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Relatos Ardientes

Cuando llamó a mi puerta para coger conmigo

No podía creer que de verdad hubiera ido.

La había imaginado tantas veces frente a mi puerta que, cuando por fin sonó el timbre, me quedé un segundo inmóvil, con la mano suspendida en el aire y el pulso disparado. Llevábamos semanas hablándonos hasta la madrugada, soltando confesiones cada vez más directas, jugando a decirnos lo que nos haríamos si alguna vez nos veíamos a solas. Muchas veces pensé que todo quedaría en eso, en mensajes calientes, en fotos insinuadas, en promesas que dan morbo precisamente porque nunca se cumplen.

Pero esa noche sí ocurrió.

Cuando abrí, la encontré ahí, de pie en el pasillo, con una expresión a medio camino entre el miedo y el deseo. Se había arreglado sin exagerar, como si quisiera aparentar que aquello todavía podía ser una visita inocente, aunque los dos sabíamos que no. Sus ojos claros evitaban los míos por ratos, y luego volvían a buscarlos con una necesidad que me encendió todavía más.

—No sé qué hago aquí —murmuró.

Ni siquiera la dejé terminar.

Le agarré la nuca con una mano, tiré de ella hacia mí y la besé con toda la calentura acumulada durante aquellas semanas. No fue un beso suave ni tímido. Fue hambre pura. Mi boca se apretó contra la suya con desesperación, mi lengua buscó la suya de inmediato, y sentí cómo se le escapaba el aire en un gemido ahogado, sorprendido, antes de que sus dedos se aferraran a mi camisa.

Al principio se quedó tensa, como si todavía le costara aceptar que por fin había cruzado esa línea. Luego se derritió. Me devolvió el beso con la misma intensidad, abriendo la boca, dejándose devorar, pegando su cuerpo al mío mientras el rubor le subía por las mejillas. Sonrió apenas nos separamos un segundo para respirar, y esa sonrisa me confirmó que no me había equivocado.

—Pensé que ibas a hacerme entrar y ofrecerme agua o algo así —dijo, todavía jadeando.

—Si te veía y hacía eso, me moría.

Se rio bajito, nerviosa.

—Esto está mal. Es una locura.

—Entonces hagamos la locura completa.

Le tomé la mano y cerré la puerta con el pie. La llevé por el pasillo sin soltarla, sintiendo cómo sus dedos se apretaban a los míos. Apenas entramos en mi cuarto, volvió a decir que era una locura, pero esta vez su voz no sonó asustada, sino excitada. Como si necesitara repetirlo para darse permiso.

Me giré hacia ella y la arrinconé suavemente contra la puerta cerrada. —Déjate llevar —le susurré, rozándole los labios.

La besé otra vez. Más lento al principio. Luego volví a perder la paciencia.

Mis manos bajaron por sus costados hasta su cintura, y de ahí a sus caderas. El vestido le quedaba pegado al cuerpo y me estaba volviendo loco. Lo recorrí con las palmas abiertas, sintiendo la curva de sus muslos, la firmeza de su culo, el calor que despedía incluso a través de la tela. Ella me metió las manos bajo la camiseta, me acarició el pecho y la espalda, y cuando notó lo duro que estaba ya contra mi pantalón, soltó una respiración temblorosa.

—Joder —susurró—. Sí que me tenías ganas.

—No tienes idea.

Le mordí el labio inferior y bajé a su cuello. Ahí sí gemió claro, sin contenerse. Ladeó la cabeza para darme más espacio y sus uñas se hundieron en mi espalda cuando empecé a chuparle la piel despacio, marcando el camino con la lengua. Mientras lo hacía, metí las manos bajo su vestido. Su piel estaba ardiendo. La recorrí desde los muslos hacia arriba, disfrutando cómo se estremecía cada vez que mis dedos subían un poco más.

Llevaba el coño caliente y húmedo incluso antes de que lo tocara de verdad. La tela de la tanga estaba empapada.

