Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que mi esposa hacía cuando salía con sus amigas

Hoy se cumplen treinta y cinco años desde que firmé los papeles con Mariana y, mirándolo en perspectiva, todavía me cuesta entender cómo viví los primeros cinco años de matrimonio sin sospechar nada. Cinco años creyendo que aquella mujer era exactamente la persona que decía ser, hasta que con el tiempo me enteré de que solo el primer mes había sido del todo mío. Después apareció en su vida un empresario brasileño con el que había salido antes de conocerme, y a partir de ahí todo fue una sucesión interminable de encuentros que ella supo esconder a la perfección.

Lo más curioso es que yo la facilitaba sin saberlo. Confiaba en ella ciegamente y celebraba sus planes con sus amigas, sus cenas de oficina, sus viajes a casa de la hermana en la costa. Hubo noches en las que yo mismo la dejé en la puerta de un edificio creyendo que la esperaba un cumpleaños y, según supe muchos años después, dentro la esperaban dos hombres y una botella de whisky, con el coño ya húmedo antes de subir al ascensor.

Mariana tenía esa inteligencia callada de quien observa antes de hablar. Sabía qué excusa servía para cada ocasión, sabía cuándo abrazarme con más fuerza para sellar la mentira y, sobre todo, sabía que yo no iba a hacer preguntas incómodas. No lo hacía por crueldad. Lo hacía, según ella misma me confesó después, porque entendió desde joven que el placer era una cosa y el matrimonio otra muy distinta, y nunca quiso renunciar a ninguno de los dos. Ni a la casa con jardín ni a las pollas ajenas que la reventaban dos veces al mes en cuartos de hotel.

Hoy quiero contar una de aquellas historias. Una entre muchas, pero seguramente la primera que me dejó esa sensación rara de haber estado en el sitio equivocado en el momento equivocado, sin enterarme absolutamente de nada.

Era viernes y yo arrastraba un problema serio en el banco. Una cuenta corporativa se había descalibrado por culpa de un cargo duplicado y, si no lo resolvía antes del lunes, me jugaba el puesto. Llevaba toda la semana sin dormir bien y aquella tarde, cuando mis compañeros me invitaron a la cervecería de siempre, dije que no. Solo quería llegar a casa, comer cualquier cosa, tomarme media pastilla para dormir y desaparecer hasta la mañana siguiente.

Llegué a casa sobre las siete. Mariana ya estaba arriba, en el dormitorio. Encendí el estéreo del salón, puse un viejo disco de boleros que me había regalado mi padre y abrí una cerveza. Quería pensar. Hice dos llamadas a colegas del banco para pedir ideas, anoté nombres y números en una libreta, y mientras tanto la oí moverse por encima de mi cabeza. Tacones contra el suelo. Cajones que se abrían y cerraban. La ducha. El secador.

Cuando bajó por las escaleras, levanté la vista y por un instante olvidé el problema del banco. Llevaba un vestido negro corto, con dos aberturas a los lados que le subían por encima de la cadera. Zapatos de tiras finas y muy altos. El pelo recogido a un costado, dejándole el cuello al descubierto. Olía a un perfume que yo no le conocía.

—Qué milagro, papi. ¿Tú en casa un viernes? —me dijo en cuanto me vio, con esa sonrisa de medio lado que siempre usó para desarmarme.

Le contesté con un beso en la mejilla y le pregunté a dónde iba tan arreglada. Ella se acercó al espejo del recibidor, sacó un labial color vino de un bolso minúsculo y se repasó los labios sin mirarme.

—Voy al departamento de Lorena, una compañera del piso de arriba. Cumpleaños de la hija, pero después nos quedamos un rato las grandes a tomar algo.

Sonó una bocina en la calle. Mariana giró la cabeza hacia la ventana, asintió como si la estuvieran apurando y vino hasta mí. Me dio un beso largo, demasiado largo para una despedida normal.

—¿Vas a tardar mucho? —pregunté.

—Ni idea, papi. Mejor te duermes. Sabes cómo son estas cosas, empezamos a hablar y se nos hacen las cinco.

—Igual me tomo una pastilla. No aguanto más sin dormir.

