Mi primera vez en un trío después de la fiesta
Me gusta arreglarme sabiendo exactamente el efecto que voy a causar. Esa noche, antes de salir, me planté frente al espejo de cuerpo entero y supe que iba a meterme en problemas. Llevaba un vestido negro, corto de verdad, con falda amplia y escote recto, de esos que obligan a caminar con cuidado si no quieres enseñar de más. O si sí quieres.
Había quedado de verme con un tipo con el que llevaba unos días coqueteando por mensajes. No quería que supiera dónde vivía, así que pedí un carro por aplicación y le dije que me esperaba afuera de la casa donde sería la reunión. Mi madre me vio salir, me recorrió de arriba abajo y soltó una sonrisa de esas que dicen más que mil palabras.
—Así te vas a ir —me dijo.
—Sí, ¿por qué?
—Ya vete antes de que te vea tu padre.
Me reí, agarré mi bolso y salí con una emoción caliente latiéndome en la panza. Debajo del vestido llevaba un shortcito negro pequeño, porque la falda era tan corta que cualquier descuido podía dejarme media nalga al aire. En el espejo me había gustado precisamente eso: que apenas me inclinara un poco y el borde de la tela ya insinuara demasiado.
Cuando llegué, él ya estaba afuera esperándome. Al bajarme del auto me sostuvo la mano y aproveché el movimiento para abrir un poco las piernas, como si fuera por torpeza. Vi perfecto la forma en que su mirada se hundió entre mis muslos antes de besarme la mejilla. Esa mirada me puso de inmediato de buen humor.
La casa era grande, antigua, con patio amplio y música sonando desde afuera. Había varias personas, pero los que importan en esta historia eran tres: el que me había invitado, al que llamaré Bruno; el dueño de la casa, al que llamaré Darío; y yo. Los demás eran parejas y amigos que estuvieron ahí al principio, bebiendo, comiendo y viendo cómo yo me movía con la soltura de quien sabe exactamente el efecto que causa.
Darío me saludó tomándome de la mano y haciéndome girar. Yo completé la vuelta un poco más rápido de lo necesario y la falda se me levantó lo suficiente para dejar ver el borde del short. Escuché un par de risas, sentí varias miradas clavadas en mis piernas y una de las novias presentes me fulminó con los ojos. Eso solo me dio más ganas de seguir.
La noche fue agarrando calor a sorbos de cerveza y música. Al principio fingí un poco de inocencia, sentada con las piernas cruzadas, cuidando el vestido solo lo justo. Pero conforme tomaba, me relajaba más. Me gustaba cómo Bruno y Darío me miraban cuando hablaba, cuando me reía, cuando cambiaba de postura y la falda amenazaba con subir un poco más.
Después pusieron reguetón. Ahí sí se fue al carajo mi prudencia.
Bruno me sacó a bailar primero. Empezamos con distancia, pero duró poco. Yo me pegué a él y sentí su erección marcarse contra mi culo a través del pantalón. La sensación me atravesó entera. Empecé a mover las caderas de arriba abajo, restregándome con descaro, y cada vez que me agachaba sentía cómo se endurecía más. Él me agarró de la cintura, luego de las caderas, y cuando me incliné de verdad, con las piernas abiertas y la falda subida, me soltó una nalgada seca que me arrancó un jadeo.
Darío no tardó en meterse. Literalmente.
—Ahora me toca a mí —dijo, apartando a Bruno con una risa.
Se puso detrás de mí y me copió el juego. Otra mano en mi cintura, otra erección rozándome el culo, otra tanda de movimientos lentos y sucios. Yo ya estaba caliente de verdad. No jugando. No fingiendo. Caliente hasta sentir la humedad crecerme entre las piernas. La falda ya me importaba poco; si se subía, se subía. Si me veían, mejor.
Seguimos así varias canciones, turnándose casi sin hablarlo, como si ambos supieran que yo estaba disfrutando ser el centro de esa tensión. Poco a poco la gente fue yéndose. Una pareja se marchó incómoda. Luego otra. Al final quedamos los tres y una pareja más en el patio, hasta que ellos también se retiraron.
