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Relatos Ardientes

El favor que mi novia le pidió a nuestra amiga

Había pasado un par de semanas desde la última vez que quedé con Nuria, porque los dos andábamos enterrados en exámenes. Así que aquella tarde, cuando me escribió para invitarme a su casa, acepté sin pensarlo. Necesitaba desconectar, y nada lo conseguía mejor que una tarde de videojuegos con ella, que se tomaba demasiado en serio cualquier partida y lograba que me olvidara de todo lo demás.

Me recibió en la puerta con una sonrisa. Llevaba unos vaqueros cortos y una camiseta de tirantes negra, ropa cómoda de estar por casa.

—Pasa, que ya lo tengo todo preparado —me dijo, apartándose el pelo de la cara. Nuria tenía una melena larga y oscura que nunca terminaba de controlar.

Entré y colgué la chaqueta en el armario de la entrada. Su piso estaba como siempre: algo desordenado, pero acogedor. En la mesa del salón había un par de cervezas abiertas, un bol de patatas fritas y picoteo variado.

—Ya veo que no escatimas —comenté, dejándome caer en el sofá. Los mandos estaban sobre la mesa, al alcance de la mano.

—Qué menos. Ya sabes que me gusta recibir a mis rivales en condiciones. Hoy no pienso dejarte ganar ni una.

—¡Vaya presión! —me reí, cogiendo un mando.

Nuria es una fanática de los juegos de lucha y tiene una colección enorme. Empezamos con el Tekken y las primeras partidas fueron un desastre para mí. Jugaba con una concentración que imponía y se sabía combos de casi todos los personajes. Daba igual que ella eligiera al luchador al azar: cada error mío le servía para bajarme media barra de vida. No llevábamos ni una hora y el marcador ya era una humillación.

—Es que el mando no tiene bien la batería, creo que noto algo de lag —protesté.

—Sí, claro —se burló—. El lag está entre tu cabeza y tus manos.

Al rato cambiamos de juego y pusimos el SoulCalibur. Las rondas se sucedían, tanto las peleas virtuales como las cervezas. Cada victoria, cada error, cada combo espectacular lo vivíamos como si estuviéramos en un campeonato. Ese era el ambiente con ella: confianza absoluta, despreocupación y bromas constantes.

Entre partida y partida hablábamos de todo un poco. De cómo nos iban las clases, de los planes de futuro, de una serie que ambos seguíamos, de las novedades en juegos. A veces la conversación se desviaba a recuerdos de cuando nos conocimos en la universidad, o a cotilleos de conocidos en común. Con ella el tiempo volaba.

Cuando ya llevábamos un buen rato y tras mi enésima derrota, Nuria miró la hora en el móvil, dejó el mando a un lado y se acomodó contra el respaldo del sofá.

—Bueno, ¿y a Marina qué tal le va? —me preguntó.

—Muy bien —contesté, intentando sonar animado—. Sigue en el laboratorio de investigación, aprendiendo un montón de cosas que aquí no podría. Siempre me cuenta lo emocionada que está con las prácticas, con los profesores… Y yo me alegro, de verdad. Es una oportunidad increíble.

—¿Cuánto le queda de beca?

—Medio año más, como mínimo. Están contentos con ella y existe la posibilidad de que se la amplíen cuando termine la carrera.

Nuria se inclinó hacia delante, como anunciando que la siguiente pregunta era una confidencia.

—¿Y tú cómo llevas tener a la novia en el extranjero?

—No tan bien, la verdad —confesé con una media sonrisa amarga—. La echo muchísimo de menos. Llevamos años juntos y nunca habíamos pasado tanto tiempo separados. Al principio me lo tomé con filosofía: «es temporal, se pasa volando». Pero cuando los meses se alargan y la rutina ya no la compartes con ella… cuesta más de lo que imaginé.

—Me lo supongo.

—Hablamos todos los días por videollamada, claro. Pero no es lo mismo que tenerla aquí al lado, ¿sabes? Me cuenta su día, yo le cuento el mío, nos reímos un rato… y de golpe cada uno se queda solo en su habitación. Ahí es cuando más pesa.

