Lo que mi vecina me pidió a las doce en punto
—Así que eres tú el autor de esos relatos eróticos que circulan por internet.
La frase cayó sobre Daniel como un cubo de agua fría en mitad del rellano. Llevaba años publicando bajo seudónimo, convencido de que nadie en Valencia podría relacionar aquellos textos con el hombre callado del cuarto piso. Y de pronto, su vecina lo miraba con una media sonrisa que no dejaba lugar a dudas.
—Tú tranquilo —añadió Elena, ajustándose la correa del bolso—. No pienso ir contando por ahí lo que escribes.
Daniel tragó saliva. Intentó aparentar una calma que estaba muy lejos de sentir, pero el rubor que le subía por el cuello lo delataba sin remedio.
—¿Puedo preguntarte desde cuándo lo sabes? —dijo al fin—. Es algo que siempre he tratado de mantener en secreto. No entiendo cómo has podido enterarte.
Ella no respondió enseguida. Disfrutaba del momento, consciente de que tenía el control absoluto de la situación. Se apoyó en el marco de su puerta, con esa seguridad de quien sabe exactamente lo que quiere.
—Si quieres salir de dudas, sube a mi casa esta noche. A las doce en punto.
—¿A las doce?
—A las doce —repitió—. Y hay condiciones. Vendrás con vaqueros, una camisa negra de raso de manga larga, zapatos negros y calcetines del mismo color. Sin ropa interior. Si te presentas de cualquier otra manera, no te dejaré pasar.
Daniel se quedó mirándola, entre estupefacto y divertido, tratando de descifrar el sentido de cada palabra. Antes de que pudiera articular una respuesta, Elena dio media vuelta, entró en su piso y cerró la puerta con suavidad. Ni una explicación. Ni una despedida.
***
De vuelta en su salón, Daniel no conseguía sentarse más de dos minutos seguidos. Había imaginado mil escenarios a lo largo de los años —era, al fin y al cabo, su oficio inventarlos—, pero ninguno le servía para entender qué pretendía su vecina. Un mismo interrogante volvía una y otra vez: ¿por qué esa actitud, esa frialdad casi de mando, en una mujer con la que apenas había cruzado un saludo en el portal?
No tenía ninguna camisa de raso negra. Así que salió a buscarla. Recorrió tres tiendas del centro histórico antes de dar con una que cumpliera todos los requisitos: manga larga, raso auténtico, negra como una noche sin luna. De camino a casa compró además una botella de buen vino y una caja de bombones, más por costumbre que por convicción, porque algo le decía que aquella noche las reglas no las ponía él.
Miró el reloj. Faltaban cuatro horas. Cuatro horas eternas.
Se duchó despacio. Se afeitó. Se vistió tal como ella había ordenado, y la tela fría del raso contra la piel le provocó un escalofrío inesperado. Sin nada debajo del pantalón, cada movimiento le recordaba lo expuesto que estaba. En qué lío me estoy metiendo, pensó, mientras se miraba en el espejo del recibidor. Pero la curiosidad pesaba más que la prudencia. Siempre había sido así.
***
A las once y cincuenta y nueve, Daniel salió de su piso en silencio. Subió los dos tramos de escalera hasta el sexto evitando el ascensor, como si el ruido pudiera traicionarlo. Al llegar al rellano, vio la puerta de Elena entreabierta. Una franja de luz rojiza se filtraba por la rendija e iluminaba apenas el suelo del descansillo.
Empujó la puerta con cuidado y entró. El recibidor estaba sumido en una penumbra de tono granate, una luz tenue que apenas dejaba intuir los contornos del pasillo. Cerró tras de sí, sin hacer ruido. Y entonces, a su espalda, oyó la voz de ella.
—Desnúdate. No te des la vuelta. En la cómoda que tienes a la derecha hay un antifaz. Póntelo.
Daniel obedeció. No preguntó nada. Se quitó la ropa pieza por pieza, la dejó doblada sobre un taburete y palpó la superficie de la cómoda hasta encontrar el antifaz de terciopelo. Se lo ajustó sobre los ojos y el mundo se redujo a sonidos, temperatura y el roce del aire sobre su piel. El corazón le latía con fuerza contra las costillas.
—Dame la mano —dijo Elena—. Y déjate llevar adonde yo te lleve.
Una mano tibia tomó la suya y tiró de él con suavidad. Avanzó a ciegas por el pasillo, contando pasos sin saber para qué, hasta que ella le ordenó detenerse. Fue entonces cuando sintió otra cosa: una segunda mano, distinta, que empezó a recorrerle la espalda. Bajó lentamente por la curva de los glúteos, descendió por la cara posterior de los muslos y volvió a subir, demorándose en cada vértebra, hasta cerrarse sobre su nuca.
Daniel contuvo la respiración. Aquella mano no era la de Elena. Lo supo de inmediato por el tamaño, por la forma de los dedos, por el modo de tocar.
—¿Nervioso, vecino? —La voz de Elena sonó muy cerca de su oído, casi un susurro—. Esa mano que acabas de notar no es la mía. Pertenece a una amiga que tenemos en común. Una mujer que, según me contó, compartió contigo momentos muy placenteros hace algún tiempo. Fue ella quien me habló de tus relatos.
