Lo que pasó en el club de parejas esa madrugada
Hay cosas que una nunca cuenta en voz alta, y esta es una de ellas. Aquella noche en el club Lúmina cambió la forma en la que mi marido y yo nos miramos, y todavía no sé si para bien o para mal. Lo cuento porque necesito sacármelo de adentro.
Meses antes habíamos pasado por una experiencia que nos dejó marcados. Mauricio se había excitado tanto durante un encuentro previo que terminó haciéndome daño por detrás. El dolor me duró días, las lágrimas también, y aunque me pidió perdón mil veces, decidimos parar. Nada de encuentros, nada de aventuras compartidas. Solo nosotros dos, intentando volver a confiar.
Pasaron semanas en las que casi no hablamos del tema. Yo notaba que él me miraba distinto, con culpa, como si esperara que yo retomara la conversación. Una mañana, mientras desayunábamos, le pregunté si todavía quería probar con otras parejas. Se quedó callado un rato largo. Después dijo que sí, pero que solo si yo lo deseaba también.
Tardé varios días en decidirme. Fue después de una cena tranquila, con dos copas de vino y la casa en silencio, cuando le dije que sí. Que quería intentarlo de otra manera, en un sitio más cuidado, con gente que entendiera los códigos. Él se levantó, abrió el portátil y empezó a buscar. Esa misma noche encontró un club llamado Lúmina, con buena reputación y reservas abiertas para el sábado siguiente.
***
Llegamos un poco antes de las once. El edificio no tenía cartel afuera, solo una puerta negra con un timbre discreto y una cámara apuntando al portal. Dimos nuestros nombres y la chica que nos atendió cruzó nuestros datos con la reserva. Mauricio me apretó la mano mientras subíamos las escaleras. Estaba más nervioso que yo.
Adentro la luz era cálida, ámbar, y la música sonaba baja, una mezcla de electrónica suave y algo más sensual debajo. Había una barra al fondo, sofás de cuero color vino y mesas redondas dispuestas en círculo alrededor de un escenario pequeño. Pedimos dos copas. La gente nos miraba con curiosidad pero sin agresividad. Una pareja mayor nos saludó con un gesto desde la otra punta del salón.
La primera hora pasó entre shows: un baile erótico de una chica con un aro de fuego, un juego de prendas con premios, una rifa absurda donde se ganaban pulseras de colores que servían para señalar qué se buscaba esa noche. Mauricio se reía como si llevara meses sin reírse. Yo también, aunque por dentro tenía un nudo. No era miedo exactamente. Era expectativa. Y también un calor bajo, entre los muslos, que había empezado a mojarme la ropa interior sin que yo se lo pidiera.
***
A medianoche abrieron las puertas de la zona privada. Había cuartos con cortinas en lugar de puertas, un salón comunitario con un colchón enorme cubierto de sábanas blancas y otra sala más íntima con sillones y luz roja. Decidimos asomarnos sin compromiso. Mauricio me dijo que iba al baño un momento, que lo esperara cerca de la barra interna.
No habían pasado dos minutos cuando un hombre se acercó. Alto, treinta y pocos, barba clara recortada, una camisa negra arremangada hasta el codo. Se llamaba Damián. Me lo dijo extendiendo la mano, como si estuviéramos en una oficina y no en un club donde la gente se desnudaba en los rincones.
—¿Vienes con alguien? —me preguntó, sin acercarse demasiado.
—Con mi marido. Está en el baño.
—Los vi cuando entraban. No quería dejar pasar la ocasión sin presentarme. Si tu marido y tú están abiertos a compartir algo esta noche, me encantaría conocerlos a los dos.
Su tono era cuidado. No había nada agresivo, ninguna mano que se acercara, ninguna mirada que me incomodara. Le dije que tenía que hablarlo con Mauricio cuando volviera, y que después le decía. Asintió y se retiró un paso, dejándome el aire.
Es educado. Demasiado educado. Y tiene una boca que da pánico.
