Te confieso lo que hice antes de salir de la cama
Hola otra vez. Vengo a contarte algo que tengo aquí, atorado en la garganta, y creo que ya entiendes por dónde va la cosa.
Qué mañana tan linda hace hoy. No sé si es porque me desperté de buen humor, porque es viernes y mañana nadie tiene que poner el despertador, o por una tercera razón que prefiero guardarme un par de líneas más. Quizá sea por las tres cosas a la vez. El sol entraba de costado por la persiana mal cerrada y dibujaba rayas tibias sobre las sábanas revueltas. Y yo, francamente, me sentía de maravilla.
Antes de seguir, déjame hacer un pequeño paréntesis y dirigirme a todas las mujeres que estén leyendo estas palabras. Hermanas: no seamos tan recatadas, no seamos tan apretadas. Hay terrenos que vale la pena explorar sin tanto prejuicio, siempre y cuando sea con cariño y con calma. Créanme que, una vez que se le pierde el miedo a tener una polla en la boca y a tragarse hasta la última gota de leche, se disfruta muchísimo más de lo que una imagina.
Y a los hombres también les dejo un consejo, ya que estamos: no sean impacientes. Con paciencia y con ternura todo fluye mejor. Las prisas nunca le hicieron bien a nadie, y menos en la cama.
Bueno. Cerrado el paréntesis, vuelvo a lo mío.
Esta mañana me tragué la corrida entera de mi marido. Calientita y directa de la fuente, sin perder una sola gota. Y fue, sin exagerar, divino.
¿No se te antoja que te cuente cómo fue? Porque pienso hacerlo de todas formas, con pelos y señales.
***
Adrián seguía dormido cuando abrí los ojos. Dormía bocarriba, con un brazo cruzado sobre la frente y la sábana enredada por debajo de la cintura. Lo miré un rato largo sin despertarlo. Hay algo en un hombre dormido que me desarma, esa cara de no deberle nada a nadie, la respiración lenta, el pecho subiendo y bajando. Y más abajo, por debajo del ombligo, ese bulto tibio y prometedor que asomaba bajo la sábana, esa erección matinal con la que amanecen ellos y que a mí me pone los ojos como platos.
Yo ya estaba despierta del todo. Y no solo despierta: estaba caliente desde antes de abrir los ojos, con el coño mojado y palpitando, con esa urgencia tonta que a veces aparece sin pedir permiso a primera hora. Me pasé un dedo entre las piernas para comprobarlo y me encontré empapada, los labios hinchados, el clítoris duro como una piedrita. Pensé en despertarlo de mil maneras. Elegí la que más me gustaba a mí.
Me quedé un momento más quieta, escuchándolo respirar, dejando que las ganas crecieran sin prisa. Hay quien piensa que el deseo es algo que llega de golpe, como un trueno. A mí me gusta más así, dejándolo cocinar a fuego lento, sintiendo cómo me late el coño mientras todavía finjo que solo lo estoy mirando dormir. Para cuando me decidí a moverme, ya no había vuelta atrás. Ni la quería. Se me hacía agua la boca literalmente, tragando saliva como si hubiera olido comida.
Aparté la sábana con cuidado, despacio, para no romper el momento. Y ahí quedó su polla al descubierto, medio dormida todavía pero ya gruesa, apoyada de lado sobre el muslo, con esa vena palpitante que le corre por debajo. Me acomodé entre sus piernas con una rodilla a cada lado, sin tocarlo todavía, solo mirando. Me encanta esa parte, la previa, cuando él aún no sabe lo que va a pasar y yo sí. Es un poder pequeño y delicioso.
Lo desperté con la boca.
Primero le pasé la lengua por los huevos, planos y tibios, subiéndola despacito por toda la vara hasta llegar a la punta. Ahí me detuve un segundo, olisqueando ese olor a hombre dormido, a piel de madrugada, y le lamí el glande con la puntita de la lengua, en círculos, saboreando esa primera gota transparente que ya asomaba por el agujerito. Después abrí los labios y me lo metí entero en la boca, todo lo que pude, sintiendo cómo crecía y se ponía duro contra mi paladar.
Sentí cómo se tensaba antes de entender qué estaba ocurriendo. Un sonido ronco se le escapó de la garganta, todavía a medio camino entre el sueño y la realidad. La polla se le puso dura en cuestión de segundos, llenándome la boca hasta hacerme abrir la mandíbula. Cuando bajé la mirada, él ya me observaba con los ojos entrecerrados y esa media sonrisa de quien acaba de recibir el mejor despertador del mundo.
—Buenos días —le dije, sin sacármelo de la boca del todo, con la voz distorsionada por la verga que tenía entre los labios.
—Buenísimos —contestó con la voz pastosa.
Sabía que iba a ser una mañana perfecta.