—Tómatela, mi amor. Descansa. Mañana te encuentro fresquito.

Se inclinó otra vez, me besó en la frente y caminó hacia la puerta. La vi alejarse, las caderas marcándose con cada paso, las dos aberturas del vestido abriéndose y cerrándose como obturadores, dejando ver que no llevaba nada debajo. Pensé, con esa ingenuidad que solo entiendo hoy, qué suerte tenía de que se fuera con sus amigas y no a un sitio donde la mirara alguien más.

La puerta se cerró. Me quedé un momento mirando el espacio que ella había dejado, fui a la cocina, calenté un guisado del día anterior, comí sin ganas y subí al dormitorio. La pastilla hizo efecto antes de que terminara el segundo capítulo de la serie. Caí redondo.

***

Me desperté con el sol entrando por la ventana y la sensación tibia de un cuerpo al lado del mío. Mariana dormía bocabajo, con el pelo revuelto y una marca de almohada cruzándole la mejilla. La pintura del labial seguía intacta en una esquina de la boca. Bajé a la cocina, hice dos cafés bien cargados y volví al cuarto.

—Buenos días, mi amor. ¿Cómo amaneces? Vendrías hecha polvo, ¿no? —le dije mientras le dejaba la taza en la mesilla.

Ella se desperezó despacio, sonrió con los ojos todavía cerrados y se incorporó apoyándose en los codos.

—No, papi, no bebí casi nada. Pero la pasé increíble. Quedamos en repetirlo pronto.

—Me alegro, mami. Te hace falta soltarte con tus amigas.

Mariana me miró por encima de la taza, con una sonrisa que en aquel momento me pareció pícara y que años después entendí como otra cosa.

—Mis amigas locas… ya te imaginas.

No me imaginaba nada. Le acaricié la espalda por encima de la sábana, me bebí el café y volví al asunto del banco, que el lunes acabó resolviéndose con menos drama del esperado.

***

Tardé casi veinte años en saber qué había pasado aquella noche. Y lo supe porque ella misma quiso contármelo, ya cumplidos los cincuenta, durante una sobremesa larga en la que habíamos abierto la segunda botella de vino y nos habíamos quedado solos. Llovía. Hablábamos de cosas viejas. De pronto bajó la voz, me miró desde el otro lado de la mesa y dijo:

—¿Te acuerdas del viernes aquel en que llegaste reventado del banco y te tomaste una pastilla?

Tardé en ubicarlo. Habían pasado tantos viernes parecidos. Pero algo en su tono me hizo prestar atención.

—Más o menos. ¿Por qué?

—No fui al cumpleaños de la hija de Lorena. Lorena no existía. La bocina que sonó era de Esteban.

Esteban era un comerciante de Mendoza que pasaba por la oficina de Mariana una vez al mes a renovar pólizas. Yo le había estrechado la mano un par de veces en eventos del trabajo. Tendría diez años más que yo, hombros anchos, una manera de mirar a las mujeres que entonces me había parecido simpática.

—Ese día Esteban estaba en la ciudad por un congreso —siguió ella, sin apartar los ojos del plato—. Me había escrito al mediodía preguntándome si podía verme a la noche, y yo le había dicho que sí. Cuando llegaste temprano del banco casi me da algo, porque ya estaba todo preparado. Estaba depilada de arriba abajo, papi. Recién duchada, con el coño liso y el culo perfumado para él. Pensé en cancelar, pero te vi tan cansado, tan dispuesto a tomarte la pastilla, que me dije que era una señal.

Dejé el vaso en la mesa con más cuidado del necesario. Quería que terminara de contarlo.

—Me llevó a un apartamento que alquilaba la empresa para los viajes de sus ejecutivos. Un piso quince con vista al río. Subimos sin hablar. En cuanto cerramos la puerta me empujó contra la pared del recibidor y me metió la lengua hasta la garganta. Tenía las manos por todas partes a la vez, una me apretaba una teta por encima del vestido y la otra ya me había levantado la falda y estaba entre mis piernas. Me metió dos dedos de golpe, sin avisar, y se rio bajito al notar cómo estaba de mojada. "Viniste con el coño listo, puta", me dijo al oído. Y a mí me temblaron las rodillas de oírlo. Me arrancó el vestido antes de llegar al sofá, botones saltando por todos lados. Me quedé desnuda en el recibidor, con los tacones puestos, y él todavía vestido. Se sentó en el sofá y me obligó a arrodillarme entre sus piernas.