Me sorprendí a mí mismo hablando tan abiertamente. Era la primera vez que ponía voz a esas preocupaciones que llevaban tiempo rondándome la cabeza. Pero era una de esas conversaciones que solo salen después de unas cervezas, con alguien de confianza que hace la pregunta justa.

—Y… ¿la falta de contacto? —insistió ella.

—Bueno… en lo más íntimo también se nota —admití, algo avergonzado—. No voy a mentir, se hace duro. Tener pareja y pasar meses sin poder tocarla, sin caricias, sin nada físico… no es lo mismo que estar soltero.

Asintió despacio, sin apartar la mirada de mí.

—Debe de ser muy complicado. Tanto tiempo solo… —dijo al fin.

—Sí. Aunque intento no pensarlo demasiado —respondí, encogiéndome de hombros.

Se hizo un silencio extraño. Nuria se acercó un poco más y, con una sonrisa leve que no supe interpretar, añadió en voz baja:

—¿Y si te dijera que yo podría ayudarte con eso?

—¿Cómo que ayudarme? —pregunté, sin creerme lo que acababa de oír.

—Ya sabes… un favor.

—Nuria, no… —tragué saliva—. No puedo. Tengo pareja, y Marina también es amiga tuya… —lo dije nervioso, de forma más atropellada de lo que habría querido.

Ella sonrió y se encogió de hombros, como si mi rechazo no le importara, y se levantó. Pensé que iría al baño, pero en lugar de eso fue a su habitación y volvió con el portátil. Lo dejó en la mesa y lo encendió. Al principio no entendí nada. Tecleó un par de cosas y, de repente, vi aparecer la ventana de una videollamada.

El corazón me dio un vuelco al ver quién estaba al otro lado: mi novia.

—Sorpresa —dijo Marina desde la pantalla, con una sonrisa pícara.

—Pero… ¿qué…? ¿Vosotras dos…? —pregunté, completamente confundido.

—Fue idea mía —explicó Marina—. Me preocupaba que estuvieras tanto tiempo solo, y hablé con Nuria. Le dije que me gustaría que alguien te echara una mano en mi ausencia… ya me entiendes. Pero quería que fuera alguien en quien confiara de verdad, y quién mejor que nuestra amiga. Nuria puso una condición: primero se insinuaría, y solo si la rechazabas, te lo propondría yo.

—Quería comprobar que no aprovechabas cualquier oportunidad de ponerle los cuernos a tu novia. Que no lo harías sin su permiso —añadió Nuria.

—No sé, me parece rarísimo todo esto… —seguía sin palabras.

—¿Raro? —rio Marina—. Bueno, quizá un poco. Pero confío en ti y en Nuria. ¿De verdad no te apetece? Llevo muchos meses aquí, y aunque tengamos sexo virtual, sé que no es lo mismo —lo dijo un poco avergonzada, supuse que por admitirlo delante de nuestra amiga.

—Ya, ¿pero y tú? Llevas el mismo tiempo que yo sin nada.

—Cierto, pero no te preocupes, no voy a buscar a nadie, si es eso lo que te da miedo. Soy yo la que se ha ido a estudiar y a hacer prácticas, así que aguantarme las ganas es el precio que pago. Pero tú… deja que Nuria te haga un favor. Tómatelo como un premio por tu paciencia.

—Sabes que no necesito ningún premio, ¿verdad? Que aguantaría hasta que vuelvas —le aseguré a través de la pantalla.

—Claro que lo sé. Si no supiera que eres capaz de aguantar hasta mi regreso, no lo estaría proponiendo. ¿Pero no te apetece? ¿No quieres ver las tetas de nuestra amiga? Son enormes. Hasta yo tengo curiosidad.

—¡Eh! —protestó Nuria, aunque riendo—. No digas esas cosas, que me da vergüenza.

—Venga, enséñaselas —insistió Marina desde la pantalla.

Nuria apenas dudó. Agarró el borde inferior de su camiseta, la levantó y se la sacó por la cabeza, dejando a la vista un sujetador negro. La había visto varias veces en bikini, pero nunca en sujetador. La prenda apenas contenía sus pechos, dejando a la vista casi la mitad. Después se bajó los tirantes, llevó las manos a la espalda y lo desabrochó con un movimiento rápido. Lo dejó caer.

