Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi vecino perdió el miedo conmigo aquella tarde

Os traigo otra historia real, esta vez la de un vecino. A veces las aplicaciones te sorprenden para bien y, entre tanto perfil vacío, aparece alguien normal con quien tener una conversación calentona que después se vuelve carne y verdad. Me pasó con un hombre de poco más de cuarenta, soltero, que vivía a tres portales del mío, en el mismo barrio de siempre.

Llamémoslo Mateo, aunque ese no es su nombre. Era discreto, morboso, y su plan no podía ser más sencillo: encontrar a alguien para pasar un rato en su casa, viendo porno, masturbándose juntos y mamándose el uno al otro. Me pareció un plan estupendo. Siempre me ha resultado morboso que dos hombres se toquen sin más pretensión que el placer. Nos pasamos fotos y, en cuestión de cuerpos, no se quedaba corto: complexión grande, peludo, con barba recortada y una polla que se intuía sabrosa, no enorme pero con el glande muy marcado.

Me di una ducha rápida y salí para allá. Tres minutos andando, ni eso.

Tal como habíamos hablado, al abrirme la puerta vi que lo tenía todo preparado. El porno corriendo en la pantalla grande del salón y él solo con unos calzoncillos ajustados. No íbamos a perder el tiempo charlando de tonterías. Me quité la ropa y me senté a su lado en el sofá. Ni siquiera sabía si querría besarme; quizá habíamos hablado demasiado poco. Pero ahí estaba parte del encanto, ¿no?

Empezamos a tocarnos. Yo metía la mano por encima de su calzoncillo, él hacía lo mismo con el mío, mientras la cosa se nos iba poniendo dura. Apenas presté atención a la película. Mi mirada estaba clavada en ese camino de vello que se perdía bajo la goma de su ropa interior. Estaba deseando sacarle la polla y verla de cerca, en directo, no en una foto.

Mateo me dijo que le sobraba el calzoncillo. Se lo bajé y su polla saltó completamente dura, húmeda en la punta. Lo masturbé unos segundos, pero no me quedó más remedio que acercarme a olerla y, acto seguido, chuparla. El glande tan prominente me dejaba deslizar el prepucio para darle más placer, y el vello alrededor le añadía un morbo extra. El muy cabrón tampoco miraba ya la pantalla, porque no me dejaba separar la cabeza de su entrepierna.

Entonces sí me cogió la cara con las dos manos y me besó con fuerza. Lo hacía un poco bestia, pero no lo hacía mal: movía la lengua con gracia, sin prisa por terminar. Y todo eso con las dos pollas tiesas rozándose entre nuestros muslos.

Después se agachó él unos segundos a comérmela. Fueron pocos, pero los disfruté como si hubieran sido veinte minutos. Estábamos muy cachondos, en ese punto en que no sabes si correrte a chorros ya mismo o aguantar para alargar el placer. Nos dimos unas cuantas mamadas más, intercaladas con besos, hasta que, sentados uno al lado del otro con las piernas cruzadas, acabamos soltando un buen chorro cada uno. Nos habíamos gustado y todo había fluido de maravilla. Nos limpiamos, me despedí y volví a casa.

***

No creáis que la cosa terminó ahí. La conversación siguió los días siguientes por la aplicación. Empezamos a desnudarnos más, a contarnos nuestros morbos, nuestras experiencias, y algo me llamó la atención: me dijo que no le gustaba follar. Me extrañó, porque en su sofá lo había visto con unas ganas inmensas de reventarme.

Seguí tirando del hilo hasta que me lo confesó. No era que no le gustara, era inseguridad. Perdía la erección en el momento clave, o no aguantaba nada las pocas veces que lo había intentado. Me generó una empatía brutal. Yo también sé lo que es no poder follarte a alguien que te encanta porque no se te empalma, o correrte a la primera embestida. Solo la confianza, la calma y, claro, la práctica me fueron sacando de ahí poco a poco, hasta disfrutar el sexo de verdad.

El vecino me ponía burro de solo pensarlo, y más todavía si podía contribuir, aunque fuera un poco, a quitarle esos miedos. Yo lo digo muy claro siempre: cuando quedo, es para pasarlo bien y olvidarnos del resto. Así que, calentándolo poco a poco, le propuse probar conmigo. Si follábamos, genial; y si no, ya habíamos comprobado que había todo un mundo más allá de la penetración.

A los pocos días coincidimos y quedamos en volver a su casa. Esta vez fui preparado: me preocupé de dilatarme el culo con un consolador pequeño antes de salir. Tenía clarísimo que Mateo quería follarme y se lo iba a poner muy fácil. Él insistía en que su polla, al ser tan cabezona, dolía en las primeras metidas y eso lo asustaba. Yo estaba dispuesto a demostrarle que no. Le había dicho, picarón de mí, que me la clavara de un golpe para que no le diera tiempo a echarse atrás. Que yo aguantaría.

Esta vez tenía instrucciones. Al llegar, mientras él me observaba desde el sofá, yo debía quitarme la ropa, quedarme desnudo, arrodillarme delante de él, desabrocharle el vaquero y empezar a mamársela. Así lo hice. Mientras me sacaba las zapatillas, él ya se sobaba la entrepierna por encima del pantalón. La debía de tener durísima, y no pensaba hacerlo esperar. En cuanto pude, me arrodillé, se la saqué y empecé a chupar con ganas.

