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Relatos Ardientes

Se fue sola a la selva harta de hombres tibios

Daniela tenía veintiséis años y había aprendido temprano que su mejor herramienta no estaba en su currículum. Era una sonrisa, esa que se quedaba a medio camino en la comisura de los labios y prometía un secreto que nunca terminaba de soltar. Trabajaba vendiendo espacio de carga para una naviera, lo que en la práctica significaba pasar el día al teléfono y las noches en cocteles, convenciendo a gerentes de que sus contenedores valían más que los de la competencia. Era buena. Vender un flete era casi lo mismo que venderse a sí misma: proyectar seguridad, hacer creer al otro que se llevaba algo exclusivo.

Esa seguridad no la había sacado de un curso de ventas. Se la habían dado años de tarima, de reflectores calientes y de un público que aplaudía cada giro de sus caderas. Había bailado danza folclórica desde adolescente, y el escenario le enseñó a levantar la barbilla, a sostener la mirada de un hombre y a coquetear y rechazar en el mismo gesto. Esa doble cosa era ya su naturaleza.

Su cuerpo delgado, de cintura estrecha, era el lienzo perfecto para esa gracia. No exhibía nada; simplemente entraba a una sala y la temperatura cambiaba. Los hombres la notaban, siempre, unos con disimulo y otros con una torpeza que la hacía sonreír por dentro.

Aquella noche el escenario era un after office en un salón del centro. Olía a perfume caro y a vino tinto. Daniela se movía entre los grupos como quien pertenece, aunque por dentro estuviera de caza. Entonces lo vio: treinta y tantos, traje impecable, el aire de quien jamás ha tenido que pedir nada. Pidió un whisky en la barra.

—¿Un hombre de trago fuerte entre tanto vino? —soltó ella, a su lado, pidiendo lo mismo.

Él se giró, sorprendido.

—Me gusta que las cosas tengan carácter. Sebastián —se presentó, tendiendo la mano—. Gerente comercial. ¿Y tú?

—Daniela. Ventas, en una naviera.

Las semanas siguientes fueron una coreografía. Cenas donde él elegía el vino, cafés donde hablaba de sus proyectos. En cada encuentro ella subía un poco la intensidad: una mano que se demoraba en su brazo, una risa más cerca del oído. Él respondía, pero siempre a un paso de distancia, como si temiera cruzar una línea invisible.

Hasta que una noche, en un italiano de luz baja, ella decidió que era el momento. Se inclinó sobre la mesa, el pelo cayendo como una cortina, el cuello al descubierto.

—¿Sabes lo que me gusta de ti? —preguntó en voz baja—. Que pareces decidido.

Él tragó saliva. Se secó los labios con la servilleta, un gesto torpe que lo delató.

—Mira, Daniela… eres increíble. Pero…

Ese «pero» fue todo. Ella se recostó en la silla y la sonrisa juguetona se le borró de golpe.

—No te preocupes. Se hizo tarde.

Se levantó con una gracia que él no habría podido imitar ni en sueños y salió sin mirar atrás. En la calle, el aire frío le golpeó la cara y sintió esa frustración caliente, mezcla de rabia y deseo contenido, que ya conocía demasiado bien. El coño le latía dentro de la ropa interior, apretado, mojado sin permiso, y odió que un cobarde con corbata la hubiera dejado así.

***

Pasaron tres semanas. Sebastián quedó archivado en el cajón de las frustraciones, junto con otros nombres. El siguiente escenario fue un congreso de la industria en un hotel del sur de la capital: stands, ponencias y más hombres de traje y sonrisa de protocolo. Daniela se había puesto un vestido lápiz azul marino, de tela gruesa que la ceñía como una segunda piel y la obligaba a dar pasos cortos. No necesitaba escote; su figura lo decía todo.

Lo vio en la pausa del café. Gonzalo, director de operaciones de una de las empresas más grandes del puerto. Mayor que Sebastián, canas en las sienes, una presencia que no gritaba: ordenaba. No tenía que presumir; su cargo lo hacía por él.

—Daniela, ¿verdad? —dijo con voz grave—. Vi tu ponencia el año pasado. Interesante.

—Gracias. Aprecio a quien presta atención de verdad —respondió ella, con una sonrisa que no era del todo profesional.