—Mírame —le dije.

Lo hizo. Tenía la respiración rota y los ojos llenos de deseo.

—Dime que pare si no quieres esto.

—No pares —contestó al instante—. Por favor, no pares.

Le saqué el vestido por la cabeza de un tirón impaciente y lo dejé caer al suelo. Se quedó frente a mí solo con la tanga y el sujetador, preciosa, nerviosa y excitada a la vez. No apartó los brazos para cubrirse. Eso me gustó. Seguía teniendo inseguridades, sí, pero en ese momento estaba eligiendo quedarse, dejarse mirar, dejarse tocar. Y yo quería que entendiera de una vez lo mucho que me provocaba.

Le besé la clavícula, el pecho por encima del sujetador, el vientre. Mis dedos fueron a su espalda y desabroché la prenda sin apartar los ojos de los suyos. Cuando cayó, vi cómo se le erizaron los pezones en el acto, duros por la excitación y por el aire fresco de la habitación.

—Eres una locura —le dije de verdad, admirándola.

—Hazme tuya —me soltó al oído, ronca, y me mordió el cuello.

Eso fue suficiente para perder cualquier resto de calma.

La hice retroceder hasta la cama y la empujé con suavidad para que se sentara en el borde. Me arrodillé entre sus piernas y le besé el interior de los muslos por encima de la tanga, despacio, disfrutando cómo abría más las piernas por puro reflejo. La tela ya estaba tan mojada que se pegaba a su coño, marcándolo todo. Pasé dos dedos por encima y gimió, apretando los labios.

—Mierda... —soltó, mirándome—. Me vas a matar.

—Todavía no he empezado.

Le enganché la tanga con los pulgares y se la bajé lentamente por las piernas. Ella levantó las caderas para ayudarme. Cuando quedó desnuda del todo de cintura para abajo, separé sus muslos con las manos y me tomé un segundo para mirarla. Estaba abierta para mí, brillando de humedad, respirando cada vez más rápido.

Le pasé la lengua de abajo arriba y su espalda se arqueó al instante.

—Joder...

Volví a hacerlo, esta vez más despacio, saboreándola entera. Me gustó su olor, su calor, la forma en que tembló cuando rodeé el clítoris con la punta de la lengua antes de chuparlo con firmeza. Mis manos se agarraron a sus muslos para mantenerla abierta mientras mi boca trabajaba sin prisa, alternando lamidas largas con golpes precisos donde más lo sentía.

Empezó a moverse contra mi cara casi enseguida. Al principio intentaba contenerse, pero duró poco. Los gemidos se le hicieron más graves, más sinceros. Me dijo mi nombre. Me pidió que no parara. Me pidió más. Yo obedecí encantado.

Metí un dedo dentro de ella, luego dos, y los moví despacio mientras seguía lamiéndole el clítoris. Estaba tan mojada que mis dedos entraban y salían sin esfuerzo, cubiertos por completo. Le abrí más las piernas, hundí la cara y la comí con hambre, haciendo ruidos húmedos, usando la lengua con fuerza, notando cómo su coño se contraía alrededor de mis dedos cada vez que acertaba de lleno.

—Así... así, así... no pares, no pares —jadeó.

Le chupé el clítoris con más presión y curvé los dedos dentro de ella. Entonces perdió el control.

Sus manos me agarraron del pelo. No para apartarme, sino para hundirme más. Empezó a follarse mi boca con las caderas, desesperada, subiendo y bajando contra mi lengua. Yo la seguí el ritmo, metiéndole los dedos hasta el fondo y sacándolos empapados para volver a entrar. El colchón crujía. Ella soltó un gemido largo, roto, y de pronto todo su cuerpo se tensó de golpe.