Tras un par de minutos saboreándola, se levantó, me puso a cuatro patas contra el sofá, se agachó, me separó las nalgas con las manos y me clavó la lengua en el culo. Me lo empezó a comer con fuerza. Yo estaba encantado. No era una comida de culo delicada, de movimientos suaves, sino ruda, mucha lengua, mucha saliva, mucho ímpetu. El cabrón necesitaba ponerse burro de verdad para atreverse a lo que quería hacer.

Separó la cara de mi culo, se puso de pie y no me dio tiempo ni a pedirle que se pusiera un condón. Se acercó deprisa, como si solo tuviera unos segundos antes de arrepentirse y, de un empujón, me la clavó hasta el fondo. Solté un gruñido entre el dolor y el placer. Había que aguantar. Iba dilatado y su comida de culo había ayudado, así que no dolió tanto, aunque tenía razón: ese glande cabezón se notaba a lo bestia. Pero se sentía increíble.

Yo quería que me follara, que comprobara que podía hacerlo, que se viniera arriba. Y vaya si lo hizo. Me metió unas cuantas embestidas y la sacó de golpe.

—Si no te la saco, te preño —me dijo, medio en broma medio en serio.

Hizo bien. En su cara veía una mezcla entre el morbo del momento y la alegría de haber podido penetrarme sin complejos, sabiendo que yo no estaba ahí para juzgarlo sino para gozarlo de verdad. Seguimos con calma. Nos sentamos en el sofá y se la volví a chupar despacio, intercalando besos, lengua, mucha saliva.

Y yo quería polla otra vez, soy así. De pasivo soy muy pasivo. Con él sentado en el sofá, me subí encima y, agarrándole la polla bien dura, me senté sobre ella poco a poco. Él puso los ojos casi en blanco. Aprovechó que me tenía encima para darme unas embestidas brutales desde abajo y, enseguida, la volvió a sacar. Lo tenía a mil, y yo igual de verlo así. Lo estábamos pasando de puta madre.

Volví a mamársela, y volvimos a sentarnos uno al lado del otro, con la polla dura, para tocarnos y masturbarnos despacio. Me sorprendió su capacidad para aguantarse las ganas de correrse. Para bajar las pulsaciones, nos tumbamos uno frente al otro, entrelazando las piernas y casi juntando las pollas, masturbándonos despacito. El final estaba cerca. No podíamos más, estábamos sudados de la cabeza a los pies.

***

Y no podía terminar de otra manera. Me levanté, me apoyé de nuevo en el sofá y, a cuatro patas, le puse el culo a su disposición una vez más. No tuve que decirle nada. Se levantó masturbándose para ponerla firme, se acercó y, tras titubear unos segundos en los que parecía no atreverse a entrar, ese glande me atravesó otra vez hasta dentro.

Le dije que, si quería correrse dentro, se pusiera uno de los condones que había traído en el bolsillo del pantalón. Me dijo que no. Tras unas embestidas en las que mi culo ya no ofrecía la menor resistencia, el cabrón aceleró el ritmo, la sacó a tiempo, me dio la vuelta y soltó toda su leche sobre mi pecho. El sudor de su frente caía también sobre mí. No me quedó más remedio que correrme justo después, también sobre mi pecho.

El morbo había sido brutal. Me pareció, posiblemente, uno de los mejores polvos que he echado nunca. Ya en el poscoito, sentados en el sofá con la respiración todavía acelerada, me dijo algo que no olvido: que de no haber sido por la complicidad y por sentirse libre de presiones, no habría podido desinhibirse y hacer todo lo que se vio haciendo. Hacía mucho que no se follaba a un tío, y conmigo lo había conseguido.

No me quedó otra que darle un buen morreo antes de ir a la ducha a borrar las pruebas del delito. Después nos despedimos como buenos colegas, con la naturalidad de dos vecinos que se cruzan en el portal.

Esto fue hace cosa de un mes. Seguimos en contacto, aunque de momento no hemos vuelto a coincidir. Eso sí, las conversaciones calientes y las pajas a distancia no paran. Me ha dejado caer que le apetece notar mi polla restregándose contra su culo… ¿Qué pasará la próxima vez? ¿Le tocará a él probar de su propia medicina?

Ver todos los relatos de Relatos Gay

Valora este relato

Comentarios (5)

Claudio_V

excelente relato, de los mejores que lei por aca!!!

curiosoMDP

Muy bien narrado, se siente que es algo real. Me gusto como fue desarrollando la tension antes de que pasara todo.

Marcos_BA

Por favor escribi la segunda parte, quedé con ganas de saber como siguió la relacion entre los dos después de esa tarde.

Rodriguillo_85

jajaja lo de perder el miedo me pareció muy tierno para ser este tipo de relato, me sorprendio para bien

FelipeMRA

Me recordo a algo que me paso con un conocido del barrio hace años. Los vecinos siempre guardan alguna sorpresa, jaja. Buen relato.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.