Te confieso lo que hice con mi alumno aventajado
Querida amiga:
Desde que damos clase en la misma academia hemos sido buenas compañeras, y con el tiempo creo que nos convertimos en algo más parecido a amigas. Por eso me sigue pesando haberte mentido. Te escribo estas líneas para contarte la verdad y, si se puede, enmendar lo que hice. Me atrevo a hacerlo ahora porque el curso que viene ya no estaré aquí: me concedieron una plaza para dar clases en una universidad del extranjero y es una oportunidad que no pienso desaprovechar. Aun así, confío en que guardarás mi secreto.
Cuando me preguntaste si pasaba algo raro con Adrián, te respondí como si no entendiera de qué hablabas. Mentí. Entendí perfectamente a qué te referías, y todavía no sé cómo llegaste a sospecharlo. En ese momento solo pensé que aquello podía terminar con mi carrera, así que negué todo. Quiero que te quede claro que le mentí a la coordinadora, no a mi amiga. A ti no habría tenido problema en contártelo, de no ser por las consecuencias que podía acarrearme.
Al principio del curso apenas me fijé en Adrián. Aunque fuera el único hombre del grupo, no llamaba la atención: un universitario callado, de los que se sientan al fondo. Empecé a mirarlo distinto cuando corregí sus primeros exámenes. Tenía una facilidad fuera de lo común para las matemáticas; le explicabas cualquier cosa una vez y ya la resolvía sin dudar.
Mi interés era puramente académico hasta una tarde en que, mientras explicaba integrales paseándome entre las mesas, me pareció notar que Adrián tenía una erección. Pasé otra vez a su lado para asegurarme, y lo que vi me dejó muda. La tela del pantalón estaba tan tensa que parecía a punto de ceder. Me costó retomar el hilo de la explicación, aunque creo que nadie más se dio cuenta.
Busqué el motivo y lo encontré enseguida: Adrián no apartaba la vista del escote de Carla, una compañera del grupo que esa tarde llevaba más botones sueltos de la cuenta y, por lo que se adivinaba, nada debajo. No era un descuido. Me extrañó de la alumna más aplicada de todas, pero supuse que ella también se había fijado en él y estaba probando hasta dónde llegaba su poder. Me dio cierta pena el chico, sometido a esa tortura, y a la vez no podía negar que la escena me resultaba una tentación.
Entiendo que te parezca una barbaridad pensar así de un alumno. Si lo hubieras visto, quizá me entenderías. En todo caso lo dejé correr e hice como que no había visto nada. Pero desde ese día dejé de ver a Carla como la chica formal que creía, y empecé a ver a Adrián como algo más que un estudiante brillante.
Un par de tardes después, sentada a mi mesa mientras explicaba, me di cuenta de que él lanzaba miradas a mi entrepierna. Ese día llevaba un vestido un poco más corto de lo habitual, nada exagerado, pero desde su sitio quizá alcanzaba a ver algo. Me sorprendió que pudiera atraerle una mujer bastante mayor que él, aunque tampoco me pareció tan raro a su edad. Me levanté, paseé entre las mesas y, al pasar por su lado, comprobé que el bulto era discreto, ni de lejos como el del otro día.
No sabría explicarte del todo lo que pasó por mi cabeza. He pensado mucho en ello. Me halagó que un chico tan joven me encontrara atractiva, y al mismo tiempo me molestó la diferencia entre la reacción que le provocaba Carla y la que le provocaba yo. La cosa es que, al volver a sentarme, me acomodé de manera que, sin que pareciera deliberado, le diera una buena panorámica de mi ropa interior.
Reconozco que disfruté viéndolo hipnotizado. Para medir el efecto, lo saqué a la pizarra a resolver un ejercicio. Caminó encorvado los pocos pasos que lo separaban del encerado, y al ponerse de perfil pude apreciar el contorno de su erección luchando por escapar del pantalón. Eso alimentó mi orgullo. Me recoloqué sobre la mesa para que, si se giraba, siguiera viéndome. Y vaya si se giró: una y otra vez, fingiendo buscar mi aprobación.
