El primo de mi amiga vino a despedirme esa mañana
Ese viernes me desperté tarde. Bianca y las otras chicas ya se habían ido a trabajar, así que tenía el departamento entero para mí. Me preparé un café cargado, ordené un poco la cocina y me metí a la ducha cerca del mediodía. Estaba secándome, envuelta en la toalla y con el pelo todavía goteando, cuando alguien golpeó la puerta con insistencia.
Pensé que sería un paquete de Bianca, o algo que esperaban las chicas. Fui a abrir tal como estaba.
Era Adrián, el primo de Bianca, con un ramo de flores en una mano y una caja de bombones en la otra.
—¿Qué hacés acá? —solté, medio turbada por mi estado—. Pasá, pasá, sentate mientras me visto. Me agarraste recién salida de la ducha.
—Tranquila, mujer, vine a verte —dijo, tendiéndome las flores—. Esto es para vos.
Tomé el ramo, lo puse en agua y dejé los bombones sobre la mesa.
—Ahora vuelvo, no tardo —y me fui al cuarto.
—Así estás magnífica —lo escuché decir desde la sala—. Me enteré de que ya te volvés y quise venir a despedirme.
—Sí, en unos días llega mi marido a buscarme —respondí, deteniéndome en el marco de la puerta con la mano en la toalla—. Si querés, hay café en la cafetera. Ya salgo.
Cerré. Había sacado un pantalón cómodo para andar por casa, pero lo dejé de lado. En su lugar elegí un vestido corto y plisado, con botones al frente, unas medias transparentes que ajustaban a media pierna y un conjunto de encaje blanco. Zapatos de tacón, no muy alto. Un poco de perfume, algo de maquillaje, y salí.
Adrián me miró de arriba abajo.
—Guau, qué hermosa. Voy a ser la envidia de todo el mundo.
—Mentiroso —le dije, y tomando la falda del vestido di un par de giros—. ¿Me veo bien?
—Exquisita —contestó, levantando la taza—. ¿Querés?
—Sí, gracias —y me senté en el sofá.
Me sirvió café, rellenó el suyo y trajo los bombones de la mesa. Tomé la caja, me incliné hacia adelante para apoyarla en mis piernas, y al hacerlo el vestido se me subió bastante, dejando a la vista el borde de encaje de las medias y un tramo de piel desnuda. Abrí la caja y le ofrecí. Eligió uno redondo y me lo acercó él mismo a los labios. Lo mordí, y el licor de cereza se me escurrió por el mentón.
Antes de que pudiera limpiarme, Adrián se inclinó y atrapó esa gota con la boca, besándome de paso. Me tomó por sorpresa.
El beso empezó suave y se fue volviendo otra cosa. Su lengua, el bombón compartido entre los dos, su mano deslizándose entre mis piernas. Aparté la caja, la dejé a un costado y traté de juntar las rodillas, sosteniéndole el brazo con una firmeza que, siendo honesta, no tenía mucha convicción.
Siguió besándome, acariciándome el pecho por encima de la tela, y mi resistencia se fue cayendo a pedazos. Me gustaba cómo besaba, esa manera decidida, sin pedir permiso. Le devolví el beso y dejé que avanzara.
Cuando quiso ir más allá, lo frené con una pregunta:
—¿Y adónde pensás llevarme a pasear?
—A Málaga. O adonde vos quieras, es tu despedida.
—Donde vos digas está bien —contesté, recostándome contra su brazo.
—¿En serio? ¿Donde yo quiera? —dijo, con una mirada que no dejaba dudas de adónde apuntaba.
Me levanté, fui al baño y, al volver, anuncié:
—Lista.
***
Me abrió la puerta del auto como un caballero. Antes de arrancar volvió a besarme y me apoyó la mano en el muslo, y ahí la dejó todo el camino. Fuimos escuchando música, hablando de cualquier cosa. Visitamos un museo, caminamos por el centro y nos metimos en un bar para hacer tiempo hasta la hora del almuerzo. Reíamos, nos tocábamos, nos besábamos cada tanto. Parecíamos cualquier pareja saliendo a divertirse un sábado.
Subimos a la Alcazaba, desde donde se ve toda la ciudad, recorrimos las calles angostas alrededor de la catedral y después terminamos en el jardín botánico. Después de recorrer un sector me senté en un banco a descansar. Me dolían los pies de tanto caminar, así que me descalcé.
Adrián se agachó sin avisar, me tomó las piernas y se las subió a las suyas.
—¿Qué hacés, loco? —le dije, riendo, tratando de acomodarme el vestido que ya me dejaba los muslos al aire.
—Un masaje —contestó, presionando la planta de mis pies con los pulgares.
Suspiré sin querer. Estaba delicioso.
—Pero los tengo transpirados —protesté.
—Qué me importa. Me gustan. Toda vos me gustás —dijo, con los ojos clavados en mi entrepierna.
Me cubrí con la mano.
—¿Qué mirás, descarado?
—Lindas piernas. Y una bombacha de encaje muy sexy.
