Reencontré a Noelia y todo pasó con la puerta abierta
Esto que voy a contar es verdad, me pasó hace ya unos años con Noelia. La conocí mucho antes de que ocurriera nada serio entre nosotros, una noche cualquiera en un bar de copas del centro. Desde el primer minuto hubo entre los dos una tensión rara, de esas que no necesitan palabras. Esa noche bailamos pegados, muy pegados, pero no pasó nada más.
Con el tiempo seguimos en contacto a distancia, primero con mensajes sueltos y después casi solo con fotos. Eran selfies con alguna frase encima, una forma de mantener viva la conversación. Pero, mes a mes, esas fotos fueron subiendo de temperatura sin que ninguno de los dos lo dijera en voz alta.
Yo siempre fui un tipo alto, paso del metro ochenta y cinco, delgado, con una barba corta que a las mujeres con las que estuve solía gustarles. Nada del otro mundo, pero me defiendo.
Noelia es más bien menuda, rondará el metro sesenta. Tiene una melena castaña, larga y lisa, y unos ojos color miel, grandes y un poco rasgados, que le dan un aire felino imposible de ignorar. No es delgada ni le sobra nada: es pura curva, caderas anchas y un trasero redondo y firme que se mueve solo al caminar. De esos que invitan a clavar los dedos.
Y sus pechos. Sus pechos me vuelven loco. Generosos, los más grandes que tuve nunca entre las manos, con unos pezones tan claros que apenas se distinguían del resto de la piel y que se ponían duros en cuanto la rozaba.
Habíamos intercambiado un montón de fotos. A ella le encantaba mandarme sus tetas libres de cualquier ropa que las apretara, y yo más de una vez le respondí con la prueba del efecto que tenían en mí. Pero, con todas esas sesiones a distancia, en persona seguíamos sin haber cruzado la línea. Hasta un día templado de principios de marzo.
Ella vivía y estudiaba en las afueras de mi ciudad. Esa tarde fui a buscarla a la salida de clase. Llevaba un top negro escotado que le dejaba el ombligo y media barriga al aire, ajustando y resaltando ese pecho que se adivinaba apretado y redondo. Abajo, unos pantalones que se le pegaban a las curvas como una segunda piel, marcándole el trasero sin piedad y dejando poco a la imaginación.
Nos saludamos con un abrazo en el que ella presionó los pechos contra mí con descaro. Se me puso dura al instante. Le cogí la cara con las dos manos, los dedos apoyados en su cuello, y la besé. El beso empezó lento, casi de película, como si el tiempo se hubiera parado. Pero enseguida nos fuimos calentando. Le bajé las manos a la cintura y la pegué contra mí para que sintiera lo que me había provocado. Aquello la encendió: empezó a besarme con ansia, las lenguas peleando, mordiscos en los labios, el sabor de los dos mezclándose.
Cuando por fin nos separamos, fuimos hacia su casa. Teníamos quince minutos de autobús por delante y apenas despegamos las bocas. Nos comíamos a besos sin parar, con la lengua hasta el fondo.
En un momento Noelia se apartó un poco y me miró fija, con una cara que me puso todavía más duro. Se mordió el labio, descarada, y deslizó la mano por encima del pantalón a lo largo de toda mi erección, apretando, acariciando despacio. Me masturbaba por encima de la tela, provocándome, tentándome a sacármela ahí mismo. Estuve a punto. Pero el autobús ya llegaba a su parada. Nos bajamos los dos con la respiración entrecortada y la tensión a punto de reventar.
El trecho corto desde la parada hasta su portal lo hice manoseándola sin ningún disimulo. Le apretaba el trasero, clavándole los dedos en esa carne firme, y le sobaba los pechos por encima del top, sintiendo cómo se desbordaban entre mis manos. Lo hacía casi como castigo por lo provocadora que había estado en el bus, sin importarme si algún vecino estaba asomado a la ventana.
Nada más entrar en su casa me llevé una sorpresa. Sentado en el sofá, con los auriculares puestos y el mando en las manos, estaba su hermano enganchado a la consola. Ni siquiera levantó la vista del televisor cuando entramos.
Noelia intentó presentarnos, pero ni terminó la frase. El chico levantó una mano a modo de saludo, sin apartar los ojos de la pantalla, y soltó un «qué tal» seco.
