me recordó a unas vacaciones que tuve en el sur, los campings siempre tienen esa magia inesperada jaja

ClaraZ_lecto

y la testigo??? qué hizo al final?? eso me dejó con mas intriga que todo lo demas

Marcos_89

muy bien narrado, se siente genuino. eso le da otro nivel al relato

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