Mi vecina me dejó escucharla antes de cogerme
Su nombre no era el que me dijo la primera tarde, pero yo terminé llamándola Vera en mi cabeza mucho antes de que me confesara el verdadero. Para mí era la rubia del 4B, la mujer que salía cada mañana impecable, con falda recta, tacones y una sonrisa breve, y que por las noches convertía aquel pasillo mugriento en un desfile silencioso de hombres nerviosos.
Yo acababa de mudarme a ese edificio barato, un bloque viejo encajado entre una avenida ruidosa y las vías del tren elevado. El departamento era una caja de yeso con olor a humedad, una ventana torcida y una mesa que tambaleaba cada vez que apoyaba el codo para escribir. No era el sitio donde imaginé vivir, pero era lo que podía pagar.
La conocí el mismo día en que subía mi última caja.
Ella salía de su departamento, cerró con llave y se quedó mirándome un segundo más de lo normal. Era una mujer adulta, segura, con ese tipo de cuerpo que no necesitaba exageraciones para imponer presencia: piernas firmes, caderas llenas, culo redondo, tetas medianas y altas bajo la blusa. El pelo rubio, corto y ondulado, le enmarcaba la cara con un aire clásico que volvía más peligrosa su sonrisa.
—Nuevo vecino —dijo.
—Parece que sí.
—Entonces suerte. Aquí hace falta.
Sonrió apenas y bajó las escaleras. Yo me quedé un momento mirándole las caderas, viendo cómo se tensaban bajo la tela al bajar los peldaños. Ahí empezó todo, aunque entonces todavía no lo sabía.
Esa misma tarde comenzaron las visitas de bienvenida. Vecinos entrometidos, falsamente amables, con ganas de contarme más chismes que indicaciones útiles. Todos terminaban hablando de ella. Unos con desprecio, otros con envidia, varios con el morbo mal escondido. Que si recibía hombres, que si a veces dos en una noche, que si era «de pago», que si trabajaba de día en oficina y de noche en lo que se le daba la gana.
A mí me importaba poco el juicio de esa gente. Lo único que me molestaba era que me interrumpieran. Les cerré la puerta a todos con educación mínima y volví a mis hojas, al bolígrafo y a una página en blanco que no quería obedecerme.
Cuando cayó la noche seguía sin haber escrito nada que valiera la pena. Había arrancado tantas páginas que el suelo parecía cubierto de plumas muertas. Comí una rebanada de pizza fría de pie junto al refrigerador y fue entonces cuando escuché el primer gemido claro al otro lado de la pared.
Me quedé inmóvil, con el bocado a medio masticar.
No era un ruido dudoso. No era un crujido de muebles ni una televisión alta. Era una mujer gimiendo con la garganta abierta, sin vergüenza, y un hombre jadeando con un ritmo que se marcaba también en la pared compartida. Después llegó el golpe seco del cabecero. Otra vez. Otra. Y luego la voz de ella, ronca, excitada, empujando el aire entre frases cortadas.
—Así… no pares… joder… sí…
Se me endureció la polla en segundos. Me di cuenta como quien descubre una reacción involuntaria y, al mismo tiempo, inevitable. Dejé el plato en la encimera, apagué la luz para escuchar mejor y me acerqué al muro.
Podía imaginarlo todo con demasiado detalle. A ella abierta de piernas, montándolo o dejándose coger boca abajo, da igual, porque los sonidos eran suficientes para pintarme la escena. El golpe húmedo de la carne, su respiración rota, la forma en que soltaba un gemido más agudo cuando el otro la embestía fuerte. Yo apoyé la palma en la pared como si eso me permitiera tocar algo de lo que estaba pasando al otro lado.
Ese fue mi primer error: creer que solo estaba escuchando.
Salí al corredor cuando los ruidos se volvieron más fuertes. Las luces parpadeaban con ese tono verdoso y enfermo que tenía todo el edificio. Algunos vecinos habían subido la música para tapar los gemidos. Otros, seguramente, hacían exactamente lo mismo que yo: prestar atención con cara de ofendidos y la polla dura dentro del pantalón.