Esa noche hubo cena de clausura. Gonzalo se sentó a su mesa y durante toda la velada su mano se posó como sin querer sobre el muslo de ella, los dedos rozándola cada vez que se inclinaba. Era una posesión sutil, un marcaje de territorio. Y a Daniela, esa audacia la encendió. Por fin alguien que no se asustaba. Bajo el mantel, los dedos gruesos de Gonzalo subieron un par de centímetros más y le apretaron el interior del muslo con una firmeza que le arrancó un jadeo que disimuló con un sorbo de vino. El coño se le apretó de golpe. Cruzó las piernas para atrapar esa mano y sostenerla ahí, contra su carne caliente.

Después la guió del brazo hacia un corro de directores y la presentó como su hallazgo, la mano firme en su cintura, sujetándola con una fuerza halagadora y posesiva a la vez. Ella defendió sus ideas con agilidad, sintiéndose trofeo y jugadora al mismo tiempo.

Fue entonces cuando uno de los hombres más jóvenes del grupo —un tal Joaquín, heredero de una fortuna y de una empresa— se acercó para escucharla mejor y, en un movimiento torpe, le rozó el costado del pecho. No fue grosería, fue un accidente, pero el contacto la recorrió como electricidad. Él se disculpó al instante, rojo hasta las orejas, perdiendo el hilo de lo que decía.

Gonzalo apretó la mano en su cintura y la apartó de aquel muchacho, una advertencia silenciosa. Y ahí Daniela lo entendió: Gonzalo era un poseedor predecible; el joven, inseguridad pura. Estaba atrapada entre dos extremos y ninguno servía.

Se excusó al baño. Frente al espejo se echó agua fría en la cara. El calor entre las piernas era una tortura sin alivio a la vista. Bajó una mano, se levantó apenas la falda ceñida y se tocó por encima de la tanga: la tela estaba empapada, y el dedo, al deslizarse, dejó un hilo brillante que estiró y se llevó a la boca por pura rabia. Se lamió el sabor a sí misma, respiró hondo, recompuso la cara y volvió decidida a inventar una excusa para irse.

Camino al guardarropa, una mano la detuvo. Gonzalo, con la sonrisa de poder ablandada en algo más privado.

—Escapemos de esta fiesta —murmuró—. Subamos a mi habitación. La vista es mejor desde arriba.

La propuesta era tan directa, tan sin imaginación, que casi le arrancó una carcajada. Después de exhibirla como trofeo, creía que bastaba una orden. La excitación se le evaporó de golpe.

—La vista desde tu suite será impresionante —dijo ella, la voz suave como terciopelo y afilada como navaja—. Pero prefiero la de mi propia cama. Es más acogedora.

Y le dio la espalda, sintiendo su mirada clavada, sabiendo que acababa de fracturar el ego de uno de los hombres más poderosos del puerto. Le dio una pizca de satisfacción. Una pizca apenas.

En la puerta del hotel, mientras pedía un taxi, una voz la llamó.

—¡Daniela, espera!

Era Joaquín, llegando un poco agitado.

—Perdón por lo de la cena. Fue muy torpe de mi parte.

Ella lo miró. Sin el aura de Gonzalo, sin la falsa seguridad de Sebastián, era solo un chico guapo que se sentía mal. Agotada de tanta estrategia, la sinceridad le supo a bálsamo.

—Tranquilo. Fue un accidente.

—Déjame compensarte. Un trago, ahora que podemos hablar sin que nadie te toque.

El comentario lo hizo sonrojarse otra vez y a ella le sacó una risa. Aceptó. En un bar tranquilo la conversación fluyó de verdad: música, lo absurdo del mundo corporativo, las ganas de viajar. Por primera vez en mucho tiempo se sintió cómoda. Cuando él propuso una cita de verdad, un sábado sin trajes ni gente de trabajo, ella le dejó su número con una chispa de optimismo. Quizás este sea distinto, pensó.

***

El sábado, Joaquín no canceló ni llegó tarde, y eso ya era un punto a su favor. La llevó a un lugar sin pretensiones, música suave, buena luz. Hablar con él fue fácil; no presumía, escuchaba de verdad. Daniela se rió más de lo que esperaba.

Después fueron a bailar, y ahí empezó el problema. Él no era terrible, pero tampoco bueno: movimientos duros, siempre un poco fuera de tiempo. Ella le dio espacio, le marcó el ritmo, se acercó hasta casi rozarlo. Él respondía, pero siempre tarde.