Cuando por fin nos sentamos a descansar, yo ya tenía las piernas flojas y el coño palpitando. Le dije a Bruno que quería ir al baño. Él se levantó de inmediato, me tomó de la mano y me llevó adentro.
Pasamos junto a la escalera y abrió la puerta del baño de abajo. Se asomó un segundo y luego negó con la cabeza.
—Mejor el de arriba.
No pregunté nada. Subí primero, sintiendo su mirada clavada en la parte de atrás de mis muslos, en el borde de la falda, en mi culo. Lo sabía porque no hizo ni el intento de disimular.
—Te tapas como si no te hubiera visto todo bailando —me dijo, cuando me puse una mano detrás para sujetarme el vestido.
—No has visto todo —le respondí con una sonrisa.
Eso fue suficiente. Llegando al descanso de la escalera me tomó de la cintura, me pegó a él y me besó con hambre. Nada de besito tímido. Lengua, presión, manos apretándome el culo por debajo de la falda como si llevara toda la noche queriendo hacerlo. Yo le correspondí con la misma urgencia, arqueándome contra su cuerpo para sentir bien la dureza de su verga a través del pantalón.
Sin dejar de besarme, me hizo retroceder hasta un cuarto. Cerró la puerta con el pie. Había una cama amplia, luz tenue y la música del patio llegando apagada desde abajo. El ambiente estaba tan cargado que ni siquiera sentí nervios. Solo ganas.
Lo senté en el borde de la cama y me quedé de pie entre sus piernas. Él me miró de arriba abajo como si quisiera comerme entera. Yo me di media vuelta y empecé a bailarle despacio, moviendo las caderas, inclinándome lo suficiente para que viera mi culo, pero no tanto como para darle todo de golpe. Sus manos subieron por mis muslos y se quedaron apretándome las nalgas.
—Así déjatelo —murmuró al ver cómo el short se me había metido entre las nalgas—. Se te ve un culo de locura.
Me excitó más oírlo hablar así. Me giré y me monté sobre él, de frente, con el vestido recogido hasta la cintura. Sentí su bulto duro entre mis piernas y empecé a frotarme contra él, despacio, dejando que la tela de su pantalón me rozara justo donde más caliente estaba. Solté un gemido corto, involuntario. Él sonrió, me agarró del cuello con una mano y me besó mientras con la otra me estrujaba una nalga con fuerza.
Entonces me bajé de su regazo y me arrodillé entre sus piernas. Le desabroché el pantalón despacio, disfrutando la forma en que respiraba más hondo con cada movimiento. Cuando le bajé el cierre, su erección empujó el bóxer desde dentro. Lo miré un segundo antes de apartarle la tela y sacar su verga.
Estaba dura, gruesa, caliente. La tomé con la mano y le di un beso en la punta, solo para escucharlo jadear. Luego otro en el tronco. Después saqué la lengua y la pasé desde la base hasta la cabeza, lenta, sintiendo su sabor, el calor de la piel, la tensión que le recorría el cuerpo.
—No juegues tanto —dijo con la voz tensa.
—Sí voy a jugar —le respondí antes de metérmela en la boca.
La primera chupada se la di despacio, cerrando bien los labios alrededor de la punta, bajando hasta donde me dio la gana y volviendo a subir con succión. La segunda fue más profunda. A la tercera ya estaba tragándomela casi hasta la mitad mientras mi mano trabajaba la base. Él me acarició el pelo, luego me agarró con más fuerza, como si quisiera marcar el ritmo pero todavía se contuviera.
Me puse en cuatro sobre la cama para acomodarme mejor y seguir mamándosela. Así, con el culo levantado y la falda subida hasta la espalda, supe que estaba ofreciéndome de una manera brutal. Y me gustó. Me encantó sentirme así de expuesta mientras mi boca se llenaba de su verga y la saliva empezaba a escurrirme por la barbilla.
Noté unas manos en las nalgas y pensé que eran las de Bruno. Apreté los labios y seguí chupando con ganas, dejando que la punta me golpeara el paladar. Pero enseguida sentí otra caricia diferente: más amplia, más curiosa, como si alguien estuviera admirándome el culo antes de tocarlo. Giré un poco la cabeza sin sacarme la verga de la boca.
Era Darío.