***
Cuando Mauricio volvió, le conté todo. Le describí a Damián, le repetí las palabras exactas con las que se había acercado. Vi a mi marido pensarlo unos segundos, mirando de reojo hacia donde estaba el otro, evaluándolo de lejos.
—Si es respetuoso, no tengo problema —me dijo—. Pero la última palabra la tienes tú.
Le hice un gesto con la cabeza a Damián desde la barra. Volvió enseguida con una bandeja: dos cervezas frías para ellos y una copa de vino blanco para mí, como si hubiera adivinado lo que tomaba. Se presentó formalmente con Mauricio, le contó que llevaba meses yendo al club, que normalmente iba solo, y que esa noche se había fijado en nosotros desde que entramos.
Mauricio se relajó pronto. Damián era de esas personas que hablan con facilidad sin llenar el aire de vacíos. Contó un par de anécdotas, preguntó por nuestro trabajo sin presionar, y cada vez que se reía me miraba a los ojos un segundo más de lo necesario. Yo sentía que la piel se me ponía caliente debajo del vestido y que el coño empezaba a latirme solo, como si tuviera vida propia.
***
A la una y media de la mañana, la animadora del club anunció un juego en el escenario. Necesitaban tres voluntarios para reventar globos con dardos: cada globo escondía un premio o un castigo. Mauricio se ofreció antes de que yo pudiera detenerlo. Se levantó, me guiñó un ojo y se fue al escenario. Quedamos Damián y yo solos en la mesa.
Él esperó un momento de silencio antes de poner la mano sobre la mía. Solo un roce. Después fue subiendo por mi brazo, despacio, como dándome tiempo a apartarlo. No lo aparté. Cuando me besó, lo hizo midiendo la respuesta, sin apuro, y después me llevó la mano por debajo de la mesa hasta que se la apoyé encima del pantalón. Le apreté la polla por encima de la tela y sentí de golpe todo el bulto, largo, grueso, palpitando bajo mi palma. Bajé la cremallera con dos dedos, metí la mano dentro del bóxer y se la agarré a piel. Estaba bien dotado, más de lo que había calculado desde afuera, tanto que se me cortó la respiración un segundo y se me apretó el coño solo. Empecé a hacerle una paja lenta ahí mismo, escondida bajo el mantel, mientras él me mordía el labio.
—Estás mojada, ¿verdad? —me susurró al oído, y me metió la otra mano por debajo del vestido. Encontró la braga empapada, apartó la tela y me clavó dos dedos de golpe en el coño. Se me escapó un gemido que ahogué contra su cuello.
—¿Quieres ir? —me susurró.
Mauricio seguía riéndose en el escenario, intentando atinarle a los globos con la concentración de un niño en una feria. Lo miré, miré a Damián, y asentí con la cabeza sin sacar la mano de su verga.
***
Entramos al salón comunitario. Ahí adentro lo entendí todo de golpe. Había seis o siete parejas. Una mujer de unos cuarenta y largos estaba en el centro del colchón blanco, con dos hombres a la vez, uno enterrado hasta las pelotas en su coño y otro follándole la boca de rodillas, y un tercero de pie esperando turno con la polla en la mano. Su marido la miraba desde un sillón, sereno, con una copa en la mano, como quien ve una película. Otras parejas se besaban de a tres, de a cuatro, en distintas esquinas. Había una chica arrodillada mamándole la verga a dos hombres a la vez, alternando entre uno y otro. El aire olía a perfume mezclado con semen y coño mojado.
Damián me llevó a uno de los sillones laterales. Mauricio nos alcanzó al rato, todavía con la pulsera amarilla que le habían dado en el juego. Se sentó frente a nosotros y me miró fijo.
—Solo con él —me dijo, en voz baja—. Y solo lo que tú quieras.
