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Relatos Ardientes

Lo que vi por la rendija del baño esa madrugada

Hay cosas que una descubre por accidente y que ya no puede dejar de pensar. A mí me pasó una madrugada, en un hotel de pueblo, hace casi nueve años. Y todavía hoy, cuando lo recuerdo, se me corta la respiración y siento esa misma humedad caliente entre las piernas.

Por aquel entonces salía con Andrés. Lo habíamos dejado para un fin de semana largo, una escapada a un pueblo de la sierra, de esos de calles empedradas y plazas con farolas viejas. Llevábamos varios meses juntos y, si soy honesta, él me había abierto un mundo que yo apenas conocía.

Antes de Andrés, el sexo había sido para mí algo tibio, casi una obligación amable. Con él descubrí otra cosa. Descubrí que me mojaba cuando me bajaba a mamársela en plena carretera, cuando me jalaba el pelo y me decía cosas al oído, cuando me empinaba sobre cualquier mueble sin preguntar demasiado. Aprendí a desear de una manera que no sabía que estaba dentro de mí.

Me encantaba sentir cómo se le ponía dura entre mis manos. Me pedía que le bailara, que me fuera desnudando despacio mientras él se tocaba mirándome, y a mí eso me prendía como pocas cosas. Ver que se la jalaba por mí, que se la ponía cada vez más dura solo de verme, me llenaba de unas ganas enormes de tenerlo en la boca, de recorrerlo con la lengua entero, de no soltarlo hasta dejarlo temblando.

Ahí descubrí algo de mí que no había admitido nunca: me excitaba mirar. Me excitaba ser testigo de su placer, observar cada gesto suyo cuando se perdía en el suyo propio. Y créanme que no soy la única. Sé que somos muchas a las que se nos seca la boca viendo a un hombre tocarse, concentrado, ajeno a todo.

***

Aquel fin de semana empezó cargado desde el primer minuto. Me había puesto una falda corta de mezclilla, una blusa blanca ligera y unas botas para caminar el pueblo. Salimos a recorrer las calles al atardecer, fingiendo ser una pareja tranquila más, pero Andrés no me dio tregua ni un segundo.

Caminábamos pegados, y su mano encontraba siempre la manera de colarse bajo la falda. Me rozaba por encima de la tanga, despacio, justo cuando pasaba alguien cerca, para que yo tuviera que disimular y morderme el labio. Estuvo calentándome así durante horas, hasta que volver al hotel fue casi una urgencia.

Apenas cerramos la puerta de la habitación, nos lanzamos el uno sobre el otro. Besos, manos por todas partes, la falda subida hasta la cintura, sus dedos entrando y saliendo mientras yo me sostenía contra la pared. Me empinó sobre la cama, me la fue metiendo con esa lentitud que me volvía loca, y desde ahí ya no hubo descanso.

Cogimos durante horas. Por todos lados, en todas las posturas que se le ocurrieron. Yo lo apretaba para no dejarlo salir, y él no paraba de decirme que le encantaba verme disfrutar, verme deshacer, verme deseosa de más. Cuando por fin quedamos rendidos, me dormí casi sin darme cuenta, con el cuerpo pesado y satisfecho.

No sé cuánto tiempo dormí. Me despertó el movimiento del colchón, su lado de la cama vacío y el sonido de la puerta del baño cerrándose con cuidado. Pensé que iba al baño un momento, como cualquiera, y volví a cerrar los ojos.

***

Pero el tiempo pasaba y Andrés no regresaba. Me giré en la cama y vi la línea de luz amarilla colándose por debajo de la puerta. Seguía encendida. ¿Qué tanto hace ahí dentro?, pensé, todavía medio dormida.

La curiosidad pudo más que el sueño. Me levanté descalza, sin hacer ruido, y me acerqué a la puerta sin saber muy bien qué esperaba encontrar. Tal vez estaba mensajeándose con alguien, tal vez nada, tal vez solo no podía dormir. Me arrimé despacio, conteniendo la respiración.

Y entonces lo noté. La puerta de aquel baño viejo tenía una rendija en el marco, una hendidura considerable que él jamás había advertido. Desde el ángulo justo, se veía perfectamente todo el interior. Acerqué el ojo y se me cortó el aliento.

Ahí estaba Andrés. De pie frente al lavabo, con el teléfono apoyado en la tapa del tanque del inodoro, agarrándose la verga despacio, con una suavidad casi reverente. En la pantalla corría un video, una rubia de pechos enormes en una doble penetración. Él miraba fijo, hipnotizado, moviéndose con calma.

Mi primera reacción fue una mezcla rara de cosas. ¿En serio? Después de toda la tarde cogiendo, ¿todavía le quedan ganas? Casi me dio risa, casi me dio algo de fastidio. Pero esos pensamientos duraron un suspiro. Lo que de verdad creció en mí, con fuerza, fue el morbo.

Así que me quedé. Pegada a la rendija, en la penumbra del cuarto, espiando a mi propio novio sin que él tuviera la menor idea.

***

Lo vi cambiar de video varias veces, buscando algo concreto sin dejar de tocarse. Me di cuenta de que todo lo que elegía era de lo mismo: dobles penetraciones, tríos, mujeres rodeadas de hombres. Un patrón secreto que yo nunca le había conocido, y que ahora descubría a escondidas, con el ojo clavado en una hendidura de madera.