Apenas podía creer lo que estaba pasando. Mi amiga se acababa de quedar con las tetas al aire delante de mí, y yo casi no me atrevía a mirar.

—¿Y bien? —preguntó Marina, divertida—. ¿A que tiene unos buenos melones?

—Esto es una locura… —balbuceé.

—No te hagas el inocente —me cortó ella—. Tócaselas.

—¿Qué? No, yo… —ya me parecía bastante demencial que me las enseñara como para encima tocárselas.

Nuria se acercó, me cogió la mano y, sin dejarme reaccionar, la colocó directamente sobre su pecho desnudo. Sentí el calor inmediato de su piel y tragué saliva con fuerza.

—¿Ves? No pasa nada —rio Marina—. Al contrario, disfrútalo.

—¿No te gustan mis tetas? —me preguntó Nuria, burlona—. Tranquilo, tócalas. No pasa nada.

No pude resistirme más y apreté la mano sobre su pecho. Las tenía realmente grandes; mi mano no llegaba a cubrirlas por completo. Sin el sujetador, caían ligeramente por su propio peso y seguían cada movimiento que hacía. Tenía que reconocerlo: sus tetas eran hipnóticas.

Seguí acariciando el pecho que tenía bajo la mano y al final me atreví a agarrarle el otro con la mano libre. A ella también le gustaba: noté cómo los pezones que coronaban sus areolas rosadas se endurecían y se clavaban contra mis palmas.

De vez en cuando miraba de reojo a la pantalla, esperando que Marina me detuviera, pero ella solo sonreía y me animaba a seguir. Nuria parecía completamente cómoda, como si aquello fuera lo más natural del mundo. Yo, en cambio, sentía una mezcla rara de nervios, excitación y culpa. Ella me observó de cerca y bajó la vista hacia mi entrepierna.

—Creo que a alguien sí que le gustan mis tetas… —bromeó.

Me obligó a levantarme y, desabrochándome el pantalón, tiró de él hacia abajo hasta quitármelo del todo. Un bulto traicionero se marcaba bajo los calzoncillos. Miré la pantalla avergonzado, queriendo disculparme por excitarme con otra mujer, pero Marina se mordía el labio y asentía, animándome a continuar.

Nuria tiró un cojín al suelo y se arrodilló sobre él. Agarró la cintura de mis calzoncillos y me los bajó de golpe. Mi pene, completamente erecto, saltó como un resorte y quedó apuntando hacia ella, como señalándola responsable de aquella dureza. Ya no podía ocultar nada: mi cuerpo me había delatado y estaba a la vista de las dos.

—Qué suerte tienes, Marina. Menuda herramienta te has buscado —admiró Nuria, contemplándolo de cerca.

—¿Verdad que sí? Sabía que se pondría dura en cuanto le tocaras un poco —presumió mi novia desde la distancia.

—Parece que ha llegado el momento de hacerte el favor —me advirtió Nuria—. Espero que te guste mi técnica.

Sin ningún aviso más, se la metió en la boca. Ahogué un gemido de sorpresa mientras veía mi miembro desaparecer entre sus labios. No podía creer que me la estuviera chupando mientras mi novia nos miraba a través de la videollamada.

—Eso es, quiero verlo bien —oí decir a Marina por el ordenador.

En la pantalla se veía perfectamente a Nuria chupándomela. Marina tenía la mirada clavada, sin perderse un solo detalle. Pero mi atención volvió enseguida a la boca de mi amiga. Desde arriba veía cómo recorría con la lengua todo el tronco, provocándome cosquilleos cada vez que llegaba al glande y jugaba con la punta. Después volvía a metérsela y apretaba con los labios al recorrerla entera. La situación rozaba lo imposible y, aun así, no podía dejar de disfrutarla. Hasta ese día solo dos mujeres me habían hecho sexo oral, y una de ellas era Marina. No me creía que mi amiga se sumara a esa lista tan corta.

—Parece que la chupa bien. ¿Te está gustando? —preguntó de pronto Marina, sacándome de aquel estado en el que solo existían mi polla y su boca.

—Uff… sí… —fue lo único que acerté a decir.

