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Relatos Ardientes

La amiga de mi mujer me oyó decir su nombre

¿Quién no ha tenido alguna vez un descuido que termina convertido en algo a medio camino entre la vergüenza y el morbo? A mí me pasó el verano pasado, cuando una amiga de mi mujer vino a pasar unos días a nuestra casa de la costa. Se llamaba Marisol y, a sus cuarenta y ocho años, seguía siendo de esas mujeres que entran en un sitio y obligan a todo el mundo a girar la cabeza.

Era bajita y delgada, con una cara de rasgos finos que no encajaba con la fama que arrastraba. Tenía los ojos vivos, siempre a punto de reírse, una boca grande y una nariz pequeña y respingona que le daba un aire mucho más joven de lo que era. Su delgadez hacía que el pecho, firme y bien colocado, destacara todavía más bajo cualquier camiseta.

Según mi mujer, Marisol siempre había sido bastante libre con esas cosas, pero desde que se separó andaba desatada. Me contaba historias que parecían sacadas de una película, casi siempre con hombres mucho más jóvenes que ella. Decía que ejercía sobre ellos una especie de atracción rara, como si los chicos de veintipocos detectaran a kilómetros que con ella no había normas. Una vez coincidimos los tres en un bar de copas y vi con mis propios ojos cómo un tipo que le sacaba veinte años por debajo se le acercaba sin disimulo. Ella ni se molestó en apartarlo.

El caso es que Marisol vivía en la ciudad, lejos del mar, y aquel agosto decidió escaparse un fin de semana con sus dos hijos para disfrutar de la playa. Acomodamos a los tres en la habitación de invitados. Llegaron un jueves por la noche, cansados del viaje, y el plan era pasar el sábado y el domingo enteros en la arena.

El viernes salí del trabajo a mediodía con el cuerpo pegajoso y una sola idea en la cabeza: ducharme rápido y reunirme con todos en el restaurante donde habíamos quedado para comer. Mi mujer me había mandado un mensaje con la dirección y la hora. Yo iba justo de tiempo.

Entré en casa y no oí a nadie. El silencio era total, ese silencio espeso de las casas vacías en pleno verano, con las persianas medio bajadas y el zumbido lejano de la nevera. Supuse que ya estarían todos en el restaurante esperándome. Pasé a mi cuarto, me desnudé dejando la ropa hecha un ovillo sobre la cama y, como creía estar solo, ni me molesté en cerrar la puerta del baño.

Me metí bajo el agua y dejé que el chorro fresco me corriera por la espalda. Fue entrar en calor —o más bien salir de él— y notar cómo la tensión del día se me deshacía por el desagüe. La mente, libre de golpe, se me fue sola. Y se me fue, claro, hacia Marisol.

No lo decidí. Simplemente apareció. Me acordé de una de las historias que me había contado mi mujer entre risas, medio escandalizada: una noche en que su amiga se había marchado de una fiesta con tres desconocidos y no había vuelto hasta el amanecer. En mi cabeza la escena se montó sola, mucho más nítida y más sucia que cualquier relato.

Sentí cómo se me iba endureciendo mientras la imaginaba en el centro de aquellos tres tipos, repartida, manejada, sin un solo hueco libre. Casi sin darme cuenta, la mano se me fue a la entrepierna. Empecé despacio, sin prisa, dejándome llevar por el vaivén tibio del agua.

La excitación creció más rápido de lo que esperaba. Y entonces cometí el error. Entre la respiración entrecortada empecé a murmurar su nombre, primero bajito, después no tanto. Le decía cosas que jamás le habría dicho a la cara, la insultaba con esa rabia caliente que no significa nada y lo significa todo, le prometía en voz alta un catálogo entero de barbaridades. Cuando me corrí, lo hice con un gemido ronco que se me escapó sin permiso. Un par de chorros golpearon el cristal de la mampara y resbalaron despacio mientras las piernas apenas me sostenían.

Cerré el grifo. Respiré. Me sentí ridículo y satisfecho a partes iguales, esa mezcla tan tonta de después. Salí del baño todavía desnudo, sin secarme del todo, con el pelo chorreando y la polla aún a medio bajar.

Y ahí, en mitad del pasillo, estaba ella.

Marisol había vuelto a casa a buscar algo —un cargador, una crema, nunca llegué a saberlo— y yo no la había oído entrar. Ella a mí sí. Vaya si me había oído. Estaba quieta, apoyada en el quicio, mirándome de arriba abajo con media sonrisa que no supe descifrar. No era burla. No era reproche. Era otra cosa, algo más peligroso.

Nos quedamos los dos paralizados, sin decir una palabra. Dos segundos que duraron una hora. Y lo peor —o lo mejor— fue que el morbo de saberme descubierto pudo conmigo: noté cómo me volvía a empalmar allí mismo, delante de ella, sin poder evitarlo. Sus ojos bajaron un instante. Vi cómo se daba cuenta. Vi cómo se le borraba la sonrisa y se le quedaba la boca un poco entreabierta.

