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Relatos Ardientes

Mi secreto es mirar el instante en que se corren

Esta es la primera vez que escribo algo así, y no sé muy bien por dónde empezar. No es una historia larga ni especialmente complicada, pero la llevo guardada hace años y nunca me atreví a contarla en voz alta. Si alguien la lee, quizá me anime a seguir escribiendo lo que de verdad me pasa por la cabeza cuando se apagan las luces.

Me llamo Lucía, aunque eso da igual. Lo que importa es lo que me gusta, y lo que me gusta no es exactamente normal. Para mí, la mejor parte del sexo no es el principio ni el durante. Es el final. Es el segundo exacto en que un hombre se corre.

No puedo explicarlo de otra manera. Me fascina ese momento en que el cuerpo deja de obedecer, cuando toda la tensión que se ha ido acumulando estalla y ya no hay forma de fingir nada. La cara que ponen es lo más honesto que tiene un hombre. Esa mueca a medio camino entre el dolor y el alivio, los ojos que se cierran solos, la mandíbula apretada. En ese instante no hay máscara que valga.

Me gusta mirar. Esa es mi confesión y por ahí empieza todo.

***

Vivo en un tercer piso de un edificio viejo, de esos con patio interior y ventanas que se asoman unas a otras. Cuando me mudé, lo primero que pensé fue que no tendría intimidad. Lo segundo, mucho después, fue que aquello era un regalo que no había pedido.

Enfrente de mi cocina, cruzando el patio, hay un dormitorio. Durante los primeros meses ni me fijé. Era solo una ventana más, con una cortina fina de color crema que casi nunca corrían del todo. Una pareja joven, los dos de unos treinta, ella morena y él con barba de varios días. Los veía a veces preparando café, discutiendo por tonterías, riéndose con el televisor de fondo. Gente común. Vidas comunes.

Hasta una noche de verano en que dejaron la ventana abierta.

Yo estaba lavando los platos, con las luces de mi cocina apagadas porque hacía calor y no quería más bombillas encendidas. Levanté la vista sin pensar y los vi. Ella estaba sentada en el borde de la cama, todavía con la blusa puesta pero sin nada debajo de la cintura. Él, de rodillas en el suelo, con la cabeza entre sus muslos.

Debí apartar la mirada. Cualquier persona decente lo habría hecho. Yo me quedé con un plato en la mano y el grifo abierto, sin atreverme a moverme por miedo a que el ruido me delatara.

La vi echar la cabeza hacia atrás. Vi cómo se agarraba a las sábanas con una mano y con la otra le apretaba la nuca a él, marcándole el ritmo. No oía nada, el patio se tragaba los sonidos, y de alguna forma eso lo hacía más intenso. Era como mirar una película sin volumen, donde todo se cuenta con el cuerpo.

Cuando ella terminó, se quedó temblando unos segundos. Después tiró de él hacia arriba, lo besó, y le bajó los pantalones con una urgencia que reconocí enseguida. Quería devolverle el favor.

Y yo seguía ahí, inmóvil, esperando lo único que de verdad me importaba.

***

Él se tumbó de espaldas y ella se sentó encima. Desde mi ventana solo veía la silueta de los dos recortada contra la lámpara de la mesilla, pero era suficiente. Veía el movimiento, el balanceo, las manos de él subiendo por la cintura de ella hasta los pechos.

Yo había soltado el plato. Tenía una mano apoyada en el filo de la encimera y la otra ya no estaba lavando nada. El corazón me iba rápido, no por culpa, o no solo por culpa, sino por la espera. Porque sabía lo que venía y no quería perdérmelo.

Lo noté antes de verlo. Por cómo él dejó de moverse con suavidad y empezó a embestir con fuerza desde abajo, agarrándola de las caderas para clavarla contra él. Por cómo ella se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en su pecho. Toda la escena cambió de ritmo, como una canción que se acelera justo antes del estribillo.

Me acerqué un paso a la ventana sin darme cuenta. La cortina crema se movía apenas con la corriente, y por un segundo tuve miedo de que él girara la cabeza y me descubriera, una sombra fija al otro lado del patio. Pero no había peligro. En ese punto, un hombre ya no ve nada que no sea lo que tiene encima. El mundo entero se reduce a un solo objetivo, y eso, justamente eso, es lo que me hipnotiza de mirarlo.

Y entonces ocurrió.

Él arqueó la espalda, levantó las caderas del colchón y se quedó así, suspendido, con el cuerpo entero rígido. Aunque no podía verle la cara con detalle, no me hacía falta. Conocía esa postura de memoria. Era el momento. Ese hombre se estaba corriendo dentro de ella, y todo su cuerpo lo gritaba sin un solo sonido.

Ahí está.

Fue apenas un puñado de segundos. Esa es la parte cruel de lo que me gusta: dura nada. Pero en esos segundos yo contuve la respiración como si el orgasmo fuera mío, como si esa descarga me atravesara también a mí desde el otro lado del patio.