Al día siguiente, casi sin pensarlo, elegí un conjunto de lencería bonito para ir a clase. Le puse unos ejercicios al grupo y Adrián los terminó tan rápido que decidí corregírselos en el sitio mientras los demás seguían. Me agaché sobre su mesa sabiendo que vería mi escote, o tal vez precisamente por eso. Él clavó la mirada ahí y la dejó fija. Me demoré más de lo necesario; estaban todos perfectos, claro. Cuando me incorporé, el bulto era más que notable.
Fue ese día cuando pensé que tenía nivel de sobra para la olimpiada universitaria de matemáticas. Quedar bien colocado podía ser estupendo para él y para el prestigio de la academia, así que al acabar le propuse darle clases particulares para prepararlo. Aceptó. Por eso luego te pedí permiso a ti. Te juro que en ese momento mi única motivación era académica. Nunca imaginé adónde me llevaría aquella decisión.
***
Las clases particulares empezaron en mi despacho, al terminar la jornada. El primer día llegó ya con un bulto poco discreto. Supuse que Carla habría vuelto a calentarlo y no le di importancia; bastante había hecho yo como para juzgarla. Lo que me empezó a inquietar fue que se repitiera cada tarde. Adrián prestaba más atención a mi cuerpo que a mis explicaciones, aunque cada vez que le ponía un ejercicio lo resolvía sin un fallo.
Hasta que llegó un día en que apareció con una erección mayor de lo habitual. Tenía que explicarle un tema complicado y lo notaba más distraído que nunca. Es verdad que yo llevaba algo más de escote y la falda algo más corta, pero nada del otro mundo. Cuando le puse el ejercicio de control, no supo hacerlo. Eso me molestó: quedaba poco para la fase autonómica y no podíamos perder el tiempo.
Entonces me miré y descubrí que la falda se me había abierto del todo. Sentada a su lado, él podía verme la ropa interior entera, una prenda pequeña y de un blanco casi transparente. Me dio vergüenza haber quedado tan expuesta ante mi alumno. Y a la vez su erección era tan descomunal que a mí también me costaba no mirarla. Lo que hice después fue una mezcla de esa atracción y de la urgencia por que se concentrara. Te cuento la conversación, más o menos, para que me entiendas.
—Adrián, sé que a tu edad estáis muy sensibles con estas cosas, pero tienes que concentrarte. No puede ser que en cuanto me despisto perdamos la clase. Vas con desventaja respecto al resto, no como para estar mirándome en vez de atenderme.
Se puso rojísimo y agachó la cabeza. Comprendí que, para él, esa reprimenda tan suave debía ser un mundo.
—Perdón, no he podido evitarlo —dijo, tan bajito que apenas lo entendí.
No quería que me cogiera miedo ni que perdiera la confianza que habíamos construido, así que suavicé el tono.
—Entiendo que eres esclavo de tus hormonas, no pasa nada, es normal. Pero necesito toda tu atención en este tema, que es difícil y seguro te cae algo parecido.
—Lo siento, de verdad —seguía con un hilo de voz, mirando al suelo.
—No tiene nada de malo que te atraiga el cuerpo de una mujer. Lo malo es que, con esto así, no vas a concentrarte. Te tiene que estar doliendo. Llegados aquí, solo veo una solución para poder seguir: tienes que descargar.
No respondió. Insistí.
—Si quieres salgo del despacho y, cuando termines, me avisas.
—No voy a hacer eso, me moriría de vergüenza.
—Pues si no lo haces tú, lo tendré que hacer yo. No es para tanto, lo hace todo el mundo.
No sé si fue la frustración o la excitación de tener esa erección a un palmo, pero llevé la mano a su bragueta y, sin pedirle permiso, la bajé y lo liberé. Estaba duro como una piedra. Verlo tan cerca, sin ninguna tela de por medio, me dejó unos segundos paralizada de pura impresión. Acerqué la boca y escupí sobre él para lubricarlo. Te prometo que, de no haber sido mi alumno, habría hecho mucho más que eso.
Empecé a masturbarlo con ganas, segura de que acabaría rápido. No fue así. Tuve que repetir la maniobra de la saliva varias veces, y cada vez que acercaba los labios me costaba más contenerme. Se me cansaba el brazo y aquello no avanzaba. Él, mientras tanto, no apartaba la vista de cómo se movían mis pechos al ritmo de mi mano. Se me ocurrió que verme el sujetador podría acelerar las cosas.