Estaba entre la incredulidad y el placer más intenso, observando la escena casi desde fuera de mi cuerpo. Mi amiga, con las tetas al aire, que se balanceaban al compás de los movimientos de su cabeza. Había dicho que me haría un favor, pero se empleaba a fondo. Me lamía, se la metía entera, se le hinchaba el carrillo al recibirla, apretaba con los labios, me la agarraba y me acariciaba los testículos. Aquello no era solo una felación. Era una auténtica adoración. Y todo, mientras mi novia nos miraba a través de la cámara. Sentía que iba a estallar en cualquier momento.

—Cuando te corras, quiero verlo todo —dijo de repente Marina, mirando fijamente la pantalla.

Me conoce de sobra y seguramente había detectado las señales de que no aguantaría mucho más. Y la verdad es que podría haber resistido un poco más disfrutando de la técnica de Nuria, pero oír a mi novia pedir que quería ver cómo otra mujer me hacía correr fue demasiado.

—Nuria, no aguanto más, me voy a correr… —avisé, jadeando.

Soltó mi polla y se quedó arrodillada frente a mí, con la boca abierta, como si fuera lo más natural del mundo ofrecerse a recibir mi semen por un favor.

El orgasmo me llegó con la mayor intensidad que había sentido en meses. El primer chorro fue directo a su boca abierta, y ella lo recibió sin apartarse. Los dos siguientes le cruzaron la cara, de la frente a la barbilla. Me agarré para controlar el resto y no pude evitar apuntar a sus pechos. Quería dejárselos marcados, y cuatro regueros más, de menor intensidad, acabaron sobre ellos.

Una vez terminé, una relajación tremenda me recorrió el cuerpo. Masturbarse no se parecía en nada a que sea una mujer quien te hace acabar, y menos con la boca. Nuria se levantó cubierta de mi semen y se acercó a la cámara para mostrárselo a Marina con descaro. Le enseñó la leche que tenía en la boca antes de tragársela y cómo le había manchado la cara y las tetas.

—Mira lo que me ha hecho. ¿Qué te parece? —preguntó Nuria con voz inocente.

—Me encanta que se haya vaciado así.

—Ya podías haberme avisado de que se corre tanto —le reprochó mi amiga, entre risas.

—Quería que fuera una sorpresa —contestó Marina, riéndose.

Me quedé recostado en el sofá, aturdido. Nuria se acomodó a mi lado como si nada hubiera pasado, aún con las tetas al aire y mi semen deslizándose por su piel. En la pantalla, Marina sonreía satisfecha.

—¿Ves? No era tan raro —me dijo. Yo no estaba tan seguro, pero con el corazón todavía acelerado, lo único que pude hacer fue asentir.

Unos minutos después, Marina nos dijo que tenía que colgar.

—Me alegra haberte visto disfrutar —sonrió desde la pantalla—. Ya hablaremos luego los dos con calma.

—Vale, hablamos más tarde —respondí, aún como en un sueño.

La llamada se cortó y la habitación quedó en silencio. Nuria se levantó con calma, todavía con mi semen en el pecho y la cara, bajó la pantalla del portátil y salió del salón.

—Voy un momento al baño, ahora vuelvo.

***

Me quedé hundido en el sofá, intentando procesar lo que acababa de pasar. A los pocos minutos volvió. Ya se había limpiado los restos, pero me sorprendió que siguiera con las tetas al aire. No pude evitar quedarme mirando el bamboleo de sus pechos. Ni se había molestado en ponerse de nuevo el sujetador o la camiseta.

—¿Vas a… quedarte así? —pregunté, algo avergonzado, sin conseguir apartar la mirada.

—¿Qué pasa? —respondió riendo—. Ya las has visto, ¿no? Aunque no has llegado a dar tu opinión sobre ellas —me sonrojé—. ¿Qué tal las tengo? —insistió, plantándose delante de mí con los brazos en jarras.

—Las tienes muy bien, claro —fue lo único que acerté a decir, recordando la sensación de mis manos agarrando aquellos pechos.

—Ya he notado que te han gustado —observó, guiñándome un ojo—. La verdad es que muchas veces ando en tetas por casa —se justificó, sentándose de nuevo a mi lado, como quitándole importancia a seguir desnuda de cintura para arriba.

