Me vengué de mi vecina con su propio marido
No escribo esto para limpiar mi conciencia. La escribo para confesar hasta dónde fui capaz de llegar, y reconocer que todavía me asusta lo poco que me arrepiento. Espero que ningún policía esté leyendo, porque si alguien atara los cabos, lo que pasó aquella tarde en mi estudio me costaría más que la vergüenza.
Marisol fue mi vecina toda la vida. Sus padres se mudaron al piso de enfrente cuando las dos teníamos seis años, y desde el primer día supe que íbamos a chocar. Podría haberla ignorado como ignoraba a los demás niños del edificio, pero ella me lo puso imposible: vivíamos puerta con puerta y, para colmo, sus padres la apuntaron al mismo colegio que yo.
La infancia fue una guerra de tirones de pelo, amenazas e insultos que ninguna de las dos entendía pero que repetíamos porque se los habíamos oído a los mayores y sonaban a victoria. Lo peor llegó con la adolescencia. A Marisol el cuerpo se le adelantó al mío, y de pronto todos los chicos de clase solo tenían ojos para ella.
—No te preocupes, Noelia, ya te crecerán —me decía con una sonrisa fingida de lástima—. Además, tú dibujas genial. Algo bueno tenías que tener.
En el fondo sabía que disfrutaba cada palabra. Le encantaba dejarme pequeña, recordarme mi lugar. Y yo aprendí a tragarme la rabia y a guardarla, sin saber todavía que la rabia guardada no desaparece: solo espera.
El tiempo, que rara vez es justo, jugó a su favor. Marisol se convirtió en una mujer de labios carnosos, cintura estrecha y una forma de caminar que hacía girar cabezas en la calle. Cuando terminamos el instituto, yo me decanté por Bellas Artes y ella por enfermería. Nuestros caminos por fin se separaron, y pasaron años sin que volviéramos a cruzarnos.
***
Hasta que una mañana de marzo sonó la campanilla de la puerta de mi estudio y allí estaba ella, idéntica y a la vez una desconocida.
—Buenos días, vengo a pedir presupuesto para un tatuaje.
Al principio dudé si se hacía la despistada para humillarme una vez más. Luego me di cuenta de que no me había reconocido. Para ella yo era una tatuadora cualquiera, una mujer sin nombre detrás de un mostrador.
—Es para mi marido —añadió con un suspiro de paciencia ensayada—. Cumple treinta y cinco la semana que viene y se ha empeñado en hacerse uno. Ya sabes cómo son los hombres con sus caprichos.
Le enseñé los precios según el tamaño y el diseño. Eligió, cómo no, el más pequeño y barato.
—Este. Así no se le nota mucho y no me gasto el dinero en tonterías.
Resoplé por dentro. Seguía siendo la misma: mandona, tacaña, convencida de que el mundo entero le debía algo. Me incliné para ajustar la lámpara y un mechón se me escapó detrás de la oreja. Fue entonces cuando algo en mi gesto la hizo entornar los ojos.
—¿Noelia? ¿Eres tú?
Disimulé todo lo que pude.
—¿Nos conocemos?
—Soy Marisol, éramos vecinas. ¿No te acuerdas de mí?
Claro que me acuerdo de ti, pedazo de bruja. Eso fue lo que pensé. Pero mi parte más cobarde, la que llevaba años agachando la cabeza, fue la que habló.
—¡Marisol! Qué alegría, cuánto tiempo.
Estuvimos unos minutos poniéndonos al día. Por un momento incluso pensé que tal vez los años la habían suavizado, que quizá podríamos vernos sin rencor. Y entonces ladeó la cabeza, miró las paredes de mi estudio y soltó:
—¿Así que te ganas la vida pintando la piel de la gente? Qué curioso. Yo te imaginaba haciendo algo más serio.
Sonreí con los dientes apretados. No merecía la pena contestar. Solo quería tatuar a su marido cuanto antes y que ella volviera a desaparecer de mi vida.
—Pásate mañana con él a última hora —le dije—. Le hago el diseño y listo.
Me lo agradeció como si le hiciera un enorme favor, ajena por completo a lo que empezaba a moverse dentro de mí.
***
Al día siguiente, puntuales como dos clavos, aparecieron Marisol y su marido. Y debo reconocerlo: Adrián era guapo de verdad. Moreno, de cuerpo trabajado y una sonrisa que durante la adolescencia debió de abrir más de una puerta. Sobre todo la de ella.