Asentí. Damián ya estaba desnudo de la cintura para arriba, y cuando se bajó el pantalón me quedé mirándole la polla otra vez, ahora entera, dura, gruesa en la base, con la punta ya brillando de líquido. Tenía un cuerpo trabajado sin exageración, marcado pero no rígido, y una piel que olía a algo cítrico. Me arrodillé en el suelo entre sus piernas, se la agarré con las dos manos y me la metí en la boca despacio, saboreándole primero la punta, chupándole el glande con la lengua enroscada. Después empecé a bajar, tragándomela hasta donde pude, y cuando choqué con el fondo de la garganta me obligué a un poco más, hasta que las lágrimas me nublaron los ojos. Escuché a Mauricio soltar el aire desde el sillón de enfrente. No se tocaba todavía. Solo miraba cómo su mujer se hundía otra polla en la boca.
Le mamé la verga lento, largo, dejando que el hilo de saliva le cayera por los huevos, chupándoselos también uno por uno mientras le hacía una paja con las dos manos. Damián me agarraba del pelo, no empujaba, solo me guiaba. Yo lo miraba a los ojos con la boca llena y sentía que el coño me chorreaba por la cara interna de los muslos.
—Ven arriba —me dijo con la voz espesa.
Me tumbó boca arriba en el sillón, me subió el vestido hasta la cintura, me arrancó la braga de un tirón y bajó él la cabeza. Pasó la lengua por la cara interna de mis muslos antes de subir, mordiendo despacio, y cuando llegó arriba no tuvo apuro. Me abrió los labios del coño con los pulgares, se quedó mirándomelo un segundo como quien admira algo, y después me hundió la lengua entera de una. Me chupó el clítoris con los labios, se lo enroscó, lo soltó, volvió a chuparlo. Metió dos dedos y me tocó por dentro con el pulpejo, apretando ese punto que me hace temblar. Yo me agarré del borde del sillón con las dos manos y arqueé la espalda. Mauricio ya tenía la polla afuera del pantalón y se la meneaba lento, sin dejar de mirarme.
—Córrete en su boca —dijo Mauricio, ronco—. Quiero verlo.
Y me corrí. Me corrí en la boca de Damián con las piernas apretadas contra su cabeza, mordiéndome el puño para no gritar, sintiendo cómo me temblaba todo el coño contra su lengua. Él no paró, siguió chupándome hasta que el segundo orgasmo me subió detrás del primero y me dejó llorando de placer.
Cuando Damián se puso encima e intentó probar por atrás, buscándome el culo con la punta de la polla, mi cuerpo se cerró sin permiso. La memoria del dolor anterior fue inmediata, como un latigazo en la espina. Le agarré la cara con las dos manos.
—Por delante. Por favor, solo por delante.
No discutió. Cambió de posición, me puso una almohada bajo la cintura, se escupió en la mano, se lubricó la verga entera y me la fue metiendo despacio en el coño. Sentí cómo me abría de a poco, cómo la carne se acomodaba a la suya. Cuando entró hasta el fondo se quedó un segundo quieto, dejando que yo respirara. Después empezó a moverse. Salidas largas, entradas hasta las pelotas, con un ritmo que me sacudía las tetas debajo del vestido subido. Me abrió más las piernas, se las puso al hombro y empezó a follarme más fuerte, más hondo, chocando con mi hueso pélvico en cada embestida. Yo escuchaba el ruido húmedo de mi coño tragándose la polla ajena y no podía creer que fuera yo la que hacía ese sonido.
Mauricio se acercó por el costado, sin meterse, dejándose tocar. Le agarré la polla con la mano libre, se la meneé unos segundos y después se la metí en la boca de costado, mamándosela mientras Damián seguía embistiéndome. La sensación de tener a los dos así, uno reventándome el coño y el otro llenándome la boca, uno mío y el otro nuevo, era algo que no había imaginado que podría sentir. Mi marido me acariciaba el pelo y me susurraba cosas sucias que nunca le había oído.
