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Relatos Ardientes

El hermano de mi amiga me vio cambiarme

Trabajaba en la lavandería de un hotel del centro, y fue ahí donde conocí a Carolina. Nos hicimos amigas de esas que se cuentan todo, y ella terminó sabiendo cosas mías que nadie más sabía. Sabía, por ejemplo, que más de una vez me había metido en la habitación de algún huésped. Sabía lo de Brian, un canadiense que se quedó tres semanas. Y sabía lo de Damián, un compañero del turno de la mañana.

Una tarde me encontró sentada en el cuarto de descanso con la cara larga. Andrés, mi novio, llevaba días raro conmigo. Sospechaba que me acostaba con Damián, y aunque no tenía pruebas, su mal humor me tenía hundida.

—¿Qué te pasa? Andás con una cara… —me dijo Carolina, sentándose a mi lado.

—Nada, una pelea con Andrés.

—¿Por qué?

—Porque sospecha que me acuesto con Damián.

—¿Y Damián no habrá abierto la boca?

—No creo. No es tan idiota.

Carolina se quedó pensando un momento y después se le iluminó la cara.

—Para que te despejes te tengo una propuesta —dijo—. Este fin de semana hay fiestas patronales en mi pueblo. Vente conmigo.

—No sé… ¿qué le invento a Andrés?

—Decile que te tocó trabajar el fin de semana.

—Por estar con Damián ya le inventé media vida. Un día me va a cachar.

—Hazme caso y vente. Allá te presento a mi hermano, o a uno de mis primos —y soltó una risa con doble intención.

—¿A tu hermano? Sabés que tengo novio. Y que estamos en crisis, justamente.

—Por eso mismo. Te va a gustar, es de tu edad.

—¿Y es guapo?

—Ahí está, ya te interesó —se rió—. Lleva traje de baño, que el pueblo es tierra caliente y hay río.

Esa misma noche le dije a Andrés que necesitaba unos días para pensar las cosas, lejos de él. Me creyó. O quiso creerme, que para el caso es lo mismo.

***

El pueblo de Carolina queda como a tres horas de la ciudad. Llegamos al mediodía y la casa estaba llena de gente venida de todas partes. La familia nos esperaba con la mesa puesta. Carolina me presentó a su madre, a su padre, a un par de tíos, y por último, como me lo había prometido, a su hermano.

Se llamaba Mateo y tenía mi edad, veintidós. Alto, de piel clara, flaco pero con buenos hombros. Tengo que ser honesta: por mi cama ya habían pasado muchos hombres, y a esas alturas tenía buen ojo. Mateo entraba en mi gusto sin esfuerzo. Y sentí, apenas me dio la mano, la manera en que me miraba. Esa mirada la conozco bien. Los hombres me ven como un objeto, y la verdad es que me encanta que lo hagan.

—Mira, esta es mi amiga, la que te conté —le dijo Carolina, muerta de risa.

Mateo me sonrió y me escaneó de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en el escote.

—Hola, mucho gusto. Mateo.

—Hola, Mateo. Yésica —lo miré a los ojos y le sostuve la sonrisa.

No me costó nada empezar a coquetearle. Cada vez que cruzábamos miradas, él tenía esa sonrisa pícara colgada de la boca, y yo le respondía igual.

Después del almuerzo propuso que fuéramos a un río que quedaba cerca, donde la corriente era mansa y se podía nadar. Saqué de la maleta un bikini blanco diminuto, de esos que apenas cumplen su función. La parte de arriba eran dos triángulos sostenidos por lazos en la nuca y la espalda; la de abajo, una tanguita atada a los lados de la cadera. No dejaba nada a la imaginación, y esa era la idea.

Me metí a un cuarto a cambiarme. Lo que no noté fue que la habitación tenía una ventana que daba al pasillo. Ya estaba completamente desnuda, a punto de ponerme la parte de abajo, cuando sentí que alguien me miraba. Levanté la cabeza de golpe y ahí estaba Mateo, del otro lado del vidrio, paralizado. Me cubrí con las manos por instinto, pero en lugar de gritar le sonreí. Él se puso colorado y se fue rápido por el pasillo.

Esto va a estar bueno, pensé.

Encima del bikini me puse un short tan ajustado que se me metía entre las nalgas como una tanga, y una blusa corta que dejaba el ombligo al aire. Cuando salí a la puerta de la casa, Mateo me miró y se rió bajito. Estaba segura de que seguía viéndome desnuda en su cabeza.

—Súbete al carro, que vamos —me dijo, señalando una camioneta vieja.

Me adelanté hacia la puerta y sentí que se quedaba atrás, mirándome el culo. Así que aproveché para inclinarme un poco más de lo necesario, fingiendo acomodar algo del asiento. Cuando me di la vuelta lo encontré boquiabierto.

—Qué rico —se le escapó.

Me pasé una mano por la nalga y estiré la tela del short.

—¿Te gusta? —le pregunté, y me reí mientras me acomodaba en el asiento.

En todo el camino no me quitó los ojos de encima.

***

El río estaba lleno de gente, y la mayoría eran hombres. Me quité la blusa y el short delante de todos. Varios se quedaron mirándome, y a más de uno la mujer le clavó un codazo. A mí eso me da combustible. Caminé hasta la orilla moviéndome como sé moverme, exhibiéndome igual que siempre, y Mateo me seguía con la mirada como un perro detrás de un hueso.

Nos metimos al agua. Mateo no perdió ni un segundo: con la excusa de la corriente me agarraba de la cintura y me restregaba el bulto contra las nalgas, me rozaba los pechos como sin querer. En una de esas tiró del nudo del top y me dejó un seno al aire. Después hizo lo mismo con la tanga, y como no me daban las manos para taparme todo, alcanzó a verme entre las piernas. Se reía.