Estaba detrás de mí, de pie junto a la cama, mirándome con una sonrisa torcida mientras me amasaba las nalgas.
—Joder —dijo—. Llevo toda la noche pensando en este culo.
Bruno levantó la cabeza y soltó una risa al verlo.
—¿Te vas a quedar mirando o vas a hacer algo?
Ese fue el momento exacto en que entendí que la noche acababa de cambiar. Hasta ahí yo había subido pensando en mamársela a uno y listo. Salir temblando, sí, pero por un solo hombre. En cambio, me encontré con dos, conmigo en cuatro en medio de ambos y un calor bestial trepándome por todo el cuerpo. Lejos de asustarme, el morbo me explotó por dentro.
Darío me dio una nalgada firme. El golpe me hizo gemir alrededor de la verga que tenía en la boca.
—Mírala cómo se moja —dijo, deslizándome los dedos por entre las piernas.
Yo ya estaba empapada. No hubo forma de ocultarlo. Sus dedos recorrieron mis labios hinchados, se untaron de mi humedad y luego me separaron un poco el coño para mirarme mejor. La sensación de tener uno en la boca y otro manoseándome por atrás me puso a temblar.
—Levanta un poco las rodillas —ordenó.
Obedecí. Él me bajó el short por los muslos, luego por las piernas, hasta quitármelo por completo. Sentí el aire en el culo desnudo, la exposición total, y eso solo me puso más caliente. Bruno seguía duro en mi boca, y yo seguía chupando mientras Darío me acariciaba sin prisa, abriéndome las nalgas, metiendo un dedo entre ellas, bajando después hasta mi entrada mojada.
Me rozó apenas con la punta de un dedo y casi me derrumbo. Estaba demasiado sensible. Demasiado excitada.
—Está chorreando —murmuró.
Metió un dedo. Luego dos. Despacio al principio, sintiendo cómo lo recibía mi cuerpo. Yo me arqueé más, empujándome contra su mano mientras no soltaba la verga de Bruno. Él empezó a moverme la boca con la mano en mi nuca, suave pero insistente, y la doble estimulación me volvió loca. Mi coño tragando dedos. Mi boca tragando verga. Mi saliva mezclándose con mis jadeos. Todo al mismo tiempo.
Darío sacó los dedos y los reemplazó por la punta de su polla. La sentí abrirme los labios, resbalar entre mi humedad y detenerse justo en la entrada.
Ahora sí, pensé.
Me la metió despacio, cabeza adentro primero, luego un poco más, dejándome sentir cómo iba entrando. Gemí tan fuerte que la verga de Bruno me cortó el sonido dentro de la garganta. Darío empujó otra vez y esta vez me la clavó entera de una embestida larga que me hizo apretar las sábanas.
No hay forma elegante de decirlo: me estaba follando mientras yo mamaba otra polla, y se sentía increíble.
Empezó a cogerme con un ritmo firme, agarrándome de las caderas. Cada embestida me empujaba hacia delante y hacía que me tragara más a Bruno. Yo intentaba acompasarme, pero al final mi cuerpo reaccionó solo: empecé a mover la cabeza en una polla y las caderas sobre la otra, atrapada en ese circuito de placer sucio que me estaba desarmando por completo.
Bruno empezó a jadear arriba de mí. Me agarró del pelo con más fuerza y comenzó a follarme la boca en el mismo ritmo en que Darío me follaba el coño. Adelante y atrás. Boca y coño. Dos vergas usándome a la vez, cada una arrancándome un sonido distinto. Sentía la cama crujir, mis muslos temblar, la saliva caerme, mi humedad escurrir por las piernas.
—Así, puta, así —me dijo Darío al darme otra nalgada—. Sigue mamándosela mientras te la meto toda.
Ese tono sucio me derritió. Apreté el coño alrededor de su verga y él soltó un gruñido. Entonces empezó a cogerme más duro, sin pausas, entrando hasta el fondo y saliendo lo justo para volver a clavármela. Yo ya estaba perdida, respondiendo como podía, tragando a Bruno, ahogándome un poco, salivando más, sintiendo cómo la excitación se me acumulaba abajo con una fuerza casi dolorosa.
