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Relatos Ardientes

La maestra de mi hijo me citó después de las clases

La llamada llegó un martes por la tarde, justo cuando Damián terminaba de servirle la cena a su hijo. Hacía tres meses que su vida se había partido en dos, y todavía no se acostumbraba al silencio de la casa cuando el chico se dormía.

Mariela, su mujer durante ocho años, se lo había dicho una noche sin rodeos: ya no lo amaba. Hacía más de un año que se veía con Gonzalo, un tipo de una desarrolladora inmobiliaria al que había conocido en algún evento de trabajo. «Pasó sin que lo buscara», le juró. Pero Damián recordaba las salidas «con las chicas», las vueltas tarde con olor a perfume ajeno, las mentiras cada vez más flojas.

La separación fue brutal. Mariela se llevó la mitad de los ahorros, el auto nuevo y la custodia compartida de Tobías, aunque el nene de siete años terminaba pasando casi todas las semanas con él. Gonzalo ni siquiera tuvo la decencia de hacerse a un lado: apareció en las audiencias con traje impecable y cara de favor, como si estuviera rescatando a Mariela de un matrimonio mediocre.

Damián había quedado destrozado. Dormía poco, comía peor y arrastraba una rabia sorda que apenas disimulaba delante del chico. Se sentía traicionado, humillado y, sobre todo, solo. Solo con un nene que preguntaba por su madre casi todas las noches.

El teléfono vibró sobre la mesada y el nombre en la pantalla lo dejó helado: Escuela Almafuerte. Atendió con la voz cansada de un padre que ya no esperaba buenas noticias.

—Buenas noches, ¿hablo con el señor Damián Ferreyra? —La voz del otro lado era firme y suave a la vez, con ese tono que usan las maestras cuando no quieren alarmar pero tampoco dejar pasar nada—. Soy Vanesa, la maestra de Tobías. Necesito que venga mañana a la escuela. Su hijo está muy distraído, no presta atención y las notas le están cayendo. Creo que es mejor que hablemos en persona.

Damián sintió un nudo en el estómago.

—Claro, maestra. Mañana a las cuatro estoy ahí.

***

Al día siguiente entró al aula vacía con el corazón apretado. Vanesa estaba detrás del escritorio, corrigiendo cuadernos. Era más joven de lo que esperaba, unos treinta y tres, con el pelo castaño recogido en una cola alta que le dejaba el cuello al descubierto. Una blusa blanca ajustada le marcaba el pecho firme, y una falda recta negra se le ceñía a unas caderas anchas. Cuando se levantó para saludarlo, Damián notó cómo la tela se le tensaba en los muslos.

—Gracias por venir, Damián —dijo ella, extendiendo la mano. El apretón fue cálido, un poco más largo de lo normal—. Tobías es un chico brillante, pero últimamente tiene la cabeza en otra parte. ¿Pasa algo en casa que lo esté afectando?

Se sentaron. Damián le contó lo de la separación sin entrar en detalles sucios. Vanesa lo escuchaba inclinada hacia adelante, y él no pudo evitar que la mirada le bajara un segundo al escote, donde se asomaba el borde de un encaje negro. Ella se dio cuenta y no se tapó. Al contrario, sonrió apenas.

—Te entiendo perfectamente —murmuró—. Yo también pasé por algo parecido. A veces los chicos sienten la tensión aunque nadie diga nada.

La reunión duró casi una hora. Al terminar, Vanesa le propuso mantenerse en contacto por el progreso de Tobías y le anotó su número personal. «Por si surge algo urgente», dijo. Damián salió de ahí con la sangre revuelta y una culpa que le pesaba como plomo.

Los mensajes empezaron inocentes. «Tobías estuvo más atento hoy», escribía ella. «Gracias, maestra», respondía él. Pero las charlas se fueron alargando. Vanesa le contaba de su día, de lo cansada que estaba de corregir, de lo sola que se sentía algunas noches. Damián, que al principio contestaba con frases cortas, terminó soltándose. Le habló de las madrugadas mirando el techo, pensando en cómo su ex se había ido sin mirar atrás. Ella le mandó un emoji de abrazo, y después una foto suya en la cama, solo la cara, con el pelo suelto y una sonrisa rendida. «Yo también tengo insomnio», escribió.

***

Dos semanas después se encontraron en un bar cerca de la escuela, «para hablar del nene sin formalidades». Vanesa llegó con un vestido negro corto y botas altas. Se sentaron al fondo y pidieron vino. La conversación fluyó demasiado fácil. Ella le tocaba el brazo cuando se reía; él le miraba la boca cuando hablaba. A la tercera copa, se inclinó sobre la mesa y le dijo bajito:

—Damián, sé que esto no es profesional, pero me gustás. Desde el primer día que entraste al aula. Sos un hombre de verdad, no como los pibes que tengo alrededor.

Él tragó saliva.

—Vanesa… todavía estoy hecho mierda. No quiero complicarte la vida.

Ella sonrió, maliciosa.

—No me la vas a complicar. Solo quiero que me cojas como Dios manda. Hace meses que nadie me toca bien.

