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Relatos Ardientes

Mi marido y su socio lo tenían todo planeado

Carla es amiga mía desde el colegio. Cumple años apenas unos días después que yo, y las dos rondamos ya los cincuenta y cuatro. La vida no fue amable con ella: enviudó durante la pandemia y, tiempo después, conoció a Mauricio, que fue su pareja durante casi tres años.

Cuando se separaron, hice todo lo posible por que Carla rehiciera su vida. Pero Mauricio había quedado tan cerca de nosotros que se convirtió en parte de la familia, sobre todo de mi marido. Él era vendedor en una distribuidora de alimentos, un hombre cálido, de risa fácil, de esos que entran a una casa y la llenan.

Por esa misma época, Mauricio nos propuso a Diego y a mí montar juntos un negocio: una tienda de productos gourmet sin gluten. Nosotros teníamos nuestra empresa de logística, andábamos en una buena racha, y la inversión parecía redituable. Así que aceptamos. Mauricio sería el gerente, yo me encargaría de la administración y Diego de los proveedores, porque su trabajo lo mantenía semanas enteras fuera de la ciudad.

Antes de arrancar, les preguntamos a los dos si no les molestaba que siguiéramos vinculados después de la ruptura. Carla prefirió bajarse, pero nos dio su bendición.

Una tarde, mientras tomábamos mate en mi oficina y yo la animaba a abrirse una cuenta en alguna app de citas, Carla empezó a mostrarme fotos. Entre ellas había una de Mauricio que se me quedó grabada. Estaba tomada desde abajo, y mostraba algo tan feo como hermoso: una polla no muy larga, pero de un grosor bestial, con una vena gruesa que la recorría desde el glande hinchado hasta la base, los huevos pesados colgando debajo como dos frutas maduras.

No debería estar mirando esto, pensé. Pero seguí mirando. Sentí un tirón entre las piernas, un cosquilleo húmedo que hacía años no me visitaba con esa intensidad. Se me apretaron los pezones contra el corpiño.

***

Faltaba poco para la apertura de la tienda, así que Mauricio venía seguido a casa. Como vivía a más de una hora, a veces se quedaba a dormir en el sillón. Éramos como hermanos. De verdad lo éramos.

Una noche, antes de la cena, me quedé colgada de mis pensamientos mirándolo sin mirarlo, perdida en aquella foto. Un gesto suyo me trajo de vuelta, como preguntándome qué me pasaba. Le sonreí y cambié de tema. Pero algo se había encendido y yo lo sabía.

Mi cuerpo cargaba en esos meses con los estragos de la menopausia, y de tanto en tanto el útero me respondía con dolores terribles. Uno de esos ataques me agarró justo cuando Diego viajaba al exterior por una semana entera. En la llamada de cada noche lo noté preocupado, y antes de cortar le pidió a Mauricio que se quedara conmigo para no dejarme sola.

Nuestro amigo aceptó sin dudarlo. Esa noche se ocupó de mí con una ternura que me desarmó: paños tibios, un calmante, un té de hierbas, la cena lista. Más tarde, un baño caliente, el pijama y a la cama, que era donde mejor sobrellevaba el dolor. Me dormí enseguida mientras él lavaba los platos y miraba televisión en el living.

Cada tanto sentía que abría la puerta del dormitorio para ver si yo estaba bien. Entrada la noche volví a sentirla, pero esta vez no se cerró. Repasé mentalmente si estaba presentable y, con los ojos cerrados, esperé. Sentí que se acostaba a mi lado, vestido, su pecho contra mi espalda, su calor en la cintura. No me asusté. Estábamos los dos vestidos. Era un gesto de compañía, me dije, y los calmantes me devolvieron al sueño.

Amanecí más tarde que de costumbre, sin dolor y con el desayuno servido en la cama. Me sentí una reina.