Entraron al pequeño despacho del fondo. Le mostré el boceto que su mujer había elegido y a él le pareció bien, aunque con esa docilidad de quien hace tiempo que dejó de decidir nada. Bastó verlo unos minutos para entenderlo: bajo la fachada de hombre seguro no había más que alguien acostumbrado a obedecer.
Lo tendí en la camilla. Antes de empezar, Marisol me tocó el brazo.
—¿Te importa hacerme un favor? Adrián está nervioso con las agujas y le he dado un calmante. Intenta tatuarle lo más rápido que puedas, ¿vale?
—De acuerdo —respondí.
—Yo me acerco un momento a la tienda de al lado, vi un vestido que me gustaba. Vuelvo enseguida.
Asentí. La campanilla sonó al cerrarse la puerta y, por primera vez en mucho tiempo, me quedé a solas con algo que se parecía a una oportunidad.
Cuando volví junto a la camilla, Adrián estaba profundamente dormido. El calmante lo había noqueado: respiraba hondo, los párpados quietos, ajeno al mundo. El tatuaje iba en la espalda, así que intenté girarlo. Pesaba demasiado y no había manera. Pensé que, si Marisol se quejaba luego, le diría que él mismo me había pedido cambiar de sitio.
Y mientras decidía dónde tatuarlo, lo vi. Un bulto creciendo despacio bajo la tela del pantalón.
—Mmm, sí, cariño… —murmuró Adrián entre sueños—. Qué bien me la comes, Lorena. Métetela toda, no seas puta miedosa…
Me quedé inmóvil. Lorena. Estaba soñando con otra mujer, fantaseando con un nombre que no era el de su esposa, imaginándola de rodillas mamándole la polla mientras la santa de Marisol se probaba vestidos a veinte metros. Y aquello, no lo voy a negar, fue música para mis oídos. La perfecta Marisol, la que lo tenía todo, ni siquiera tenía a su marido entero. Se lo comía otra en sueños, otra le chupaba la verga en su cabeza mientras ella le pagaba el capricho de un tatuaje.
Adrián se removió, se bajó él mismo la cintura del pantalón y del calzoncillo sin despertar, y su polla saltó fuera, dura, gorda, mucho más grande de lo que jamás habría imaginado. Un tronco venoso que le latía contra el vientre, con el glande hinchado y ya brillante de una gota espesa de líquido preseminal. En aquel duermevela empezó a agarrársela y a masturbarse despacio, apretando el puño en la base, subiendo hasta la punta con un pulgar que le extendía el pre por toda la corona, repitiendo entre susurros el nombre de aquella tal Lorena.
Me hipnotizó la firmeza con la que su mano subía y bajaba por esa verga. Sentí el calor trepándome por dentro, el coño palpitándome de un modo que llevaba años sin reconocer con tanta claridad, la humedad empapándome ya las bragas hasta pegárseme a los labios. Y entonces pensó por mí esa parte mía que tantas veces había callado.
—¿Y si…?
Me acerqué a la puerta del estudio y la entreabrí. No había nadie en la calle, ni rastro de Marisol. Eché el pestillo, volví a la camilla y, sin darme tiempo a arrepentirme, me bajé los pantalones y las bragas de un tirón hasta los tobillos y me las saqué de una patada.
No me lo pensé más. Me subí a la camilla, pasé una pierna por encima de sus caderas, quedé a horcajadas sobre él y le agarré la polla con la mano. Estaba caliente, dura como una piedra, latía viva contra mi palma. Le acaricié un par de veces el glande contra mis labios mojados, embarrándolo con mi flujo, y cuando la vi ya toda brillante, la coloqué en mi entrada y bajé de golpe.
Se me escapó un gemido ronco cuando la sentí abrirme y llenarme hasta el fondo. Estaba tan mojada que entró entera de una sola sentada, pero me dolió igual de gorda que era, y ese dolor me encendió más. Me quedé quieta un instante, con la verga clavada hasta el útero, sintiendo cómo me palpitaba adentro. Adrián soltó un gemido dormido, arqueó las caderas por reflejo y me la hundió aún más.
—Joder… —susurré, y empecé a moverme.
Cabalgué despacio al principio, subiendo casi hasta soltarla del todo y dejándome caer entera sobre él, sintiendo cada centímetro entrar y salir de mi coño empapado. El chapoteo era obsceno, mis nalgas golpeaban contra sus muslos con un ruido húmedo que rebotaba en las paredes del estudio. Le pasé las manos por el pecho, se lo arañé, le retorcí los pezones para ver si reaccionaba, y él solo gemía más fuerte el nombre de Lorena, moviendo la pelvis debajo de mí como un animal en celo.