Conseguí reaccionar. Murmuré algo ininteligible y me metí en mi cuarto como un crío pillado en falta. Oí la puerta de la calle cerrarse. Se había ido otra vez hacia el restaurante.

***

Tendría que haberme vestido y haber bajado. En cambio me quedé de pie en mitad de la habitación, con el corazón a mil y la cabeza ardiendo. Saberla todavía en la casa, saber que me había visto, que me había oído decir su nombre mientras me corría, me tenía completamente fuera de mí.

No bajé enseguida. En lugar de eso hice algo que todavía hoy me cuesta contar. Salí al pasillo, entré en la habitación donde dormía ella y me acerqué a la bolsa de la ropa sucia que tenía junto a la maleta abierta. Rebusqué casi sin pensar, con los dedos torpes, hasta que encontré unas braguitas. Negras, con pequeños lunares blancos, todavía con su olor.

Me las enrollé alrededor, dejando la tela justo donde tocaba, y me bastaron unos pocos movimientos para terminar otra vez. Las dejé donde estaban, hechas un nudo, manchadas, y las hundí de nuevo entre el resto de la ropa como si así borrara lo que acababa de hacer.

Después me vestí con ropa de playa, me eché agua en la cara y bajé al restaurante con la mejor de mis caras de normalidad. Cuando me senté a la mesa, Marisol me sirvió vino sin mirarme directamente. Mi mujer hablaba de la marea y de la sombrilla. Los niños discutían por una ración de calamares. Nadie sospechaba nada.

El resto del fin de semana transcurrió con una calma que parecía imposible. Bañadores, toallas, cremas, partidas de cartas en la terraza al atardecer. Marisol y yo nos comportamos como dos adultos que no compartían ningún secreto. Solo de vez en cuando, cuando nadie miraba, nuestros ojos se cruzaban un segundo de más. Y en ese segundo cabía todo. El domingo por la tarde recogieron sus cosas, cargaron el coche y se marcharon. Yo respiré, convencido de que el episodio quedaba enterrado para siempre.

***

Pasaron tres meses. El verano ya era un recuerdo y las noches habían empezado a refrescar. Una de esas noches estaba solo en el salón, tirado en el sofá viendo cualquier cosa en la tele, cuando el móvil vibró sobre la mesa. Lo cogí sin ganas. Era un mensaje de Marisol.

Me extrañó tanto que me incorporé de golpe. Ella y yo no hablábamos nunca. Toda mi relación con esa mujer pasaba por mi mujer; jamás habíamos cruzado un mensaje a solas. Sentí un pellizco en el estómago y, sin saber muy bien por qué, me acordé del verano. De las dos veces. Del pasillo.

El mensaje empezaba con cuidado, casi pidiendo permiso. Decía que me había visto en línea y que llevaba tiempo dándole vueltas a si escribirme o no. Que esperaba que no me lo tomara a mal. Leí esa primera línea tres veces antes de atreverme a seguir.

Entonces me lo contó. Decía que al volver a casa aquel domingo, mientras deshacía la maleta y preparaba la lavadora, había encontrado sus braguitas hechas un nudo y manchadas. Que tardó un momento en entender qué era aquello, y que cuando lo entendió se quedó plantada delante de la lavadora con la prenda en la mano.

Solté el aire despacio. Sentí un vértigo raro, como cuando el coche pasa demasiado rápido por un cambio de rasante. No tenía ni idea de cómo iba a seguir aquello. Esperaba el reproche, la amenaza, el «se lo voy a contar a tu mujer».

No llegó.

Marisol siguió escribiendo. Decía que no le había molestado. Que era todo lo contrario. Que la había excitado de una manera que no recordaba desde hacía mucho, sobre todo después de haberme visto en el pasillo, desnudo y duro otra vez por ella. Confesaba que no había podido resistirse. Que aquella noche, en su cama, con la prenda todavía en la mano, había terminado lo que yo había empezado.

Leí cada palabra con la garganta seca. Le contesté con torpeza, con frases cortas, sin saber bien qué decir, mientras notaba cómo el cuerpo me respondía igual que aquel mediodía bajo la ducha. Ella escribía rápido, sin filtros ya, como si llevara tres meses guardándoselo.

Después me llegaron dos fotos. La primera eran las mismas braguitas, recién manchadas, esta vez por ella. La segunda no necesitaba explicación. Me dejó el móvil temblando en la mano y la certeza de que aquel descuido de verano no había terminado: apenas empezaba.

Le escribí que el fin de semana siguiente mi mujer se iba con los niños a casa de su madre. Marisol tardó menos de un minuto en responder. Solo puso una palabra, y esa palabra valía por todas las que yo había gritado en la ducha tres meses antes.

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Comentarios (5)

GabiDM

excelente!!!

viajero_mx

jajaja tremendo momento ese, me imagine la cara de los dos... brutal

Luisma_84

increible como capturaste esa tension, me tuve que releer el final dos veces jaja

NocheAzul

Dios mio, por favor seguí escribiendo. Necesito saber como continua esto!!!

Richi_Salta

Me recordó a una situación parecida que viví hace años, aunque la mia terminó mucho peor jeje. Muy buen relato, se siente auténtico.

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