Se corrió con un espasmo violento, apretándome la cabeza entre los muslos. Su coño palpitó alrededor de mis dedos mientras temblaba entera, incapaz de quedarse quieta. Seguí lamiéndola durante el orgasmo, tragándome sus gemidos, sintiendo cómo me mojaba más la boca. Cuando intentó apartarse por sensibilidad, la sujeté con firmeza y le di unas últimas lamidas lentas hasta que se derrumbó sobre la cama, jadeando.

Le besé el vientre y subí hasta su boca para que se probara en mis labios. Me recibió con un beso húmedo, todavía desordenado por el orgasmo.

—Nunca me habían comido así —me confesó, con la voz temblándole.

—Pues acostúmbrate.

Se incorporó sobre los codos y me miró con una mezcla de deseo y atrevimiento renovado. El orgasmo la había soltado por completo. Ya no quedaba casi nada de la mujer insegura que había dudado al llegar. Ahora estaba encendida, desatada.

Me empujó con una mano en el pecho hasta que me dejé caer en la cama. Luego se arrodilló entre mis piernas y me desabrochó el pantalón sin apartar los ojos de los míos. La dureza me tiraba tanto que casi dolía. Cuando me bajó la ropa interior y me sacó la polla, soltó una media sonrisa al verla tensa, caliente y completamente tiesa para ella.

—Conque no podías esperar —murmuró.

—Llevo mucho esperando.

Me rodeó la base con la mano y empezó a acariciarme despacio, subiendo y bajando con firmeza. Su pulgar pasó por la punta, extendiendo el líquido que ya rezumaba, y ese gesto tan simple me hizo apretar los dientes. Luego se inclinó y me dio una lamida lenta desde los huevos hasta el glande, mirándome desde abajo justo antes de metérsela en la boca.

Lo hizo despacio la primera vez, como saboreándome. Luego profundizó más. Su lengua jugó con la punta, bordeándola, y después me tragó casi entero en una bajada húmeda que me arrancó un gemido sin remedio. Me la chupaba con gusto, sin prisas, cerrando los labios con fuerza mientras su mano seguía el ritmo en lo que no le cabía.

—Joder... sí... así —solté.

Eso pareció animarla todavía más. Empezó a alternar chupadas profundas con lamidas largas y húmedas, y de vez en cuando se detenía solo para escupir sobre la punta y volver a meterla en su boca. La imagen era una puta locura: el pelo cayéndole sobre la cara, la boca abierta alrededor de mi polla, sus ojos clavados en mí mientras hacía esos ruidos mojados que me llevaban al borde.

Me acariciaba también los huevos con una mano, los apretaba lo justo, y luego me masajeaba la base antes de volver a tragarme. Cada vez que bajaba hasta donde podía, me agarraba las caderas como si quisiera que le follara la boca. Al final no aguanté y empecé a moverme contra ella, corto al principio, luego con más necesidad.

—Sígueme así y me corro en tu puta boca —le advertí.

Ella se la sacó solo un momento, jadeando.

—Todavía no. Quiero sentirla dentro.

Me levanté como pude, con la respiración hecha mierda, y saqué un condón del cajón de la mesita. Lo abrí sin quitarle los ojos de encima. Ella seguía de rodillas sobre la cama, desnuda, los labios brillantes, las piernas abiertas, observando cada movimiento como si también le excitara verme prepararme para follarla.

Me puse el preservativo y volví hacia ella. La recosté de espaldas, le besé la boca una vez más y le acaricié el muslo hasta colocarme entre sus piernas. Entonces le pasé la punta de la polla por el coño empapado, arriba y abajo, empujando apenas en la entrada para provocarla.

—No juegues más —me pidió, desesperada—. Métela de una vez.

Le levanté una pierna y la sostuve abierta con el antebrazo. Luego empujé de golpe.

Entró entera, hasta el fondo, de una sola embestida. Estaba tan mojada y tan caliente que mi polla se hundió sin resistencia y el gemido que le arranqué me dejó todavía más loco. Ella arqueó la espalda, me clavó las uñas en los hombros y me recibió con las piernas cerrándose alrededor de mi cintura.

