La noche en que descubrí cuánto me gusta ser deseada
Esto me pasó hace ya varios años, y todavía me cuesta ponerlo en palabras. No lo conté nunca, ni siquiera a la amiga que estuvo, sin saberlo, en el centro de toda esa noche. Lo escribo ahora porque hay cosas que una necesita sacar, aunque sea entre desconocidos.
Por aquel entonces acababa de dejar mi trabajo de cajera en una cafetería del centro. Ahí me había enamorado de un compañero, Tomás, con el que me llevaba demasiado bien. Había días en que sentía que la mirada le duraba un segundo de más, que la sonrisa era solo para mí. Pero él tenía novia, y los dos parecían felices, así que me tragué todo y no dije nada durante meses.
Cuando renuncié, dejamos de vernos a diario, pero seguimos escribiéndonos casi todas las noches. Y un mensaje suyo, una madrugada, me convenció de que valía la pena arriesgarme. Un amigo común celebraba su cumpleaños y me invitó. Hice el cálculo egoísta: la novia de Tomás cubría mi antiguo turno, no llegaría hasta tarde. Era mi oportunidad.
Llegué a la fiesta hecha un manojo de nervios. Nunca he sabido beber; el alcohol me golpea rápido y fuerte. Esa noche, para calmar la ansiedad, tomé bastante más de lo que debía. A las ocho, todavía no era tarde, junté el valor y le pedí que saliéramos un momento al patio.
Bajo una buganvilla, con la música apagándose a nuestra espalda, le dije que me gustaba. Que llevaba meses guardándomelo. Que quería intentarlo.
Me miró un segundo con cara de no creerlo. Después me besó. Fue un beso hambriento, de los que parecen llevar mucho tiempo esperando.
—No tienes idea de cuánto me gustas —me dijo contra la boca—. Hace tanto que quería tenerte así.
Sus manos no perdieron el tiempo. Bajaron directo a mis caderas, a mis nalgas, como si supieran de memoria un camino que recién descubrían. Yo, mareada y feliz, sentí que el cuerpo entero se me encendía. Cuando me propuso entrar a un cuarto «porque hacía frío y yo iba con un vestido corto de tirantes», asentí sin pensarlo.
***
El cuarto era una especie de oficina improvisada: un escritorio, un sillón para dos, libros amontonados y un par de fotos viejas en la pared. Apareció con una botella de tequila y dos vasos. Me serví, me sirvió, nos besamos otra vez. Solo que ahora había prisa en él, una urgencia que en mi borrachera confundí con deseo acumulado.
Sus manos me recorrieron las piernas, los muslos, subieron por las costillas hasta mis pechos. Cuando una de ellas se detuvo entre mis piernas y notó lo mojada que estaba, soltó un gemido bajo de satisfacción. Apartó la tela, me acarició por fuera, y yo me agarré del sillón porque las piernas ya no me respondían.
Con la otra mano deslizó los tirantes de mi vestido, uno y luego el otro, y bajó la tela hasta dejarme los pechos al aire. Ese día no llevaba sostén. Los miró un momento, sonrió y hundió la cara entre ellos mientras un dedo entraba en mí y giraba despacio. Yo solo gemía.
No duró demasiado. Me levantó el vestido, me lo sacó de un tirón y lo lanzó hacia atrás. Lo mismo con la ropa interior. Quedé desnuda frente a él, que se desvistió con prisa, casi torpe. Se arrodilló entre mis piernas y, sosteniéndome la nuca con una mano, me llevó la boca a su sexo. Las arcadas no parecían molestarle; al contrario, lo encendían. Aguanté hasta que no pude más y eché la cabeza atrás.
Entonces se acostó sobre mí. Entró despacio, callándome con la boca, y solo cuando lo tuvo todo dentro me dejó gemir. Mordía mis pezones mientras se movía con una delicadeza que no le había visto en lo demás. Terminé pronto, empapando el sillón. Él me siguió segundos después, hundiendo los dientes en mi cuello para ahogar su propio gemido, y se quedó dentro un rato, como queriendo dejar hasta la última gota.
***
Lo que vino después fue lo que de verdad me marcó. Se vistió tranquilo, me ofreció un cigarro, sirvió más tequila. Charlamos un rato y fue agradable, casi tierno. Yo seguía desnuda, acurrucada, sin saber dónde había quedado mi ropa.
Cuando se levantó, dijo que era tarde, que debía irse. Que la había pasado genial. Le pregunté, con el corazón a mil, qué pasaría con nosotros.