Media hora después, la puerta de ella se abrió. Un tipo con corbata mal anudada salió acomodándose el saco. No lo vi de frente mucho tiempo, pero sí la oí a ella despedirlo desde el marco.
—La próxima vez, sin tanta prisa.
—Te llamo —dijo él, casi avergonzado.
Ella se rio bajito. No la veía completa, solo una pierna desnuda asomando entre la abertura de la puerta. El hombre se fue. La puerta se cerró. El pasillo volvió al zumbido eléctrico y al silencio de siempre.
Esa noche no escribí una sola línea más. Me acosté en el colchón del suelo y me masturbé imaginando su coño tragándose una polla que no era la mía. Me corrí en el vientre, con la respiración tan torpe como el tipo que acababa de salir de su departamento, y me dormí con el olor agrio de mi propia corrida pegado a los dedos.
Así empezó mi rutina.
De lunes a sábado, después del atardecer, los hombres iban llegando. Yo aprendí a reconocer el sonido de los zapatos frente a su puerta, la paciencia incómoda de quien espera su turno, la expresión vacía con que evitaban mirarme cuando yo pasaba por el corredor. Algunos llevaban flores. Otros, botellas. Uno llegó una vez con una caja de bombones ridícula que la portera terminó comiéndose al día siguiente.
Y cada noche, casi sin falta, yo la escuchaba follar.
No siempre era igual. A veces la sesión era larga, pausada, con muchos jadeos y algún que otro grito ahogado. Otras veces era rápida y brutal: la cama golpeando la pared, la voz de ella ordenando, el hombre resoplando como si la fuera a romper. Con el tiempo empecé a distinguir cosas. Cuándo la chupaban por la manera en que cerraba la garganta en un gemido continuo. Cuándo se la metían por detrás por el tono más ronco de sus quejas. Cuándo acababa, porque entonces soltaba un «mierda» casi quebrado que me dejaba a mí temblando al otro lado.
Yo me masturbaba mucho más de lo que quería admitir. Sobre el baño, en la cama, en la silla del escritorio con el oído atento a su pared. A veces terminaba antes que ellos y me quedaba respirando fuerte, avergonzado y satisfecho al mismo tiempo. Otras, me obligaba a aguantar, a seguir el ritmo de sus gemidos como un idiota obediente, hasta correrme justo cuando ella soltaba ese sonido final que me vaciaba la cabeza.
Quería acostarme con ella, sí. Pero también quería no ser como los demás. Esa fantasía tonta me duró hasta el día en que empezamos a hablar de verdad.
Fue una mañana de domingo, el único día tranquilo. Yo salía a comprar café y la vi sentada en el descansillo de la escalera, fumando descalza, con unos lentes oscuros y una camiseta ancha que le dejaba una rodilla al aire. Sin el uniforme de oficina y sin tacones parecía distinta, pero no menos dueña de sí misma.
—Siempre escribes de madrugada, ¿no? —me preguntó.
Me detuve.
—¿Cómo sabes que escribo?
—Porque caminas de un lado a otro cuando te atascas. Se oye todo aquí.
Me reí. Ella también.
—Entonces estamos en paz —dije—. Yo también oigo bastante.
La frase quedó flotando. Quise arrepentirme, pero ya era tarde.
Vera se quitó las gafas y me miró directamente. Tenía una forma de sostener la mirada que parecía una mano metiéndose bajo la ropa.
—¿Sí? —preguntó—. ¿Y qué oyes?
—Tu cabecero pidiendo auxilio.
Se le curvó la boca.
—Pobrecito. Algún día tendré que cambiarlo.
No dijo nada más. Se levantó, pasó por mi lado con olor a crema y tabaco suave, y antes de entrar a su departamento me rozó el antebrazo con los dedos. Apenas un toque. Me dejó más alterado que todos sus gemidos juntos.