Me sonrojé. Por suerte el parque estaba casi vacío a esa hora. Eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos, dejándome llevar por el masaje, que fue subiendo de los pies a las pantorrillas y de ahí a los muslos. Mantenía las manos sobre el pubis, cubriéndome con un pudor que cada vez tenía menos sentido, porque mi respiración me delataba.
Sus dedos llegaron al interior de los muslos, rozando apenas la ingle. Me incorporé un poco y él aprovechó para besarme. En ese beso aflojé la guardia, y sus dedos reemplazaron a mi mano, apartando la tela fina de la bombacha. Un gemido se me escapó solo.
Disfruté unos segundos esa caricia y ese beso, y con la voz apenas audible le dije:
—Vámonos.
Salimos del jardín tomados de la cintura, sin hablar, con su mano presionándome un glúteo y apurando el paso. La tensión entre los dos era casi insoportable.
***
En el auto volvimos a besarnos antes de ir al restaurante. Era un lugar agradable, con música de fondo. Comimos despacio, me reí de sus anécdotas y me ruboricé con sus avances, demasiado audaces para el lugar. Había elegido una mesa apartada, pero igual me preocupaba que alguien nos viera.
Cuando llegó el momento del postre, me lo susurró al oído:
—¿Y si el postre lo tomamos en mi casa?
—Como quieras, sos el anfitrión —contesté.
Me besó otra vez, las manos recorriéndome los costados hasta las piernas, erizándome la piel. Pidió la cuenta y salimos.
Su departamento era luminoso y ordenado. Preparó café mientras yo me acomodaba en el sofá, y sacó una tarta de queso con frutos rojos. Se sentó a mi lado y me cedió el honor de cortarla.
Entre besos y caricias nos comimos la tarta. Después se acercó a mi cuello, aspirando mi perfume.
—Qué rico olés —murmuró, mientras su mano volvía al interior de mis muslos.
Sus dedos me desabrocharon los botones del vestido uno a uno. Quedó a su vista el corpiño de media copa, y se dedicó a besarlo, a pasar la lengua entre mis pechos, a desabrocharlo con una habilidad que me sorprendió. Me besó desde el ombligo hasta volver a subir, y para cuando me recosté, el vestido se me había enrollado en la cintura.
Se quitó la camisa y me abrazó fuerte, su pecho contra el mío, su boca en la mía. Nuestra excitación crecía con cada caricia. Lo apreté contra mi cuerpo mientras nos besábamos.
Cuando se separó para desabrocharse el pantalón, me incorporé y terminé de sacarme el vestido, dejándolo sobre un sillón. Él se acercó por detrás, pegando su erección a mis glúteos, las manos en mis pechos y la boca en mi cuello. Me fue empujando con suavidad hacia su habitación. Me giré para quedar frente a él, le metí las manos dentro del bóxer y empecé a bajárselo mientras él hacía lo mismo con mi bombacha.
Terminó de desnudarme, me sacó las medias y me recostó con las piernas en alto, besándolas juntas. Fue bajando despacio, besando la parte de atrás de las pantorrillas, hasta llegar entre mis piernas. Su lengua se abrió paso y el placer me cortó la respiración.
—Qué rico sabés —dijo, sin levantar la cabeza, acariciándome el vientre y los pechos mientras seguía.
Estuvo así un buen rato, hasta dejarme al borde. Yo solo jadeaba, con las manos enredadas en su pelo. Entonces se incorporó, completamente desnudo, y guió su sexo hacia el mío, entrando profundo de una sola vez. Me abrazó, me besó, y empezó a moverse con un ritmo que en pocos minutos lo hizo apretar las nalgas y detenerse para disfrutar el primer orgasmo.
Me besó el cuello y los pechos mientras yo recuperaba el aire. Después volvió a empujar, primero lento y profundo, acelerando de a poco, hasta terminar dentro de mí. Sentí el calor recorrerme por dentro y me uní a él en mi propio orgasmo, las piernas temblando.
Se quedó un momento dentro, acariciándome los pechos, y después se recostó a mi lado, respirando agitado.
***
Fui al baño y, al volver, me miraba desde la cama con una sonrisa.
—Qué cuerpo tenés —dijo.
—¿Te parece? —contesté, y me deslicé entre sus piernas hasta quedar con la cara a la altura de su sexo en reposo.
Seguía excitada. Lo tomé con la mano, lo acaricié, pasé la lengua desde la base hasta la punta. Reaccionó enseguida, creciendo de a poco en mi boca. Subía y bajaba la cabeza, mirándolo a los ojos, mientras él me acariciaba el pelo marcando el ritmo. Pronto estuvo tan duro y grueso que apenas podía contenerlo.
Me incorporé y me senté sobre él, una pierna a cada lado. Tomé su sexo, lo guié a mi entrada y bajé despacio hasta quedar sentada del todo. Apoyé las manos en su pecho y empecé un vaivén pausado, moviendo las caderas en círculos. Estuve así unos minutos, hasta que me pidió que me diera vuelta.
