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Relatos Ardientes

Lo que mi amiga hizo en su fiesta de egresados

Esto pasó hace unos años y la protagonista no soy yo, es mi amiga del alma. De acá en adelante la voy a llamar Anto, porque su nombre real prefiero guardármelo y, además, si alguna vez lee esto, va a saber perfectamente que es ella. Para ponernos en contexto: teníamos dieciocho años y, en mi ciudad, cuando se termina la secundaria es costumbre festejar la egresada en un boliche. Se alquila un salón, se invita a gente de otros cursos, a conocidos, a hermanos mayores, y se arma una fiesta semiprivada donde los que recién dejamos de ser adolescentes jugamos a divertirnos como adultos.

Anto hoy ronda los veintitrés, está casada con un chico de buena familia de la zona norte y embarazada de más de seis meses. Pero en ese entonces era una piba flaquita, de un metro cincuenta y poco, pelo castaño oscuro que le pasaba los hombros, pechos chicos pero firmes y casi nada de cola. De una belleza más bien normal, su gran arma eran los labios. Tenía unos labios carnosos que parecían inyectados, pero los que la conocemos desde siempre sabemos que son tal cual se los dio la naturaleza.

Era normal que, cuando tomaba un helado o chupaba un chupetín, los varones del curso largaran algún comentario zarpado. «¿Practicando para la noche?» era de lo más suave que se llegaba a escuchar. Ella se reía, hacía como que se ofendía y seguía. Nunca le molestó demasiado ser el centro de ese tipo de bromas.

Por aquel entonces salía con un chico unos años mayor que ella. No sé exactamente cuántos, pero ya estaba en la facultad, así que no pasaría de los veintidós. En honor a la verdad era un pibe muy, muy lindo, y el comentario general del curso era que Anto se había sacado la lotería con él. Ella misma me contó que con ese chico había sido su primera vez y también su primer sexo oral; fue la última de mi grupo de amigas en sumarse a la lista de las que ya lo habían hecho.

Desde afuera la relación pintaba perfecta. Demasiado perfecta, capaz. Pero unos tres días antes de la fiesta, en un ataque de desconfianza que nunca antes había tenido, Anto le revisó el celular. Y lo que encontró la destrozó.

Mensajes con un montón de chicas arreglando para verse. Fotos íntimas que iban y venían con otras tantas. Pero lo peor, lo que la terminó de hundir, fue un video. En ese video se veía clarito al novio —ex, ya en ese mismo instante— recibiendo sexo oral de una chica, y después cogiéndosela contra el respaldo de una cama que no era la de él.

Un mar de lágrimas, eso era Anto. No podía parar de llorar. Faltó los tres días que quedaban para la fiesta, no fue ni al colegio. La llamábamos por teléfono y la escuchábamos quebrarse del otro lado de la línea, repitiendo que se sentía una estúpida, que cómo no se había dado cuenta antes.

Tuvimos que convencerla entre todas para que igual fuera a la egresada. Después de muchas charlas, audios interminables y alguna que otra discusión, la terminamos de doblegar con el argumento de siempre: que se iba a sentir mejor, que se iba a despejar, que capaz hasta conocía a alguien que le hiciera olvidar al desgraciado. Anto aceptó casi sin ganas, como quien acepta ir a un trámite.

***

Ese día nos juntamos a las siete de la tarde en la casa de Maxi, un compañero nuestro que era un año más grande porque había repetido en la primaria. La idea era la de cualquier previa: arreglarnos juntas, escuchar música, tomar algo de alcohol y matar el tiempo hasta las doce de la noche, que era la hora en la que podíamos entrar al boliche que habíamos alquilado.

A las siete y cuarto la vi a Anto sorprendentemente animada, con un vaso de cerveza en la mano, charlando muy de cerca con Maxi en un rincón del living. Me alegré: pensé que por fin estaba aflojando un poco. Cinco minutos después, los dos desaparecieron.

Media hora más tarde reaparecieron. Ella con el maquillaje corrido alrededor de los ojos; él se metió derechito con el grupo de varones a charlar como si nada hubiese pasado. A mí me cayó la ficha enseguida, pero me hice la tonta.

De mentira en mentira, le terminamos sacando la verdad: le había hecho sexo oral a Maxi en el baño de la casa. Lo dijo con una naturalidad que me dejó helada.

—Yo estoy soltera y Maxi es un chico lindo —se defendió encogiéndose de hombros—. Le tiré onda, nada más. ¿Qué tiene?

Nos reímos, medio incómodas, medio cómplices, y la dejamos seguir. Anto siguió tomando, y al rato ya estaba bailando con nosotras en el medio del living como si los últimos tres días no hubiesen existido. Yo la miraba y pensaba que era su forma de no llorar.

***

A las once y media arrancamos para el boliche, uno de la zona más movida de la ciudad. La noche transcurría de lo más normal. Nosotras bailábamos en grupo, pegadas, cantando los temas a los gritos. Cada tanto yo me escapaba con mi novio a darnos unos besos en un costado, pero nada más que eso. Anto bailaba en el centro, recibía tragos de desconocidos, sonreía. Parecía otra persona.

Alrededor de las tres de la mañana, mi amiga Sofía —la que ya conocen si leyeron mis otros relatos— se acercó a mi oído con cara de no poder creer lo que estaba a punto de decir.

—Anto está en el privado con un desconocido. Y no están hablando, justamente.

Me solté de mi novio y la seguí. El sector privado era un par de sillones de cuero gastado en un rincón apenas iluminado, separado del resto por unas cortinas oscuras medio corridas. Y ahí estaba.