—Mariana… —quise interrumpirla, pero ella levantó la mano.

—Déjame terminar, papi. Vas a escuchar todo. Le abrí el cinturón, le bajé el pantalón y le saqué una polla que no me esperaba. Gruesa, larga, con las venas marcadas, mucho más que la tuya, y perdóname que te lo diga así. Me la metí en la boca sin pensarlo. La chupé como una hambrienta, papi, hasta el fondo, haciendo ruido, dejando que se me cayera la saliva por la barbilla. Él me agarraba del pelo y me la clavaba en la garganta, y yo me ahogaba y volvía a subir para tomar aire, y bajaba otra vez. Le lamí los huevos uno por uno mientras le hacía una paja con la mano. Me miraba desde arriba y me decía guarradas, que era una cerda, que qué bien mamaba, que iba a follarme por todos los agujeros. Y cuanto más me insultaba, más se me escurría el coño por dentro de los muslos.

—Sigue —dije, con la voz ronca, y no me reconocí.

—Me tiró en el sofá bocarriba y me abrió las piernas como quien abre un libro. Se agachó y me comió el coño durante no sé cuánto, papi. Me chupaba el clítoris, me metía la lengua entera y me la sacaba, me mordía los labios de abajo despacito. Me hizo correrme dos veces con la boca antes de meterme la polla. Yo le gritaba, le tiraba del pelo, le clavaba los tacones en la espalda. Cuando por fin se subió encima y me la metió de una embestida, sentí que me partía en dos. Empezó a follarme despacio, mirándome a los ojos, hasta el fondo. "¿Te gusta, casada?", me preguntaba. "¿Te gusta mi verga dentro?". Y yo le decía que sí, que más, que más fuerte. Me la clavaba tan hondo que yo notaba los golpes en el estómago.

Yo escuchaba con esa mezcla rara de dolor y morbo que solo entenderá quien haya pasado por esto. Una parte de mí quería levantarse de la mesa y romper algo. La otra tenía la polla dura debajo del mantel y quería que siguiera hablando.

—Me puso a cuatro patas en la alfombra y me folló por atrás mientras me tiraba del pelo. Me daba palmadas en el culo, papi, tan fuertes que al día siguiente todavía tenía las marcas rojas de sus dedos. Me pedía que le dijera guarradas y yo se las decía. Le dije que era la mejor polla que había probado, le dije que me follara como a una puta barata, le dije cosas que jamás te dije a ti y que en aquel momento me salían solas. Cambió de postura mil veces. Me sentó encima suyo y me hizo cabalgarlo hasta que me dolieron los muslos. Me puso boca abajo y me penetró con las piernas cerradas. Me apoyó contra el ventanal del piso quince y me folló con la ciudad debajo, con el vidrio empañándose por mi aliento, y yo pensaba que si alguien miraba hacia arriba con unos prismáticos vería a una mujer casada abriéndose para un desconocido.

—¿Y…? —dije, sin poder decir otra cosa.

—Y me pidió el culo, papi. Y se lo di. Nunca te lo di a ti porque me daba vergüenza, y aquella noche se lo entregué a él con el coño ardiendo. Se puso saliva en la polla, me abrió las nalgas y entró despacio, y cuando estuvo del todo dentro me quedé quieta, sintiéndolo palpitar. Me folló el culo con paciencia, sin prisa, hasta que empecé a moverme yo sola contra él, pidiéndole más. Se corrió dentro de mí, papi. Dentro del culo. Un chorro largo, caliente, que yo notaba subirme por dentro. Y después me tumbó otra vez bocarriba y me la metió en el coño hasta que se le puso dura de nuevo y me hizo correrme otra vez.

Hizo una pausa, bebió un sorbo de vino, me miró por fin.