Le di la espalda y volví a montarlo. Con las manos en mis caderas me jaló hasta el fondo, besándome la espalda, bajando las palmas hasta mis glúteos. Después de otro orgasmo cambiamos de posición: quedé inclinada sobre la cama y él de pie detrás de mí, embistiendo fuerte y continuo.
Alternaba ritmos, a veces rápido, a veces lento y profundo. En una de esas pausas humedeció un dedo y lo apoyó en mi entrada trasera. Sin avisar, salió de mí y dirigió su sexo hacia ahí.
—¿Puedo? —murmuró contra mi cuello.
Sonreí y asentí. Empujó despacio, ganando terreno de a poco, hasta entrar por completo. Esperó a que me acostumbrara, las manos en mis pechos, y después empezó un vaivén sin prisa, disfrutando cada centímetro. Fue acelerando, las embestidas cada vez más firmes, hasta terminar con el pecho apoyado en mi espalda y las manos sosteniéndome.
Nos dejamos caer sobre la cama y nos quedamos un rato así, recuperándonos. Después él se levantó al baño y luego fui yo a ducharme. Se metió conmigo, nos enjabonamos el uno al otro, y nada más.
***
Cerca de las ocho preparé unas ensaladas y él pidió algo para cenar. Mientras esperábamos, pusimos música suave y nos sentamos en la sala. Me acariciaba el muslo y me decía lo a gusto que estaba, lo agradecido de que hubiera aceptado su invitación, lo lindo que sería seguir viéndonos antes de mi vuelta a Buenos Aires.
—No hay problema —le dije—. Al fin y al cabo, sos el primo de mi amiga.
—Va a ser más difícil con tu marido acá, ¿no?
—Si querés verme a solas, quizá. Pero no pienses en eso ahora. Disfrutemos el momento —respondí, poniendo mi mano sobre la suya.
Sonrió, me acercó a sus labios y me besó despacio. Su mano subió de mi cintura a mi pecho mientras nuestras lenguas se enredaban. La otra bajó hasta mi entrepierna, presionando con los dedos. Separé las piernas y me recosté contra el respaldo, abriéndome a él. Su dedo se deslizaba arriba y abajo, presionando apenas, entrando un poco. Yo lo acariciaba a él por encima del bóxer.
Sonó el timbre. Era la comida. Se puso el pantalón a las apuradas, fue a abrir y dejó las bolsas sobre la mesa.
—¿Cenamos? —preguntó.
—Después. Vení —le dije, extendiendo los brazos y recostándome en el sofá, un pie en el suelo y la otra pierna flexionada.
Se quitó el pantalón otra vez y vino hasta mí. Me besó los labios, el cuello, los pechos, el vientre, y con los dedos en el borde de la tela me sacó la última prenda. Se recostó e inició un oral lento mientras yo terminaba de desnudarme. Su lengua trabajaba mi clítoris y dos de sus dedos entraban y salían, haciéndome gemir y empujar su cabeza contra mí.
—Vení, yo también quiero probarte —le dije, tirándole de los brazos.
Se paró al lado de mi cara y le bajé el bóxer despacio. Acaricié sus muslos, lo tomé con la mano y empecé a recorrerlo con la lengua hasta la punta, antes de metérmelo entero en la boca. Después se subió al sofá y quedamos acoplados en un sesenta y nueve, cada uno entregado al sexo del otro. Movía la pelvis, su sexo entraba y salía de mi boca, mientras él me lamía y me penetraba con los dedos, hasta que ambos llegamos casi al mismo tiempo.
Su deseo no se apagaba. Todavía duro, se acomodó entre mis piernas y entró profundo, elevándome las piernas, embistiendo con un furor que me arrancó otro orgasmo enorme, de esos que recorren la espalda entera. Gemí sin importarme quién escuchara.
Cuando me calmé, sacó su sexo bañado en mí y lo llevó otra vez a mi entrada trasera. Presionó despacio, acariciándome los pechos y el clítoris, y entró del todo. Esperó a que mi cuerpo cediera y empezó un vaivén calmo, delicioso, inclinándose para besarme. Así me poseyó hasta terminar dentro, con el pulgar trabajando mi clítoris para llevarme a un último orgasmo.
Reposamos abrazados un buen rato. Después él fue a un baño y yo al otro. Saqué de mi bolso la bombacha de repuesto que siempre llevo, me la puse y me senté a su lado a cenar.
Esa noche dormimos abrazados, en cucharita. Al despertar lo sentí otra vez contra mi espalda. Me rodeó la cintura, me besó el cuello.
—Buenos días, preciosa.
Empujé las caderas hacia atrás y, con su mano separándome, entró despacio. Nos movimos coordinados, sin apuro, hasta que terminó dentro de mí una vez más.
Se quedó descansando en la cama mientras yo me bañaba. Me vestí, me arreglé y le di un beso.
—Gracias, estuvo todo muy rico —le dije.
Y me fui caminando hasta lo de Bianca, disfrutando el frescor de la mañana, con esa sonrisa difícil de borrar de quien se lleva un secreto a casa.