Me corrí así, en cuatro, con una polla en la boca y otra dentro. No fue un orgasmo bonito ni delicado. Fue un temblor brutal. El coño me palpitó con violencia alrededor de Darío y las piernas se me aflojaron tanto que casi me desplomo. Solté un gemido ahogado, húmedo, largo, mientras el orgasmo me vaciaba en sacudidas. Él lo sintió de inmediato.
—Aprieta de la chingada —dijo, acelerando aún más.
Yo seguía corriéndome a espasmos, mojándolo todo. Cada contracción me hacía apretar su verga y cada embestida me prolongaba la descarga. Bruno, arriba, gemía también al sentir cómo mi boca se volvía más desesperada, más desordenada, más mojada. Era demasiado placer junto. Demasiado morbo. Me tenía fuera de mí.
Cuando el primer orgasmo aflojó, me saqué la verga de la boca un segundo para respirar. La saliva me colgaba del mentón. Me giré apenas y vi la polla de Darío salir brillante de mi coño, empapada de mí. La imagen me dio hambre. Literal.
La agarré con la mano y me la llevé a la boca sin pensarlo.
Le chupé la punta, luego medio tronco, saboreando mi propia humedad mezclada con él. Darío soltó una risa incrédula y me acarició la cabeza. Al mismo tiempo, Bruno se puso detrás de mí, me abrió las nalgas con una mano y empezó a rozarme el ano con los dedos.
Levanté la vista.
—¿Sí? —me preguntó.
Yo estaba tan caliente que apenas asentí.
Me escupió entre las nalgas, me frotó con los dedos y me fue abriendo despacio. No metió la verga de golpe. Me trabajó primero con un dedo, luego dos, mientras yo seguía mamándosela a Darío y mi coño todavía latía vacío, sensible, pidiendo más. Cuando sentí la cabeza de Bruno presionando contra el culo, me tensé por puro reflejo.
—Relájate —me dijo—. Te va a encantar.
Empujó lento. La primera entrada me arrancó un quejido profundo. Ardor, presión, una invasión completa que me obligó a cerrar los ojos. Seguí chupando para no pensar demasiado, respirando por la nariz, dejando que me abriera despacio. Cuando por fin estuvo dentro hasta el fondo, me quedé quieta un momento, sintiéndolo ahí, grueso, duro, llenándome de una forma totalmente distinta.
Entonces empezó a moverse.
El placer tardó unos segundos en vencer la tensión, pero cuando lo hizo, fue una locura. Bruno me follaba el culo con embestidas controladas al principio, y yo le mamaba la verga a Darío con ganas renovadas, excitada por la mezcla de sensaciones. Darío, al vernos así, se colocó delante de mí y me ofreció otra vez su polla. La tomé de inmediato, hambrienta, y empecé a alternar lengua y succión mientras Bruno me cogía por detrás.
Sentía cada tirón en el culo subir hasta el vientre, mezclarse con el pulso del coño todavía hinchado y bajar de nuevo en oleadas. Darío me agarró de la barbilla, me obligó a mirarlo y me dijo:
—Trágatela bien. Quiero correrme en esa boca.
Le obedecí con gusto. Me la metí toda lo más que pude, dejé que me golpeara la garganta y seguí mamando con una mano en la base. Detrás, Bruno ya había dejado la delicadeza. Me agarró duro de las caderas y empezó a darme embestidas más secas, más hondas, haciéndome rebotar sobre la cama. Cada una me arrancaba un gemido y hacía que mi boca se moviera peor sobre Darío, más sucia, más desesperada.
Volví a correrme. Esta vez no por el coño, sino por esa mezcla imposible de dolor rico, morbo y sometimiento voluntario. El orgasmo me dobló desde dentro. Sentí el culo cerrarse y abrirse alrededor de Bruno mientras temblaba entera. Tuve que sacar la verga de Darío un segundo para jadear, pero él me la devolvió a la boca enseguida, y yo la recibí feliz, babeando, tragando aire y polla a la vez.
Darío fue el primero en avisar.
—Ya voy a correrme.
Le hice un gesto para que siguiera. Quería toda su corrida en la boca. Lo chupé más rápido, con succión fuerte, lengua en la punta, mano apretando el tronco. Su respiración se volvió errática. Me agarró del pelo y me hundió la verga hasta el fondo una última vez. Luego se corrió.