Estuvimos un rato sentados sin decir nada. Esta vez no eran mandos lo que teníamos entre las manos, sino una conversación incómoda que no sabía cómo empezar.

—Yo… me he dejado llevar demasiado —me disculpé.

—Era la idea —respondió con naturalidad—. Hacerte un favor a ti… y a Marina. Sois dos personas importantes para mí.

—Pero es que yo no necesitaba este favor, ni lo había pedido —reproché, intentando aliviar mi culpa.

—Lo sé. Y Marina también. Pero desde que supo que podía alargar su estancia fuera, sentía que necesitaba compensarte por tu paciencia. Quería que pudieras tener un alivio en su ausencia, aunque se moría solo de pensar que estuvieras con otra.

—¿Y entonces? ¿Cómo hemos llegado a esto?

—Seguimos hablando y Marina se dio cuenta de que, si era algo pactado y con alguien de confianza, no le supondría un problema. ¿Y qué mejor candidata que yo, que soy amiga de los dos? Así que no te rayes, de verdad. Fue algo que los tres quisimos.

—Ya sé que a las dos os parecía bien. Pero no esperaba… disfrutar tanto. Me siento culpable por haber sentido tanto placer con una mujer que no es mi novia.

—No tienes por qué. No puedes evitar sentir placer si te masturban, solo porque lo haga otra persona. Y reconócelo: era una buena mamada —dijo con un guiño, rebajando la tensión.

—Sí, la verdad es que sí. Se te da muy bien —admití.

—No te voy a mentir… me mojé mientras lo hacía —continuó Nuria, bajando la voz como quien confiesa un secreto—. Al principio era un favor, pero lo disfruté mucho más de lo que pensaba. Nunca se lo he dicho a nadie, pero me encanta chupar pollas. Me excita demasiado, y me ha gustado mucho ver cómo es la tuya y comérmela.

—¿De verdad te gusta hacer mamadas? —me sorprendió su confesión. Marina me las hacía, pero siempre tuve la sensación de que era más por mí que por ella. Jamás habría imaginado que mi amiga disfrutara tanto.

—Muchísimo —confirmó—. Me encanta tener la polla cerca, ver cómo crece y se hincha hasta su máxima dureza. Apretarla, sentir su calor y empezar a recorrerla con la lengua. Y esa sensación cuando ya está dentro, completamente dura, y veo cómo el chico reacciona a cada lametón. No te imaginas la satisfacción cuando ya no resiste y recibo toda su leche. Como tú hoy: menuda corrida me has lanzado. He tragado bastante y aun así me has dejado perdida la cara y las tetas.

Me quedé sin palabras. Mirando a mi amiga con las tetas al aire, hablando de cuánto le gustaba hacer mamadas y elogiando que me hubiera corrido tanto sobre ella, no podía creer que fuera la misma persona con la que pasaba tanto tiempo y con la que nunca había habido nada sexual.

***

Para romper el silencio, encendimos de nuevo la consola y retomamos las partidas. Pero yo apenas me concentraba. Cada vez que Nuria se inclinaba con el mando, sus pechos se balanceaban libremente, atrayendo mis ojos sin remedio.

—¿Otra vez te has despistado? —se burló tras un fallo mío.

—Me he equivocado de botón… —me justifiqué, sin admitir que el verdadero motivo era que me había pasado la pelea entera mirándole las tetas.

Aun así, contra todo pronóstico, empecé a ganar más partidas de las que perdía. Extrañado, la miré.

—Oye, ¿a ti qué te pasa? ¿Por qué no me estás machacando como siempre?

—Es que… me cuesta concentrarme —admitió con un suspiro, soltando el mando—. Tengo un calentón que no aguanto.

—¿En serio? —reí, nervioso, creyendo que bromeaba. Pero su mirada era demasiado seria.

—Sí. Lo de antes me ha dejado más cachonda de lo que pensaba. Necesito… necesito masturbarme ya.

—¿Ahora? —pregunté, sorprendido—. Si quieres lo dejamos por hoy y te dejo intimidad.

—No te preocupes, me da igual que me veas. Total, yo te he visto a ti hace un rato —contestó, restándole importancia.