Desde ahí fue fácil acercarme. Empezamos con saludos, luego con charlas cortas en el pasillo, después con cafés tomados en la esquina cuando coincidíamos en horario. Me contó que trabajaba en administración en una empresa cualquiera y que odiaba a su jefe. Yo le dije que escribía, sin inflar demasiado lo poco que había publicado. Cambié su nombre en mi cabeza varias veces hasta que me dijo el verdadero, Mara, pero para entonces ya me daba igual cómo se llamara. Lo importante era cómo me miraba cuando se aburría y quería jugar.
La invité a salir una noche de miércoles. Aceptó como si lo hubiera decidido antes que yo.
Fuimos a un bar sin pretensiones a unas cuadras del edificio. Hablamos de todo menos de lo evidente. Ella bebía lento, cruzando y descruzando las piernas como si no supiera lo que provocaba. Yo fingía calma, pero cada vez que me sonreía recordaba el sonido de su coño recibiendo a otros hombres al otro lado de mi pared.
Al segundo vaso, fue ella quien se inclinó sobre la mesa.
—Tengo curiosidad por algo —dijo.
—Pregunta.
—Cuando me oyes con alguien… ¿te molesta o te excita?
No tenía caso mentir.
—Me pone duro.
—Ya.
—¿Y a ti te gusta que te oigan?
No apartó la vista.
—Me gusta saber quién escucha.
Sentí la respuesta directa en la entrepierna.
—Entonces sabías que era yo.
—Desde la segunda noche —dijo, llevándose el vaso a los labios—. Los demás suben la música. Tú no.
No supe qué contestar. Ella sí.
—Relájate. Si me molestara, te lo habría dicho. O te habría cobrado entrada.
Nos reímos, pero por debajo de la mesa yo ya estaba completamente duro.
Al salir del bar no quiso seguir la noche en otro sitio. Quiso volver al edificio. Caminamos juntos sin tocarnos, demasiado cerca para que el silencio no dijera nada. El tren pasó sobre nosotros haciendo vibrar el aire. Al entrar al corredor verde y decadente, Mara sacó las llaves, abrió su puerta y me miró de lado.
—Hoy no hay clientes —dijo—. Por si quieres escuchar algo distinto.
Entré.
Su departamento era casi igual de pequeño que el mío, pero estaba vivo. Había velas usadas, libros tirados, una copa en la mesa baja y un perfume cálido mezclado con el del jabón reciente. Me ofreció algo de beber. Dije que no. Ella dejó el bolso sobre una silla, se quitó los zapatos y caminó descalza hasta quedar muy cerca de mí.
—Quiero saber si miras igual de bien como escuchas —murmuró.
La besé antes de pensarlo más. Tenía la boca suave, húmeda, con un gusto leve a ginebra y menta. Mara respondió al instante, metiéndome la lengua con hambre, agarrándome de la nuca como si llevara días esperando ese momento. El beso se volvió áspero enseguida, caliente, lleno de dientes y respiración compartida.
Mis manos bajaron a su cintura, al culo firme bajo la falda. Se lo apreté con ganas y ella soltó un gemido pequeño, justo contra mi boca, el mismo timbre que tantas noches me había hecho pajearme como un enfermo. Esta vez no venía filtrado por una pared. Esta vez era para mí.
—Así que eras tú —dijo, apartándose apenas para tomar aire—. El vecino que se corría oyéndome.
Me tensé, pero ella sonrió.
—No pongas esa cara. Me excita pensar en eso.
Volví a besarla y ahora fue ella quien me empujó hasta la pared. Me abrió la camisa con impaciencia, deslizó las manos por mi pecho y bajó hasta el bulto duro de mi pantalón. Lo apretó por encima de la tela, sin delicadeza.
—Joder —susurró—. Sí que te ponía duro.
—Tú no ayudas.
—No quiero ayudar. Quiero usarlo.