Ella no perdió ni un segundo. Me agarró de la mano y me arrastró por el pasillo hasta su cuarto. Ni se molestó en cerrar la puerta. La dejó abierta de par en par, como si le diera exactamente igual que su hermano estuviera a unos metros.
En cuanto cruzamos el umbral se giró hacia mí. Me empujó contra la pared, se pegó a mi cuerpo y me metió la lengua sin previo aviso. Empezó a besarme con hambre, gimiendo bajito, su saliva mezclándose con la mía. Los pechos, grandes y pesados, se aplastaban contra mí, y con una mano me agarraba del cuello para besarme más hondo.
Su boca estaba caliente y húmeda. Besaba como si quisiera follarme solo con la lengua. Chupaba, me mordía el labio, volvía a hundir la lengua, enredándola con la mía de forma sucia y ruidosa. Se oía el sonido de los besos por toda la habitación. Y la puerta seguía abierta.
No podía dejar de pensar en qué pasaría si al hermano le daba por acercarse y nos pillaba. La idea me ponía al límite. A ella también: el riesgo parecía excitarla todavía más. Me mordió el labio con fuerza, me miró con esos ojos y empezó a desvestirse. Se cogió el borde del top y se lo sacó por la cabeza de un solo movimiento.
Sus pechos rebotaron libres al instante, pesados y perfectos. Se quitó el sujetador con prisa y lo tiró al suelo. Quedaron completamente expuestos, con los pezones ya duros apuntando hacia mí. No lo dudé. Cogí con las dos manos aquel pecho, sintiendo su peso y lo suave que era, y me llevé uno directamente a la boca.
Empecé a chuparlo con ansia, succionando el pezón mientras lo rodeaba con la lengua. Mordisqueaba, lamía, lo apretaba entre los dedos. Noelia soltó un gemido bajo y me agarró la cabeza, hundiéndome la cara entre los dos. Cambié al otro con la misma hambre, alternando, escupiendo en cada pezón antes de comérmelo para dejarlos brillantes. Los juntaba para metérmelos a la vez en la boca mientras ella jadeaba y, con la mano, pellizcaba el que quedaba libre.
Mientras yo le devoraba los pechos, ella empezó a desvestirme. Me levantó la camiseta con manos ansiosas y me la quitó casi de un tirón, arañándome el pecho al hacerlo. Bajó las manos, me desabrochó el cinturón, abrió el botón del pantalón y metió la mano dentro, agarrándome por encima del bóxer.
—Joder… la tienes enorme —susurró, apretándome.
Me bajó pantalón y bóxer de un tirón hasta los tobillos. Quedé libre delante de ella, duro y palpitando. Noelia me agarró con la mano entera y empezó a masturbarme despacio mientras yo seguía con la cara entre sus pechos, chupando y babeando como un desesperado.
La puerta seguía abierta. En el salón, su hermano. Y ella, la muy descarada, parecía disfrutar de tenernos así, casi esperando a que nos descubrieran.
Me miró con una sonrisa traviesa, todavía con el pecho brillante de mi saliva, y se fue bajando de puntillas hasta quedar de rodillas frente a mí.
—Fóllame las tetas —pidió con la voz ronca.
Se cogió los dos pechos con las manos, los levantó y los juntó alrededor de mí. El calor y la suavidad de su carne fueron brutales. Desaparecí entre ellos, solo asomaba la punta por arriba. Empezó a moverlos arriba y abajo, despacio y apretado al principio, resbalando gracias a la saliva que la muy cerda escupía cada vez que me veía asomar.
—Tus tetas me vuelven loco —gruñí.
Aceleró el ritmo, apretándolos con fuerza mientras los movía rápido, creando un canal caliente y húmedo. De vez en cuando sacaba la lengua y me lamía la punta al subir, dejando hilos de saliva cayendo sobre la piel. Los pechos rebotaban y chocaban entre sí con cada movimiento, produciendo ese sonido húmedo e indecente.
Y de repente paró en seco. Se quedó mirándome con una sonrisa perversa. Sin decir nada, se levantó, completamente desnuda de cintura para arriba, con el pecho brillante y algo enrojecido por el roce. Se dio la vuelta y salió de la habitación tal cual estaba, con las tetas al aire, el trasero marcándose en esos pantalones y los pies descalzos por el pasillo. Ni siquiera intentó taparse.