Sentí el semen caliente llenarme la boca en pulsos espesos. No aparté la cabeza. Al contrario: seguí succionando para sacarle hasta la última gota mientras él gemía y me decía groserías al oído, excitado de verme tragar. Algo se me escurrió por la comisura de los labios y lo recogí con los dedos para volver a llevármelo a la lengua.
Bruno seguía dentro de mi culo, cada vez más cerca de correrse también. Darío se apartó apenas, todavía jadeando, y yo me quedé en cuatro de nuevo, dándole acceso completo al otro. Bruno me dio un par de embestidas más, profundas, tensas, y luego soltó un gruñido ronco justo antes de vaciarse dentro.
La corrida anal fue otra sensación brutal: los espasmos de su verga palpitando dentro de mi culo, el calor extendiéndose, su mano clavada en mi cadera para mantenerme quieta mientras me llenaba. Cerré los ojos y dejé caer la frente sobre la cama, agotada y feliz, sintiendo cómo parte del semen se me escapaba lentamente cuando él salió al fin.
Nos quedamos unos minutos respirando, sin hablar demasiado. Yo boca abajo, con la falda arrugada en la cintura, el culo todavía abierto y húmedo, el cuerpo entero temblándome por el bajón de placer. Darío me acariciaba la espalda. Bruno me daba palmaditas suaves en la nalga como si todavía no pudiera resistirse a tocarme.
—Mírate —dijo Darío con una sonrisa—. Quedaste servida.
—Y bien servida —respondí, todavía con la voz ronca.
Nos reímos los tres. Luego me incorporé despacio. Tenía las piernas débiles y una sensación espesa entre los muslos que me recordaba cada segundo lo que acababa de pasar. Busqué mi short en el suelo y no apareció por ninguna parte. Revisé junto a la cama, al pie del colchón, entre la ropa tirada. Nada.
—Olvídalo —dije al final—. Pidan mi coche antes de que me quede dormida aquí.
Mientras llegaba, todavía hubo tiempo para unos cuantos besos más y para que les diera una limpiada lenta con la lengua a las dos vergas, porque me gusta demasiado hacer eso cuando todo termina y todavía saben a sexo, a sudor y a lo que acaba de pasar. Ninguno se quejó.
***
Cuando avisaron que el auto ya estaba afuera, me acomodé el vestido como pude. Seguía sin ropa interior y caminaba sintiendo el fresco de la noche directo entre las piernas. Los dos me acompañaron a la puerta. Me despedí con un beso de cada uno y me subí adelante, todavía medio aturdida por todo.
Durante el trayecto noté al conductor callado, serio, mirando al frente con más rigidez de la normal. Yo seguía con el cuerpo ardiendo y la cabeza llena de imágenes de hacía unos minutos. Cada bache me recordaba lo sensible que tenía el culo. Cada roce del asiento me hacía consciente de que no llevaba nada debajo del vestido.
Le pedí que me dejara cerca de una plaza, a unas calles de mi casa, como acostumbro. Cuando se detuvo, me bajé con cuidado y me incliné hacia la ventanilla para preguntar si el viaje ya estaba pagado. Me dijo que sí, sin mirarme directamente.
Caminé unos metros y entonces lo entendí todo.
El aire fresco me pegó entre las piernas de una forma demasiado clara. Me llevé la mano debajo de la falda y confirmé que no traía absolutamente nada. Ni short, ni tanga, ni nada. Se había quedado quién sabe dónde en el cuarto de Darío. Y yo, en mi estado de calentura y agotamiento, me había subido así al coche, me había acomodado así en el asiento, me había inclinado así en la ventana.
Me dio risa. Vergüenza no, risa.
Bueno, pensé, ya tuvo su propina.
Entré a mi casa en silencio, me encerré en mi cuarto y me tumbé en la cama con una sonrisa enorme. Tenía el cuerpo agotado, la boca todavía con sabor a semen y el culo sensible, recordándome a cada segundo que aquella había sido mi primera vez en un trío. No planeada. No perfecta. Mucho mejor que perfecta.
Y sí, al día siguiente desperté adolorida. Pero también con unas ganas tremendas de volver a repetirlo.
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