Cuando la música bajó, ella se giró y acortó la distancia. Lo besó. Un beso regalado, fácil. Y Joaquín se quedó quieto un segundo. Un segundo. Suficiente. Ese microsegundo en que dudó, en que pensó demasiado, en que dejó de fluir, lo rompió todo.

Ella terminó el beso sin emoción, más por cerrar la escena que por ganas. Se separó y lo miró con una expresión que ya no tenía interés, solo evaluación.

—Qué pena —ladeó la cabeza—. Ibas bien. Pero te caíste al final.

Tomó su bolso.

—Tranquilo. No eres el primero. —Ni el último, pensó, aunque eso no lo dijo.

Le dejó un beso en la mejilla y se fue sin mirar atrás. No estaba molesta. Solo aburrida.

***

El taxi la dejó frente a su casa. Sebastián. Gonzalo. Joaquín. Tres nombres, tres intentos, el mismo final. Entró en silencio para no despertar a su madre y subió a su cuarto, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria.

Se quitó los zapatos casi a tirones y se dejó caer de espaldas en la cama. No era solo el orgullo lo que le pesaba: era el cuerpo, ese calor constante que llevaba semanas, meses, casi un año ignorando desde la última vez que la habían tocado. Demasiado tiempo sin una polla dentro, sin unas manos apretándole las tetas, sin el peso de un hombre encima. El coño le pulsaba como si tuviera vida propia, hinchado, hambriento, exigiendo atención.

Sus manos subieron por el abdomen, rozando la tela del vestido, hasta detenerse sobre los pechos. El contacto leve le cambió la respiración. Dejó que el peso de las palmas se hundiera y buscó los pezones bajo la tela: los pellizcó entre el índice y el pulgar hasta sentirlos erguidos, duros como piedritas, mordiéndose el labio para contener un sonido que no quería soltar.

Una mano bajó. Los dedos se deslizaron sobre la tela hasta encontrar el borde, buscando el espacio entre el cuerpo y la ropa. El primer contacto a través de la ropa interior fue un choque eléctrico: la tanga estaba empapada, pegada a los labios del coño como una segunda piel, y no era solo el calor, sino la necesidad de sentirse elegida, aunque fuera por ella misma.

Forcejeó con el botón de la cintura hasta que el vestido cedió y el aire frío le rozó la piel. Se sacó la tanga de un tirón y la lanzó al suelo. Liberada, la mano volvió abajo, y los dedos se hundieron entre los labios mojados, resbalando en su propia humedad. El dedo medio dio con el clítoris, ya hinchado, y ella soltó un jadeo largo que ahogó contra el hombro. Empezó a dibujar círculos lentos, precisos, como si estuviera negociando con su propio cuerpo, mientras la otra mano apretaba y amasaba un pecho, tirando del pezón hasta que el dolorcillo se mezclaba con el placer.

—Mmm… —un sonido ronco rompió el silencio del cuarto.

Bajó dos dedos hasta la entrada del coño y los metió de golpe. Estaba tan mojada que resbalaron enteros sin resistencia. Curvó las yemas buscando ese punto suave por dentro y empezó a bombearse, primero midiendo, después con seguridad. El sonido húmedo, obsceno, de sus dedos entrando y saliendo llenó el cuarto y la hizo apretar los dientes para no gritar. Se imaginó una polla ahí, una polla dura y ancha empujándola contra el colchón, y las caderas empezaron a acompañar el movimiento, buscando fricción, el ángulo exacto.

Recogió las rodillas, abrió las piernas de par en par, y volvió al clítoris con el pulgar mientras los dedos seguían entrando y saliendo con una urgencia que casi dolía. Se pellizcó el pezón con más fuerza. El cuerpo se tensó de golpe; los dedos de los pies se le encogieron, las uñas se clavaron en la sábana, las piernas se cerraron en torno a su mano y, con un grito ahogado que amortiguó contra la almohada, la espalda se arqueó y el coño se le contrajo alrededor de sus propios dedos, apretándolos con espasmos que iban y venían. Cayó sobre el colchón, jadeando, cubierta de sudor, los dedos brillantes hasta los nudillos.

Se quedó tendida, el pecho subiendo y bajando sin ritmo. Se llevó los dedos mojados a la boca y los chupó, saboreándose. Había conseguido lo que buscaba, sí. Pero el alivio duró poco, y esa incomodidad sin nombre regresó demasiado rápido, recordándole que no era lo mismo. Nunca lo era. Un dedo no llena lo que llena una polla.

—Qué flojera —murmuró, un brazo sobre la frente.