Daniel intentó ubicarla. Repasó nombres, rostros, encuentros del pasado. Nada encajaba del todo.
—Me confesó tu debilidad —continuó Elena—. Tu devoción por el sexo de una mujer. Tu manía de saborearlo con calma, sin prisa, hasta arrancar un orgasmo detrás de otro. Si te portas bien, tendrás la ocasión de volver a probar a tu vieja amiga, que lo está deseando. Pero antes me probarás a mí. Y no pararás hasta que yo te lo diga.
Hizo una pausa. Daniel sentía el peso de las dos presencias a su alrededor, el calor de dos cuerpos que no podía ver.
—Las reglas son simples —dijo Elena—. No te quitarás el antifaz en ningún momento. Si lo haces, te marchas. Si reconoces a tu amiga, por su voz o por su sabor, te lo callas y sigues. Cuando nosotras decidamos que se acabó, te vestirás en el recibidor, te quitarás el antifaz y te irás sin decir una palabra. Solo admito una respuesta: sí o no.
El silencio se hizo espeso. Daniel, que había imaginado escenas de todos los colores, descubrió que la realidad lo dejaba sin recursos. No tenía el control. No sabía quién era la segunda mujer. Y aun así, algo en aquella incertidumbre lo encendía de una manera nueva, distinta a todo lo que había escrito jamás.
—¿Sí o no, Daniel? —insistió ella.
—Sí —respondió, apenas un hilo de voz.
***
Lo guiaron hasta lo que parecía un dormitorio. El aire allí era más cálido, cargado de un perfume denso que mezclaba flores y piel. Unas manos lo empujaron con firmeza hacia abajo hasta que sus rodillas tocaron una alfombra mullida. Frente a él notó el borde de un colchón y, sobre él, el calor inconfundible de un cuerpo de mujer recostado, con los muslos abiertos a la altura de su rostro.
—Empieza —ordenó Elena.
Daniel acercó la cara. El primer contacto fue una caricia con los labios, suave, exploratoria, antes de dejar que la lengua entrara en juego. Trabajó despacio, dibujando círculos lentos, alternando la presión, escuchando cada cambio en la respiración de ella para saber dónde insistir. La mujer —porque por la cadencia de los suspiros entendió que se trataba de Elena— enredó los dedos en su pelo y lo apretó contra sí.
El silencio de la habitación se llenó de sonidos húmedos y de jadeos contenidos. Daniel perdió la noción del tiempo. Sin la vista, todo lo demás se agudizaba: el temblor de los muslos cerrándose sobre sus orejas, el sabor cada vez más intenso, el modo en que las caderas de Elena se levantaban a su encuentro. Cuando ella alcanzó el primer orgasmo, lo hizo con un grito ronco que terminó en una carcajada de incredulidad. No lo dejó parar. Le exigió otro, y otro más.
En algún momento las mujeres intercambiaron sus lugares. Daniel lo supo por el nuevo aroma, por una piel distinta, por unos gemidos que de pronto le resultaron familiares. Aguzó el oído. Aquella respiración entrecortada, ese gemido grave que subía justo antes del final... La reconoció. Era Carla, una mujer con la que había vivido un romance breve e intenso años atrás, en otra ciudad, cuando ninguno de los dos buscaba nada serio.
Cumplió la regla. No dijo nada. Siguió, ahora con una ternura distinta, reconociendo en cada pliegue un recuerdo que creía olvidado. Carla se deshizo bajo su lengua una y otra vez, mordiéndose la mano para no gritar demasiado, susurrando obscenidades que solo él podía oír.
Volvieron a turnarse. Elena, más exigente, lo guiaba con las manos y con las palabras, indicándole el ritmo exacto que quería. Hasta que, en una de las últimas embestidas de su lengua, el cuerpo entero de su vecina se sacudió y una oleada cálida le inundó el rostro, escurriéndose por su barbilla y su cuello. Un orgasmo que la dejó sin aire, riendo y temblando a la vez.
—Suficiente —dijo Elena por fin, con la voz quebrada—. Ya basta.
***
Daniel se incorporó despacio, las rodillas entumecidas, el rostro empapado, sin haber alcanzado él mismo ni un solo instante de alivio. Lo condujeron de vuelta al recibidor, donde su ropa lo esperaba doblada. Se vistió en silencio, tal como había prometido. Solo entonces, ya con la mano en el picaporte, se quitó el antifaz.
La luz granate seguía siendo demasiado tenue para distinguir nada. A su espalda no había nadie. Las dos mujeres se habían quedado en algún lugar de la casa, fieles a su propio guion.
Salió al rellano y cerró la puerta. Bajó las escaleras de su edificio con una sonrisa que no le cabía en la cara. No había tenido ningún orgasmo, era cierto. No sabía si volvería a ocurrir, ni si Elena lo saludaría en el portal como si nada al día siguiente. Pero esa madrugada, mientras se metía en la cama con el sabor de dos mujeres todavía en los labios, Daniel se sintió, sin la menor duda, un hombre feliz.
Y supo que tenía un relato nuevo que escribir.