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Relatos Ardientes

Dos años de roces en la oficina y una sola cena

Marina cerró la puerta del apartamento de Diego a su espalda y sintió cómo el aire se volvía denso entre los dos. Casi tres años trabajando codo con codo habían dejado un rastro largo de pequeñas señales: miradas que duraban un segundo de más en reuniones eternas, roces «sin querer» al cruzarse en el pasillo estrecho de la oficina, mensajes que terminaban con un punto y nada más, porque ninguno se atrevía a escribir lo que de verdad pensaba.

Esa noche el rodeo se había terminado. Ella había cocinado, él había llevado el vino, y la botella de tinto que compartieron con la cena llevaba media hora vacía sobre la mesa. La conversación se había ido apagando hasta convertirse en silencios cargados, de esos que dicen más que cualquier frase.

Diego era alto, rozando el metro ochenta y cinco, de complexión trabajada sin exagerar, con ese tipo de cuerpo que se adivina debajo de la camisa antes de verlo. Pelo castaño oscuro, mandíbula firme y una sonrisa segura que siempre la había desarmado en el peor momento, normalmente delante de todo el departamento. Esa noche llevaba los primeros botones abiertos, y Marina había perdido la cuenta de las veces que sus ojos habían bajado hasta el nacimiento de su pecho durante la cena.

—¿Te preparo un café? —preguntó ella con voz suave, de pie junto al sofá, aunque los dos sabían perfectamente que no era café lo que buscaban.

—No —respondió él, dejando la servilleta sobre la mesa y acercándose despacio—. Te quiero a ti. Llevo demasiado tiempo queriéndote a ti.

La besó sin preámbulos, con una urgencia que Marina llevaba meses imaginando en la ducha y negándose a admitir al día siguiente. Las manos de Diego bajaron por su espalda hasta apretar la curva de sus caderas por encima del vestido, atrayéndola contra él. Ella gimió contra su boca y notó cómo su timidez de siempre, esa que la frenaba en cada cena de empresa, se disolvía y dejaba paso a un calor espeso que le subía desde el vientre.

Lo besó como si quisiera recuperar el tiempo perdido. Le mordió el labio inferior, despacio, y sintió el gruñido que él contuvo en la garganta. Las paredes del salón parecían encogerse alrededor de los dos.

Marina recordó la primera vez que se fijó en él de verdad. Fue en un viaje de trabajo, hacía año y medio, cuando compartieron un ascensor demasiado pequeño y él se hizo a un lado para dejarle sitio. Sus brazos se rozaron apenas un segundo y ella se pasó toda la presentación de aquella mañana pensando en ese roce en lugar de en las diapositivas. Desde entonces había construido entre los dos un muro de profesionalidad que ahora se venía abajo con cada beso.

—Llevo años fingiendo que no me daba cuenta —confesó ella, separándose apenas lo justo para hablar—. De cómo me mirabas en las reuniones. De cómo buscabas excusas para pasar por mi mesa.

—Y yo fingiendo que no notaba que tú también lo hacías —respondió Diego, con la frente apoyada en la de ella—. Qué par de cobardes hemos sido.

***

Las manos de Marina recorrieron el torso de Diego por encima de la tela, palpando los músculos que tantas veces había imaginado, y se detuvieron en la hebilla del cinturón. Lo desabrochó con dedos que temblaban un poco, no de miedo, sino de pura impaciencia. Él la miró con una intensidad que le erizó la piel mientras ella, sin apartar los ojos de los suyos, empezaba a arrodillarse frente a él.

—Espera —murmuró Diego, sujetándola un instante de la barbilla—. ¿Estás segura?

—Llevo meses pensando en esto —contestó ella, y la frase le salió más ronca de lo que esperaba—. No me preguntes ahora.

Le bajó el pantalón y la ropa interior de un solo tirón. Diego ya estaba duro, su sexo liberándose de golpe, y Marina se tomó un segundo para mirarlo antes de tocarlo. Lo rodeó con las dos manos, sintiendo el peso y el calor contra las palmas, y pasó la lengua muy lentamente desde la base hasta la punta, demorándose, saboreando la piel tibia.

—Joder, Marina... —jadeó él, hundiendo los dedos en su melena oscura, sin tirar, solo sosteniéndola.

Ella abrió la boca y lo recibió poco a poco, centímetro a centímetro, con los labios estirándose alrededor del grosor. Empezó suave, casi perezosa, lamiendo y succionando, trazando círculos con la lengua sobre la punta mientras la otra mano acariciaba más abajo. Quería tomárselo con calma. Quería que él sintiera cada minuto de los años que habían tardado en llegar hasta ahí.

Diego echó la cabeza hacia atrás y soltó un suspiro largo, perdido en la sensación de esa boca cálida y húmeda envolviéndolo. Cada vez que Marina subía, lo dejaba escapar casi del todo, solo para volver a tragárselo entero un instante después. El contraste lo estaba volviendo loco, y ella lo notaba en cómo se le tensaban los muslos.

—Así, joder... no pares —pidió él con la voz quebrada.

