Tres hombres, una sala de espera y un secreto nuevo
Aquella tarde de octubre llegué a la consulta del urólogo con el mismo desgano de siempre. Tocaba la revisión semestral, ese trámite que arrastraba desde que me operaron de la próstata dos años atrás. Una extirpación radical, completa, de las que te cambian la vida más de lo que nadie te advierte antes de firmar el consentimiento.
En la sala de espera había dos hombres sentados. Maduros y entrados en carnes, como yo. Saludé al entrar y los dos me devolvieron las buenas tardes con esa cortesía cansada de quien lleva rato esperando. Me senté frente a ellos y durante un par de minutos nadie dijo nada.
No sé qué me empujó a romper el silencio. Quizá la certeza de que compartíamos algo más que la sala.
—¿Ustedes también están operados de lo mismo? —pregunté, señalando vagamente hacia la puerta del médico.
—Radical, sí —contestó el más cercano, un hombre de barba canosa y manos grandes—. Hace año y medio.
—¿Y les pasa como a mí? —insistí, bajando la voz aunque estábamos solos—. Que sexualmente uno queda inservible. No hay manera de que la cosa responda.
El de la barba soltó una risa amarga.
—Igual que tú —dijo—. Se acabaron los placeres. Me estimulo a ver si arranca y nada. Y lo que más me deprime es tener que sentarme para orinar. Yo, que presumía de alcanzar el otro lado del urinario.
Nos reímos los dos, con esa complicidad que solo se da entre quienes han perdido lo mismo. El tercero, en cambio, había permanecido callado, observándonos con una media sonrisa. Era el más delgado de los tres, de ojos claros y un aire tranquilo, casi divertido.
—Tienen razón en lo que dicen —intervino al fin—. Pero que hayamos perdido el vigor no significa que no podamos disfrutar. Es cuestión de buscar otra forma de sentir.
—¿Y cómo es eso? —pregunté.
—Yo disfruto lo que puedo —respondió sin pudor—. Estoy viudo. Cuando me ducho, me enjabono despacio, con ganas, y sigo hasta que llega algo parecido a un orgasmo, aunque ya no haya nada que derramar. Por las noches sueño con hacerlo acompañado. Si alguien se acostara conmigo, podríamos llegar lejos con la boca y las manos. Lo demás ya no funciona, pero la boca sí.
Los otros dos nos quedamos mudos. Yo sentí que se me subía el calor a la cara, mitad escándalo, mitad curiosidad. Nos mirábamos sin saber qué decir.
—Si les apetece —continuó él, como si nada—, cuando terminemos la consulta nos vamos a mi casa, charlamos un rato y, si se da, hacemos algo. Vivo a diez minutos andando.
El de la barba y yo cruzamos una mirada. No sé qué vio él en mis ojos, pero yo asentí antes de pensarlo.
—Por mí, bien —dije.
—Y por mí —añadió el otro.
En ese momento se abrió la puerta y la enfermera asomó la cabeza.
—Eduardo, pase usted.
El de la barba se levantó. Cuando volvió a quedar la sala en silencio, el viudo me tendió la mano.
—Yo soy Damián. ¿Y tú?
—Joaquín —respondí—. Mucho gusto.
—Más gusto nos vamos a dar —dijo, y se rió de su propio chiste con una franqueza que me desarmó.
***
Salimos los tres a la calle media hora después. Damián abría camino y Eduardo no paraba de hacer bromas sobre lo nuestro, sobre los pañales y las incontinencias, sobre lo poco que quedaba de aquellos hombres que un día fuimos. Reírse de la propia desgracia es una forma de sobrevivirla. Llegamos así, entre carcajadas, a un adosado de dos plantas en una calle tranquila.
La casa de Damián era acogedora, ordenada, con esa pulcritud algo melancólica de quien vive solo. Nos hizo pasar al salón y, al cruzar a su lado, me dio un pellizco en una nalga. Sentí un escalofrío que me recorrió entero, como si algo dormido despertara de golpe.
—¿Les apetece algo para relajarse? —preguntó.
Nos preparó tres cafés descafeinados, por la edad y la tensión, y nos sentamos a charlar de tonterías. Poco a poco, sin avisar, Damián empezó a desabrocharse la camisa y nos hizo un gesto para que lo imitáramos. Los tres quedamos con el torso al aire. Éramos cuerpos viejos y sinceros: velludos, con canas en el pecho, alguna calva, la piel ya sin tersura. No había nada que esconder y eso, curiosamente, lo hacía más fácil.
Damián era el más diestro de los tres. Empezó a acariciarnos despacio, primero los hombros, luego el pecho, y nosotros lo imitábamos con torpeza de principiantes. Yo jamás había tocado a otro hombre. Tampoco nadie me había tocado así. La sensación era extraña y agradable a la vez, como aprender un idioma que llevabas dentro sin saberlo.
Eduardo resultó más atrevido de lo que aparentaba. Se inclinó sobre mí y me mordió los pezones, suave, y un latigazo de placer me cruzó el cuerpo. Mientras tanto, Damián se había arrodillado y le desabrochaba el pantalón a Eduardo con paciencia.
—Tranquilos —murmuró—. No hay prisa. Tenemos toda la tarde.
Le bajó el pantalón y, con él, el pañal que casi todos los operados de próstata llevamos por las pequeñas pérdidas. Lejos de avergonzarnos, aquello nos hermanaba. Damián tomó en su mano el pene de Eduardo, pequeño y blando, y lo acarició con una delicadeza que me dejó hipnotizado. Era cálido, suave, generoso. En sus buenos tiempos debió de ser imponente.