—Estuvimos hasta las cinco de la mañana —dijo—. Seis horas. Nunca me había acostado con un hombre tanto tiempo seguido. Esteban tenía paciencia. Sabía esperar. Me hizo cosas que ni siquiera te había pedido a ti porque no me atrevía. Me acabó cuatro veces esa noche, papi. Dos en el coño, una en el culo y una en la boca, y yo tragué todo, sin dejar caer una gota, como si fuera lo más importante del mundo. Y, cuando ya pensaba que no podía más, me llevaba otra vez al borde y me dejaba caer. Volví a casa a las seis, me duché durante media hora frotándome bien para sacarme su olor, y me metí en la cama a tu lado con el coño todavía latiéndome.

—Me llamó dos veces más esa semana. Y siguió llamando durante años, cada vez que pasaba por la ciudad. La última vez fue acá, en esta casa, una tarde en que tú habías ido a un partido con tu hermano. Subimos al dormitorio. A nuestra cama. Me folló encima del edredón que elegiste tú, papi. Me hizo correrme boca abajo contra la almohada donde tú duermes, mordiéndola para no gritar. Me llenó otra vez el culo de semen y bajé a lavar las sábanas antes de que llegaras. Y no me arrepiento, papi. No te lo cuento para hacerte daño. Te lo cuento porque ya estamos viejos y porque necesitabas saber con quién dormiste durante todos estos años.

***

No sé qué cara puse aquella noche. Sé que no grité, no rompí nada, no me levanté de la mesa. Sé que serví más vino, que la dejé seguir hablando hasta que se le acabaron los nombres y los hoteles, y que cuando subimos a la habitación nos abrazamos como dos viejos amigos que han atravesado juntos una guerra que solo ahora pueden nombrar. Esa noche, con todo lo que me había contado dándome vueltas en la cabeza, la desnudé despacio y le comí el coño durante una hora, imaginándome que era él quien lo había hecho antes, y ella se corrió tres veces gritando su nombre por error. No le dije nada. La follé por atrás como me había contado que él la había follado, y ella me apretó la polla con el culo como si llevara años esperando que yo se lo pidiera.

Hoy, treinta y cinco años después de aquel sí en el juzgado, sigo durmiendo a su lado. No la perdoné de inmediato, ni todo a la vez. La perdoné por capas, durante meses, a veces a regañadientes. Aprendí que la mujer con la que me había casado era más grande, más complicada y más viva de lo que yo había necesitado creer durante dos décadas. Aprendí también que mi tranquilidad había tenido un costo, y que ese costo lo había pagado ella en mentiras y yo en ignorancia.

A veces, cuando ella se arregla para salir y se pinta los labios frente al espejo del recibidor, todavía pienso en aquel viernes. Pienso en el vestido negro, en las aberturas a los lados, en la bocina del auto en la calle. Pienso en el hombre que la esperaba en el piso quince, en la polla gruesa que la partió en dos contra el ventanal, en el semen que le subió por el culo hasta la garganta. No me hace bien recordarlo, lo confieso, pero tampoco me hace tanto daño como debería. A veces, incluso, se me pone dura.

Quizá por eso sigo escribiendo estas historias. Para entender, treinta y cinco años después, qué tipo de hombre fui y qué tipo de mujer es Mariana. Y para aceptar, de una vez, que no la cambiaría por ninguna otra.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(8)

NandoBA

tremendo relato, me dejo sin palabras. muy bueno

Mili_lectora

Por favor que haya una segunda parte, me quede con las ganas de saber mas!!

Gonzalo_rs

Me recordo a algo que me paso hace años, esa sensación de sospechar y preferir no saber nada... muy bien narrado

EloyBCN

¿y al final que descubrio exactamente? me dejo pensando todo el dia jaja

tati_cordoba

El final me mato, no me lo esperaba para nada. Increible!!

MarcosRiv22

Muy corto!!! quiero saber como termina todo esto

ValentinaR33

Lo lei de un tiron. Me gusto como esta contado, se siente que paso de verdad, sin exagerar nada. Sigue asi

Nora_BA

que angustia leer esto, bien escrito. Gracias por compartirlo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.