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Relatos Ardientes

Lo que pasó con una desconocida en la terminal

Tengo cincuenta y tres años y nunca he dejado que la edad decida por mí. El cuerpo lo cuido desde hace décadas: torso firme, brazos que todavía responden, la piel curtida por el sol de tanto correr al aire libre. Las canas en las sienes no me molestan; me dan un aire que las mujeres saben leer. Cuando sonrío, lo hago como alguien que sabe lo que quiere y no se avergüenza de buscarlo.

Lo que ya no responde igual es otra cosa. Con los años, ciertas funciones empezaron a fallarme, y desde hace un tiempo recurro a la pastilla azul. Es pequeña, pero cambia las reglas del juego: me devuelve el ritmo, la confianza, las ganas de no perderme nada. Siempre llevo un par en el bolso de viaje, como un seguro. Nunca sabes cuándo vas a necesitar un empujón, sobre todo en una ciudad nueva, llena de gente que no te conoce.

Esa tarde estaba en la sala de espera de la terminal de Valdoria, matando el tiempo antes de un viaje largo. Quise sacar un libro de la mochila y, con la torpeza de quien tiene prisa por nada, se me enganchó la cremallera y la abrí de golpe. La mitad de mis cosas terminó esparcida por el suelo de baldosas grises.

Me agaché a recoger el desastre y sentí a alguien arrodillarse a mi lado. Levanté la vista. Una mujer de poco más de treinta años, cabello castaño recogido a medias, ojos tranquilos, recogía mi cargador y una camiseta doblada sin que yo se lo pidiera.

—No hace falta —dije.

—Ya está hecho —respondió ella, sonriendo.

Y entonces lo vio. Entre el neceser y los cables, había caído el blíster de las pastillas azules, con su nombre bien visible. Lo miró medio segundo, luego me miró a mí, y no dijo nada. Lo dejó sobre mis cosas con la misma naturalidad que el resto. Pero algo cambió en el aire entre nosotros, una corriente que ninguno de los dos comentó en voz alta.

Nos levantamos casi a la vez. Hubo un silencio incómodo y, a la vez, cargado. Ella fue quien lo rompió.

—¿Es verdad que funciona tan bien como dicen? —preguntó, señalando con la barbilla el blíster que yo guardaba.

—Funciona —respondí sin rodeos—. La experiencia cambia según la persona, pero en mi caso, sí, hace lo que promete.

Asintió, pensativa, como si la respuesta le importara más de lo que quería mostrar.

—Mi ex se negaba a usarla —dijo—. Le daba vergüenza.

—A veces la confianza pesa tanto como la química. Y hablar las cosas, también.

—¿Y afecta a la dureza? ¿A la duración?

Me hizo gracia la franqueza con la que preguntaba, sin filtros, mirándome a los ojos.

—A las dos cosas. Aunque no hace milagros solo. Depende de la excitación, del momento, de con quién estés.

—¿Y tarda mucho en hacer efecto?

—Entre media hora y una hora. Conviene tomarla con tiempo, sin prisa.

Nuestras miradas volvieron a encontrarse. Había algo en su forma de sostenerla, una mezcla de curiosidad y desafío, que me dijo que esa conversación no iba solo sobre química farmacéutica.

—De todas formas —añadí, bajando un poco el tono—, el sexo no es solo penetración. Hay quien se olvida de eso. El sexo oral, por ejemplo, puede ser mejor que cualquier pastilla si se hace con paciencia.

Me incliné apenas hacia ella, lo justo para que solo ella me escuchara.

—Y yo soy muy bueno con la lengua. Me tomo mi tiempo. Cambio el ritmo, la presión, busco hasta encontrar exactamente lo que necesita la otra persona, a veces antes de que ella misma lo sepa.

Hice una pausa para mirar su reacción. No apartó la vista.

—He tenido a mujeres pidiéndome que lo repitiera. Algunas me dijeron que nunca habían sentido nada igual. El secreto es prestar atención. Escuchar el cuerpo y responderle.

Mientras hablaba, noté cómo mi propio cuerpo respondía a la situación. Sentí la presión crecer contra la tela del pantalón, sin que la pastilla tuviera nada que ver. Ella lo notó. Bajó la mirada un instante hacia mi entrepierna y se relamió, casi sin querer.

—Vaya —murmuró—. Parece que no te hace falta la pastilla, después de todo.

—A veces solo hace falta la compañía adecuada.

Soltó una risa baja, ronca.

—Mi ex era aburrido. No le gustaba el sexo oral. Decía que no le gustaba el sabor, pero creo que simplemente no quería esforzarse.

—El sexo oral es un arte —dije, acercándome otro poco—. Y como todo arte, pide dedicación. A mí me gusta estar ahí entero, sin pensar en nada más.

Su respiración se había acelerado. Lo noté en el leve subir y bajar de su pecho.

Miré el reloj. Mi autobús salía dentro de dos horas. Tiempo de sobra. A unos metros estaba el baño adaptado, un espacio aparte, con cerrojo, lo bastante privado. Ella siguió la dirección de mis ojos y entendió todo sin que yo dijera una palabra. Cogió su bolso de mano con una sonrisa cómplice.

—Ven en dos minutos —dijo.