—Mierda, sí... sí... —jadeó.

Me quedé un segundo dentro, sintiendo cómo me apretaba, cómo su coño latía todavía sensible por el orgasmo anterior. Luego empecé a moverme. Salía casi por completo y volvía a entrar con embestidas profundas, firmes, cada vez más duras. El sonido húmedo de la penetración llenó la habitación enseguida, mezclado con sus gemidos y mi respiración pesada.

Le agarré las muñecas y se las sujeté por encima de la cabeza mientras la follaba. Ella me miró con los labios entreabiertos y una expresión de puro vicio. Le encantó. Lo noté en cómo levantó más las caderas para recibirme mejor.

—Así te quería —le dije entre dientes—. Abierta y mojada para mí.

—No pares... fóllame... fóllame más fuerte.

Le obedecí.

Empecé a darle más duro, golpeando el colchón con las caderas, metiéndosela hasta el fondo una y otra vez. Sus tetas rebotaban con cada embestida. Sus piernas me apretaban los costados. Cada vez que salía, su coño me reclamaba enseguida, resbalando húmedo, voraz, y yo volvía a hundírsela sin compasión. Me insultó bajito. Me pidió más. Me dijo que llevaba demasiado tiempo imaginando eso. Yo también.

Solté sus muñecas y le levanté ambas piernas sobre mis hombros para abrirla más. En esa postura entraba todavía más hondo. Se corrió un gemido más ronco, casi un grito, cuando notó el cambio. Le agarré los muslos y mantuve el ritmo, duro y constante, viendo cómo su cara se deshacía en placer.

—¿Te gusta así?

—Sí... joder... me encanta... no aflojes...

Bajé una mano entre nuestros cuerpos y empecé a frotarle el clítoris mientras la seguía penetrando. La combinación la destrozó. Su vientre se tensó otra vez y empezó a retorcerse debajo de mí, sin saber si alejarse o pedirme más. Yo no le di tregua. La follé con la misma fuerza, metiendo y sacando la polla a un ritmo sucio, mientras mis dedos la hacían temblar.

—Te vas a correr otra vez —le dije.

—Sí... sí... no pares, por favor... me voy a correr...

Su coño empezó a apretarme con pulsos cada vez más evidentes. Sentí cómo me tragaba más hondo, cómo el cuerpo se le ponía rígido, cómo me clavaba las uñas en los brazos. Con tres embestidas especialmente fuertes y un roce exacto sobre el clítoris, explotó otra vez.

Se corrió gritando mi nombre, deshecha, sacudida por espasmos que le atravesaron todo el cuerpo. Me apretó de tal manera que por un segundo casi me corro con ella. Seguí follándola durante su orgasmo, más lento al principio, disfrutando cada contracción de su coño alrededor de la polla, y luego volví a acelerar porque ya estaba demasiado cerca para frenarme.

La giré sobre la cama y la puse boca abajo. Se sostuvo sobre las rodillas y los codos sin que yo tuviera que explicarle nada. Le separé el culo con una mano, contemplé un segundo cómo la tenía todavía chorreando de excitación, y volví a metérsela por detrás con una embestida seca que la hizo gemir contra la almohada.

Desde ahí la follé todavía más duro.

Le agarraba la cadera con una mano y el pelo con la otra, tirando lo justo para arquearle la espalda mientras mi polla entraba y salía de su coño empapado. El sonido era obsceno, húmedo, repetitivo. Cada golpe la hacía avanzar sobre la cama. Ella echó el brazo hacia atrás buscando tocarme y terminó agarrándome una muñeca para pedirme sin palabras que no me detuviera.

—Más —dijo contra la almohada—. Más, por favor.

Le di más.

