Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La despedida que mi marido se perdió dormido

Hay noches que una recuerda con culpa y otras que recuerda con una sonrisa que no se atreve a mostrar. La de mi despedida pertenece a la segunda clase, aunque jamás se la conté a nadie. Ni a mi marido, sobre todo a mi marido, que esa noche durmió de principio a fin sin enterarse de nada.

Habíamos recorrido medio centro saltando de bar en bar, tapeando y brindando por el viaje que dejábamos atrás. Para cuando llegó la madrugada, Lucía y Patricia ya estaban demasiado mareadas y se marcharon a casa con Tomás y Noelia. Solo seguimos en pie Hugo, Diego, Bruno, Carla, mi marido y yo, y la noche todavía no quería terminarse.

Subimos al departamento, alguien puso música y Carla y yo empezamos a bailar en el centro del salón. Mi marido apenas se sostenía. Bruno lo reemplazó enseguida, mientras Hugo abría botellas y servía las copas con una calma de anfitrión.

Bailamos cambiando de pareja cada dos o tres canciones, riéndonos de cualquier tontería, con el calor del alcohol subiéndonos por el cuello. Cuando al fin me senté a recuperar el aliento, mi marido ya dormía en la silla con el vaso todavía en la mano.

Se lo quité con cuidado. Lo zarandeé un poco, le hablé al oído, pero no había manera. Bruno me ayudó a recostarlo en el sofá, por si despertaba más tarde.

—Este ya no vuelve hasta mañana —dijo Bruno, divertido.

Seguimos bailando y charlando un rato más, sin bajar la voz, y él ni se inmutaba. Entonces Hugo propuso llevarlo a una cama y que nos quedáramos todos hasta que amaneciera. Entre Diego y Bruno lo cargaron hasta una de las habitaciones. Lo dejé en bóxer, lo tapé con la sábana y volví al salón.

Cuando regresé, Carla y Hugo ya no bailaban: se acariciaban contra la pared de una forma que no dejaba lugar a dudas.

***

Me senté en el sofá y Diego se acomodó a mi lado. Chocó su copa con la mía como brindando y dejó el brazo apoyado sobre mis hombros. Tenía los brazos firmes, el gesto tranquilo de quien no tiene prisa.

—¿Bailamos? —preguntó, posando la otra mano sobre mi muslo.

—En un rato —contesté, cubriendo su mano con la mía sin apartarla.

Miraba de reojo a Carla y a Hugo, que ya se besaban como si nadie más existiera en el departamento. Diego acercó la boca a mi oreja y me dijo en voz baja lo bien que me veía esa noche. Después me besó el cuello, justo debajo del lóbulo, y un escalofrío me encogió los hombros sin que pudiera evitarlo.

Se rió bajito. Su mano empezó a subir por la cara interna de mi muslo, bajo el borde del vestido corto, mientras me besaba la mejilla y buscaba mi boca. Le devolví el beso enredando mi lengua con la suya y cerré las piernas atrapando su mano, justo cuando sus dedos rozaban la tela de la ropa interior.

Nos besamos así un buen rato, su mano abriéndose paso despacio, mi vestido enrollándose poco a poco hasta la cintura. Me recostó sobre el sofá y bajó besándome las piernas, separándolas con cuidado. Primero me besó por encima de la tela húmeda, después la apartó y siguió con la lengua, lento, atento a cada reacción mía.

Yo gemía sin disimulo, agarrada al borde del cojín, cuando abrí los ojos y vi a Bruno de pie junto al sofá, con los pantalones a medio abrochar.

—¿Y Carla? —pregunté entre suspiros.

—Quieren estar solos —respondió, señalando una de las puertas cerradas. Se nos quedó mirando como pidiendo permiso para sumarse.

Le sonreí y estiré la mano para acercarlo. Su pantalón cayó al suelo. Lo acaricié por encima de la ropa interior y después la bajé, tomándolo todavía blando para llevármelo a la boca. Me gusta esa parte: sentir cómo crece despacio, cómo va endureciéndose contra mi lengua. Es una sensación que me enloquece.

Bruno apoyó una rodilla en el sofá para acercarse a mi cara. El olor de su piel y la lengua de Diego entre mis piernas me tenían al borde del primer orgasmo. Pasaba la lengua por la punta de Bruno, lo hacía entrar y salir de mi boca mientras él crecía y se endurecía, y entonces llegué, sacudida por la habilidad de Diego y por sus dedos entrando y saliendo de mí.

Levanté las caderas pegándome a su boca, las piernas temblando, y aceleré el ritmo sobre Bruno apoyando la mano en sus nalgas. Diego se incorporó, me puso las piernas sobre sus hombros y entró de una sola embestida, tan profundo que arqueé la espalda y solté un gemido ahogado por lo que tenía en la boca.

Empezó a moverse con tanta energía que Bruno se salía de mí a cada empujón. Le puse la mano en la cintura para frenarlo.

—Vamos a tu habitación —dije.

***

Los tres fuimos hasta el cuarto de Diego. Me terminaron de desnudar entre los dos, y yo a ellos, que apenas conservaban la camisa. Me senté en la cama, completamente desnuda, y los atendí por turnos: a uno con la boca mientras masturbaba al otro, alternando, mientras ellos me acariciaban los pechos y Bruno comprobaba con un dedo lo mojada que estaba.