—Ahora tú —me dijo Damián, mirándome—. Quítate la ropa y desnúdame.
El corazón me golpeaba el pecho como si tuviera veinte años. Me desnudé con dedos torpes y le quité la ropa a Damián mientras él me dejaba hacer, sonriendo. Cuando los tres estuvimos sin nada, nos acariciamos a la vez, las manos cruzándose, buscándose. El de Damián era moreno y grueso; el mío, más delgado. Ninguno se endurecía, pero el placer estaba en otra parte, en la piel, en el aliento entrecortado, en saberse deseado de nuevo. Hacía años que yo no jadeaba así.
—Arriba estaremos más cómodos —dijo Damián cuando ya ninguno tenía vergüenza—. Vengan.
***
Subimos la escalera los tres desnudos, en fila, una estampa que me habría dado risa de no estar tan excitado. El dormitorio era amplio y la cama, enorme. Damián retiró el edredón y lo dejó caer sobre una butaca.
—Toda nuestra —anunció.
Nos tendimos y empezamos a besarnos. Las lenguas se buscaban dentro y fuera de las bocas, sin urgencia, con una ternura que no esperaba. Me acordé de cuando besaba a mi mujer hace años, antes de que el deseo se nos apagara a los dos. Me sentí como un aprendiz en manos de dos maestros pacientes.
Damián se incorporó y se acomodó de costado, con la cabeza a la altura de mi sexo. Empezó a besarlo, y con la otra mano me acariciaba los testículos, despacio, dibujando círculos. El placer era completo, distinto a todo lo que recordaba. De los besos pasó a recorrerme con la lengua, lamiendo con una suavidad que me hacía desear más. Cuando por fin me lo metió entero en la boca, blando como estaba, entraba y salía con facilidad y un gusto que me arqueó la espalda.
Eduardo no quiso quedarse fuera. Se apartó de mi boca, que hasta entonces había ocupado con sus pezones, y me ofreció su miembro. Hice lo mismo que Damián me había hecho a mí: lo descubrí con los labios, le pasé la lengua por la punta y, poco a poco, fui acogiéndolo en la boca, dándole lametones lentos. Se contorsionaba y gemía. Yo paladeaba un sabor nuevo, salado, un poco ácido, y sin embargo no me disgustaba. Jamás había hecho aquello y me sorprendió lo natural que resultaba.
Eduardo se giró para atender a Damián y así quedamos los tres entrelazados, cada uno con la boca ocupada, una rueda de placer que podíamos prolongar cuanto quisiéramos. Esa era nuestra ventaja secreta: como ninguno tenía ya con qué vaciarse, no había final que cortara la fiesta. Cambiábamos de pareja, alternábamos caricias, nos demorábamos.
Eduardo fue el más audaz. Me lamió primero los testículos y luego, sin avisar, descendió más abajo. Lo dejé hacer. Con un dedo húmedo empezó a rodear mi entrada, despacio, ensanchando, hasta que cedió y entró. Un placer hondo, desconocido, me recorrió entero. Mientras tanto Damián me ofreció él su parte trasera, pidiéndome en silencio que le devolviera la atención, y yo lo intenté lo mejor que supe, imitando lo que Eduardo me hacía a mí. Por sus gemidos, no lo hacía mal del todo.
Estuvimos así un buen rato, los tres dedicados a darnos lo que durante años habíamos creído imposible.
***
—Me apetece otra cosa —dijo Eduardo de pronto, incorporándose—. Algo más sucio, si no les importa.
Damián entendió enseguida y propuso pasar al baño. El cuarto era grande, con una ducha amplia.
—Joaquín, tú y yo nos sentamos en el suelo —indicó Damián—. Y Eduardo nos riega a su gusto.
Obedecí, mitad incrédulo, mitad entregado. Sentado junto a Damián, dejé que Eduardo, de pie frente a nosotros, nos empapara con su orina tibia. Caía sobre el pecho, sobre los hombros, y había algo de rendición absoluta en aquello, en dejarse marcar sin pudor por otro hombre. Cuando terminó, Eduardo se arrodilló y nos lamió la piel mojada, recorriéndonos los pezones. Después Damián abrió el grifo, nos enjabonamos los tres, riéndonos como críos, sobándonos bajo el agua caliente.
Ya secos, bajamos a vestirnos. Nos pusimos de nuevo cada uno su pañal y no pude evitar el chiste.
—Parecemos los sobrinos del pato Donald —dije, y los tres soltamos una carcajada que retumbó en la casa vacía.
Antes de marcharnos juramos repetir al menos una vez por semana. Intercambiamos los teléfonos con una sola condición: nada de mensajes escritos, solo llamadas. Si algún día otro ojo cogía nuestros móviles, no quería quedar rastro de nuestras travesuras.
***
Llegué a casa entrada la noche. Mi mujer me preguntó por la consulta.
—Bien —mentí—. Tardé porque el médico me mandó caminar para bajar peso.
Esa noche, ya acostados, le pedí que me acariciara, que me hiciera algo con las manos o la boca. Me miró como si me hubiera vuelto loco.
—Estás obsesionado con el sexo —dijo—. Ya no estamos para esas cosas.
Intenté acercarme y me apartó con suavidad pero sin dudas. Me quedé mirando el techo en la oscuridad, y por primera vez en mucho tiempo no me sentí derrotado. Sonreí para mis adentros.
Mi placer ya tenía otro nombre. Tres, en realidad.
Porque lo que la cirugía me había quitado, dos desconocidos en una sala de espera me lo habían devuelto de una forma que jamás habría imaginado. Y eso, a mi edad, valía más que cualquier hazaña perdida.