A los pocos segundos volvió. Esta vez traía un bol pequeño de cristal lleno de cubitos de hielo. Se arrodilló otra vez frente a mí, dejó el bol en el suelo y sacó uno. Sin apartar la vista de mis ojos, pasó el hielo despacio por encima de sus pechos ya mojados, rodeando los pezones. El contraste del frío se los puso aún más tiesos y se le escapó un gemido. Después, con malicia, me cogió y empezó a frotar el cubito directamente sobre la punta, bajando poco a poco mientras el hielo se derretía y el agua fría me chorreaba.
Se sacó el cubito que acababa de pasear por todo mi cuerpo y, mirándome a los ojos con cara de vicio, se lo metió en la boca. Cerró los labios alrededor, lo chupó con gusto y dejó que se enfriara por dentro.
Sin decir una palabra, se inclinó hacia adelante, abrió la boca y me tragó de un solo movimiento.
—¡Joder! —gruñí al sentir el contraste.
Su boca estaba helada. El frío del hielo mezclado con su saliva caliente creó una sensación increíblemente intensa. Empezó a chuparla con ganas, subiendo y bajando la cabeza mientras el cubito seguía dentro, rozándome con cada movimiento. El frío me quemaba de placer. Ella gemía con la boca llena, el sonido húmedo llenaba la habitación. El hielo se derretía rápido y el agua fría se mezclaba con su saliva, chorreando y cayendo sobre sus pechos.
—Menudo pollón tienes —repetía cada vez que paraba para tomar aire.
—Es la primera vez que no me la trago entera —añadió.
Aquellos halagos solo me hincharon de orgullo y excitación. Ella aceleró, chupando con más fuerza, haciendo ruidos húmedos mientras me la mamaba con el hielo todavía dentro. De vez en cuando me sacaba, sacaba la lengua helada y me daba lametazos largos y lentos de abajo arriba, antes de volver a metérsela hasta el fondo.
El contraste entre el frío del hielo y el calor de su garganta era una locura. Las piernas me temblaban y tenía que hacer un esfuerzo enorme para no gemir demasiado alto, porque la puerta seguía abierta.
Noelia me miró desde abajo, con los ojos llorosos y llenos de deseo, la boca ocupada y restos de hielo derritiéndose en los labios. Me sacó un momento, escupió un hilo espeso de saliva fría y susurró:
—Córrete en mi boca.
Y se volvió a lanzar, chupando con fuerza, mirándome desde abajo. El hielo ya casi no quedaba, pero su boca seguía fría y empapada, y cada pasada me llevaba más al límite.
—Voy a correrme… —avisé con la voz entrecortada, agarrándola del pelo.
En vez de apartarse, gimió con la boca llena y aceleró, chupando más hondo, como si estuviera desesperada por sacármelo todo. Me llegaba hasta el fondo de la garganta mientras sus pechos se bamboleaban golpeándome los muslos.
No aguanté más.
Con un gruñido bajo, le apreté la cabeza y empecé a correrme con fuerza. El primer chorro le explotó dentro. Noelia abrió mucho los ojos, pero no se apartó. Siguió chupando mientras yo le llenaba la boca. Disparé una y otra vez, espeso y abundante; su lengua se movía recogiéndolo todo, pero era tanto que se le escapaba por las comisuras y le chorreaba por la barbilla hasta caerle sobre los pechos.
Gemía como una loca, con la boca completamente llena. Mantuvo los labios apretados, succionando hasta la última gota, tragando ruidosamente lo que podía mientras me miraba con puro vicio.
Cuando por fin me saqué, todavía medio duro y brillante, ella abrió los labios despacio. Me enseñó cómo le había quedado la lengua y el interior de las mejillas antes de cerrar la boca y tragar con esfuerzo, con un gesto de placer al sentir cómo bajaba.
Un hilo grueso seguía colgándole del labio. Lo recogió con el dedo, se lo metió en la boca y lo chupó mirándome con una sonrisa satisfecha. Después se levantó, se acercó, me agarró del cuello y me dio un beso profundo y guarro, metiéndome la lengua para que probara mi propio sabor. Nos besamos así unos segundos, compartiendo lo que quedaba, hasta que se separó con esa misma mirada de vicio con la que había empezado todo.