El celular vibró entre las sábanas. Una historia de su amiga: sonriendo, el pelo suelto al viento, un fondo de selva abierta que contrastaba con la quietud del cuarto. Siguieron más: risas, tragos, sol, libertad. Nada de eventos, nada de hombres midiéndose frente a ella. Solo momentos simples.

Daniela las repitió, prestando atención a los detalles. Esa ligereza era exactamente lo que necesitaba. No otra cita, no otro intento fallido.

—Me voy a ir —murmuró, y una sonrisa se le formó sola—. Sola.

Y por primera vez en toda la noche la decisión no venía con frustración, sino con algo parecido a la anticipación.

***

El traqueteo de la camioneta se mezclaba con el murmullo de la selva. Daniela miraba por la ventana el verde infinito y, sin darse cuenta, soltaba tensión. El aire era distinto, más húmedo, más vivo. Por primera vez en semanas no tenía que fingir interés ni medir cada gesto.

Llevaba un par de días haciendo cosas que no encajaban en su rutina: caminatas donde terminaba riéndose al perder el equilibrio en el barro, baños en cascadas frías que le arrancaban carcajadas, tragos locales que no sabía pronunciar pero igual pedía. No tenía que impresionar a nadie, y eso, para ella, era casi un lujo.

El guía hablaba sin parar desde el asiento delantero, con la energía de quien no repite un discurso sino que lo vive. Pero Daniela notó el detalle: cada vez que remataba una historia, sus ojos la buscaban a ella en el espejo retrovisor. No era invasivo. Pero estaba ahí, constante.

—Y si se pierden por aquí, igual los encontramos… o se quedan, que tampoco sería mala idea —dijo, y su mirada se cruzó con la de ella en el reflejo.

Daniela alzó apenas una ceja, con esa media sonrisa de quien entiende el juego sin hacerlo evidente. Sostuvo la mirada un segundo de más y volvió al paisaje.

De noche regresaba al hotel cansada pero ligera, se duchaba con calma y salía sola, sin planes, a bares donde la música lo llenaba todo. Bailaba como sabía, con esa mezcla de control y soltura que la tarima le había dejado en el cuerpo, sin buscar pareja. Las miradas llegaban, pero esta vez no había interés real detrás, y eso la hacía sentir más libre.

Fue en una de esas noches, en una pista llena y luces cambiantes, cuando lo sintió antes de verlo. Una presencia que se acercaba con decisión. Giró sin dejar de moverse y ahí estaba él, el guía.

—¿Te escapaste del grupo o esto es parte del tour? —dijo con una sonrisa amplia, un poco agitado.

—Depende —respondió ella, inclinándose para que la oyera sobre la música—. ¿Incluye guía personalizada o es un extra?

—Para algunos hago excepciones. Tomás —dijo, tendiéndole la mano.

La conversación fluyó con una naturalidad inesperada. Daniela se descubrió riendo, midiendo, provocando apenas lo justo. Tomás no retrocedía: recogía cada broma y la devolvía sin esfuerzo. Había en él una seguridad que no necesitaba imponerse.

—¿Bailas o solo vienes a criticar a los demás? —dijo él, ladeando la cabeza hacia la pista.

—Depende de si vales la pena —respondió ella, dejándose llevar cuando él tomó su mano.

En la pista, la diferencia fue inmediata. Tomás no solo seguía el paso: lo entendía. Se acoplaba, le daba espacio cuando ella lo pedía y lo acortaba cuando la dinámica lo permitía. Sus manos encontraron su cintura con firmeza, guiándola sin invadir, y el roce dejó de ser casual. Lejos de incomodarla, le arrancó esa sonrisa ladeada de quien sabe exactamente el efecto que está causando. En un giro él la pegó de espaldas contra su pecho y ella sintió, sin duda, el bulto duro apretado contra el culo. No lo disimuló, no se disculpó. Solo dejó la mano abierta en su vientre, más abajo del ombligo, marcándola. A Daniela se le escapó una risa baja y meneó las caderas contra esa dureza, provocándolo con lentitud.

—No bailas mal —murmuró ella cerca de su oído.

—Tú tampoco —respondió él, sin intentar impresionarla.

Terminaron en la barra, la energía aún flotando entre ambos.

—En mi departamento hay mejor música y menos gente —dijo Tomás, directo, sin rodeos—. Si te animas.

No había insistencia ni presión, solo una seguridad tranquila. Daniela lo midió un segundo. No estaba jugando a lo mismo que los otros: no la perseguía ni le huía. Simplemente proponía.