Me sorprendió la calma con la que lo hacía. No tenía nada de la urgencia de cuando estábamos juntos. Era otra cosa, una especie de ritual íntimo, lento, donde nadie le pedía nada ni esperaba nada de él. Y yo, que creía conocerlo, sentía que estaba viendo a un desconocido. Un desconocido que dormía cada noche a mi lado.

Pensé en las veces que él me había mirado a mí desnudarme, tocándose mientras yo bailaba para él. Ahora los papeles se habían invertido sin que él lo supiera, y eso me parecía lo más caliente de todo. Por una vez yo era la que miraba desde la sombra, la que tenía el control de una escena que él creía completamente privada.

Sin pensarlo, mi mano bajó sola. Me subí el camisón, me encontré completamente mojada y empecé a frotarme el clítoris en círculos lentos. Estaba ardiendo. Verlo así, entregado, sin la pose que ponemos cuando sabemos que nos miran, era de una intimidad que me desarmaba.

Encontró por fin un video que le gustó de verdad. El ritmo de su mano subió, se hizo más rápido, más firme. Movía los labios como diciendo algo, y aunque no alcanzaba a oír las palabras completas, podía leérselas en la boca: perra, puta, cosas que me reventaban por dentro. La verga le brillaba, mojada entre su propio líquido y la saliva con la que se ayudaba.

Yo no daba más. Me masturbaba contra la pared del cuarto, mordiéndome la mano libre para no hacer ruido, deseando con todas mis fuerzas que abriera la puerta y me ensartara ahí mismo. Pero no quería interrumpirlo. Quería ver. Quería saber hasta dónde llegaba ese lado suyo que él guardaba para cuando creía estar solo.

***

Y entonces hizo algo que me dejó sin palabras.

De la punta de la verga le colgaban hilos de líquido, espesos, de lo excitado que estaba. Lo vi recoger esa gota brillante con la yema del dedo, despacio, y llevársela a la boca. Se la probó. Se comió su propio líquido sin el menor reparo, como si fuera lo más natural del mundo.

Me quedé congelada con el ojo en la rendija. Nunca había visto a nadie hacer algo así, y mucho menos a él. Una parte de mí no sabía qué pensar; la otra estaba tan caliente que me costaba mantenerme en pie. Porque, por más extraño que me resultara, verlo hacer eso me prendió de una forma que no esperaba.

Lo repitió un par de veces más. Recogía el líquido con el dedo y se lo paseaba por los labios, sin dejar de jalársela, con los ojos fijos en la pantalla. Cada vez que lo hacía, yo sentía una corriente recorrerme entera, las piernas temblándome, los dedos cada vez más rápidos sobre mí misma.

Por el color de la verga y por cómo se le tensaba todo el cuerpo, supe que no faltaba mucho. Las jaladas se volvieron más intensas, más cortas. Puso la palma de la mano abierta justo debajo, lista para recibir. Y a mí me entró un último morbo absurdo: quería ver si también se la tragaría.

No lo hizo. Pero el solo verlo acabar, en silencio, encorvado sobre su propia mano, fue suficiente. Tuve un orgasmo ahí mismo, de pie, mordiéndome la mano, con la vagina completamente empapada y el corazón a punto de salírseme. Tuve que apoyarme en la pared para no caerme.

***

En cuanto lo vi alcanzar el papel para limpiarse, corrí de vuelta a la cama. Me metí entre las sábanas, me bajé el camisón y cerré los ojos fingiendo un sueño profundo, con la respiración todavía agitada. Lo escuché apagar la luz, salir despacio, acomodarse a mi lado como si nada hubiera pasado. Me abrazó por la espalda. Yo me hice la dormida, sonriendo en la oscuridad con un secreto que nunca le conté.

Andrés y yo terminamos un par de años después, por las razones de siempre, sin dramas. Pero esa madrugada se me quedó grabada de una manera que ninguna otra noche con él logró. Descubrí algo de mi propio deseo que no sabía que existía: que mirar, espiar, ser testigo invisible de la intimidad ajena, me enciende tanto o más que ser protagonista.

Han pasado casi nueve años y todavía, cuando lo recuerdo, vuelvo a mojarme igual que aquella noche. Sigo preguntándome qué tiene esa imagen suya frente al lavabo, probándose a sí mismo, creyéndose solo. Y sigo sin entender del todo por qué me prendió tanto, pero ya no me importa entenderlo. Me basta con cerrar los ojos y volver a la rendija.

A veces me pregunto cuántas de ustedes guardan un recuerdo parecido. Una de esas veces en que vieron algo que no debían y, en lugar de apartar la mirada, se quedaron. Si alguna se anima a contarlo, prometo que la entenderé mejor que nadie.

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Comentarios (5)

LunaAR84

Increible!!! no pude dejar de leer hasta la ultima linea

Fausto_Lect

Por favor que haya segunda parte, no puede quedar asi. Me dejo con demasiadas ganas de mas

MiradorNocturno

Me encanto como narraste esa tension entre la curiosidad y lo que terminas descubriendo. Se siente muy real, sigue asi!

Caro_BA

Me recordo a algo que me paso hace anos jajaja. Buenisimo relato, muy bien escrito

DiegoSalta88

Leyendo esto a la madrugada y ahora imposible dormirse jajaja

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