Embestía con la pelvis chocando contra su culo, fuerte, sin perder el ritmo. A cada movimiento sentía el condón tenso, mi polla a punto de estallar, y el coño de ella cerrándose alrededor de mí como si quisiera exprimirlo todo. Le metí los dedos en la boca cuando giró la cara hacia mí y los chupó mientras yo la seguía follando por detrás. Esa imagen terminó de romperme.

La saqué un instante, la giré otra vez y la senté encima de mí. Ella misma guio la polla a su entrada y se dejó caer lentamente, centímetro a centímetro, hasta tenerla toda dentro. Los dos gemimos a la vez. Desde arriba empezó a cabalgarme con hambre, apoyando las manos en mi pecho, subiendo y bajando mientras yo le sujetaba el culo para marcarle el ritmo.

Sus movimientos ya no tenían nada de tímidos. Se follaba mi polla como si fuera suya, inclinándose hacia delante para besarme y luego enderezándose para seguir montándome con más velocidad. Sus tetas me rozaban la cara. Su respiración me caía en la boca. Yo la ayudaba empujando desde abajo, clavándosela hasta el fondo cada vez que bajaba.

—Mírate —le dije, agarrándole la cintura—. Has venido muerta de ganas de esto.

—Sí —admitió, sin aire—. Sí, joder. Quería que me follaras así.

Esa confesión dicha con la polla dentro me llevó al límite.

La tumbé de nuevo, me coloqué encima y empecé a embestir con todo lo que me quedaba. Ya no pensaba. Solo la follaba. Duro, rápido, profundo. El colchón golpeaba la pared. Ella me abrazó del cuello y me recibía con cada cadera, completamente entregada, diciendo obscenidades al oído, pidiéndome que no saliera, que terminara dentro del condón, que siguiera hasta vaciarme.

Sentí la corrida subir como una descarga violenta desde el vientre. Aguanté dos embestidas más, tres como mucho, enterrado hasta el fondo, y entonces me corrí con un gemido grave, bombeando dentro del preservativo mientras su coño me apretaba en oleadas. Ella se vino casi al mismo tiempo, en una sacudida más corta pero intensa, aferrándose a mí con piernas y brazos como si no quisiera soltarme.

Nos quedamos quietos unos segundos, respirando de manera salvaje, pegados de pecho a pecho. Todavía tenía la polla latiendo dentro de ella. Le besé la frente, luego la boca, y salí despacio. Me quité el condón y lo dejé a un lado mientras ella seguía tumbada, con la mirada perdida y una sonrisa satisfecha que me hizo reír.

—Ahora sí parece una locura —dijo por fin.

—No. Ahora parece una muy buena idea.

Se incorporó y me besó despacio, muy distinto al hambre brutal del principio. Esta vez había calma, pero no distancia. Me acarició la cara, el pecho, el vientre, como si todavía quisiera convencerse de que había pasado de verdad.

—Tenía miedo de venir —confesó—. Pensé que iba a echarme atrás en la puerta.

—Menos mal que no lo hiciste.

—Menos mal que no me dejaste pensar demasiado.

Nos reímos bajito. Luego la atraje contra mí y nos quedamos un rato en silencio, con el cuarto todavía cargado de olor a sexo y piel caliente. Afuera, todo seguía igual. Dentro de esa habitación, en cambio, ya no quedaba nada de aquellas conversaciones a medias ni de las dudas con las que había llegado. Habíamos cruzado la línea entera.

Y los dos sabíamos que, después de abrirle la puerta así, ya no iba a bastarnos con hablar.

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Comentarios(5)

Fercho_mza

que relato!!! me tuvo pegado de principio a fin, me gusto mucho

RocioLectora

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo

Tere_Qro

jajaja esa parte de 'era una locura' me mato... pero igual subio eh. Muy bueno

DiegoNoche7

Se siente real, eso le da otro sabor al relato. Muy bueno

Marisol_B

Increible!!! me encanto como esta narrado, sigue escribiendo por favor

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