Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El pacto de los viernes que nadie debía descubrir

Carla y Damián se habían separado hacía tres meses, pero la firma de los papeles no había resuelto nada. Tenían un hijo de nueve años, Tomás, que todavía no entendía por qué su padre dormía ahora en otro lado. Para no hacerle más daño del necesario, acordaron mantener la casa de Córdoba intacta durante un tiempo. Damián alquiló un departamento a diez cuadras, pero volvía los fines de semana para sostener la apariencia de que nada se había roto.

El pacto, sin embargo, iba mucho más allá de las apariencias. Cada viernes por la noche, cuando Tomás ya dormía, ellos hacían el amor a propósito ruidoso, descarado, como en los primeros años. La idea era que el chico oyera algo a través de la pared y lo asociara con la normalidad de una pareja que todavía se quería.

—Así no se traumatiza —había dicho Carla, con una sonrisa entre amarga y cómplice—. Y de paso descargamos lo nuestro.

Damián había aceptado sin pensarlo dos segundos.

***

Era viernes otra vez. La casa olía a la cena que Carla había preparado: algo simple, milanesas con puré, para no complicar la noche. Tomás estaba en su cuarto, enganchado con la consola antes de irse a dormir. Damián llegó a las nueve en punto, con una botella de vino tinto bajo el brazo.

—Hola, amor —dijo en voz alta, y besó a Carla en la boca como si fuera cualquier otro viernes de los buenos.

Tomás los espió desde el pasillo y sonrió, ajeno a la representación.

Cenaron los tres, charlando del colegio y de un partido. Damián le revolvió el pelo al chico, Carla sirvió un helado de postre con la mano un poco temblorosa, anticipando lo que vendría después. Cuando Tomás se fue a la cama, ellos se quedaron en el living, bebiendo en silencio. Damián la miraba por encima de la copa. Ella llevaba un vestido ajustado que le marcaba el cuerpo, y él lo sabía de memoria.

—¿Estás lista? —murmuró, apoyando una mano en su muslo.

—Callate y subí —respondió ella, con la voz baja y ronca.

El divorcio había llegado por infidelidades de los dos y por el desgaste de los años, pero el deseo nunca se había apagado. Al contrario: ahora que ya no eran nada en los papeles, lo que pasaba entre las sábanas se había vuelto más crudo, más sincero.

***

Subieron la escalera despacio, asegurándose de que cada escalón crujiera. Entraron al dormitorio principal, el mismo de siempre, y Damián cerró la puerta con un golpe seco. Carla se sacó el vestido de un tirón y quedó en ropa interior negra, la tela apenas sosteniéndose sobre la piel.

—Mirá cómo me tenés —dijo él, soltándose el cinturón.

Ella se arrodilló frente a él sin esperar nada. Lo tomó con las dos manos y lo recorrió con la lengua de abajo hacia arriba, sin apuro, mirándolo a los ojos. Damián dejó escapar un gemido más fuerte de lo necesario, calculado para que cruzara la pared.

—Así, despacio… —jadeó, con la mano enredada en el pelo de ella.

Carla abrió la boca y lo tomó entero, hasta que tuvo que respirar por la nariz. Subía y bajaba con un ritmo lento, dejando que la saliva resbalara, atenta a cada reacción del cuerpo de él.

Del otro lado de la pared, Tomás podía oír algo: un murmullo, un quejido, el roce de los cuerpos. Nada que un chico de nueve años pudiera nombrar.

—Vení —dijo Damián, levantándola del brazo y empujándola con suavidad sobre la cama.

Ella se acostó y se abrió de piernas, deslizándose la última prenda por los tobillos. Él se acomodó encima, frotándose contra ella sin entrar todavía, alargando la espera hasta que Carla le clavó los talones en la espalda.

—No me hagas rogar —pidió ella, con la voz alta para que resonara en la casa.

Damián empujó de una sola vez, entero. Carla mordió un grito a medias y dejó salir el resto a propósito.