—Sí, Lorena, así… móntamela así… —balbuceó con los ojos cerrados.
—Cállate y déjate follar —siseé yo, apretando los muslos contra sus caderas.
Adrián, todavía atrapado entre el sueño y el calmante, alzó las manos y me buscó las tetas por debajo de la camisa hasta arrancarme los botones de un tirón. Me manoseó los pechos con torpeza, me pellizcó los pezones, me los amasó, y yo empecé a rebotar más rápido, más fuerte, dejándome empalar hasta el fondo con cada bajada. Le arranqué la camisa entera, se la abrí, le mordí un pezón, y su polla se puso todavía más gorda dentro de mí. En cuestión de minutos estábamos los dos como vinimos al mundo, moviéndonos como animales en pleno mediodía, el sudor pegándome el pelo a la frente y su verga entrando y saliendo de mi coño con un ruido pornográfico.
Me incliné hacia atrás, apoyé las manos en sus muslos, arqueé la espalda y empecé a girar las caderas frotándome el clítoris contra el hueso de su pubis mientras la polla me removía por dentro. Cada embestida torpe de sus caderas dormidas me daba justo en el punto, me hacía subir un escalón más, y yo me mordía el labio para no gritar.
Todavía hoy se me acelera el pulso cuando recuerdo la sensación exacta de tenerlo dentro, el modo en que me llenaba con cada envite, la manera en que su verga me raspaba las paredes del coño como si quisiera abrirme por la mitad. No era solo el placer. Era lo que significaba. Era cada «ya te crecerán», cada risita de lástima, cada año tragándome la rabia, devuelto de golpe en aquella habitación que olía a tinta y a desinfectante, encajado en cada centímetro de la polla del marido de Marisol que me estaba follando entera sin saberlo.
Me bajé un momento, giré del todo, y me monté al revés, dándole la espalda, para verle bien los muslos y los huevos apretados contra mi culo. Le agarré los tobillos por delante y empecé a rebotar de nuevo, esta vez a la vista de cualquiera que entrara. Me metí dos dedos en la boca, me los ensalivé y me froté el clítoris con ellos mientras su verga me entraba y salía. Sentía sus huevos golpeándome contra el coño en cada bajada, calientes, pesados, llenos.
Estaba a punto de correrme cuando la campanilla volvió a sonar.
El pestillo no era el de la entrada principal. Había olvidado la puerta interior.
Marisol entró con la bolsa del vestido colgando del brazo y se quedó clavada en el umbral. Me vio de espaldas a ella, montada sobre su marido, con la polla de Adrián entrando y saliendo de mi coño empapado, mis dedos frotándome el clítoris a la vista, sus huevos golpeando contra mí. El grito que soltó podría haber roto los cristales. Adrián despertó de golpe, desorientado, sin entender dónde estaba ni qué hacía aquella mujer encima de él ni por qué su verga estaba enterrada hasta la base en un coño que no era el de su esposa. Pero yo no me detuve. Al contrario. Volví la cabeza por encima del hombro, la miré a los ojos, vi en su cara la mezcla de horror, asco y derrota que llevaba veinte años esperando ver, y aceleré. Rebote tras rebote, dedos frotando, muslos apretados, hasta que el orgasmo me atravesó como una descarga y me corrí sobre la polla de su marido apretándola con el coño en espasmos, gimiendo largo y sucio con los ojos clavados en los de ella.
Adrián se corrió también, sin poder aguantar el ordeño, y sentí el chorro caliente de su semen llenándome por dentro mientras su mujer se quedaba muda en la puerta. Noté cada latigazo de su verga descargando dentro de mí, una corrida gorda que se derramó fuera cuando por fin me levanté y le dejé el semen chorreándome por la cara interna de los muslos hasta las rodillas.
Por primera vez en toda mi vida, fui yo la que ganaba.
***
Un mes después llegó la carta del juzgado. Marisol me había denunciado, aunque ni ella misma sabía bien por qué cargo: su marido seguía jurando que no recordaba nada, y demostrar lo que había pasado era casi imposible. Mi abogado me dijo que lo más probable era que todo quedara en nada.
Debería preocuparme. Debería sentir remordimiento. Y sin embargo, cada vez que pienso en aquella tarde, en su grito, en su cara de rabia mientras yo temblaba de placer con la polla de su marido corriéndose dentro de mí, vuelvo a sentir que tantos años de espera valieron la pena. No fue solo sexo. Fue justicia, a mi manera retorcida.
Lo confieso sin orgullo, pero también sin mentir: lo volvería a hacer.