Cuando él se dejó caer de nuevo sobre el colchón, vencido, relajado, vacío, yo también solté el aire que llevaba reteniendo. Ella se desplomó sobre su pecho. Se quedaron así, abrazados, recuperando el aliento.

Y yo, en mi cocina a oscuras, con el grifo todavía abierto y el agua fría corriéndome por las muñecas, supe que estaba metida en un problema del que no quería salir.

***

Necesito explicar algo, porque si no van a pensar que soy una pervertida sin remedio. Y puede que lo sea, pero al menos déjenme defenderme.

No me excita hacerles daño ni que ellos no lo sepan. Me excita la verdad de ese instante. En la vida todos andamos disimulando: ponemos buena cara, decimos que estamos bien cuando no lo estamos, sonreímos en fotos de cumpleaños que no nos importan. El sexo, en cambio, no se puede fingir del todo. Y la corrida, menos que nada.

Por eso me gusta el sexo sucio, el que no tiene otro objetivo que el placer. No me interesa nada el sexo de manual, el de hacer las cosas bien, el destinado a tener hijos y formar familias modelo. Me interesa el deseo en su forma más cruda, cuando alguien deja de pensar en cómo se ve y se entrega del todo.

Me excita más ver a una mujer saborear el semen con los ojos cerrados que verla retenerlo dentro como si fuera un trámite. Me excita el desorden, el descontrol, lo que pasa cuando se rompen las normas y nadie está mirando.

Excepto que yo sí miro. Siempre miro.

***

Después de aquella primera noche, mi rutina cambió sin que yo lo decidiera del todo. Empecé a cenar tarde, en la cocina, con las luces apagadas. Me decía que era por el calor, por ahorrar electricidad, por mil excusas que no me creía ni yo.

La verdad es que esperaba. Esperaba a que la cortina crema se quedara mal corrida. Esperaba a que la ventana de enfrente se encendiera y volviera a regalarme lo que yo no me atrevía a buscar en mi propia cama.

No siempre pasaba. La mayoría de las noches no había nada que ver: una pareja cualquiera cenando, viendo la tele, durmiéndose con el móvil en la mano. Pero de vez en cuando, una o dos veces al mes, el patio volvía a convertirse en mi pequeño cine privado, y yo ocupaba mi butaca de honor frente al fregadero.

Aprendí a leer las señales. Cuando ella se recogía el pelo de cierta manera. Cuando él apagaba la luz grande y dejaba solo la lamparita. Cuando se cerraban la puerta del dormitorio a una hora demasiado temprana. Mi cuerpo se ponía en alerta antes incluso de que pasara nada, como un animal que huele la lluvia.

Y cada vez, sin falta, esperaba el mismo momento. El final. La descarga. Ese segundo de verdad absoluta en que un hombre se rompe en pedazos de placer y vuelve a armarse despacio, tumbado boca arriba, mirando un techo que no es el mío.

***

No sé qué hacer con esto que les cuento. No tengo un final bonito, ni una moraleja, ni siquiera un encuentro real con esos vecinos a los que llevo años espiando sin que lo sepan. Ni siquiera sé sus nombres, y prefiero que siga siendo así. El día que sepa cómo se llaman, dejarán de ser ese cuerpo anónimo del otro lado del patio y se convertirán en personas, y entonces ya no podré mirar igual.

A veces me pregunto si soy la única. Si en algún otro piso, alguien con las luces apagadas me observa también a mí cuando creo que nadie lo hace. Me gusta pensar que sí. Me gusta la idea de una cadena de miradas en la oscuridad, todos espiándonos, todos buscando ese mismo instante de verdad sin atrevernos a confesarlo.

Por eso escribo esto. Para confesarlo de una vez, aunque sea bajo otro nombre y sin que nadie pueda señalarme. Para decir en voz alta que mi mayor placer no está en que me toquen, sino en mirar. En esperar. En vivir por ese segundo exacto, callada en mi cocina, en que un desconocido se corre y no sabe que, al otro lado del patio, alguien acaba de correrse con él.

Y si esto se publica, prometo contarles más. Tengo muchas ventanas que mirar todavía.

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Comentarios (6)

Cacho_Baires

Tremendo. Ese instante que describis lo senti yo tambien leyendo. Genial

fercho_lee

buenisimo!!!

ValentinaT23

No esperaba encontrar algo tan bien narrado hoy. Me quedo con ganas de mas!

PabloSC

Me recordo a algo que vivi hace tiempo... hay algo adictivo en ese momento que describis

TitoRdP

Como capturaste esa sensacion con tan pocas palabras? Muy buen relato

MiriamFlo

Rara vez comento pero este me saco de la silla. Escrito con una precision que te envuelve. Ese segundo del principio lo pintaste perfecto. Ojala haya segunda parte

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