Mi confesión con mi amante en el parque
Siempre me decía que algún día me iba a dar el abrazo que yo necesitaba, uno de esos abrazos largos que parecen ordenar todo por dentro. Al principio me reía, porque apenas nos conocíamos y porque yo no era una mujer libre. Tenía treinta y seis años, un matrimonio que funcionaba por costumbre y una vida demasiado acomodada como para admitir que me faltaba algo.
Él se llamaba Bruno, aunque ese no era el nombre con el que lo conocí. Tenía casi cuarenta, una sonrisa tranquila y esa forma de mirarme como si supiera exactamente qué estaba pensando antes de que yo pudiera esconderlo. No era un chico impulsivo ni alguien que buscara problemas. Eso fue lo que más me desarmó: parecía paciente, pero cada vez que se acercaba a mí, el aire se llenaba de una tensión difícil de negar.
El primer abrazo ocurrió una tarde cualquiera, después de una conversación que se alargó más de la cuenta. Me rodeó con los brazos y yo apoyé la cara en su pecho sin pensar. Sentí su olor, su respiración cerca de mi pelo, la firmeza de sus manos en mi espalda. Me quedé quieta, pero por dentro algo empezó a moverse con una fuerza que no esperaba.
No sé quién buscó el beso primero. Tal vez fui yo, aunque durante días preferí convencerme de que había sido él. Lo cierto es que nuestras bocas se encontraron con una urgencia torpe y deliciosa, como si lleváramos semanas mordiéndonos las ganas. Me besó lento al principio, después con más hambre, sujetándome la nuca mientras yo le apretaba la camisa entre los dedos.
Tuve que separarme porque era tarde. Porque tenía que volver a casa. Porque si me quedaba un minuto más, iba a cruzar una línea que ya estaba demasiado cerca. Él me miró sin decir nada, con los labios húmedos y la respiración algo rota.
—Déjame verte mañana —me escribió esa misma noche.
Le respondí que lo intentaría, aunque sabía que no era tan fácil. Él cuidaba a su hija algunos días y yo tenía horarios, excusas, llamadas pendientes y un esposo que todavía me preguntaba qué quería cenar. Durante una semana nos escribimos a escondidas, cada mensaje más peligroso que el anterior. Yo dormía mal. Me despertaba pensando en su boca, en sus manos, en la manera en que mi cuerpo se había ablandado contra el suyo.
Me sentía ridícula por extrañar a un hombre que apenas conocía, pero lo extrañaba. Me molestaba imaginarlo ocupado, distraído, viviendo sin la misma ansiedad que me quemaba a mí. Después me daba vergüenza de esos celos absurdos. Cerraba el teléfono, lo volvía a abrir, revisaba si estaba en línea. Era una obsesión pequeña y constante, una humedad secreta creciendo bajo mi ropa mientras yo hacía como si nada.
Por fin encontramos una tarde. Le dije en casa que iba a caminar para despejarme y salí con el corazón golpeándome las costillas. El parque estaba casi vacío, con ese silencio raro de los días laborales antes de que anochezca. Lo vi desde lejos, sentado en un banco apartado, cerca de unos árboles altos que tapaban parte del sendero.
No caminé hacia él. Corrí.
Bruno se levantó justo a tiempo para recibirme. Me lancé a sus brazos y lo besé sin saludo, sin prudencia, sin fingir que aquello era una amistad. Él soltó una risa contra mi boca y luego me abrazó con tanta fuerza que se me aflojaron las piernas. Sentí su pecho, sus manos bajando hasta mi cintura, la presión de su cuerpo contra el mío.
—Te extrañé —dijo, con la voz baja.
—Yo también —respondí, y me dio miedo lo cierto que sonó.
Nos sentamos en el banco como dos personas normales, pero no había nada normal en nosotros. Hablamos de cosas mínimas, casi tontas, solo para tener una excusa y seguir cerca. Cada tanto él me rozaba la rodilla con los dedos, y yo dejaba la pierna quieta para que no se detuviera. Cuando me reía, él miraba mi boca. Cuando él miraba mi boca, yo sentía un tirón caliente entre las piernas.
Me incliné primero. Lo besé despacio, probando el mismo deseo de la vez anterior, y enseguida su mano subió por mi nuca. La otra se quedó en mi muslo, firme, abierta, como si midiera hasta dónde podía llegar. Yo llevaba un vestido sencillo, de esos que parecen inocentes hasta que una mano impaciente encuentra el borde. Bruno lo encontró.
—No deberíamos estar haciendo esto aquí —murmuré.
—Lo sé —dijo, sin apartarse.
Su respuesta me excitó más que cualquier promesa. Miré alrededor. A lo lejos pasaba una pareja mayor por el sendero principal, pero nuestro banco quedaba medio oculto por los arbustos y por la sombra de los árboles. El peligro no era enorme, pero existía. Ese filo me puso la piel sensible.
Me acomodé sobre sus piernas, de lado al principio, fingiendo que solo quería besarlo mejor. Él me sostuvo por la cintura. Sentí su erección contra mi muslo antes de que cualquiera de los dos la nombrara. Era dura, evidente, y esa prueba física de lo que yo le provocaba me hizo perder la última parte de prudencia que me quedaba.