—Un rato —dijo al fin, con media sonrisa—. No te emociones.

***

El departamento era sencillo, ordenado, sin nada que intentara impresionarla, y eso le sumaba. Tomás preparó un trago sin prisa, sin mirarla cada dos segundos para confirmar que seguía ahí. Ese detalle no le pasó desapercibido: estaba acostumbrada a ser el centro evidente, y aquí la atención estaba, pero no se imponía.

—Cuidado, este engaña —dijo, tendiéndole el vaso. Sus dedos le rozaron los de ella apenas.

—A ver si vale la pena —murmuró ella, probándolo.

La música baja marcaba un ritmo lento. Daniela dejó de girar el vaso. El silencio se había vuelto denso, casi húmedo sobre la piel. Dio un paso, lo suficiente para entrar en su espacio sin tocarlo todavía.

—¿El tour incluye tocar al guía o es servicio extra? —susurró, dejando que las manos cayeran sobre el pecho de él, sobre el botón de la camisa. Sintió el latido debajo, rápido pero estable.

—Depende de lo que el cliente pida —respondió él, sin moverse, con una calma que la irritaba y la encendía a partes iguales.

Estaba harta de los que prometían y no traían. Le dio una palmada suave en el pecho, empujándolo hacia atrás.

—No quiero esperar más, Tomás. ¿Seguro que puedes con esto?

—¿Qué estás esperando? —respondió él. No era una invitación. Era un reto.

Y eso bastó. Se inclinó y lo besó, directo, voraz, sin darle tiempo a titubear. Tomás respondió al instante, las manos en su cintura, aferrándola contra él con una fuerza que la hizo gemir dentro de su boca. Un beso de lengua, sucio, con dientes que le mordieron el labio inferior hasta arrancarle un gemido. El calor que llevaba acumulado todo el mes estalló en ese primer beso. Ella metió una mano entre los cuerpos y apretó la polla de él por encima del pantalón: estaba dura, gorda, palpitando bajo la tela. Sonrió contra su boca al notarlo.

—Vaya —susurró—. Sí que estabas listo.

—Desde que te vi bajar de la camioneta —gruñó él, y le mordió el cuello.

La llevó hacia la cama de un tirón. Ella cayó sobre los almohadones, el vestido revuelto hasta la cintura, y él se lanzó sobre ella sin dejar espacio entre los cuerpos. La ropa se volvió un estorbo. Desató el botón con una rapidez que la dejó sin aliento y le deslizó el vestido por los hombros, dejándola en sostén y tanga. Le arrancó el sostén con impaciencia; las tetas pequeñas y firmes le saltaron a la cara y él se lanzó sobre ellas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro con dos dedos. Le mordió, con la fuerza justa para que doliera y le encantara. Daniela le hundió los dedos en el pelo y le empujó la cabeza contra su pecho.

—Sí, así, muérdelas —jadeó.

Él bajó a lamerle el vientre, siguió por el hueso de la cadera y le enganchó la tanga con los dientes. Se la sacó tirando hacia abajo, lento, arrastrándola por las piernas hasta lanzarla lejos. Ella quiso cerrar las piernas, avergonzada por la humedad que ya la delataba, pero él la detuvo con una mano firme en cada rodilla, abriéndoselas de par en par, poniéndose entre ellas.

—Dios… mira cómo estás —murmuró él, la mirada fija en el coño abierto y brillante ante su cara—. Empapada.

—Cállate y cómemelo —soltó ella, ya sin filtros.

No esperó a que se lo repitieran. Su cabeza descendió y, cuando su lengua la encontró, el mundo desapareció. La lengua ancha, plana, le lamió todo el coño de abajo hacia arriba, terminando con un chupón sobre el clítoris que la hizo saltar.

—¡Mierda! —gimió ella, arqueando la espalda, clavándole las uñas en los hombros.

No fue gentil. Fue voraz, y sabía lo que hacía. Le separó los labios con dos dedos, dejó el clítoris al aire y lo azotó con la punta de la lengua, rápido, insistente. Después metió dos dedos, los curvó y empezó a golpearle ese punto suave por dentro mientras la lengua no paraba de girar sobre el botón hinchado. El sonido de succión, de dedos hundiéndose en algo mojado, era obsceno y llenaba el cuarto.