Me desabrochó el pantalón allí mismo, en medio de la sala, y metió la mano dentro del bóxer para sacar mi polla. La sostuvo un momento, pesada y tiesa, y me miró con una expresión satisfecha que me hizo gemir antes de tiempo.
—Bonita —dijo—. A ver si follas mejor que espías.
Se arrodilló sin teatro. Su mano siguió bombeando despacio mientras me pasaba la lengua por la punta, recogiendo el primer hilo de líquido con una calma casi cruel. Luego abrió la boca y me tragó de golpe hasta donde pudo. Se me doblaron las rodillas.
—Mierda, Mara…
Ella respondió con un sonido grave, vibrando alrededor de mi polla. Me la chupó como si supiera exactamente cuánto aguantar y cuándo retirarse para dejarme desesperado. Salía hasta la cabeza, la rodeaba con los labios mojados y volvía a meterla profunda, ayudándose con la mano en la base. Cada vez que me miraba desde abajo, con el rimel un poco corrido y la boca llena de mí, sentía un tirón brutal en los huevos.
Le agarré el pelo corto, no para forzarla, sino para sostenerme yo. Ella entendió igual y aceleró. La saliva le corría por la barbilla. Mi polla entraba y salía de su boca con un ruido obsceno, húmedo, delicioso. Yo jadeaba como un imbécil, viendo desaparecer mi verga entre sus labios, oyendo el mismo pasillo del que tantas veces había salido un hombre satisfecho. Ahora el sonido era mío.
—Si sigues así me voy a correr —le advertí.
Soltó la polla con un chasquido y se puso de pie.
—No todavía. Quiero sentirla dentro.
Me agarró de la mano y me llevó al dormitorio. Ahí estaba la famosa cama, la culpable de tantas noches de insomnio, con el cabecero rayado contra la pared que daba a mi escritorio. Me reí sin querer. Ella lo notó.
—¿Qué?
—Nada. Estaba pensando en todas las veces que imaginé esto.
—Seguro te quedaste corto.
Se desnudó sin prisa esta vez, sabiendo que yo no podía apartar los ojos. Primero la blusa, después la falda, luego las medias negras sujetas por una liga simple. No llevaba sostén. Sus tetas cayeron firmes, redondas, con pezones pequeños y tensos. Cuando se quitó la tanga vi su coño depilado, hinchado y brillante de excitación. Ni siquiera había que tocarla para saber que estaba mojada.
Yo me quité la ropa casi torpemente. Mara me empujó a sentarme en la cama y se colocó de pie entre mis piernas.
—Tócame.
Le abrí los muslos y deslicé dos dedos entre sus labios. Estaba empapada. No húmeda, no apenas lista: empapada de verdad. Mis dedos entraron con facilidad y ella arqueó la espalda, soltando el aire por la boca.
—Así que también me estabas esperando tú —dije.
—Llevo semanas esperándote, idiota.
Me incliné y le chupé el coño sin pedir permiso. Quería probar por fin aquello con lo que tantas veces me había corrido imaginando. Su sabor era salado y denso, limpio, adictivo. Abrí sus labios con los pulgares y hundí la lengua de abajo arriba, lento primero, luego más firme, sintiéndola temblar sobre mi boca. Mara me agarró del pelo y empezó a moverse contra mi cara.
—Sí… así… no aflojes.
Metí un dedo, luego dos, curvándolos dentro de ella mientras la lengua seguía lamiendo el clítoris. Su coño me apretó de inmediato, reaccionando con espasmos cada vez más claros. El colchón crujía. Su respiración ya era la misma que tantas veces había escuchado a través del muro, pero ahora estaba frente a mí, con los muslos abiertos, usándome la boca con una franqueza obscena que me volvió loco.
—Me voy a correr —dijo—. No pares, joder.