***
Lo primero fue sentir la punta dentro de mi boca, caliente y todavía un poco torpe, despertándose conmigo. Empecé suave, sin prisa, dejando que él entendiera el ritmo antes de exigirle nada. Mi cabeza subía y bajaba despacio, mis labios arrastrándose sobre toda la longitud, midiendo cada centímetro como quien saborea algo sin querer terminarlo demasiado pronto. La lengua trabajaba adentro, envolviéndolo, apretándolo contra el paladar, subiendo por la vena hinchada de abajo con cada pasada.
Él reaccionó como yo esperaba. Una mano bajó a sostenerse a sí mismo, la otra fue directa a mi pelo. No para empujar, eso no me gusta y él lo sabe, sino para enredar los dedos y acompañar el movimiento, para sentirse parte. De vez en cuando levantaba yo la mirada para verle la cara. Esa es mi parte favorita, ver cómo disfruta, cómo se le entrecierran los ojos y se le entreabren los labios mientras yo tengo su polla clavada hasta la mitad de la garganta.
Se la saqué un momento y le escupí encima, un hilo grueso de saliva que cayó sobre el glande y bajó lento por el tronco. La agarré con la mano y la esparcí con el puño cerrado, arriba y abajo, mientras le lamía los huevos uno por uno, metiéndomelos en la boca con cuidado, chupándoselos con las mejillas hundidas. Él soltó un gemido que hizo temblar toda la cama.
Reemplacé su mano con la mía. La mía es más suave, más lenta, más mía. Empecé a trabajarlo con un ritmo de verdad ahora, los dos sincronizados, mi mano y mi boca moviéndose como una sola cosa. Volví a subir hasta la punta y me la metí entera otra vez, esta vez con la lengua trabajando por debajo, presionando esa zona blandita justo bajo el glande que sé que lo enloquece. Y con ese ritmo llegaron los sonidos, esos tan característicos, húmedos, sin pudor, chapoteos de saliva y de polla entrando y saliendo de mi boca, que a algunos les da vergüenza y a mí me encantan porque son la prueba de que la cosa va en serio.
Quise llevarlo hasta el fondo. Lo intenté despacio, relajando la garganta, respirando por la nariz, sintiendo el reflejo que avisa cuando una se pasa, pero lo controlé y seguí, empujando la cabeza hasta que la nariz me quedó pegada contra su vientre y los huevos me rozaban la barbilla. La tuve ahí unos segundos, con la garganta llena, los ojos aguados, la baba escapándoseme por las comisuras, dándole ese extra que sé que lo vuelve loco. Después lo saqué entero, despacio, cerrando los labios y haciendo más succión hasta dejarlo libre con un sonido seco, un "plop" mojado que nos hizo reír a los dos.
Lo apoyé plano contra su vientre, duro como una piedra, brillando entero de saliva, y lo lamí desde los huevos hasta la punta en un solo recorrido lento, con la lengua bien plana. Él dejó escapar una palabrota entre dientes. Volví a metérmelo, esta vez profundo, de golpe, hasta el fondo, solo para escucharlo respirar de esa manera.
—Así, no pares, así, mamámela toda —murmuró—. Joder, qué bien lo haces.
No tenía la menor intención de parar. Me lo saqué solo para contestarle.
—Te la voy a chupar hasta secarte —le dije con la voz ronca, mirándolo a los ojos mientras le pasaba la lengua por el glande brillante—. Quiero que te corras en mi boca.
Y volví a hundir la cabeza.
Ahora iba en serio. Cabeza subiendo y bajando a un ritmo constante, la mano acompañando en la base, torciendo levemente en cada subida, la otra mano acariciándole los huevos, sintiéndolos apretados, subidos, listos. Me metía y me sacaba la polla con hambre de verdad, dejando que se me escapara la saliva, embarrándome la barbilla, sin importarme cómo me veía. Cuando una está de rodillas mamando así, lo último en lo que piensa una es en verse bonita. Se piensa en la corrida que viene.
***
—Me voy a venir —avisó al rato, con la voz quebrada—. ¿En la boca?
Le contesté con la mirada y con una sonrisa enorme, sin sacármelo. No hacía falta más respuesta. Accedí encantada, porque a mí me gusta así, hasta el final, sin medias tintas, con la boca llena de leche caliente. Seguí chupando mientras él empezaba a mover las caderas al ritmo que le pedía el cuerpo, follándome la boca despacito, cada vez menos dueño de sí mismo.
Lo noté venir antes que él. Los huevos se le encogieron contra el cuerpo, la polla se puso todavía más dura, más gruesa, palpitando entre mis labios. Ese ligero sabor salado que empieza a asomar, esa primera gota de presemen espesa que anuncia lo que se viene. Entonces apreté más, succioné con más ganas, con verdaderas ganas de vaciarlo entero, de ordeñarlo hasta la última gota. Mi mano y mi boca al unísono, sin tregua, la lengua trabajando por debajo del glande sin parar, mientras sentía el primer espasmo recorrerlo de arriba abajo.