—Mira, me caes muy bien —dijo, ya con la mano en el picaporte—. Pero yo te veo solo como alguien para la cama. No busco nada serio contigo.
Y se fue.
Me quedé sentada en ese sillón ajeno, fumando, mientras la rabia y la decepción me subían por la garganta. No me dolía el sexo: me dolía la expectativa. Si me hubiera pedido solo una noche, habría dicho que sí igual, pero al menos habría sabido a qué iba. En cambio, me había dejado creer en algo para tomarlo y tirarlo.
Llamé a mi amiga Renata, la única que sabía lo que yo había planeado esa noche. Le conté todo a media voz. Ella, práctica como siempre, me dijo que dejara de llorar por un imbécil, que se juntaría con unos amigos en la plaza del centro antes de seguir a otra fiesta, y que me fuera con ellos a olvidar el mal rato.
Me pareció buena idea. Junté mi vestido y la chaqueta de cuero corta —lo único que encontré, mi ropa interior se había perdido para siempre en ese cuarto—, salí de la fiesta tambaleándome y paré un taxi en la avenida.
***
La plaza no quedaba lejos; en diez minutos estaba ahí. Al bajar, abrí el bolso para pagar y no encontré la cartera. La había dejado en la fiesta, seguramente caída entre mis cosas en aquel cuarto. Por suerte junté unas monedas sueltas y alcancé para el taxi.
Era miércoles de madrugada y la plaza estaba casi muerta. No vi a Renata por ningún lado. Saqué el teléfono y recién entonces entendí la dimensión del desastre: había hablado con ella cerca de las diez y ya pasaba la medianoche. Tenía llamadas perdidas y un mensaje suyo: «Mañana te marco». Me había quedado dormida en aquel sillón mucho más de lo que creía. El grupo ya se había ido.
Me senté en una jardinera a pensar. Hacía un frío que cortaba y yo no estaba vestida para la calle: vestido corto de tirantes, sin sostén, sin ropa interior, y una chaqueta de cuero que ni siquiera podía cerrar porque me apretaba el pecho. No tenía dinero para un taxi ni paciencia para caminar las muchas cuadras hasta mi casa con esos zapatos. La única salida era llegar a la zona de bares y conseguir un taxi que me dejara pagar al bajar.
Saqué un cigarro para fumarlo antes de caminar. Casi de inmediato se me acercó un hombre de unos cuarenta años, vestido como oficinista que sale tarde del trabajo. Nada llamativo. Con voz educada me preguntó si le vendía un cigarro. Le ofrecí uno y un poco de fuego, y empezó a hacerme plática: el clima, la hora, lo vacía que estaba la plaza. Pese al mareo, yo respondía con soltura.
Cuando terminé el cigarro me levanté para despedirme. Entonces me preguntó algo raro.
—¿Ya no estás trabajando?
—No, dejé ese empleo hace poco —respondí sin entender, pensando en la cafetería—. Tengo frío, mejor me voy a casa.
—¿No quieres darme un último servicio?
Lo miré sin comprender.
—¿Un servicio?
—Sí, ya sabes. Te vi hace rato y pensé que trabajabas aquí.
Ahí entendí. Yo nunca lo había visto con mis propios ojos, pero sabía que en esa plaza, de noche, era común encontrar chicas y chicos que se vendían. Con tono ofendido le aclaré que no era prostituta.
—Perdón —se disculpó—. Es que te vi vestida así, a esta hora, y por cómo estabas sentada noté que no llevas ropa interior. Pensé que trabajabas. Yo no suelo hacer esto, pero me pareciste muy bonita.
—Gracias, pero no lo soy. Solo tuve una noche extraña.
—Entiendo —dijo, y había una desilusión sincera en su voz.
***
Y aquí viene lo que tardé años en admitir. Desde siempre me ha gustado sentirme deseada. Saber que alguien me mira con hambre me enciende de una manera que no controlo. Y la idea de ser reducida a un objeto de deseo, esa noche en particular, me tocó algo profundo. Acababa de pasar por un hombre que me usó y descartó como a un juguete. Ahora otro me confundía con una mujer que se vende, se usa y se despide. Si voy a ser eso para todos, al menos que sea en mis términos. Algo se encendió por dentro.
—Bueno —le dije, sorprendiéndome a mí misma—. La verdad es que perdí mi dinero esta noche. Quizás... no sé. ¿Qué buscas? Tal vez podamos llegar a algo.