Damián pagó la cuenta sin decir una palabra más. La llevó a un hotel a tres cuadras. Apenas cerraron la puerta, Vanesa se le tiró encima. Lo besó con lengua, hambrienta, mientras le soltaba el cinturón. Le sacó la pija ya dura y la miró con los ojos brillantes.

—Mirá la verga que tenés —murmuró—. Justo como me gusta.

Se arrodilló ahí mismo, sin preámbulos, y se la metió entera en la boca. Chupaba con ganas, babeando, mientras le apretaba los huevos con una mano. Damián le agarró el pelo y le marcó el ritmo, empujando hasta que ella largaba un gorgoteo y se le humedecían los ojos.

—Así, despacio —gruñó él, y Vanesa gimió alrededor de la verga, excitada por el trato.

La levantó de un tirón, le subió el vestido hasta la cintura y le bajó la bombacha de un manotazo. Estaba empapada. La acostó boca abajo sobre la cama, le abrió las nalgas y le metió dos dedos mientras le frotaba el clítoris con el pulgar.

—Estás chorreando —le dijo al oído—. ¿Cuánto hace que no te cogen en serio?

—Demasiado —jadeó ella, empujando las caderas contra su mano—. Metémela ya.

Él no se hizo rogar. Se puso un forro y se la clavó de un solo empujón hasta el fondo. Vanesa gritó, arqueando la espalda. La cogió duro, agarrándola de las caderas, estrellándose contra ese culo que rebotaba con cada embestida. El golpe de la piel contra la piel llenaba la habitación junto con sus gemidos.

—Más fuerte —suplicaba ella—. Más fuerte, carajo.

Él le dio lo que pedía. La puso en cuatro, le tomó el pelo como riendas y la embistió una y otra vez, rápido y profundo. Vanesa se vino dos veces, apretándolo por dentro, temblando. Cuando Damián sintió que no aguantaba más, se sacó el forro y terminó sobre la espalda y las nalgas de ella, marcándola con chorros calientes. Vanesa giró la cabeza y se relamió con una sonrisa satisfecha.

***

Después de esa noche se volvieron adictos. Se veían dos o tres veces por semana: en el hotel, en el auto en algún estacionamiento oscuro, en cualquier rincón. Vanesa era insaciable. Le pedía que la cogiera contra la pared, en la ducha, sentada en el borde de la cama con las piernas abiertas mientras él se la comía con la lengua hasta dejarle la cara empapada. Le gustaba que le hablara sucio, que la apretara, que perdiera el control.

Una noche lo invitó a su casa. «Vení y cogeme en mi cama como corresponde.» Damián dudó un segundo, pero terminó yendo, con una botella de vino bajo el brazo. Ella lo recibió en una bata de seda negra, sin nada debajo. Apenas cerró la puerta, se la abrió y le mostró todo.

Lo llevó al dormitorio, una cama grande con sábanas de satén. Damián la acostó y se le subió encima. Le mordió los pezones hasta hacerla gemir, bajó besándole el vientre y le metió la lengua entre las piernas, lamiendo despacio mientras ella le apretaba la cabeza con los muslos.

—Así, no pares —jadeaba Vanesa, moviendo las caderas.

Cuando la sintió al borde, se incorporó, se sacó el pantalón y se la metió de un golpe seco, esta vez sin forro: ella le había jurado que se cuidaba y que lo quería sentir piel con piel. La cogió mirándola a los ojos, apretándole apenas el cuello con una mano. Después la puso de costado, le levantó una pierna y la penetró profundo, lento y fuerte al mismo tiempo. Vanesa se venía sin parar, arañándole la espalda y gritando su nombre.

—Dame por atrás —le pidió de pronto, con la voz quebrada—. Quiero sentirte ahí.

Él se escupió en la mano, le untó el culo y empujó despacio al principio, centímetro a centímetro, hasta entrar del todo. Entonces aceleró, agarrándola de las tetas como manijas, mientras ella se tocaba el clítoris y gemía como loca. Damián terminó adentro, vaciándose con un gruñido, y Vanesa se retorció en otro orgasmo.

Se quedaron jadeando, los cuerpos pegados. Él se levantó a buscar agua. En la cocina, sobre la mesada, vio un portarretrato que no había notado antes. Lo tomó. En la foto, Vanesa sonreía abrazada a un hombre alto, de traje. El hombre era Gonzalo. El mismo que se había llevado a Mariela. El mismo que en el juzgado lo había mirado a los ojos para decirle «lo siento, pero ella me eligió a mí».

***

Damián sintió que el piso se le hundía. Volvió al dormitorio con el portarretrato en la mano. Vanesa abrió los ojos, somnolienta, y lo vio parado ahí.

—¿Qué pasa? —preguntó, incorporándose.

Él tiró el marco sobre la cama. La foto cayó boca arriba, mostrando a Gonzalo con toda claridad.

—Decime que es una broma —dijo con la voz ronca—. ¿Vos sos la mujer del tipo que me robó a mi mujer?

Vanesa se quedó helada un segundo. Después se mordió el labio y sonrió, una sonrisa lenta, casi orgullosa.

