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Relatos Ardientes

Mi amiga me mostró la foto que guardaba en secreto

Esto que voy a contar me lo confesó una amiga, y lo escribo tal cual ella me lo narró, aunque no estuve presente y no puedo jurar que cada detalle sea exacto. Hay cosas que solo se cuentan entre dos cafés y una botella de vino, y aquella tarde le tocó a ella destaparlo todo.

Mi amiga, a la que aquí llamaré Lucía, tiene veintidós años. Es rubia, lleva el pelo corto, los ojos claros y una cara preciosa, de esas que detienen la conversación. También arrastra unos kilos de más que la persiguen desde la adolescencia, y por culpa de eso siempre dudó de sí misma. Esa inseguridad la mantuvo durante años atada a un novio que no la merecía.

Estuvo con él desde los quince. Casi siete años de relación con un hombre ocho años mayor que se acostumbró a aprovecharse de su falta de mundo. La hacía sentir poca cosa, le repetía que tenía suerte de que alguien la quisiera, y ella se lo creía. El último año lo pasó juntando coraje para irse, y una semana antes de lo que voy a contar por fin reunió el valor y lo dejó.

Lo primero que hizo, esa misma noche, fue abrir un perfil en una de esas aplicaciones de citas. Subió tres fotos, escribió dos líneas y apagó el teléfono antes de arrepentirse.

—Tenía las manos temblando cuando le di a publicar —me dijo, riéndose de sí misma—. Pero estaba harta de pedir permiso para existir.

A los dos días apareció él. Un hombre de treinta años, tranquilo, directo, que desde el primer mensaje le dejó claro que no buscaba nada serio. Aquí lo llamaré Damián, porque ella nunca quiso decirme su nombre completo.

—Lo agradecí, ¿sabés? —me explicó—. No quería un novio. Quería sentirme deseada una vez en la vida, sin que nadie me hiciera sentir que era un favor.

Le contestó que estaba recién separada, que no le importaba la falta de promesas, y quedaron para tomar algo el viernes siguiente.

***

La cita fue en un bar pequeño cerca del río, de esos con luces bajas y mesas de madera gastada. Lucía llegó quince minutos tarde, convencida de que él no se habría presentado. Estaba sentado en la barra, esperándola con dos copas ya pedidas.

—Lo primero que hizo fue mirarme a los ojos y sonreír —me dijo—. No a las tetas, no al cuerpo. A los ojos. Hacía años que un hombre no me miraba así.

Hablaron de todo y de nada durante dos horas. Damián la escuchaba, le preguntaba cosas, se reía de sus chistes malos. En algún momento, sin darse cuenta, Lucía dejó de meter la panza y de cruzar los brazos sobre el pecho. Por primera vez en mucho tiempo, ocupó su espacio sin pedir disculpas.

—Y entonces me lo dijo, así, sin rodeos —me contó, bajando la voz aunque no había nadie cerca—. Me dijo: «No quiero que esta noche se termine en la puerta del bar». Y yo, que nunca en la vida me había animado a nada, le dije que sí antes de pensarlo.

Tomaron un taxi hasta un hotel a unas cuadras de allí. Lucía me confesó que durante todo el trayecto sintió ganas de bajarse, de inventar una excusa, de volver corriendo a la seguridad de su miseria conocida. Pero la mano de Damián sobre su rodilla, firme y cálida, la mantuvo en el asiento.

—Iba mirando por la ventanilla las luces de la calle pasar —me dijo—, y pensaba: «¿Quién soy yo para estar haciendo esto?». Y enseguida me contestaba sola: «Soy una mujer de veintidós años que recién aprende lo que quiere». Nunca en la vida había decidido algo solo porque me daba la gana. Siempre fue por miedo, por costumbre, por no quedarme sola. Esa noche, por primera vez, era por placer.

Subieron en silencio. Él pagó la habitación sin que ella tuviera que mirar para otro lado, sin esa vergüenza que siempre la acompañaba. Mientras esperaban el ascensor, Damián le apartó un mechón de la cara y la besó despacio, como si tuvieran toda la noche por delante. Y la tenían.

***

—Desde el momento en que entramos a la habitación me hizo sentir deseada de verdad —me dijo, y se le iluminó la cara al recordarlo—. Me miró con un hambre que mi ex no me mostró en siete años. Cuando me desnudé, en lugar de taparme las luces como hacía siempre, me dejó encendida la lámpara. Y se quedó mirándome como si fuera lo mejor que había visto.

Lucía es una chica de cuerpo grande, sí, pero con unos pechos generosos y una cara de rasgos armoniosos que nunca aprendió a aprovechar. Nunca supo maquillarse para provocar, nunca eligió ropa que la favoreciera. Toda esa belleza estaba ahí, dormida, esperando que alguien la mirara como Damián la miró aquella noche.