No paré. Le chupé con más fuerza, alternando círculos y lamidas largas, mientras mis dedos la follaban por dentro. Mara se tensó, me apretó la cabeza entre los muslos y acabó con un gemido áspero, largo, sin contenerse nada. Le temblaron las piernas. Sentí el pulso de su orgasmo alrededor de mis dedos y me quedé ahí un segundo más, lamiéndola suave mientras bajaba.
Cuando me soltó, respiraba agitada y tenía las mejillas encendidas.
—Ahora fóllame —dijo, sin adornos.
La empujé boca arriba sobre la cama y me acomodé entre sus piernas. Froté la punta de mi polla por su entrada mojada, ensuciándome más con lo que había dejado en su coño. Mara me miró directo, con hambre.
—Deja de jugar.
Entré de una sola embestida.
Los dos gemimos al mismo tiempo. Ella estaba caliente y apretada de una forma casi insultante. Mi polla quedó hundida hasta el fondo y por un segundo no pude moverme, ocupado en sentirla tragándome entera. Mara levantó las caderas.
—Muévete.
Lo hice. Salí casi hasta la punta y volví a entrar fuerte. El cabecero golpeó la pared. Otra vez. Y otra. El sonido me atravesó el pecho porque lo conocía demasiado bien. Solo que ahora cada golpe coincidía con mis caderas, con mi polla entrando en ese coño que había oído trabajar para otros durante semanas.
—Así te escuchaba —le dije entre jadeos.
—Pues escucha esto de cerca.
Me clavó las uñas en la espalda y abrió más las piernas. La empecé a coger con un ritmo duro, constante, aprovechando lo mojada que estaba. Su coño hacía ese ruido húmedo y sucio que vuelve innecesaria cualquier fantasía. Cada vez que salía, la veía abrirse para volver a recibirme. Cada vez que entraba, ella soltaba un gemido más roto.
La besé, mordí su cuello, le agarré una teta y apreté el pezón entre los dedos mientras seguía follándola. Mara movía las caderas para recibirme mejor, para hacerme entrar más hondo. Se notaba que sabía perfectamente cómo usar su cuerpo y eso, lejos de intimidarme, me dio más ganas de reventarla a embestidas.
—Más fuerte —dijo.
Obedecí.
La cama empezó a golpear la pared con violencia. Yo la sujeté por detrás de los muslos y la abrí más, metiéndosela hasta el fondo, una y otra vez. Mi pubis chocaba contra su coño mojado. Ella maldecía, gemía, se retorcía debajo de mí. En algún momento me miró con una sonrisa breve y sucia.
—Seguro ahora el vecino de al lado se está pajeando.
Me reí entre dientes y la embestí tan fuerte que le arranqué un grito.
—Que aprenda.
La giré sobre el colchón y la puse boca abajo. Mara levantó el culo de inmediato, ofreciéndose sin vergüenza. Verla así me puso más animal todavía. Le separé las nalgas y contemplé su coño hinchado, abierto y brillando de lo mucho que la había trabajado. Pasé la mano por su espalda, le agarré el pelo desde atrás y volví a meterle la polla de un empujón seco.
—Joder —gimió, ahogando la cara en la almohada.
Desde ahí se la di más duro. Su culo chocaba contra mis ingles con un golpe carnoso y repetido. Una mano en su cadera, la otra en su nuca, entrándole a fondo mientras ella arqueaba la espalda y empujaba hacia atrás para buscar más. El cuarto se llenó de ese ruido de follar sin suavidad, de respiraciones rotas, de la cama quejándose, de nuestras voces ya incapaces de fingir nada.
—Dime que querías esto —le dije, tirando de su pelo para que levantara la cabeza.
—Sí… sí, quería esta polla… quería que me cogieras tú…
—¿Desde cuándo?
—Desde que te vi mirarme el culo en la escalera… ah… mierda…
Saqué la polla y le di una palmada en el culo. No fuerte, pero sí lo bastante sonora para dejarle la piel rosada. Ella gimió y movió las nalgas, pidiéndome otra sin palabras. Le di una más y luego metí dos dedos en su coño mientras le agarraba la mandíbula de lado.