El elástico de la cama protestó bajo ellos. Él empezó a moverse con fuerza, y el respaldo golpeó la pared con un ritmo seco y constante. El sonido era inconfundible, hecho para filtrarse por el tabique fino que separaba los cuartos.

Tomás, tapado hasta la nariz, oyó todo. Al principio le había llamado la atención; ahora lo entendía como una prueba de que sus padres seguían siendo sus padres.

Están bien, se dijo, y se durmió tranquilo.

En el dormitorio, el ritmo crecía. Damián la sostenía de las caderas, marcando cada embestida.

—Más fuerte —pedía ella entre dientes, arañándole la espalda—. No pares.

Carla se vino primero, con un temblor que le subió desde las piernas y la dejó sin aire, repitiendo su nombre lo bastante alto como para que se oyera. Damián la giró boca abajo, le levantó las caderas y siguió desde atrás, más despacio ahora, midiendo. Ella hundió la cara en la almohada, pero los sonidos se le escapaban igual.

***

El pacto había nacido como una idea descabellada, propuesta por Carla la misma tarde en que firmaron.

—Tomás necesita estabilidad —había dicho—. Si nos oye seguir activos, no va a pensar que nos odiamos.

Damián, que nunca le había dicho que no a ella, vio la oportunidad de seguir teniéndola sin la carga de todo lo demás. Pero cada viernes el sexo se volvía más audaz, más adictivo. Ya no era únicamente por el chico; era por ellos, por el morbo de fingir una normalidad que se les iba de las manos.

Esa primera noche, cuando terminaron, él se quedó tumbado mirando el techo y ella se acurrucó contra su pecho un rato.

—Estuvo bien —murmuró Carla.

Pero los dos sabían que no dormirían juntos. Damián se vestiría antes del amanecer y se iría al departamento, sosteniendo la ilusión hasta el sábado.

***

La semana siguiente, el ritual se repitió. Damián llegó con flores esta vez, para que Tomás viera el gesto desde el sillón. Cenaron, se rieron, y cuando el chico se durmió, subieron. Carla llevaba un conjunto de lencería roja con portaligas que le estiraba las piernas hasta donde él no podía dejar de mirar.

—Hoy quiero que me ates —dijo, sacando un par de esposas del cajón de la mesita.

Damián sonrió de costado.

—No tenés arreglo.

La esposó al respaldo de la cama y la dejó expuesta. Empezó por los pezones, demorándose hasta que ella tiró de las cadenas. Bajó por el vientre, despacio, y siguió con la lengua entre sus piernas mientras Carla arqueaba la espalda.

—No pares —pidió ella, alto, con la cabeza echada hacia atrás.

Él metió dos dedos sin dejar de usar la boca, y ella se vino otra vez, con las esposas tintineando contra el hierro del respaldo. Tomás, del otro lado, oyó los quejidos amortiguados y los golpes rítmicos y se imaginó a sus padres abrazados, felices.

Damián la soltó y la tomó de nuevo, esta vez de costado, levantándole una pierna sobre su hombro.

—Estás imposible —le dijo al oído, empujando.

—Dame todo —respondió ella, clavándole las uñas en el antebrazo.

Se vinieron casi juntos, ahogando los nombres uno contra el otro, el eco perdiéndose por la casa dormida.

***

Con el tiempo, el pacto fue mutando. Un viernes, Carla propuso probar algo nuevo, un juguete que guardaba en el fondo del placard. Otro, fue Damián quien apareció con un frasco de aceite y le recorrió la espalda entera con las palmas antes de tocarla.

—Estás lista —le dijo, deslizando las manos.

Empezaron en la ducha, el agua cayendo sobre los dos mientras él la sostenía contra los azulejos. Después, en la cama, ella se acomodó encima y marcó su propio ritmo, las manos de él apretándole las caderas, los dos buscándose con los ojos en la penumbra.

—Me vengo —avisó ella, sin frenar.

El divorcio les había soltado las inhibiciones. Antes, el sexo se había vuelto un trámite de domingo; ahora era una cita semanal, ruidosa y sin filtro, con palabras al oído que los encendían a los dos.