***

Esa noche los dolores volvieron, aunque más leves, y Mauricio repitió los cuidados. Solo que esta vez se acostó conmigo desde el principio. La cosa se estaba poniendo rara, pero yo creía poder manejarla. Lo que no podía manejar era la curiosidad: saberlo a pocos centímetros, con aquella imagen rondándome la cabeza.

—¿Te molesta si me saco la ropa de calle? Llevo dos días con la misma —dijo.

Le ofrecí algo de Diego para después de ducharse, pero prefirió quedarse en bóxer y acurrucarse otra vez contra mí, preguntándome cómo me sentía. A los pocos minutos lo sentí cobrar vida contra mis nalgas. Una verga dura, gorda, empujando contra la tela fina de mi pijama, dejándome sentir cada centímetro de su grosor entre las cachas.

—No me vas a coger, eh —le dije, medio en broma, aunque el coño ya se me estaba mojando.

Se puso colorado, se disculpó avergonzado, y los dos terminamos riéndonos. Entre charlas y una película nos quedamos dormidos. A la mañana siguiente, ya recuperada, me fui a trabajar y él al suyo, como si nada.

***

Diego volvió el domingo y Mauricio partió de gira por una semana. Fueron de los pocos días que mi marido y yo pasamos solos: salimos a comer, fuimos a la playa, caminamos por el parque. Pero algo en mí ya no era lo mismo, y no sabía cómo nombrarlo.

El sábado siguiente Mauricio volvió, y Diego se iba esa misma tarde a coordinar una excursión de fin de semana. Lo confieso: había extrañado a nuestro amigo. Mientras los hombres charlaban, yo me dediqué a lo de siempre los sábados: limpiar la casa, vestida como una linyera, con un short viejo de fútbol y una camiseta agujereada.

Al caer la tarde, terminada la tarea, me di un baño largo y caliente y me puse otra cara: un vestido blanco de gasa, sandalias, sin corpiño, un poco de maquillaje y mi mejor perfume. Decidí cocinar una pasta con salsa boscaiola y olvidarme de los negocios por un rato.

Charlábamos en la cocina cuando Mauricio tomó un delantal y me lo alcanzó. Inocentemente —lo juro— me di vuelta para que me lo atara por la espalda. Y entonces lo sentí: apoyó todo su cuerpo contra mi cola.

—Otra vez —dije, recordándole aquella frase de la cama.

—Shhh —me susurró al oído, y en lugar de detenerse empujó más, hasta dejarme atrapada contra la mesada.

Era muy difícil resistirse a esa sensación, sabiendo que en cuestión de minutos iba a perder el control. Me conozco. Empezó un vaivén lento que me enloquecía, y yo misma sacaba la cadera buscando el próximo roce de esa polla dura contra el hueco de mis nalgas. Mi respiración se volvió pesada. Él me hablaba bajito al oído, palabras cochinas que me derretían: puta, mi puta, cómo me tenés loco, cómo me querés esta verga, decilo.

Metió las dos manos por el hueco de la manga holgada del vestido y empezó a masajearme los pechos. Los pezones me ardían, se le paraban entre los dedos, gruesos y duros. Los pellizcó, los estiró, los apretó hasta hacerme gemir. Una mano bajó, me levantó el vestido hasta la tanga, corrió la tela empapada y su dedo mayor encontró enseguida mi clítoris hinchado. Empezó a girar sobre él, primero suave, después con presión, mientras dos dedos más se hundían en mi coño chorreante y encontraban ese punto por dentro que me hacía ver estrellas. Mis jadeos ya no se podían contener. Me cogía con la mano, entrando y saliendo, y la palma me golpeaba el clítoris a cada empujón.

—¿Y ahora qué me decís? —murmuró, con los dedos hasta el fondo.

—Cogeme —respondí, sin pensarlo—. Cogeme la concha, hijo de puta, metémela ya.