—¿Te gusta cómo se mueven? —le dije—. Venga, te dejo que me desabroches la blusa.
Me miró incrédulo, pero llevó las manos al primer botón y fue abriéndola con un cuidado que no esperaba. Algún roce hubo, inevitable, pero no aprovechó para tocarme más de lo necesario. Según aparecía mi sujetador, blanco y a juego con lo demás, sentí cómo le palpitaba con más fuerza. Yo tenía los pezones endurecidos, marcándose contra la tela fina.
Me miraba como hipnotizado. Me daba pudor que mi alumno me viera así, pero esa forma suya de mirarme me estaba encendiendo más de lo que estaba dispuesta a admitir. Lo masturbaba sin parar, haciendo que mis pechos temblaran dentro del sujetador, y se notaba que estaba a punto.
—Míralas todo lo que quieras —le susurré—. Venga, córrete mirando lo que tienes delante.
El orgasmo no terminaba de llegar y yo necesitaba otra dosis de saliva, pero acercar la boca era peligroso. Opté por apartarme la falda y exponerle de nuevo la ropa interior. Funcionó. Él clavó los ojos en mi entrepierna, su erección dio un latigazo y, al ver su cara de deseo, sentí cómo me empapaba entera.
—Profe, me corro, deme un poco más rápido, por favor.
Para que no lo dejara todo perdido, me puse de rodillas de un movimiento rápido y le restregué la punta contra el pecho mientras lo masturbaba con furia. Se vació con la vista fija ahí. Me costó horrores no metérmelo en la boca y vaciarlo del todo; ha sido una de las veces que más fuerza de voluntad me ha exigido. Cuando terminó, me levanté con toda la dignidad que pude reunir, saqué unos pañuelos del cajón y me limpié sin prisa. Tal vez alargué la operación más de lo necesario, pero la cara con que me miraba merecía un poco más de espectáculo.
—Bueno —dije, recolocándome la ropa—, creo que ahora ya podemos seguir con la clase.
Y seguimos. Me costó concentrarme, todavía con el cuerpo encendido, pero conseguí una explicación decente, y cuando le puse un ejercicio nuevo lo resolvió sin problema. Me sentí orgullosa de que mi táctica hubiera funcionado. También tuve clarísimo que no podía volver a repetirla.
Al llegar a casa fui directa al cajón de mis juguetes. No voy a entrar en detalles que no vienen al caso; solo te diré que cada vez que recordaba la dureza de su miembro o cómo se sacudía con cada chorro tenía que empezar de nuevo. Perdí la cuenta. Imaginé mil escenas en las que terminaba comiéndoselo o dejando que me poseyera sin compasión en aquel despacho.
Al día siguiente me costó volver a clase. Creí que no podría sostenerle la mirada, pero lo que pasó fue que, cada vez que nuestros ojos se cruzaban, se me agolpaban las imágenes en la cabeza. Ese fue, además, el día en que tú me preguntaste si había notado algo extraño en él. Entenderás ahora por qué no pude contarte la verdad e hice como que todo iba con la mayor normalidad.
***
Las siguientes clases me prometí ser estricta. Solo lo ayudaría si veía que de verdad no podía concentrarse. Cumplí, en parte porque ya había notado tus sospechas. Así llegamos al día de la fase autonómica.
Hacía calor y el curso estaba prácticamente terminado, así que me puse un vestido fresco para acompañarlo. Pasé a recogerlo en mi coche y casi se le cae la baba al verme. Durante todo el trayecto fue paseando la mirada de mis piernas a mi escote, creyéndose discreto. La falda dejaba ver bastante, aunque dudo que alcanzara mi ropa interior, y aun así se le formó un bulto. Al llegar, seguía más pendiente de mí que de la prueba dura que le esperaba. Decidí que tenía que conseguir que se relajara.
—Adrián, esta prueba es importantísima, no puedes estar pensando en otra cosa.
—Lo siento, profe, no sé qué me pasa.
—Anda, vamos al baño, a ver si consigo que te relajes.