—Sos lo único que no negociaría —le dijo Damián una de esas noches.

—Tampoco yo —respondió ella, y por un segundo ninguno supo si estaban actuando.

***

Un viernes de tormenta, se cortó la luz, pero no pararon. Con un par de velas encendidas, Damián la ató otra vez, ahora con un pañuelo en las muñecas, y la recorrió primero con las manos, después con la boca. Afuera tronaba; adentro, los sonidos de ellos se confundían con la lluvia contra la ventana.

—No pares —pedía ella, con los ojos cerrados.

Tomás oyó algún grito apagado y pensó que era el trueno.

El pacto duró meses. Cada viernes el deseo subía un escalón más. Inventaron papeles: ella, una secretaria que llegaba tarde; él, el jefe que la hacía quedarse. Carla se inclinaba sobre la cómoda del dormitorio y Damián la tomaba desde atrás, los dos riéndose a media voz entre jadeo y jadeo.

—Acá no se sale hasta terminar el informe —improvisaba él.

—Entonces voy a tardar toda la noche —contestaba ella.

Pero debajo del juego había algo que ninguno se animaba a decir en voz alta. El divorcio no había matado el amor; lo había convertido en otra cosa, en una urgencia que solo encontraban los viernes.

—Capaz deberíamos intentarlo de nuevo —susurró Carla una noche, todavía agitada.

Damián tardó en contestar.

—Capaz. Pero mientras lo pensamos, no dejemos de hacer esto.

Y así siguieron, viernes tras viernes, sosteniendo la farsa por Tomás y alimentando el morbo por ellos mismos. El chico crecía sin sospechar nada, durmiéndose con los sonidos de una pasión que habían empezado a fingir y que, sin darse cuenta, se les había vuelto verdadera.

***

Con las semanas, el ritual se fue afinando. Carla ponía música suave al principio de la noche, para disimular, y la apagaba cuando empezaban. Damián aprendió a leer en su cara qué quería antes de que lo dijera. Un viernes probaron quedarse de frente, sin apuro, mirándose, y fue casi peor que toda la furia de las otras noches.

—Así es distinto —dijo ella después, con la voz quebrada.

—Ya sé —dijo él.

Un sábado de esos, mientras desayunaban con Tomás antes de que Damián se fuera, el chico preguntó de la nada por qué a veces hacían tanto ruido a la noche.

Los dos se miraron por encima de la mesa, sin saber bien quién contestaría.

—Es porque nos queremos mucho —dijo al fin Carla, y por primera vez en meses no le sonó a mentira.

Damián se quedó callado, revolviendo el café. Esa noche no había sido viernes y, sin embargo, se había quedado a dormir.

***

El pacto se fue extendiendo a otros días sin que ninguno lo nombrara. Primero un martes que él se quedó porque Tomás tenía fiebre. Después un domingo entero. Los viernes seguían siendo los más escandalosos, pero ya no eran los únicos.

Una de esas noches, abrazados en la oscuridad, Carla confesó lo que llevaba tiempo callando.

—Al principio lo hacíamos por él. Yo lo sabía.

—¿Y ahora? —preguntó Damián.

Ella no contestó con palabras. Se acercó, lo besó despacio, sin público al otro lado de la pared esta vez, y dejó que el silencio lo dijera todo.

Y entonces los dos se dieron cuenta de lo mismo, aunque ninguno lo formuló en voz alta: hacía rato que aquello había dejado de ser por su hijo. Era por ellos. Siempre había sido por ellos.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios (5)

Rulo_Baires

Qué final tan inesperado... me dejaste con la boca abierta. Muy bien logrado.

Nati_Cordoba

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termina todo eso

lector_oculto

Lo lei de un tiron. La tension que se va armando es increible, muy bien escrito. De los mejores que lei en mucho tiempo.

SantiCba88

genial!! me encanto

ElectricoMdp

Tremendo relato, muy real. Me recordo a una situacion parecida que viví hace unos años... aunque no tan intensa jaja

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.