—Ay, Mateo, no —le dije, sin enojarme ni un poco.

—Qué ricura todo eso —contestó.

Me acerqué a su oído y le hablé en voz baja.

—¿Te gustó lo que viste esta mañana?

—Tus tetas están de otro mundo.

Seguimos en el agua un buen rato. Yo le coqueteaba también a otros hombres, que tampoco perdían la oportunidad de pasarme la mano por la espalda o por la cadera. Me sentía la más deseada de todo el río, y ya sabía cómo iba a terminar la noche.

***

Al caer la tarde volvimos a la casa para arreglarnos e ir al baile del pueblo. Me puse un vestido azul con flores, corto, ceñido al cuerpo, de hombros descubiertos y un escote profundo. Sin brasier, solo con una tanga de encaje debajo, y unas sandalias altas. Me miré al espejo y supe que esa noche no iba a dormir sola.

La plaza estaba llena. No faltaron los hombres que se acercaron a invitarnos tragos, y nosotras los aceptamos felices. Carolina enganchó pareja rápido; ella también es de mirada alegre, y bonita como es, deja a cualquiera con la boca abierta. Yo bailé pegada con varios: amigos de Carolina, conocidos de Mateo, desconocidos. Más de uno se pasó de la raya con las manos, pero esa noche yo ya tenía la decisión tomada. Quería a Mateo.

Con tanto manoseo estaba prendida fuego. Cada vez que bailaba con él le frotaba el culo contra la entrepierna, le pegaba los pechos al pecho, y él no podía dejar de mirar para abajo. La música, el aguardiente y su mirada me tenían húmeda desde hacía rato.

Cerca de la madrugada quedábamos pocos. Carolina se acercó para avisarme que se iba con su amigo, y por la cara que tenía no había que adivinar a hacer qué. Mateo y yo nos besamos por primera vez en medio de la pista, con ganas acumuladas de todo el día. La plaza se estaba vaciando, así que decidimos volver caminando a la casa.

***

Lo raro fue que, ya en la puerta, Mateo no me dijo nada. Ni «vení a mi cuarto» ni nada. Se metió al suyo como un caballero y yo al mío, medio frustrada. Me quité el vestido y la tanga, que estaba completamente empapada, y me quedé desnuda con la pijama en la mano, debatiéndome entre masturbarme o ir a buscarlo.

Entonces miré por la ventana. Y ahí estaba otra vez, del otro lado del vidrio, mirándome fijo. Esta vez no me tapé. Le sonreí, abrí apenas la puerta del cuarto y dejé que me viera entera mientras me acariciaba despacio, desde el cuello hasta el vientre, bajando.

—¿Qué tanto miras? ¿Nunca viste una mujer desnuda? —le dije.

—Sí, pero una así de rica como tú, no.

—¿Te gusta cómo me veo?

—Me tenés loco.

Lo agarré de la mano y lo metí al cuarto de un tirón. Cerró la puerta con el pie. Me senté en el borde de la cama, abrí las piernas frente a él y me toqué despacio, me metí dos dedos y me los chupé sin dejar de mirarlo.

—¿Querés? —le dije.

No esperó la repetición. Se me tiró encima y empezó a besarme la boca, el cuello, los pechos, bajando por el vientre con una calma que me desesperaba. Me besó la cara interna de los muslos, primero uno y después el otro, evitándome a propósito el centro hasta que no aguanté. Cuando por fin bajó, separó los labios con los dedos, metió la lengua y empezó a chuparme el clítoris con una paciencia que me hizo arquear la espalda y morder la almohada. No paró hasta que me corrí en su boca.

Se quitó la ropa. Abrí bien las piernas y se la metió de una, hasta el fondo, despacio al principio y después con fuerza. Yo movía la pelvis en círculos para sentirlo entero. Gemía sin control —soy escandalosa, siempre lo he sido— y él me tapaba la boca con la mano para que no despertara a toda la casa. Así estuvimos hasta que se vino dentro de mí y sentí el calor corriéndome por los muslos.

Me di la vuelta, me puse en cuatro y me incliné para que entrara entero otra vez. Me agarró de la cadera y empezó a embestirme duro, sin tregua, mientras me daba palmadas en las nalgas que me hacían arquear más. El cuerpo me sudaba, la cabeza me daba vueltas, y yo solo quería más.

Cuando se quedó a medias, lo senté en la cama y le di una mamada larga hasta que volvió a ponerse duro y se vino en mi boca. Después me senté sobre él, le abracé el cuello y empecé a moverme adelante y atrás, en círculos, sintiéndolo palpitar dentro mientras yo misma me frotaba el clítoris, hinchado y sensible a esas alturas. Lo hicimos casi hasta que entró la luz por la ventana. Se vino dentro de mí más veces de las que pude contar.

***

Tiempo después Carolina se enteró de que me había acostado con su hermano. No se enojó. Al contrario, se rió y me dijo que me entendía perfectamente. En todo ese viaje no me acordé ni una sola vez de Andrés, y por eso mismo no sentí ni una pizca de culpa. Algunas escapadas no se hacen para pensar las cosas. Se hacen justo para no pensar en nada.

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Comentarios (5)

Rocko

Que buenisimo!! quede con ganas de mas

Vale_Sur

Por favor que haya segunda parte, me quede con el corazon en la boca al final jaja

LectorFurtivo9

El hermano sabia perfectamente lo que hacia, que picaro. Muy bien narrado, se siente autentico

SoniaMdp

Me llevo directo a recuerdos de mis años de verano jaja. Ese momento de tension cuando te das cuenta que alguien te vio... lo describiste a la perfeccion. Sigue escribiendo asi!

Facu_pba

increible, uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo

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