—Me recostó en la cama y empezó a besarme el cuello, los hombros, los pechos —me siguió contando, sin un gramo de vergüenza ya—. Bajó despacio, besándome la barriga, y cuando llegó entre mis piernas pensé que me moría. Mi ex no me lo hacía hacía años. Decía que no le gustaba. Damián se quedó ahí abajo como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Me contó que estuvo a punto de terminar solo con eso, que tuvo que pedirle que parara porque no quería acabar tan pronto. Entonces lo empujó suavemente sobre la espalda y le devolvió el favor.

—Olía a sudor, a hombre, y eso me prendió de una manera que no entiendo —se rió, tapándose la cara—. Estuve un montón de tiempo así, mientras él me decía que lo hacía mejor que nadie. Y yo le creía. Por primera vez en mi vida me sentía buena en algo.

Cuando ya ninguno de los dos aguantaba más, él se colocó protección y la tomó. Primero ella encima, marcando el ritmo, descubriendo que podía mandar. Después de espaldas, con la cara hundida en la almohada. Y por último él se puso sobre ella, le subió las piernas a los hombros y empujó con una fuerza que la dejó sin palabras.

—Acabé gritando —me dijo, y todavía parecía no creérselo—. Un grito que seguro se escuchó en las habitaciones de al lado. Tuve un orgasmo que duró no sé cuánto, larguísimo, de esos que te dejan temblando. Y te juro que con mi ex jamás, ni una sola vez, terminé así.

Reconozco que ese detalle me sonó a exageración, pero la conozco lo suficiente para saber cuándo miente, y aquella tarde no estaba mintiendo. Estaba reviviéndolo.

***

—¿Y él? —le pregunté—. ¿Damián terminó?

—Todavía no —me contestó, mordiéndose el labio—. Me preguntó dónde quería que acabara. Y yo, atontada por lo que acababa de sentir, le dije que donde él quisiera.

Hizo una pausa, como midiendo si seguir. La animé con la mirada.

—Me pidió terminar en la cara —soltó por fin—. Y vos sabés que eso nunca se lo dejé a mi ex. Me parecía algo sucio, algo que hacían otras, no yo. Pero esa noche estaba tan feliz, tan distinta, que le dije que sí.

Me describió cada segundo. Se arrodilló en el suelo de la habitación, él de pie frente a ella con la respiración entrecortada. Lo acarició con la boca unos instantes más, hasta que lo sintió tensarse. Damián le pidió que cerrara los ojos.

—Sentí varios golpes de calor sobre la cara —me dijo, y por un momento se quedó en silencio—. Cuando dejó de respirar agitado, abrí los ojos y lo vi sonriéndome de arriba. Me dijo, con la voz rota: «Te ves preciosa así». Y por absurdo que suene, le creí.

Recogió su ropa, se metió en el baño y se enfrentó al espejo. Lo que vio la dejó paralizada: su propio rostro marcado, distinto, el de una mujer que se había permitido por fin tomar lo que quería. Sintió un latido entre las piernas, otra vez, solo de mirarse.

—Agarré el teléfono y me saqué una foto —confesó, y yo no podía cerrar la boca—. No sé por qué. Quise guardar la prueba de que esa noche fui otra persona. La valiente. La que nadie creía que yo podía ser.

***

Cuando pensaba que el relato no podía sorprenderme más, hizo algo que no esperaba. Tomó el teléfono de la mesa, lo desbloqueó, entró a una carpeta oculta de la galería y giró la pantalla hacia mí.

Ahí estaba ella. La cara cubierta, los ojos brillantes, una media sonrisa que jamás le había visto en años de amistad. No era una foto vulgar. Era la foto de alguien que se había liberado.

—Estás loca —le dije entre risas, mitad escandalizada, mitad orgullosa—. Sos otra persona.

—Esa es la idea —me respondió, guardando el teléfono con una calma nueva—. Y no termina ahí. Quedamos para vernos de nuevo. La próxima me toca a mí elegir qué probamos.

Me quedé mirándola, a la chica que durante siete años había caminado encorvada pidiendo perdón por existir, ahora sentada frente a mí con la espalda recta y una sonrisa que no le cabía en la cara. No sé si Damián volverá a aparecer en su vida o si será solo un nombre inventado en una historia. Pero algo cambió en Lucía esa noche, y no fue lo que pasó en aquella habitación.

Fue darse cuenta, por fin, de que merecía que la desearan así.

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Comentarios (5)

Pablo_cba

Excelente relato!!! Me tuvo pegado hasta el final, no pude parar de leer.

SilviaMR

Por favor seguí contando, quedé con muchísimas ganas de saber que paso despues.

Nico_lector33

Me recordó a una situacion parecida con una amiga hace años. Esas confesiones inesperadas te cambian la visión que tenés de las personas. Muy bien escrito.

CarolinaLe_BA

Que bien narrado, se siente tan real que parece que lo estoy viviendo yo. Sin vueltas ni rodeos, justo como me gustan.

AdrianNocturno

Ese titulo me atrapó desde el primer momento jaja. No decepcionó para nada.

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