—Pero lo de antes era por el favor a Marina. Si lo haces ahora, ¿no es pasarte de lo que acordasteis? —dudé.

—Tranquilo, tú no tienes que hacer nada. Solo mirar, si quieres.

Sin darme tiempo a replicar, se puso de pie con decisión. Se bajó los vaqueros cortos y después las bragas, quedándose completamente desnuda frente a mí. Mis ojos fueron directos a la franja de vello recortado de su pubis. Nuria tiene la piel bastante pálida, y aquel pelo oscuro destacaba muchísimo.

—¿Te imaginabas mi coño así? —preguntó con descaro, al notar dónde miraba.

—No… o sea, no me lo había imaginado de ninguna forma. No me había planteado si lo llevabas depilado o recortado —me justifiqué, nervioso.

—Joder, qué mojada estoy —dijo, pasándose la mano por la entrepierna y abriéndose ligeramente los labios.

Se sentó en el sofá, apoyó los pies en él y se quedó con las piernas completamente abiertas. Se llevó la mano derecha a su sexo y empezó a frotarse el clítoris con movimientos circulares.

Fui incapaz de no mirar. Tal como se había sentado, podía verla entera con solo girar la cabeza, y aunque sentía algo de culpa, la curiosidad pudo más. Observé con detalle cómo alternaba el frotarse el clítoris con abrirse el coño y meterse un dedo. Estaba tan mojada que se deslizaba sin dificultad, con un sonido húmedo a cada movimiento. La mano subiendo y bajando hacía que sus pechos rebotaran sin control, y yo no podía apartar la vista de ellos.

En el salón solo se oían sus gemidos. Acompañaba cada roce con un ruidito que delataba el placer que sentía. Escucharla me estaba poniendo cachondo, y no sé cómo conseguí el autocontrol para no sacármela y masturbarme también. Solo la miraba, sin perderme un detalle. A veces cerraba los ojos y se mordía el labio; otras me miraba fijamente, sin dejar de tocarse en ningún momento. Me sorprendía la naturalidad, casi la indiferencia, con la que dejaba que un amigo la viera desnuda mientras se masturbaba.

Sus gemidos se hicieron de repente más intensos y los movimientos de su mano más rápidos. El orgasmo le llegó de golpe: tras un «me corro», lanzó un gemido largo, liberando toda la tensión acumulada. Después, respirando agitada, se levantó y volvió al baño, recogiendo la ropa que había ido quedando por el suelo a lo largo de la tarde. Yo me quedé inmóvil, procesando lo que acababa de presenciar.

Cuando regresó, ya limpia y vestida, se dejó caer en el sofá con una sonrisa satisfecha y cogió de nuevo el mando, como si hubiéramos vuelto a un punto de guardado anterior y no acabara de verla desnuda y masturbándose.

—Ahora sí, vuelvo a estar en plena forma —advirtió.

Y cumplió su palabra: en las siguientes rondas me arrasó, encadenando combos imposibles y media docena de perfects seguidos. La tarde fue apagándose poco a poco. No volvimos a sacar el tema. Parecía que, tras el orgasmo, se le había pasado el calentón y, para ella, todo quedaba explicado en el favor que me había hecho a petición de mi novia. Cuando llegó la hora de irme, la ayudé a recoger un poco y me despedí hasta la próxima.

De camino a casa, con el aire fresco golpeándome la cara, no podía dejar de preguntarme si lo de aquella tarde había sido un error con consecuencias o solo una locura compartida. ¿Y qué haría por la noche, cuando hablara con Marina? ¿Le contaría que Nuria se había masturbado desnuda delante de mí, o lo guardaría en silencio?

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Comentarios (5)

Rodri_77

increible, no pude parar de leer hasta el final. De 10

Mariela_rosarito

por favor una segunda parte!! quedé con ganas de saber como siguió todo despues

SantiagoK

me recordó a una situacion que tuve hace años... aunque en mi caso no terminó tan bien jajaja

LuciaMdel

lo que mas me gustó es que se siente totalmente real, sin exagerar nada. muy bueno!!

NocturnoLector

y despues de esa noche como quedaron los tres? me dejó con muchas preguntas, espero que haya continuacion

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