Y se alejó moviendo las caderas con una intención que no dejaba lugar a dudas. La vi desaparecer tras la puerta y el corazón se me disparó. Dos minutos. Conté cada segundo.

***

Entré y cerré el cerrojo a mi espalda. Ella estaba de pie, pegada a la pared del fondo, fuera del ángulo de la puerta, como si lo hubiera hecho otras veces. Su postura era una invitación entera. Nos miramos un segundo, con la tensión vibrando entre los dos, y di el paso que faltaba.

Le tomé la cara con las dos manos, los pulgares en sus mejillas, y la besé. Sus labios eran suaves, cálidos, y su lengua buscó la mía sin titubear. Mientras la besaba, sentí sus manos trabajando en mi cinturón, desabrochándolo con una urgencia que reflejaba la mía. Bajó la cremallera, deslizó la mano dentro de la ropa y me agarró con firmeza. Su pulgar trazó la punta y un escalofrío me recorrió la espalda. El beso se volvió más hondo, las respiraciones mezcladas, los dos perdidos en el momento.

Cuando nos separamos, ella dejó la boca entreabierta, jadeando.

—Bien, machote —susurró, entre la promesa y el reto—. A ver si eres tan bueno con la lengua como dices.

Me agaché despacio. Le subí la falda con una lentitud deliberada, descubriendo sus muslos, y luego deslicé su ropa interior hacia abajo con cuidado. Al levantar la vista, la vi entera: depilada, abierta a mí, una imagen que me cortó la respiración.

—Eres preciosa —murmuré—. Y yo soy muy bueno con la boca.

Empecé por la cara interna de sus muslos. Besos suaves, lentos, una tortura calculada que la dejaba pidiendo más sin pedirlo todavía. Mientras mis labios subían, mis dedos rozaron sus pliegues exteriores con una ligereza que la hizo gemir bajo. Cada caricia era exploratoria, como descubrir un terreno nuevo. Podía sentir su calor, su humedad, y mi propia excitación crecía con cada segundo.

Recorrí sus labios con la lengua, centímetro a centímetro, probando ángulos distintos para saber cuál le arrancaba el mejor sonido. Cada suspiro era una señal para repetir el movimiento; cada gemido, una invitación a volver. Mientras tanto, mis manos amasaban sus nalgas con firmeza, sumando otra capa de placer. Todo sincronizado, todo guiado por la música de su respiración.

Me adentré más. Su sabor era intenso, una mezcla que me daba ganas de más. La humedad era prueba clara de cuánto lo deseaba. Cada paso de mi lengua la hacía gemir más fuerte, y sus manos se aferraron a mis hombros, luchando por mantener el control, por no llamar la atención en aquel lugar público. Sus gemidos se volvieron más graves, su respiración más rápida, y cada sonido me empujaba a seguir.

Encontré su clítoris, ya duro y palpitante, y lo rodeé con una presión constante. Sus dedos se enredaron en mi pelo, guiándome, exigiéndome más. Obedecí, subiendo el ritmo, mientras introducía dos dedos en ella. Los curvé buscando ese punto interior que sabía que la llevaría al límite. Lengua y dedos trabajando juntos, una coordinación que la hizo temblar y jadear sin freno.

Noté que las rodillas empezaban a fallarle. Su cuerpo luchaba por mantenerse erguido mientras el placer lo consumía. Los gemidos, por mucho que intentara tragárselos, se le escapaban entre los dientes, llenando el pequeño espacio. Cada estremecimiento me decía que estaba cerca, muy cerca.

Y entonces alguien golpeó la puerta.

Ella intentó decir «ocupado». La palabra empezó firme y terminó deshecha en un gemido. Nos había delatado, casi con seguridad. No me importó. Hay pocas cosas que me enorgullezcan tanto como arrancar un orgasmo, y no pensaba detenerme a centímetros de la meta.

Sonreí contra ella y aumenté la intensidad, en el clítoris y dentro. Con la otra mano empecé a tocarme. No tardé en notar el cambio: su humedad se espesó, su calor subió, contuvo la respiración con las rodillas temblando. Se estaba corriendo. Lo vi, lo oí, lo sentí en cada músculo de su cuerpo. Mantuve los estímulos un poco más, para que el éxtasis durara, para que se acordara de él durante todo el viaje.

Después esperé, de pie frente a ella, mientras recuperaba el aliento apoyada en la pared. Tenía curiosidad por lo que vendría. Si me la chuparía, si me dejaría a medias, si terminaríamos lo que habíamos empezado. Pero prefería que fuera ella quien lo pidiera. Algunas cosas saben mejor cuando te las ruegan.

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Comentarios (5)

pasajero_curioso

jajaja el arranque con las pastillas ya me enganchó, tremendo comienzo. Quede pegado hasta el final

Rosi_44

Que historia mas inesperada! Me encanto como se desarrolla todo a partir de un momento tan cotidiano. Segui escribiendo por favor

Carlos_BA

Me hizo acordar a cosas que pasan en los viajes, uno nunca sabe con quien se va a cruzar. Muy buena descripcion de esa tension inicial

DiegoMza_ok

increible como lograste capturar ese momento tan incomodo y darle vuelta. muy bien escrito

Viajero_44

a mi algo parecido me paso en una terminal hace años, aunque sin el final tan feliz jajaja. me trajo recuerdos

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