Se le iluminó la cara. Dijo que con un oral se conformaba. Me pareció lo bastante inofensivo como para decir que sí. Tenía el auto cerca, en una calle paralela.
Abrió la puerta trasera, me pidió que me sentara en el borde del asiento mientras él quedaba de pie, vigilando la calle. Me pidió bajarme el vestido para ver mis pechos y subirlo para ver el resto. Lo hice. Empezó a masajearme los senos, a pellizcar los pezones con cuidado.
Me gustaba, pero tenía frío y se lo dije. Se soltó el pantalón y, al verlo, sentí una excitación enorme y volví a mojarme. Lo curioso es que no era él ni lo que estaba por hacer; era la situación en sí. Verme ahí, en plena calle, tratada como una mujer que cobra por un servicio. Eso me prendía como nada.
Lo tomé con las manos y le besé despacio, repasándolo con la lengua. No hacía mucho ruido, pero cada vez que lo recorría se estremecía. Pasé a la punta, besos lentos, y después lo metí en la boca mientras me lo trabajaba con las dos manos. Su respiración se aceleró. Con una mano me sostuvo la cabeza y con la otra se agarró del auto. Yo, con la mano libre, empecé a tocarme.
Estaba tan mojada que tuve que parar un segundo y pedirle disculpas por el asiento. Él se rió. Seguí hasta que me jaló del pelo, me apartó y, con la voz ronca, me pidió el servicio completo. No lo pensé. Me di vuelta, me apoyé de rodillas en el asiento con los codos clavados, el vestido resbalándome por la espalda. Entró de una sola vez; estaba tan mojada que no hubo resistencia. No tardó en terminar, las manos aferradas a mis caderas, pegándose a mí como queriendo quedarse dentro.
Me limpié con una toalla húmeda que llevaba en el bolso, me acomodé la ropa. Sacó la cartera y preguntó cuánto me debía. Ni lo había pensado; dije un número al azar. No titubeó: contó unos billetes y me los puso en la mano. Me dio las gracias, subió al auto y se fue.
***
Encendí un cigarro y empecé a cruzar la plaza de vuelta hacia la calle principal. En la primera sección hay unos juegos infantiles y una escalinata de piedra que sirve de grada en los eventos. Atravesaba esa zona cuando un hombre me detuvo. Era grueso, muy bien vestido y olía increíble; todavía recuerdo ese aroma.
Con un cigarro sin encender en la mano, me pidió fuego. Mientras yo buscaba el encendedor en el bolso, aprovechó para preguntar cuánto cobraba. Esas palabras me detonaron una emoción gigante. Como si no hubiera estado ya con dos hombres esa noche, el cuerpo se me encendió otra vez. Le pregunté, sonriendo, qué quería. Dijo que solo oral. Le di un número cualquiera y aceptó sin discutir.
Le ofrecí su auto, pero negó con la cabeza. Me pidió que lo siguiera. Caminamos hasta unos árboles, detrás de una banca y un cesto de basura, con los arbustos cubriéndome la espalda. Me hinqué, me bajé el vestido y le dejé los pechos a la vista. Asintió, complacido.
Lo tomé entero, con movimientos lentos, llevándolo hondo. Estaba escurriendo otra vez, pero no me toqué; la cercanía de la calle me ponía nerviosa. Él me sujetó la cabeza con las dos manos y marcó el ritmo sin demasiado cuidado, su vientre golpeándome la frente con cada embestida. Terminó de golpe, sin avisar, sosteniéndome firme hasta vaciarse del todo. Después sacó la cartera, me lanzó un billete sobre la banca y luego otro, diciendo que era un extra por hacerlo así, sin protección.
De rodillas, junto al cesto de basura y con los pechos al aire, guardé el dinero en la cartera. Me levanté, me acomodé el vestido y crucé la plaza. La entrepierna me escurría, no de los hombres, sino de la pura excitación de haberme convertido, por una noche, en alguien que jamás creí ser. Y lo más raro de todo es que me sentía orgullosa. Extrañamente, libre. Feliz.
***
Debo cerrar esto confesando que aquella madrugada fue el principio de algo que duró apenas unos meses, pero que me dejó una calma rara y unas cuantas historias que algún día contaré. No busco que nadie lo entienda ni que me aplauda. Solo necesitaba escribirlo, dejarlo en alguna parte y, por fin, soltarlo.
Siempre suya, Carla Belén.