Me dobló sobre la mesada, me arrancó la tanga de un tirón y sentí aquello de la foto quemándome desde atrás, buscando entrar entre los labios abiertos de mi coño. No fue posible en esa posición: aquella cosa era demasiado gorda para tomarla así de golpe, me abría y no cabía, me raspaba la entrada arrancándome un quejido entre placer y susto. Me di vuelta, todavía sin habernos besado, le bajé el pantalón de un tirón y la tomé entre las manos. Ahí comprobé el grosor descomunal: no me cerraban los dedos alrededor. Se la apreté, la pelé, sentí cómo latía contra mi palma, cómo se le escapaba una gota espesa por la punta que me la unté por todo el glande. Nuestra ropa desapareció entre tirones mientras las bocas se encontraban por fin en una lucha feroz de labios y lenguas, dientes que se mordían, saliva que se mezclaba.

—Vamos a la cama —ordenó.

Fuimos sin separarnos, tropezando en el pasillo, con él manoseándome las tetas y yo con la mano cerrada en su verga, llevándolo como con una correa. Ahí, ya en el dormitorio, pude ver entera la belleza horrible de aquel tronco grueso, oscuro, marcado de venas, con los huevos gordos colgando debajo. No me contuve: lo empujé de espaldas sobre el colchón y me lancé a hacerle el mejor sexo oral de mi vida. Me hinqué entre sus piernas, agarré la base con las dos manos y me la metí en la boca. Apenas me entraba: los labios se me estiraban al máximo, la mandíbula me crujía. Empecé a chuparla despacio, deslizándola hacia adentro hasta donde podía, sintiendo cómo me raspaba el paladar, cómo se me clavaba en la garganta. Sacaba la lengua por debajo y le acariciaba la vena gruesa, le lamía el glande morado, se lo dejaba brillante de saliva. Después bajaba y le chupaba los huevos uno por uno, se los metía en la boca, y volvía a subir para tragármela otra vez. Tardé una eternidad, porque cada vez que lo sentía a punto de correrse paraba y se la sostenía apretada por la base, demorándolo, riéndome de sus quejidos. Él me tiraba del pelo, me insultaba de placer, me llamaba puta chupapijas. En un momento me tomó de la nuca con las dos manos y me la clavó hasta el fondo, moviéndome la cabeza a su ritmo. Terminó en mi boca entre gemidos ahogados, chorro tras chorro de leche caliente y espesa que me llenó la lengua, el paladar, la garganta. Tragué buena parte y lo que se escapó por la comisura me lo pasé por los pechos, embarrándome los pezones con su semen. Eso lo enloqueció y no perdió la erección ni un segundo.

Cambiamos de posición. Me tiró de espaldas, me abrió las piernas y se acomodó entre ellas. Con él encima empezamos la tarea ardua de hacerlo entrar. Me escupió el coño, se escupió la polla, la frotó contra mis labios abiertos, contra el clítoris, mojándose bien. Levantando mis piernas contra sus hombros, despacio, milímetro a milímetro, la fue introduciendo. Era una brasa que oradaba mi interior, que ardía en cada centímetro, que me estiraba hasta un límite que yo no sabía que tenía. Dolía y al mismo tiempo llenaba cada hueco con un placer indescriptible. Sentí cómo se abría paso por dentro, empujando las paredes, tocando lugares que ninguna otra polla había tocado. Cuando por fin la tuvo entera adentro, se quedó quieto, respirando fuerte, esperando a que yo me adaptara.

—Sos un coño apretado, puta —me dijo—. Nunca me chupó así ningún coño.