Él, sentado en el sofá, con los brazos abiertos sobre el respaldo y la cabeza echada para atrás. Ella, arrodillada entre sus piernas, con el pelo recogido a un costado con la mano para no taparse, dándole sexo oral a un tipo que ninguna de nosotras había visto nunca. Si hubiera sido cualquier otra mina, capaz me hubiese calentado. Pero era mi amiga, y lo que sentí fue una mezcla rara de vergüenza ajena y de no poder despegar los ojos de la escena.

Me quedé mirando de lejos, agarrada del brazo de Sofía, las dos petrificadas. Y entonces vi cómo otro tipo se acercaba al sillón de al lado, atraído por el espectáculo. Se sentó, codeó al primero, se rieron entre ellos como dos amigos compartiendo un trofeo.

A los pocos minutos el primero terminó. Nos dimos cuenta porque Anto hizo el gesto de escupir en una servilleta que tenía a mano, sin el menor pudor, y enseguida se enderezó un poco para hablar y reírse con el segundo. Hablaron, ella le dijo algo al oído, él se desabrochó el pantalón. Y mi amiga empezó a masturbarlo ahí mismo, con la misma soltura con la que minutos antes había estado con el otro.

Sofía y yo no podíamos creer el show que estábamos presenciando. Mi amiga, que hasta hacía tres días estaba de novia, que era la última del grupo en haberse animado a esas cosas, estaba a punto de pasar al tercer desconocido de la noche.

***

En ese momento decidimos acercarnos a chequear que estuviera bien. Que estuviera en sus cabales, que nadie le hubiera puesto algo en el trago, que no fuera una cosa de borrachera de la que después se arrepentiría toda la vida. Me agaché a su lado y le pregunté al oído si estaba bien, si quería que la sacáramos de ahí.

—Estoy perfecta —me contestó mirándome a los ojos, con una claridad que me terminó de descolocar—. Estoy haciendo exactamente lo que quiero hacer.

Y le creí. No estaba ida ni perdida. Estaba lúcida. Simplemente había decidido ser, por una sola noche, todo lo que nunca se había permitido. Sacarse de encima la decepción de la peor manera posible y, a la vez, de la única que en ese momento la hacía sentir viva. Si él pudo hacer lo que hizo, yo también puedo hacer lo que se me cante, casi le leí en la cara.

Entonces el plan de Sofía y mío cambió. Ya no se trataba de frenarla, porque ella no quería que la frenaran. Se trataba de cuidarla. De evitar que la viera la gente del curso, que al día siguiente la noticia diera vueltas por cada grupo del colegio. Espantamos como pudimos a un par de compañeros que se acercaban con cara de querer mirar, inventamos que el sector estaba reservado, los corrimos con malos modos.

Lo logramos a medias. A los del curso los mantuvimos lejos, pero no pudimos evitar que otra gente, desconocidos, la vieran en ese estado. En algún momento alguien sacó una foto de lejos: una chica de rodillas atendiendo a un hombre en el privado de un boliche, mientras otro al lado la alentaba. La foto circuló un tiempo entre algunos. Los que la conocemos sabemos perfectamente que es Anto, aunque en su favor hay que decir que la cara no se le llega a ver.

***

Los últimos meses del colegio Anto cargó con la fama, con un apodo que prefiero no escribir pero que todos pueden imaginar. Tres desconocidos en una sola noche dan para eso y para más. Ella, en público, lo negaba todo, ofendidísima, jurando que la del cuento era otra, que la foto no era ella, que la gente era mala. Hacía un escándalo cada vez que se lo nombraban.

Pero en la intimidad, entre nosotras, con un par de tragos encima, nos confesó la verdad: le encantaba ese apodo. Le encantaba lo que había hecho. Decía que esa noche se había sentido poderosa, deseada, mirada como nunca antes. Que por primera vez había sido ella la que decidía, la que elegía, la que usaba a los demás en lugar de ser usada. Que el desgraciado del ex, sin querer, le había hecho el mejor regalo: le había mostrado que podía soltarse del todo.

La etapa salvaje le duró poco, eso sí. Al tiempo se puso de novia con el hijo de un empresario de la zona, un chico serio, de los que llevan a la novia a cenar con los padres. Se enamoró, se casó, y ahora está esperando una nena para dentro de unos meses. Es una señora de familia, de las que organizan el baby shower y eligen el color del cuarto del bebé.

Cada tanto nos juntamos las de siempre a tomar algo, y ella es la primera en hacerse la recatada, la prudente, la madraza. Nosotras la dejamos. Pero cuando se hace un silencio y nos miramos, las dos sabemos que en el fondo, muy en el fondo, sigue viva aquella chica que una noche de egresados decidió que nadie la iba a frenar.

Y, la verdad, nunca la quise tanto como esa madrugada en que entendí que mi amiga era mucho más libre de lo que cualquiera de nosotras se animaba a ser.

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Comentarios (5)

Martu_Rosario

buenisimo!!! me quede pegada hasta el final

LuchoRP

Jaja lo de sacarse la bronca del cuerpo lo entiendo perfecto. Muy bien contado, se siente autentico y sin vueltas.

Tomas_Baires

Me pregunto si esto realmente paso o es pura ficcion, porque se lee muy real. De esas confesiones que uno no olvida.

SofiRios22

increible!!! me encanto

RamiroK

Por favor una segunda parte, dejo todo a medias y uno queda con ganas de mas jaja. Muy buen relato igual.

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