—Así, así, no pares, no pares, joder —gemía ella, retorciendo las caderas contra su cara, agarrándole el pelo con las dos manos, restregándose sin vergüenza contra su boca.

Él le hundió un tercer dedo, la estiró un poco más, y ella perdió la noción del tiempo. Las piernas empezaron a temblarle, los muslos se cerraron en torno a la cabeza de él, el labio mordido para no gritar. El primer orgasmo no esperó: una ola repentina que la sacudió de pies a cabeza, el coño contrayéndose alrededor de sus dedos, un chorro de líquido tibio empapándole la mano y la barbilla, mientras ella ahogaba el grito contra su propio brazo. Tomás no paró; siguió lamiendo mientras la sacudida seguía, alargándole el orgasmo hasta que ella tuvo que empujarle la frente porque no aguantaba más.

—Para, para, es demasiado —jadeó, riéndose sin aire.

Él alzó la cabeza con la boca brillante, la barbilla mojada, y se relamió con una sonrisa. Pero Daniela no quería ser el premio pasivo. Quería el poder, por primera vez en un año. Con una fuerza que lo sorprendió, le empujó el pecho y lo obligó a caer de espaldas en el colchón.

—Ahora te toca a ti —dijo, la voz ronca.

Se sentó a horcajadas sobre sus muslos y le abrió el cinturón. Le bajó el pantalón y el bóxer de un tirón, y la polla saltó libre, dura, gruesa, la punta ya perlada de líquido. Daniela se mordió el labio: era mejor de lo que se había imaginado. La rodeó con la mano en la base, sintiéndola caliente, palpitando contra la palma, y le dio dos, tres pajas lentas antes de bajar la cabeza.

Primero lamió, larga y sucia, desde la base hasta la punta, siguiendo la vena gruesa por debajo. Le rodeó el glande con la lengua, se lo metió en la boca hasta la mitad y volvió a sacarlo con un chasquido húmedo. Después se lo tragó de golpe, todo, sintiendo la punta chocar contra el fondo de la garganta.

—Mierda, Daniela… —jadeó él, la cabeza cayendo hacia atrás, los dedos perdiéndose en su pelo.

Ella se hizo con el ritmo. Subía y bajaba, hueca las mejillas, chupando fuerte, la mano trabajando lo que la boca no cubría. La saliva le caía por el mentón, sobre los huevos de él, y ella la usaba para deslizarse mejor. Le miró desde abajo, los ojos brillando, y él soltó un gemido ronco al verla mamársela con esa mirada.

—Si sigues así, me corro —jadeó él, tirándole del pelo para intentar sacarla.

Ella no se dejó. Aceleró, aflojó la garganta y le tragó la polla hasta la base, la nariz contra su vientre, y se quedó ahí, tragando alrededor del glande. Él aguantó dos segundos y estalló. Ella sintió los espasmos, la polla latiendo dentro de su boca, y no soltó. Un chorro caliente, otro, otro; tragó todo lo que le vino, sin perder una gota, mientras seguía chupando lento hasta que él la soltó gimiendo, agotado.

Sacó la polla con un chasquido y le pasó la lengua por la punta para limpiarla. Estaba todavía dura, apenas más blanda, lista para seguir.

—Qué bueno que aguantas —susurró ella, sorprendida y encantada, con la boca todavía mojada.

Tomás se levantó, la lujuria entera en los ojos, y la alzó en el aire con una facilidad inesperada. Ella le rodeó la cintura con las piernas y se besaron contra la pared, las lenguas enredadas —él saboreándose a sí mismo en la boca de ella—, mientras él la sostenía con una mano en el culo y la otra apretándole una teta.

—¿Seguro que puedes con esto? —gimió ella, sintiendo la punta de la polla presionando su entrada empapada, resbalando entre los labios.

No necesitó más. La bajó hacia sí con un movimiento firme y lento, ensartándola de un empuje que la llenó por completo. Daniela gritó contra su cuello al sentirse abierta, estirada, la polla tocándole hasta el fondo.

—¡Joder, sí, así! —gritó ella, la cabeza cayendo hacia atrás contra la pared—. No te detengas, no te atrevas.

Él empezó a moverse, apretándola contra la pared con cada empuje. Sacaba la polla casi entera y la volvía a meter de un golpe seco. El sonido de los cuerpos chocando, del culo de ella pegando contra la pared, llenó la habitación. Cada embestida más profunda, más brutal, las uñas de ella marcándole los hombros y la espalda.