Al principio nos movimos apenas, embestidas cortas y hondas, para que yo me adaptara. Me tomó una teta con la boca, me mordió el pezón y empezó a mover las caderas en círculos, hurgando adentro. El primer orgasmo me agarró de sorpresa: me sacudió entera, me arqueó la espalda, grité contra su hombro. Sin salir empezó a moverse más rápido, y me vino el segundo, y el tercero, uno atrás del otro, encadenados, hasta que perdí la cuenta. Me puso en cuatro patas, me agarró de las caderas y empezó a cogerme sin piedad, dándome cachetadas en las nalgas que resonaban en el cuarto. Escuchaba el chapoteo de mi coño empapado, sus huevos golpeándome el clítoris con cada estocada, sus gruñidos de macho. Me pasó una mano al frente y volvió a jugarme con el clítoris al ritmo de las embestidas. Estallé entre gritos, mordiendo la almohada, sintiendo cómo se me venía adentro con un rugido, disparándome chorro tras chorro hasta el fondo, tan caliente que sentí cómo me quemaba las paredes.

Quedé agotada, con las piernas temblando, la leche escurriéndose entre los muslos. Fui al baño a refrescarme, me lavé los dientes y volví a la cama.

***

Fue entonces cuando me lanzó la sentencia que me heló.

—Ahora va por la cola.

—No, no, eso no entra de ninguna manera —grité, aterrada, mirándole la verga que ya estaba dura otra vez, brillante, imposible.

—Esto no —dijo—. Pero esa sí.

La puerta se abrió. Y ahí estaba Diego, desnudo, firme, con la polla parada y una sonrisa cómplice en los labios. Se acercó, me besó despacio y me dijo al oído:

—Tranquila. Estaba todo preparado. Es algo que veníamos soñando hace tiempo, y sabíamos que si te lo proponíamos no ibas a aceptar.

Gracias, alcancé a pensar antes de que me llevara de rodillas hacia él. Me metió la verga en la boca de una y empecé a chupársela mientras Mauricio se acercaba por el costado y me ofrecía la suya. Quedé hecha un sándwich entre los dos cuerpos, atendiendo a uno, dándome vuelta para atender al otro, dos pollas para mi boca sola, chupándolas por turnos, lamiéndolas juntas cuando las apoyaban una contra la otra frente a mis labios. Manos que ya no distinguía me recorrían entera, cuatro manos que me pellizcaban los pezones, me abrían las nalgas, me hurgaban el coño empapado y de ahí subían a la cola, un dedo primero, tanteando el aro, mojándolo con mis propios jugos.

Caímos de nuevo en la cama, inundados de besos y lengua. Mauricio se recostó boca arriba y me hizo trepar sobre su pecho hasta sentarme sobre su cara; me abrió con los pulgares y me lamió el coño un rato largo, chupándome el clítoris, metiéndome la lengua hasta el fondo, mientras Diego jugaba detrás con un dedo, preparándome, girando en el aro cada vez más flojo. Sentí la crema fría, el dedo de Diego abriéndose paso hasta los nudillos, entrando y saliendo, primero uno, después dos, abriéndome con una tijera. Yo gemía sobre la boca de Mauricio, que no paraba de lamerme.

Después me fue bajando hasta que estuvimos otra vez en línea, con la verga de Mauricio apuntándome al coño. Esta vez no hubo miramientos: me dejé caer y aquello arrasó hasta el fondo de una sola vez, arrancándome un grito ronco. Empecé a montarlo, subiendo y bajando sobre esa polla gorda, sintiendo cómo me abría entera. Entonces Diego se acomodó detrás, me empujó el pecho contra el de Mauricio y sentí la punta de su polla contra el aro embadurnado de crema. Cuando Diego la acercó y empujó, entró mejor de lo que había imaginado, milímetro a milímetro, hasta que pasó el límite y se hundió sin pausa hasta la base. En segundos quedé completa, atravesada por los dos, con dos vergas moviéndose adentro mío separadas apenas por una pared fina de carne, sin un hueco libre en el cuerpo. Sentía cada vena de las dos pollas, cómo se rozaban entre sí a través de mí, cómo me llenaban entera. Empezaron a moverse a contratiempo: cuando uno entraba, el otro salía, y yo era un instrumento entre los dos, un cuerpo colgado entre dos vergas que me cogían al mismo tiempo. No podía ni gemir, apenas balbuceaba, la boca abierta contra el cuello de Mauricio, babeando de placer.