Moví las caderas despacio, buscando el roce. Él cerró los ojos y apretó los dedos en mi cintura. Lo hice otra vez, más lento, dejando que mi entrepierna se presionara contra el bulto de su pantalón. Yo también estaba mojada. Podía sentirlo con una claridad vergonzosa, el calor pegándose a mi ropa interior, las ganas volviéndome torpe.
—Me estás volviendo loco —dijo contra mi cuello.
—Entonces no me pidas que pare.
Lo besé con lengua, con hambre, tragándome el sonido grave que soltó cuando volví a moverme sobre él. Sus manos subieron por mis costados y bajaron otra vez hasta mis muslos. Me acarició por debajo del vestido, primero con cuidado, después con una decisión que me dejó sin aire. Sus dedos encontraron el borde de mi ropa interior y se detuvieron apenas un segundo, como una pregunta silenciosa.
Yo le respondí abriéndome un poco más sobre sus piernas.
Bruno apartó la tela y me tocó. No hubo delicadeza falsa ni pausa dramática: sus dedos se deslizaron por mi humedad y los dos supimos que ya estaba perdida. Me mordí el labio para no gemir demasiado fuerte. Él me miraba la cara mientras me acariciaba, atento a cada gesto, a cada pequeña contracción de mi cuerpo.
—Estás empapada —susurró.
Sentí vergüenza y orgullo al mismo tiempo. Le sujeté la muñeca, no para detenerlo, sino para guiarlo. Su dedo entró despacio, llenándome apenas, y mi cuerpo respondió apretándose alrededor de él. Me escondí en su cuello para ahogar un gemido. El banco estaba frío bajo mis rodillas, pero yo ardía de una forma casi insoportable.
Metió otro dedo y empezó a moverlos con un ritmo lento, profundo, buscando el punto exacto que me hacía temblar. Yo me balanceaba sobre su mano, cada vez menos cuidadosa. El parque seguía ahí, con sus senderos y sus luces encendiéndose poco a poco, pero para mí el mundo se redujo a sus dedos dentro de mí y a su boca respirándome en la oreja.
—Mírame —pidió.
Le obedecí. Me costó, porque tenía los ojos pesados de deseo, pero lo miré mientras me tocaba. Esa intimidad me golpeó más fuerte que el riesgo. No era solo calentura; era la sensación de estar siendo vista de verdad, de que alguien descubría una parte mía que yo llevaba años escondiendo incluso de mí misma.
Cuando sacó los dedos, casi protesté. Él los miró, brillantes, y yo hice algo que todavía recuerdo con un calor absurdo en la cara: le tomé la mano y llevé sus dedos a mi boca. Los lamí despacio, saboreándome en su piel, sin apartar los ojos de los suyos. Bruno soltó un aire áspero y su erección saltó contra mí.
—No puedo más —dijo.
Yo tampoco podía. Me bajé de sus piernas solo lo suficiente para arrodillarme entre el banco y un arbusto bajo, en una zona donde la sombra nos cubría casi por completo. Él miró hacia el sendero una vez, luego volvió a mirarme a mí. Le abrí el cinturón con dedos nerviosos, torpes por la urgencia, y bajé el cierre.
Su polla salió dura, caliente, pesada en mi mano. La acaricié desde la base hasta la punta, sintiendo cómo se tensaba con cada movimiento. Él apoyó una mano en mi pelo, sin empujarme, solo aferrándose a algo. Me acerqué y pasé la lengua por la punta, lenta, disfrutando el estremecimiento que le recorrió el cuerpo.
—Mariana... —murmuró, como una advertencia.
Me gustó escuchar el nombre falso que usaba para mí en sus mensajes. Me gustó más todavía sentirlo perder el control. Lo metí en mi boca poco a poco, primero apenas, después más profundo, hasta que su respiración se quebró. Lo chupé con ganas, usando la lengua, la mano, el ritmo que sus caderas me pedían aunque él intentara quedarse quieto.
El sabor de su piel, el peligro de estar ahí y el sonido contenido de sus gemidos me encendieron hasta volverme imprudente. Lo saqué de mi boca y lo masturbé rápido, mirándolo desde abajo. Él tenía la mandíbula apretada y los ojos brillantes, como si estuviera a punto de correrse solo con verme arrodillada entre sus piernas.
—Para —dijo al fin, tirando suave de mi pelo—. Si sigues, termino ya.
Me levantó con una urgencia que me hizo reír contra su boca. Nos besamos de nuevo, su sabor mezclado con el mío, nuestras manos buscando cualquier espacio de piel. Él sacó un preservativo de la cartera con una rapidez que me sorprendió y se lo puso con dedos tensos. Yo miré alrededor, más por reflejo que por verdadera intención de detenerme.
—Nos pueden ver —susurré.
—Entonces mírame a mí.
Esa frase me atravesó. Me subí otra vez sobre él, esta vez de frente, con las rodillas a cada lado de sus muslos. Levanté el vestido lo justo para acomodarme y aparté mi ropa interior con una mano. Con la otra lo sujeté por la base. La punta rozó mi entrada y me quedé quieta un instante, respirando, sintiendo el vértigo exacto antes de caer.