Cuando tenía a Diego en la boca, Bruno me hizo girar y ponerme en cuatro. Así podía seguir con la boca ocupada mientras él entraba por detrás, sujetándome de las caderas, marcando un vaivén profundo y constante que me hacía gemir a cada golpe.

Tuve otro orgasmo en esa posición. Diego le pedía que se apurara, que quería su turno, pero yo conocía a Bruno: sabía controlarse y aguantar, y no iba a ceder el sitio tan fácil.

Al menos eso pensaba, hasta que sentí cómo cambiaba la presión y entendía que no pensaba salir, sino cambiar de lugar. Fue preparándome despacio, con paciencia, sin prisa, mientras Diego seguía ocupando mi boca. Entre los dos me tenían deshecha de placer.

Cuando Bruno entró del todo por detrás, sujetándome firme de las caderas, empezó un balanceo lento que poco a poco se volvió fluido. Después me levantó hasta dejarme sentada sobre él, nos acercamos al borde de la cama y Diego, flexionando las rodillas, me penetró por delante.

Me sentía completamente llena, abierta, partida entre los dos. Contenía el aire, separaba las piernas todo lo que podía y los dejaba avanzar. Bruno contra mi espalda, Diego apretando su pecho contra mis pechos, su respiración en mi cuello.

Éramos un solo cuerpo, encajados. Nos quedamos quietos unos segundos, Diego besándome la boca, Bruno recorriéndome las piernas con las manos. Después empezaron a moverse, primero descompasados, después encontrando un ritmo común que me arrancaba un sonido distinto a cada empuje.

Dejé de contar las veces que me corrí. Cambiamos de posición varias veces: sentada, de costado, recostada sobre uno mientras el otro embestía. En algún momento me sentí feliz y agotada a la vez, vencida por tanto placer.

***

Al abrir los ojos vi a Hugo apoyado en la cabecera, mirándonos en silencio. Se notaba que llevaba un rato ahí.

—¿Y Carla? —pregunté, girando la cabeza hacia la puerta.

—Durmiendo. No te preocupes por ella —dijo, acercándose—. Esta es tu noche de despedida.

Pasó la punta por mis labios un par de veces. Abrí la boca y lo recibí, lamiéndolo despacio, sintiéndolo crecer contra mi lengua hasta que apenas podía abarcarlo. Él se movía con suavidad, marcando su propio ritmo, mientras Diego seguía dentro de mí y Bruno me sujetaba por detrás.

Así estuvimos un rato largo, los tres a la vez, sin que ninguno perdiera el vigor. Bruno fue el primero en terminar: me apretó fuerte, se hundió hasta el fondo y soltó un gruñido ronco, sosteniéndome contra él hasta el último temblor. Arqueé la espalda y solté la boca para poder gemir a gusto.

Se apartó despacio y me quedé recostada junto a Diego, que me tomó de las caderas y empezó a subirme y bajarme sobre él. Hugo ocupó el lugar de Bruno y entró de una sola vez, arrancándome un grito de sorpresa y de gusto.

Nos quedamos un instante en silencio, escuchando si alguien se despertaba en el resto de la casa. Nadie. Diego volvió a moverse, besándome los pezones, hasta terminar dentro de mí mientras yo tenía otro orgasmo recostada sobre su pecho.

Hugo no se detuvo. Tenía paciencia y aguante de sobra, y supo aprovecharlos. Cuando estaba por terminar, salió, se incorporó sobre mi pecho y terminó allí, sosteniéndome la cabeza, con una intensidad que me dejó sin aire.

***

Descansamos un buen rato. Creo que hasta me quedé dormida, porque desperté con las manos de alguien recorriéndome la espalda y una boca buscando la mía. Sin abrir los ojos supe quién era cada uno. Me dejé hacer, medio dormida, sintiendo el cuerpo pesado y satisfecho.

Así pasamos buena parte de la madrugada, entre caricias perezosas y arranques de deseo que volvían sin avisar. Y por la mañana, antes de que mi marido despertara, volvieron a buscarme los tres a la vez, despacio, como una despedida dentro de la despedida.

Terminamos los cuatro agotados, sudorosos y en silencio, con esa risa cómplice de quien comparte un secreto que nadie más sabrá. Me solté del enredo de brazos y piernas, me metí a la ducha y me lavé con calma, repasando cada detalle bajo el agua caliente.

Después me vestí y fui a despertar a mi marido, que seguía donde lo habíamos dejado, sumido en una resaca de campeonato.

—Buenos días —le dije, fresca como si nada—. Te perdiste una fiesta increíble.

Él se rió con la cabeza entre las manos y me creyó. Y yo guardé esa noche para mí, como se guardan las cosas que una sabe que no volverán a pasar.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios (5)

Cecilia_ok

Dios mio que relato tan bueno!! una de las mejores confesiones que lei en mucho tiempo, gracias por compartirlo

TeresaLectora

Se siente tan real... eso es lo que tiene esta categoria, que uno lee y piensa que le podria pasar a cualquiera. Muy bien contado

SoledadPaz

jajaja el marido dormido como una piedra mientras tanto... tremendo!! me mori de risa y de otra cosa tambien jeje

LucasBaires89

Me recordo a una noche en una fiesta hace años, aunque la mia termino muy diferente jaja. Buen relato, se hizo corto

Silvia_Lect

Y como siguio despues?? me quede con ganas de saber que paso al otro dia con todo eso

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.