No duramos mucho así. Diego terminó primero, apretándome las caderas y descargándome toda la leche en el culo con un rugido; sentí cada latido de su polla adentro. Mauricio, un par de minutos después, me clavó la suya hasta el fondo y me llenó el coño por segunda vez esa noche. Yo quedé deshecha, temblando, con las dos vergas todavía adentro y la leche escurriéndose por los dos agujeros al mismo tiempo, incapaz de pensar.

***

Nuestra vida cambió desde esa noche. Me volví, con un placer que jamás confesaría en voz alta, la esclava de los dos. La doble penetración pasó a ser cosa de varias veces por semana, y cuando Diego viajaba, lo hacíamos a solas con Mauricio. Los tres rondábamos los cincuenta y cinco, pero descubrimos un apetito que ninguno se conocía.

Para mi sorpresa, eso fue apenas el comienzo. Una semana en que Diego viajó con una excursión, Mauricio llegó a cenar acompañado: un hombre mayor, dueño de la empresa que iba a ser nuestra proveedora. Esteban tenía sesenta y seis años, era canoso, altísimo, de traje caro y reloj que delataba su fortuna. Hablamos de negocios, de exoneraciones, de una línea de crédito generosa. Yo sabía, en el fondo, que esa firma final la iba a terminar poniendo yo, y no precisamente sobre un papel.

—¿Sabías que Esteban baila como nadie? —dijo Mauricio, y puso una música lenta.

El hombre me invitó a bailar. Al rato Mauricio se disculpó por una urgencia y se fue, dejándonos solos. Bailamos pegados, las mejillas juntas, las comisuras de los labios rozándose sin atrevernos, y sentí contra mi vientre que se le paraba una polla larga y firme debajo del pantalón de traje. Cuando nos sentamos a tomar el café, llegaron los piropos, las manos sobre las mías, los ojos fijos demasiado tiempo en los míos.

—Te voy a besar —dijo—. Cerrá los ojos.

Lo hice, y sentí apenas un roce angelical, nada más que eso. Abrí los ojos extasiada y ahí seguía él, atractivo, sonriente, cómplice. No lo dudé: volví a cerrarlos, esta vez entreabriendo los labios. Nos besamos durante horas, cada beso mejor que el anterior, hasta que no aguanté más, le agarré la mano y me la puse entre las piernas, sobre la bombacha ya empapada, y lo llevé de la otra mano al dormitorio.

Otra vez estaba donde quería: desnudándome frente a alguien que me gustaba de verdad, mostrándole las tetas, la concha depilada, dejándome mirar entera. Le abrí el pantalón y le saqué una verga larga, elegante, de las que penetran hondo. Me la metió despacio, atento, generoso, coño arriba en el borde de la cama, mirándome a los ojos mientras entraba y salía, buscándome el fondo con cada embestida lenta. Ahí empezó otra etapa de mi sexualidad. Pero eso se los cuento otro día.

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Comentarios(9)

ElRaton_Lector

Increible, me dejo sin palabras!!!

NicoRosario

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termina todo. Excelente relato!

Graciela_OM

Me encanto como lo narraste, se siente tan real. La tension del principio fue perfecta, uno queda enganchado desde la primera linea.

RobertoV

Esto me hizo acordar a algo parecido que viví hace años, aunque sin tanto plan detras jajaja. Muy bueno.

PatriciaRdz

¿Esto paso de verdad? Se lee demasiado autentico para ser ficcion pura, por eso pregunto

LetrasYDeseos

Lo que mas me gusto es ese momento donde todo encaja y te das cuenta del plan. Ahi se siente el doble filo de la situacion. Muy bien escrito, de los mejores que lei en esta categoria.

Andgy

genial!!! sigue publicando asi!!!

marito_pampa

Buenisimo. Esperando la continuacion con ansias 😅

ElenaK_Bsas

Que buena historia, me tuvo enganchada de principio a fin. Saludos!

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