Y de pronto cedió. Todo su cuerpo se rindió de golpe, las caderas en alto, una mano cerrándose sobre la sábana hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Soltó un gemido gutural, casi un rugido, y me llenó la boca del primer chorro. Espeso, caliente, con esa fuerza de las primeras horas del día, golpeando contra el paladar. Y detrás vino otro, y otro, y otro más, cada uno acompañado de un espasmo que le sacudía el cuerpo entero. Sentí cómo la leche se acumulaba en mi lengua, tibia, salada, con ese sabor tan particular que tiene por la mañana, más concentrado, más fuerte.
Por una fracción de segundo dudé entre tragarlo o no, ese instinto que aparece siempre, esa arcada tonta que amenaza con arruinarlo todo. Pero decidí lo de siempre. Cerré los ojos, junté toda la corrida sobre la lengua, y me la tragué entera de un solo golpe, sintiéndola bajar caliente por la garganta hasta el estómago. Me lo tragué entero y seguí succionando, suave ahora, ordeñándole las últimas gotas, esas que quedan atrapadas y salen despacito si una sigue chupando con paciencia. No se le escapó ni una. Hasta que dejé de sentirlo derramarse y él se deshizo en un suspiro largo.
Le pasé la lengua por la punta, limpiándole ese hilito blanco que le había quedado brillando en el agujerito, y le di un beso pequeño en el glande antes de soltárselo del todo. Después abrí la boca y le enseñé la lengua vacía, para que viera que no había dejado nada, que todo se había ido para adentro. Es un gesto tonto, pero a él le enloquece.
Me encanta esa cara de después. Esa sonrisa boba, de placer puro, de hombre satisfecho que no tiene fuerzas ni para hablar. Lo miré desde abajo, todavía con la cabeza apoyada en su muslo, la polla ablandándose despacio a un lado de mi mejilla, disfrutando de mi obra.
—Vas a matarme un día de estos —dijo cuando recuperó el aliento.
—Pero qué muerte tan rica, ¿no? —le respondí, riéndome, pasándole la lengua una vez más por la punta solo para verlo estremecerse.
***
Ahora viene la parte que casi nunca cuenta nadie, esa que se calla por quedar bien. Y como esto es una confesión y no una postal, te la digo tal cual.
Justo después de tragarme la corrida tengo, casi siempre, una pequeña sensación de náusea. Una cosa rara, como si la leche se me quedara atorada en la garganta y tardara un momento en bajar del todo. No es desagradable del todo, pero ahí está, y sería deshonesto fingir que todo es perfecto y de revista. No lo es. Es real, con sus pequeñas incomodidades y todo. Y ese saborcito salado que se queda pegado en el paladar un buen rato, avisándote de lo que acabas de hacer.
Y aun así, si de algo estoy segura, es de que lo volvería a hacer sin pensarlo. Con gusto, con ganas, mañana mismo si me dejaras. Porque lo que me da no se mide en esos dos segundos incómodos, sino en todo lo anterior: el poder, la entrega, tener su polla dura en la boca, la cara que pone cuando se viene, el ronroneo que se le escapa, la manera en que me mira después como si yo fuera la única mujer del mundo, la única capaz de vaciarlo así.
Porque eso es lo que casi nadie dice en voz alta: que lo que de verdad engancha no es solo mamársela y tragársela, sino lo que pasa alrededor. La confianza de poder metértela en la boca sin pedir permiso a las siete de la mañana. La libertad de no fingir pudor a esa hora. El saber que él va a recibirlo con los brazos abiertos, con la polla lista y la sonrisa preparada. Eso vale más que cualquier truco de los que vienen en las revistas.
Me quedé un rato más así, abrazada a su pierna, con la mejilla apoyada sobre su muslo tibio, mientras el sol terminaba de trepar por la pared. Él me acariciaba el pelo en silencio, todavía sin fuerzas. Sentía su polla ablandada rozándome el cuello cada vez que respiraba hondo. Afuera empezaba el viernes para todos los demás. Adentro, nosotros teníamos toda la mañana por delante, mi coño todavía mojado esperando su turno, y ninguna obligación que cumplir.
—¿Café? —pregunté.
—En un rato —dijo, y me jaló suave hacia arriba para tenerme cerca.
Y ahí, con la cabeza sobre su pecho y el sabor de su leche todavía en la boca, pensé en ti, en que algún día tendría que contar todo esto. Así que aquí estoy, cumpliendo.
***
Antes de irme, una pregunta, porque me da curiosidad y porque me gusta meterme en la cabeza de quien me lee. ¿A ti te gusta ver cómo tu mujer te come la polla entera y después se traga toda la corrida sin asco ni drama, con una sonrisa y enseñándote la lengua vacía? ¿O eres de los que todavía se sorprenden de que a una le guste tanto tener semen caliente en la boca como dice?
Piénsalo. No hace falta que me contestes ahora.
Y la mejor parte de todo esto, la que de verdad te va a interesar, esa todavía no te la cuento. Lo que pasó después, cuando él recuperó fuerzas y me devolvió el favor con la lengua metida hasta el fondo de mi coño hasta hacerme gritar, lo guardo para otro relato. Cuando vuelva a tener algo atorado en la garganta y ganas de confesarlo.
Hasta pronto.