No había nadie. Nos metimos en uno de los cubículos y, sin tiempo que perder, lo liberé otra vez. Bastaba con que estuviera a medias para tener un tamaño considerable. Empecé a acariciarlo despacio.
—No tenemos mucho tiempo, así que te dejo que me hagas lo que necesites para correrte cuanto antes.
Me miró incrédulo, pero a los pocos segundos llevó las manos a mis pechos y empezó a amasarlos con ansia. Lo sentí crecer y endurecerse en mi mano hasta ponerse como el hierro. Me bajó los tirantes con cuidado, me retiró el sujetador y se quedó mirándome desnuda mientras yo lo masturbaba cada vez más rápido. Entonces se lanzó a devorarme los pechos, succionando, apretando con las dos manos. Estaba enloqueciendo. Lo que de verdad deseaba era que se atreviera a más, así que lo apremié.
—Haz lo que quieras, pero córrete rápido, no hay casi tiempo.
Mis palabras surtieron efecto. Llevó una mano a mi muslo, me subió el vestido y empezó a tocarme por encima de la ropa interior. Una corriente me recorrió entera; tuve que morderme los labios para no gemir. No pude disimular lo empapada que estaba. Pronto coló la mano por dentro, abrí más las piernas para que supiera que aprobaba todo, y sus dedos encontraron el camino con una habilidad que me dejó claro que yo no era la primera. Pensé en Carla, sin poder reprochárselo.
Estaba al borde del orgasmo cuando él movió la mano para mirarme mejor, y aproveché. Me bajé un poco la ropa y guie su miembro hasta hacerlo rozar mi sexo.
—Venga, córrete aquí —jadeé.
Lo froté contra mí, moviendo la pelvis, buscando que un golpe de cadera lo clavara dentro. Él me apretaba los pechos sin entender del todo lo que yo necesitaba. No aguanté más y flexioné las caderas para metérmelo, aunque fuera un poco. En cuanto sentí que me abría, empecé a correrme. Él, sorprendido, dio unos empujes que llegaron a hundir buena parte; pero en lo más alto de mi orgasmo lo sacó de golpe y se vació fuera, mientras yo seguía acariciándolo hasta la última gota.
Me recompuse como pude, me ajusté el vestido y traté de sonar como la profesora de siempre.
—Venga, Adrián, no te quedes con esa cara. Guárdate eso, que están a punto de empezar.
Y, en efecto, ya estaban llamando a los participantes. Le di un beso en la mejilla para despedirlo y le deseé suerte.
***
Durante toda la prueba estuve hecha un manojo de nervios, temiendo haberlo desconcentrado más de la cuenta. Me entró un cargo de conciencia enorme: me había comportado como una depredadora, primero la encerrona en el despacho, ahora esto. Nunca había hecho nada parecido y no me reconocía.
Aunque también tengo que confesarte que fue uno de los orgasmos más intensos de mi vida. No sé si por lo prohibido, por ser quien era, por su habilidad o por la pura brutalidad de las sensaciones, pero fue monumental.
Cuando salió, me dijo que creía haberlo hecho bien, y me fié de él. Comimos cerca, repasando lo que podía caerle en la prueba de la tarde, y sus ojos no dejaban de irse a mi escote. Esta vez me contuve y me comporté como la maestra seria que siempre fui. Por la tarde volvió a salir con buenas sensaciones.
Días después llegaron los resultados: se había clasificado para la fase nacional. Nunca un alumno mío había llegado tan lejos, ni nadie en la historia de la academia. Me abracé a él de pura emoción y enseguida nos pusimos a planear cómo recuperar las clases para preparar lo que venía.
Las pruebas nacionales eran en una ciudad a un par de horas, así que decidimos ir juntos en mi coche. Él tenía habitación reservada por la organización las dos noches; yo solo conseguí sitio para la primera. Para la segunda no había nada, y confié en encontrar algo a última hora. Cuando se enteró, Adrián me dijo, como quien no quiere la cosa, que por él no había problema en que me quedara en su habitación.
Me recorrió un escalofrío de arriba abajo solo de imaginar lo que podía pasar en ese cuarto si finalmente teníamos que compartirlo. Y supe, con una certeza que todavía me asusta, que en una situación así sería incapaz de controlarme.