—Sí —dijo bajito, sin vergüenza—. Soy la esposa de Gonzalo. Y vos sos el ex de Mariela. El mundo es chico, ¿no?

Damián la miró con la sangre hirviendo. Debería haberse vestido y haberse ido para siempre. Pero Vanesa se arrodilló en la cama, todavía desnuda, y le tomó la verga con la mano.

—Y sin embargo —susurró, acariciándolo—, acá estás. Acabás de cogerme en la cama que comparto con él. Y me vine más fuerte que nunca sabiendo que eras vos.

Él respiró agitado. La verga le empezó a endurecer otra vez en la mano de ella.

—Estás enferma —gruñó.

Vanesa se rió bajito y se la metió en la boca de nuevo, chupando con ganas, mirándolo a los ojos.

—Puede ser —dijo cuando la sacó un segundo—. Pero decime que no te calienta. Decime que no te gusta saber que le estás metiendo la pija al marido de la mujer que te arruinó la vida.

Damián le agarró el pelo y le empujó la cabeza hasta el fondo. La cogió de la boca con rabia, con todo el odio y el deseo mezclados.

—Callate y chupá —le ordenó.

Vanesa gimió alrededor de la verga, feliz, sabiendo que esa noche todavía no había terminado.

***

Lo que Damián no entendía esa madrugada lo entendió con los meses. Vanesa no era solo una mujer infiel buscando sexo. Años de matrimonio con Gonzalo la habían dejado resentida y vacía. Había reconocido el apellido de Mariela en la ficha de Tobías desde el primer día, y en lugar de sentir culpa vio una oportunidad. Mientras su marido la engañaba y la trataba como un mueble, ella se cobró la humillación a su manera: con el hombre que Gonzalo había destrozado. Cada orgasmo era un acto de rebeldía. Lo que empezó como una venganza calculada terminó siendo un placer adictivo, y en el fondo ya no sabía si se acostaba con Damián para herir a su marido o porque había encontrado algo que su matrimonio nunca le había dado.

El divorcio de Vanesa fue rápido, decidido por ella. No quiso explicaciones largas ni escenas. Le dijo a Gonzalo que ya no soportaba su indiferencia ni sus mentiras, firmó los papeles y no miró atrás.

Un jueves a la tarde, casi seis meses después de aquella noche, apareció en la puerta de la casa de Damián. Tobías estaba en lo de su madre ese fin de semana. Cuando él abrió, se quedaron mirándose en silencio.

—Necesitaba verte —dijo ella, con la voz más suave que de costumbre—. ¿Podemos hablar?

Se sentaron en la cocina con dos cafés. Por primera vez, sin la urgencia del deseo ni el veneno de la venganza, hablaron en serio. Vanesa confesó que desde el principio supo quién era él, que había usado esa información como arma, pero que en algún punto el juego se le había escapado de las manos. Damián admitió que al principio solo quería usarla para desquitarse, pero que ya no podía negar que la extrañaba cuando no estaba.

—No sé si esto es sano —dijo él—, pero tampoco quiero seguir fingiendo que no quiero intentarlo.

Vanesa sonrió, esta vez sin malicia.

—Yo tampoco. Quiero intentarlo de verdad. Sin venganzas, sin secretos.

Esa misma noche llegó con un bolso grande y pocas palabras. Apenas cerraron la puerta del dormitorio, Damián la miró con los ojos oscuros.

—Bienvenida a casa —gruñó.

La empujó contra la cama y le sacó la ropa sin paciencia. Vanesa quedó desnuda, agitada, con los pezones duros. Él se desvistió, le abrió las piernas de un manotazo y se hundió en ella de un solo empujón.

—Esta es nuestra cama ahora —le dijo mientras la cogía profundo, sin tregua—. Y vos sos mía.

—Hacé que lo sienta —suplicó ella, clavándole las uñas en la espalda.

La cogió como un animal: la levantó contra el respaldo, la puso en cuatro, le dio cachetadas en el culo mientras la embestía. La hizo venirse dos veces antes de sentarla en el borde de la cama y cogérsela mirándola a los ojos. Cuando estuvo por terminar, la puso de rodillas y la marcó sobre la cara y el pecho.

Vanesa, con la respiración entrecortada, sonrió satisfecha.

—Esta sí que fue una bienvenida en serio —susurró.

Él la levantó, la besó con fuerza y la llevó de nuevo a la cama.

—Esto recién empieza —le dijo al oído.

Y por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos pensó en venganza. Solo en lo que vendría después.

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Comentarios (6)

Romi_84

Que morbazo!! me encantó desde el primer párrafo

DiegoMza

Por favor continuá la historia, no puede quedarse asi!

MartinPaz

Me recordó a cuando fui al colegio de mi hijo y la seño me miraba de una forma... nunca pasé nada pero siempre me quedé pensando jaja. Muy realista el relato.

Luli_Baires

Increible!! lo lei de un tirón

FanDeConfesiones

Muy bien escrito, se nota que es una vivencia real. El detalle del número personal lo dice todo jaja

SolBA

Y despues? como siguió eso? necesito saber

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