Me bajé despacio sobre su polla. Entró con una presión dulce y firme, abriéndome centímetro a centímetro mientras yo apretaba los labios para no gemir demasiado alto. Cuando lo tuve dentro por completo, apoyé la frente en la suya. Bruno me abrazó por la cintura y se quedó quieto, dejándome acostumbrarme a la invasión, al calor, a la realidad brutal de lo que estábamos haciendo.
Después empecé a moverme. Al principio fue un vaivén suave, casi discreto, como si todavía pudiera fingirse un abrazo. Pero cada roce me llevaba más lejos. Sentía su polla llenándome, saliendo y entrando con una fricción húmeda que me hacía cerrar los ojos. Él me besaba el cuello, la mandíbula, la boca, y cada beso parecía pedir más.
—Así —me dijo—. No pares.
No paré. Apoyé las manos en sus hombros y subí el ritmo, hundiéndome sobre él con movimientos más firmes. El banco crujía apenas bajo nosotros. Ese sonido me asustó y me excitó al mismo tiempo. Bruno me sujetó las caderas y empezó a ayudarme, guiándome hacia abajo cada vez que yo bajaba, metiéndose más profundo hasta que se me escapó un gemido imposible de disimular.
—Shh —me dijo, sonriendo contra mi boca.
—No puedo —respondí.
Él cambió el ángulo, deslizando una mano bajo mi muslo para levantarme un poco. La siguiente embestida me golpeó en un punto que me dejó sin palabras. Se lo hice saber con el cuerpo: me aferré a su cuello, lo besé torpemente, aceleré las caderas con una desesperación que ya no tenía nada de elegante.
Un grupo de personas pasó por el sendero lejano. Escuché voces, una risa, pasos sobre la grava. Me quedé congelada, con él todavía dentro, palpitando. Bruno no se movió. Solo me sostuvo, respirando despacio contra mi pecho. Cuando las voces se alejaron, el alivio llegó mezclado con una excitación más oscura, más intensa.
—Dios, Bruno —dije, y volví a moverme.
Esta vez no hubo calma. Lo monté con hambre, buscando mi orgasmo sin pedir permiso, sintiendo cómo el placer me subía por la espalda. Él tenía los dedos clavados en mis caderas y la boca entreabierta, conteniendo gemidos que le salían roncos. Cada vez que me dejaba caer, lo sentía hasta el fondo, y esa sensación me rompía un poco más.
Me corrí de golpe, con la cara escondida en su cuello para ahogar el grito. El orgasmo me apretó por dentro en oleadas fuertes, tan fuertes que tuve que quedarme quieta mientras mi cuerpo se contraía alrededor de su polla. Bruno maldijo en voz baja. Sentí cómo perdía el ritmo, cómo sus manos temblaban sobre mí.
—Me voy a correr —dijo.
Le mordí el hombro por encima de la camisa y me moví otra vez, más corto, más profundo, ayudándolo a llegar. Su cuerpo se tensó debajo del mío. Me abrazó con fuerza y se corrió dentro del preservativo, enterrado en mí, con un gemido bajo que me vibró en el oído. Sentí sus pulsaciones, su respiración rota, el peso de su frente contra mi hombro.
Nos quedamos así un momento, unidos, callados, intentando recordar dónde estábamos. El parque había oscurecido más. Una luz amarilla caía sobre el borde del sendero y dejaba nuestro banco en una penumbra cómplice. Yo seguía sentada sobre él, con el vestido desordenado y el corazón desbocado.
Cuando por fin nos separamos, el frío de la tarde me hizo estremecer. Él se arregló rápido y yo acomodé mi ropa con manos temblorosas. No dijimos nada durante varios segundos. Era como si cualquier palabra pudiera romper el hechizo o, peor, hacerlo demasiado real.
—No sé qué estoy haciendo —confesé.
—Sí lo sabes —dijo él, pero no sonó arrogante. Sonó triste.
Me senté a su lado, ya no encima, y apoyé la cabeza en su hombro. Me rodeó con un brazo. En mi mano izquierda, el anillo brillaba con una discreción cruel. Lo miré y sentí culpa, deseo, miedo y una felicidad pequeña que no debería haber estado ahí.
No prometimos nada. No hablamos de amor ni de futuro. Solo nos besamos una vez más, lento, con la boca cansada y el cuerpo todavía sensible. Después me levanté para volver a casa, fingiendo que podía ordenar mi vida con la misma facilidad con la que me acomodaba el vestido.
Antes de irme, Bruno me tomó de la mano.
—¿Te arrepientes?
Miré el banco, la sombra de los árboles, el sendero casi vacío. Pensé en mi cama matrimonial, en mis noches sin sueño, en la forma en que él me había hecho temblar sin pedirme que fuera otra persona. Podría haber mentido. Habría sido más fácil.
—Todavía no —dije.
Y esa fue la parte más peligrosa de toda la tarde.
Para quienes leen desde Buenos Aires: escorts en Retiro, con fotos reales.