—Más, más fuerte —le exigía al oído—. Fóllame como se debe.

Él gruñó y aceleró, embistiéndola contra la pared hasta que a ella le zumbaron los oídos. Cuando le empezaron a temblar los brazos, la cargó todavía ensartada hasta la cama. La despegó de él con un tirón húmedo y la giró, dejándola boca abajo. La levantó de las caderas hasta que quedó de rodillas, el cuerpo estirado y el trasero en el aire, la cara contra el colchón.

—¿Lo quieres? —preguntó ella, mirándolo por encima del hombro, meneando el culo para provocarlo.

Por respuesta, una palmada seca en la nalga que la hizo tensarse y soltar un juramento. Después otra, y otra, hasta que el cachete se le puso rojo y ella empujó el culo pidiendo más. Tomás se arrodilló detrás y le pasó la punta de la polla por todo el coño, empapándose, antes de hundírsela hasta los huevos de un solo empuje. El ángulo era más profundo, la sensación más intensa. Empezó lento, sacándola casi entera y volviendo a entrar, y fue ganando ritmo hasta golpearla con toda la cadera. El sonido de las nalgas de ella recibiendo los golpes de las caderas de él era seco, obsceno, constante.

—Más duro, joder, más duro —exigió ella, empujando las caderas hacia atrás para recibirlo entero—. Rómpeme el coño.

Él le agarró un mechón de pelo y le echó la cabeza hacia atrás, arqueándola. Con la otra mano le clavó los dedos en la cadera y aceleró, follándola con una violencia limpia, exacta. Le pasó un pulgar mojado en saliva por el agujero del culo y presionó un poco, sin meterlo, solo para ver cómo ella temblaba de la cabeza a los pies y gritaba contra las sábanas. —Ay, Dios, sí, así, no pares…

Lo sintió antes de verlo: las manos de él tensándose, la respiración perdiendo el control. Y eso le gustó. Sonrió, se inclinó un poco más… y entonces, sin aviso, frenó las caderas, lo justo para romperle el ritmo.

—Espera —susurró, deslizándose hacia atrás hasta dejarlo salir con un chasquido húmedo.

Antes de que él reaccionara, se giró y lo empujó de espaldas sobre la cama. Se colocó encima, acomodándose sobre su polla como si ese lugar siempre hubiera sido suyo. Se agarró la base con una mano, se la puso derecha y se dejó caer despacio, ensartándose centímetro a centímetro hasta que se sentó sobre sus muslos con la polla enterrada entera.

—Ahora me muevo yo —murmuró, y empezó.

No fue torpe ni lento: era preciso, con propósito, la cintura rotando en pequeños ochos para que cada golpe le diera un placer distinto. Como si bailara, solo que la música era el sonido húmedo de su coño tragando su polla una y otra vez. Se levantaba hasta dejar solo la punta dentro y se dejaba caer de golpe, chocando el culo contra los muslos de él. Las tetas le saltaban con cada rebote. Tomás se las tomó, se las llenó las manos, tirando de los pezones, y después bajó a sujetarle las caderas para guiarla, arriba y abajo, con más fuerza.

—Así, así, sigue así —jadeaba él, mirándola cabalgarlo.

Ella se inclinó y se besaron con desesperación mientras seguía subiendo y bajando, tomándolo casi hasta la punta antes de hundirse hasta el fondo. Él le mordió el cuello. Ella le tiró del pelo. Le sintió la polla creciendo dentro, palpitando, y supo que estaba cerca. Aceleró, rebotando sobre él con toda la fuerza que le quedaba, buscando su propio orgasmo.

—Córrete dentro —le exigió al oído, la voz quebrada—. Dámelo todo. Lléname.

Él no aguantó más. El cuerpo se le tensó, le clavó los dedos en el culo y, con un último movimiento profundo, la clavó contra sí y se corrió dentro de ella con un gruñido animal. Daniela sintió el calor estallar en su vientre, chorros gruesos, uno tras otro, y ese calor tibio empapándola por dentro fue lo que la empujó al borde. Se arqueó, gritando contra el hombro de él, el coño apretándose alrededor de la polla en espasmos largos que le exprimían hasta la última gota. Cuando terminó, se dejó caer sobre su pecho, sudada, temblando, sintiendo el semen escurriéndosele por el muslo.