Marina aumentó el ritmo, llevándolo más adentro cada vez, hasta que sintió el roce en el fondo de la garganta. Se detuvo un segundo, respiró por la nariz, relajó el cuello y empujó un poco más, decidida a recibirlo por completo. Los ojos se le humedecieron por el esfuerzo, pero no se apartó ni un milímetro. Le gustaba demasiado sentirlo duro y palpitante, le gustaba demasiado el sonido grave que él hacía cada vez que ella lo tomaba hasta el fondo.

—Dios... mírame —jadeó Diego, bajando la vista para verla.

Ella levantó los ojos sin soltarlo y la imagen pareció desarmarlo: su compañera de oficina, la que apenas levantaba la voz en las reuniones, arrodillada en su salón con la nariz apretada contra su pelvis. Marina sostuvo la mirada un instante, dejándole ver hasta dónde estaba dispuesta a llegar, y luego retomó el movimiento con más intensidad.

Los sonidos húmedos llenaron el salón en silencio. Un hilo de saliva le resbalaba por la barbilla y a ella no le importó; al contrario, la idea de estar así de entregada la encendía todavía más. Diego empezó a marcar el ritmo con suaves empujones de cadera, sin forzar, atento a cada reacción de ella, y Marina lo dejó hacer, acompañándolo, recibiéndolo.

Esto es lo que llevo soñando desde la primera semana en esa maldita oficina, pensó ella, mientras una corriente caliente le bajaba por dentro.

Sin dejar de chuparlo, Marina deslizó una mano bajo su propio vestido y se acarició por encima de la ropa interior empapada. Estaba al borde de algo solo con aquello, con el peso de él en la boca y el deseo acumulado de años desbordándose por fin. Apretó los muslos alrededor de su propia mano y gimió, y el gemido vibró contra el sexo de Diego, que maldijo entre dientes.

***

—Me voy a correr —advirtió él al cabo de un rato, con la voz tensa, intentando avisarla—. Marina, voy a...

Ella no se apartó. Al revés: lo tomó hasta el fondo una última vez y lo miró directamente a los ojos, dándole permiso sin necesidad de decir nada. Diego se quedó sin aire un segundo y luego explotó con un gemido grave que pareció salirle del pecho, derramándose contra el fondo de su garganta en oleadas que lo dejaron temblando.

Marina lo recibió todo, tragando despacio mientras seguía succionando con suavidad, alargándole el placer, sin soltarlo hasta sentir que el último estremecimiento lo recorría. Solo entonces lo dejó salir, lentamente, y se pasó la lengua por los labios con una sonrisa que él no le había visto nunca en el trabajo.

—Joder... —Diego se inclinó, la tomó de los brazos y la ayudó a levantarse para besarla con una intensidad distinta, más lenta, casi agradecida—. Eres increíble. No tienes idea de cuántas noches he imaginado esto.

—Algo me imagino —contestó ella contra sus labios, y se rio bajito, con esa confianza nueva que la cena y el deseo le habían regalado de golpe.

Diego le acarició la mejilla con el pulgar y la miró como si la viera por primera vez, lejos de los focos blancos de la oficina, lejos de las reuniones y los correos. Ahí, en el salón en penumbra, Marina ya no era la compañera discreta de siempre. Era otra mujer entera, y le gustaba serlo.

—¿Y ahora qué? —preguntó él, todavía recuperando el aliento.

Marina lo empujó suavemente hacia el sofá, le pasó una pierna por encima y se acomodó sobre sus muslos, sintiéndolo reaccionar otra vez bajo ella. Le mordió el cuello despacio y le habló al oído con una calma que no admitía discusión.

—Ahora apagas el teléfono —susurró—. Esto solo es el principio. La noche es larga y mañana es domingo.

Diego soltó una carcajada ronca, le rodeó la cintura con las dos manos y la apretó contra él. Por la ventana entraban las luces de la calle, y los dos sabían que el lunes, en la oficina, ninguno volvería a mirar al otro de la misma manera. Lo que durante casi tres años habían disfrazado de cordialidad profesional acababa de quedar al descubierto, y ya no había forma de volver atrás. Ni ganas de hacerlo.

Marina apoyó la frente contra la suya, respirando todavía agitada, y pensó que las mejores confesiones eran justo esas: las que se contaban sin palabras, a oscuras, después de la cena.

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Comentarios (6)

MiguelBA

buenisimo!!! seguí subiendo cosas así

SandraLec88

Dos años de tension para llegar a esa cena... quede con ganas de saber como terminó la noche. Hay segunda parte?

LectorBonaerense

Lo que mas me gustó es que se nota autentico, sin exagerar nada. Muy bien narrado.

PaulaConf

me recordo a algo que viví con un compañero del laburo hace tiempo, esas situaciones de roces que se acumulan... jajaja lo entiendo perfectamente

Naty_27

increible!! se siente muy real de principio a fin. Seguí escribiendo!

Rosario_BA

La tension que vas construyendo es perfecta. Se disfruta mucho

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