—Mírala, mírala cómo te la come —le dijo a Damián, con una voz que no le reconocía—. Fóllala fuerte. Es tuya un rato.
Damián me sacó la polla y me dio vuelta. Me puso a cuatro patas sobre el sillón, con Mauricio delante de mí para seguirla mamando, y volvió a metérmela por el coño de un solo golpe. Empezó a follarme a lo perro, sujetándome de las caderas, y cada palmada de sus muslos contra mi culo sonaba en el salón entero. Le escupí saliva en la polla a mi marido y se la tragué hasta el fondo, ahogándome un poco, mientras el otro me martillaba por atrás.
A pocos metros, la mujer del colchón gritaba. Le habían abierto las dos entradas a la vez, un hombre debajo con la verga enterrada en el coño y otro encima empujándole en el culo con calma, y su marido se había levantado del sillón para acercársele de frente y metérsela en la boca. Los tres a la vez, uno por cada agujero. Era una imagen brutal y a la vez ordenada, como un baile que solo ellos entendían. Yo no podía dejar de mirarla, de mirar cómo se le abría la boca alrededor de esa polla y cómo el culo se le levantaba para recibir la otra. Damián notó hacia dónde iban mis ojos y aceleró el ritmo, follándome más rápido, más hondo, hasta que me arrancó otro orgasmo que me hizo apretarle la polla por dentro con todo el coño.
—Me voy a correr —avisó, con los dientes apretados.
Salió, me giró de nuevo boca arriba, se meneó la polla dos veces sobre mi vientre y se corrió encima de mí, un chorro largo y espeso sobre la cadera y el muslo, otro sobre las tetas por encima del vestido. Yo me llevé dos dedos, recogí un poco de semen del vientre y me lo llevé a la boca sin dejar de mirar a Mauricio. Vi cómo se le disparaba la polla en la mano al verme. Mauricio le pasó una toalla a Damián sin decir nada. Después se acomodó él entre mis piernas, me besó largo, con la boca todavía con gusto al otro, y me la volvió a meter. Me folló despacio primero, mirándome a los ojos, y después más rápido, agarrándome del cuello sin apretar, marcando territorio. Cuando le faltaba poco salió, se puso de rodillas sobre mi cara y me la metió en la boca. Terminó dentro de mi boca de dos empujones. Tragué todo, hasta la última gota. Era una manera de decirle que seguía siendo suyo. Creo que lo entendió.
***
Salimos del club a las cuatro y media de la madrugada. Damián nos despidió con un abrazo de los dos, sin números ni promesas. Mauricio condujo callado los primeros minutos. Después estiró la mano y la apoyó sobre mi muslo, como hacía cuando éramos novios y todavía no nos animábamos a decirnos te quiero.
En casa me llevó a la cama y me folló distinto, más posesivo, como si necesitara reclamar algo. Me abrió las piernas hasta casi partirme, me la metió hasta el fondo y se quedó quieto un momento, mirándome, con la polla enterrada entera en mi coño todavía dilatado del otro. Después empezó a embestirme fuerte, agarrándome de las tetas, mordiéndome el cuello, follándome como si quisiera borrar de mi coño la forma del otro y dejar la suya encima. Me corrí dos veces más con él antes de que se corriera dentro, llenándome, marcándome. Cuando terminó, se quedó encima de mí sin salir, respirando en mi cuello, y me preguntó al oído por qué no le había dado a Damián lo que él me había pedido por atrás. Le dije la verdad: que me había acordado del dolor, que se me había cerrado el cuerpo, que ni siquiera lo había decidido. Que se me había escapado.
—La próxima vez quizás sí —le dije, sin saber si era cierto.
Me quedé dormida con su mano en la espalda y su semen todavía escurriéndoseme entre los muslos. Todavía hoy, cuando vuelvo con la cabeza a esa noche, no sé si fui valiente o si fui débil. Pero sé que esa madrugada algo se acomodó entre nosotros. Y eso, aunque me cueste contarlo, también es la verdad.