No pararon ahí. No hubo planes ni pausas. Diez minutos después él ya la tenía otra vez apoyada sobre el respaldo de una silla, doblada por la cintura, follándola por detrás mientras le miraba el reflejo en el vidrio de la ventana. La cargó a la mesa de la cocina, la sentó al borde, le abrió las piernas y le comió el coño hasta que ella se corrió otra vez, tirando una copa que terminó rota contra el suelo. Después la puso en cuatro sobre la alfombra, la agarró del pelo y se la folló como si quisiera partirla, hasta que ella se dejó caer boca abajo y él terminó pintándole la espalda de semen. Cada posición, una oportunidad de olvidar el trabajo, el estrés y las decepciones de la capital. Daniela, por fin, soltó todo el peso que cargaba. Gritó, se rió, se mordió el labio, se corrió tres veces más antes de perder la cuenta, hasta que ambos quedaron exhaustos, pegajosos, tirados sobre el colchón revuelto.

***

La luz de la mañana se filtró tibia entre las cortinas, cayendo sobre su piel desnuda. Daniela abrió los ojos con el cuerpo pesado pero distinto. No era el cansancio incómodo de otras noches: era un agotamiento limpio, profundo, como si por fin hubiera vaciado todo lo que llevaba dentro. Le dolían los muslos, tenía marcas de dedos en las caderas y una mordida en el hombro que iba a durar días. Una sonrisa se le escapó sola. Por fin.

Giró buscando calor al otro lado, pero el espacio estaba vacío. Se puso un polo enorme que encontró en una silla y caminó hacia un leve sonido metálico. Tomás estaba en la cocina, de espaldas, con olor a café recién hecho y algo en la sartén.

—¿Desde cuándo haces desayuno post-tour? —comentó ella, apoyada en el marco de la puerta.

—Desde que vale la pena —respondió él, iluminándose al verla—. Siéntate.

Comieron en silencio un rato, ella tranquila, sin prisa. Hasta que él apoyó los codos en la mesa.

—Lo de anoche fue increíble. Pero no solo eso. Conectamos, ¿no? Me gustaría seguir viéndote.

Daniela levantó la mirada apenas, sin dejar de masticar. Soltó una risa corta. No cálida, tampoco cruel. Incrédula.

—Tomás… ¿de qué hablas?

—De nosotros.

Ella dejó el tenedor con suavidad.

—No hay «nosotros» —lo dijo sin dureza, pero sin espacio para interpretaciones—. Lo de ayer fue lo que fue. Y ya.

Él frunció el ceño, intentando encajarlo. Quiso insistir, pero ella ya no estaba para esa conversación. Respondía con monosílabos, asentía por inercia. No había malicia: simplemente había cerrado el capítulo.

Se duchó sin apuro, dejando que el agua se llevara los restos de la noche, el semen seco de los muslos, el sudor del pelo. Se sentía limpia, ligera, en paz. Al salir, vestida y con el pelo húmedo, Tomás todavía esperaba, como si quisiera retener algo.

—Oye, en serio, podríamos…

—Gracias, Tomás —dijo ella, mirándolo por fin a los ojos—. De verdad. La pasé bien.

No era una despedida fría, pero tampoco una invitación. Le dio un beso corto en la mejilla y se dirigió a la puerta.

—Cuídate.

El aire fresco de la mañana le dio de frente. Caminó sin mirar atrás, con una sensación nueva instalándose en el pecho. No era euforia ni emoción. Era alivio.

Días después, de vuelta en la capital, todo parecía igual… pero no lo era. Volvió a sus rutinas, a su trabajo, a los eventos. Solo que esta vez no había presión, no había urgencia. Por primera vez en mucho tiempo, no estaba buscando nada. Y eso la hacía sentir lista.

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Comentarios(8)

ElenaViajera

Me engancho desde el primer parrafo. Que bueno!!

MalenaMF

Cuanto falta para la segunda parte?? me quede con muchas ganas de saber mas

ClaroOscuro

Bien escrito, se nota que fue algo real. De esas historias que te hacen pensar un rato despues de leerlas.

Gabriela_Noc

Me recordó algo que me paso viajando sola hace unos años. Esa sensacion de liberarse de todo... muy autentico lo que describe.

Nachi_cba

tremendo relato!!! sigue asi

JuanMario_R

Es real esto que contas? porque se siente muy genuino, no parece inventado para nada.

Marco_uy

El desconocido aparece justo cuando tiene que aparecer. Buen ritmo, nada de apuro en la narracion.

Loky85

jajaja 'hombres tibios'... tremenda descripcion, muy exacta jaja

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