—Mírame.
Giró la cara lo justo.
—¿Te gusta?
—Sí.
—¿Qué te gusta?
—Que me folles. Que me hables así. Que no me trates como a los otros.
Le metí la polla otra vez antes de que terminara de decirlo y se quedó sin aire.
La tuve así un buen rato, cambiando el ritmo, a veces profundo y lento para sentir cómo me apretaba, a veces rápido y brutal, castigando ese coño que no dejaba de mojarme. Mara se tocó por debajo con una mano y yo la dejé, fascinado con la imagen: su cuerpo doblado, mi polla entrando y saliendo, sus dedos frotándose el clítoris mientras gemía mi nombre.
—No pares —dijo—. Me voy a correr otra vez.
Saqué la polla y la hice darse la vuelta. La puse al borde de la cama, con una pierna sobre mi hombro. Desde ahí entré de nuevo y empecé a follarla con embestidas cortas y profundas, justo donde más la hacía temblar. Bajó la mano a su clítoris otra vez y yo le agarré la muñeca.
—Déjame a mí.
La froté con el pulgar mientras la penetraba. Mara abrió la boca en un jadeo largo. Sus tetas rebotaban con cada golpe. Sus uñas se clavaron en mis brazos. Sentí que su coño se iba cerrando alrededor de mi polla, apretándome cada vez más.
—Ahora —le dije—. Córrete ahora.
Y lo hizo. Acabó con un espasmo brutal, las piernas temblándole, el coño contrayéndose tanto que casi me hizo correrme ahí mismo. Siguió gimiendo mientras yo la atravesaba un par de veces más, incapaz de frenar de golpe. Tenía la cara deshecha de placer. Hermosa de una forma indecente.
Yo ya estaba al límite. Me agarró del cuello y me besó con desesperación.
—Termina dentro —susurró—. Quiero sentir tu corrida.
Esa orden me rompió.
Seguí embistiendo cinco, seis veces más, durísimo, hasta que no pude aguantar. Me corrí dentro de ella con un gemido que me vació el pecho. Sentí la corrida salir a pulsos, caliente, mientras su coño seguía apretándome con ecos del orgasmo anterior. Me quedé enterrado unos segundos, respirando contra su hombro, completamente ido.
Cuando por fin salí, parte de mi semen se deslizó por su muslo. Mara miró hacia abajo y luego hacia mí, satisfecha.
—Así que esto era lo que querías desde el principio.
—No exactamente.
—¿No?
—Quería esto… pero no pensé que me ibas a dejar entrar tan fácil.
Se rio, todavía jadeando.
—No fue fácil. Solo fue inevitable.
***
Desperté el lunes con ella al lado, desnuda bajo las sábanas, el pelo revuelto y una pierna cruzada sobre mi muslo. La luz gris de la mañana le caía en la espalda y por un segundo entendí por qué se me había metido tan adentro antes siquiera de tocarla. No era solo lo guapa que era. Era la manera en que ocupaba el espacio, como si no le debiera explicaciones a nadie.
Abrió los ojos y sonrió apenas.
—¿Qué hora es?
—Temprano.
—Entonces todavía hay tiempo.
Me agarró la polla medio dormida, que empezó a endurecerse en su mano con una obediencia casi humillante. Se acercó a besarme sin quitarme la vista de encima.
—Hoy vas a hacer ruido tú —murmuró.
Y volvimos a follar, más lentos al principio, más sucios después, con la luz de la mañana mostrando cada gesto, cada mancha de saliva, cada sacudida del colchón. Pero esa segunda vez ya no tuvo nada de fantasía. La pared seguía ahí. El pasillo también. Lo único que había cambiado era que yo ya no era el vecino que escuchaba.
Era el hombre al otro lado, el que la hacía gemir.
Lo que pasa en los relatos también pasa en la vida real: descubrí escorts VIP en Rosario.