La apuesta que perdí con la novia de mi amigo
Me llamo Hugo y os voy a contar lo que viví una noche de sábado de invierno, cuando por fin volvíamos a poder salir un poco. Estaba en el sofá, viendo una película tonta a eso de las diez, con una manta y una cerveza, sin más plan que ese. Entonces me sonó el teléfono y era Bruno, un amigo de toda la vida.
—Hola, Hugo, buenas noches. ¿Qué tal andas? Estoy en casa de Lucía. ¿Te hacemos una visita y nos tomamos algo?
—Claro que sí, pareja. Yo estoy de maravilla. Venid, venid.
La casa de Lucía está a doscientos metros de la mía, así que en un momento ya los tenía en la puerta. Nos saludamos, hablamos, nos reímos y nos tomamos una. Pero Lucía estaba especialmente animada y se bebió dos. Llevaba desde las siete con las cervezas y ya casi era la medianoche.
Entonces decidieron marcharse. Bruno jugaba al fútbol por la mañana y tenían que madrugar. Lucía, resignada y con ganas de más fiesta, se quedó conmigo en la puerta encendiendo un cigarrillo. Y empezó a soltarlo todo.
—Esto es una mierda. No sale nadie. Con lo bien que lo estoy pasando. No quiero irme a casa. Maldito fútbol. Estoy hasta… —y se agarró el pecho con las dos manos— mis mismísimas. Sí, sí, hasta este par de tetas.
Me eché a reír. No podía parar. Se las bamboleaba con las manos, y la verdad es que tenían un volumen considerable.
—Pues ya sabes lo que dicen —solté—, dos tetas tiran más que dos carretas.
—Y con buena gente, bien se ríe uno —contestó ella, riéndose los dos a la vez—. Ha preferido el fútbol a la fiesta. Así que aquí me quedo sola.
Apagó el cigarrillo con la punta del zapato, resignada.
—¡Pues no! —dije—. Te invito a mi casa, te hago compañía y seguimos la fiesta hasta la una. ¿Te parece?
—¿De verdad? Qué alegría. Muchas gracias. ¿Voy a por bebida?
—Tengo de sobra. Coge un par de cervezas, que yo voy a por leña para la estufa.
—Mira dónde han llegado a parar estas tetas —dijo entre carcajadas, y nos dimos un abrazo.
Madre mía cómo se pegó a mí. Le noté el pecho contra el mío perfectamente, y eso que llevaba el abrigo puesto. Fue solo un segundo, pero un segundo que se me quedó grabado.
***
La hora siguiente la pasamos hablando, riéndonos, picándonos el uno al otro. Estuvimos muy a gusto. Y más todavía después de bebernos dos cervezas más, esta vez de las fuertes. A lo tonto me había entonado bastante, aunque al nivel de Lucía no iba a llegar ni de lejos.
—Has atizado bien la estufa —dijo abanicándose—. Qué calor. Ya me he quitado tres botones de la camisa y acabaré quitándomela entera. A mí me parece que lo has hecho a propósito para que me la quite, ¿eh?
—Qué mala eres. Claro que podría haberlo intentado. Pero hace un frío de mil demonios ahí fuera, está helando. Aunque, vamos, la camisa te la puedes quitar cuando quieras.
—Ah, y aparte creo que estás caliente —añadió, muerta de risa.
—Pues puede ser. ¿Quieres mi camisa?
No supe qué decir. Me dejó helado. Además estiraba la tela del cuello hacia mí, y poco a poco aquel sujetador blanco de encaje iba asomando.
—Por supuesto que quiero —dijo—. Pero tampoco es eso, no te emociones.
—Si quieres jugamos a las cartas. Pero al strip poker no, que nos conocemos —respondí.
—Lo que usted mande —contestó con una reverencia de broma.
Cogimos otras dos cervezas y entonces se le iluminó la cara con una de sus ideas.
—¿Me enseñas el tanga ese del elefante? Aquel día ni me enteré bien —dijo.
Unos meses atrás, en una cena entre amigos, había sacado el tema medio en broma y nadie me había creído. Era el momento de demostrarlo.
—Acompáñame —dije.
***
De la mesilla de noche saqué el tanga. Tenía estampada en la parte delantera la cara de un elefante, con la trompa preparada para lo evidente. Lucía no podía parar de reírse. Se lo apoyaba por delante, por detrás, se lo colocó por encima del pantalón del pijama, y en ese momento tuve una visión periférica de su pecho asomando por el escote. Qué gozada. No pude evitar empezar a empalmarme. Fueron treinta segundos maravillosos.
Conviene que os describa a Lucía. Veintisiete años, rubia, con el pelo medio rizado. Guapa de esas que no presumen. Metro sesenta y cinco, llenita sin estar gorda, con un pecho generoso que era una auténtica maravilla. Yo, en cambio: moreno, delgado, complexión normal, empezando a quedarme calvo, metro sesenta y ocho y treinta y seis años. De lo demás ya hablaremos más adelante.
—¿Te lo pones? —soltó de repente.
—¿Quieres que me lo ponga?
—Pues claro. A ver cómo queda —respondió.
Hice el amago de bajarme el pijama, pero me di la vuelta y me metí en el baño a cambiarme. Salí igual que había entrado, vestido, como si no pasara nada.
—¡Wow! Pensaba que te lo cambiabas delante de mí. Yo estaba preparada —protestó.
—Eso no vale —dijo, y se acercó.
Me quitó la parte de arriba del pijama de un tirón y estiró la cinta del pantalón hacia ella para comprobar que sí, que lo llevaba puesto debajo. Bajamos al salón. Despacio me bajé el pantalón y apareció la trompa contenta. Lucía se partía de risa. Me agarraba de la cintura, se ponía detrás de mí, me daba la vuelta. Fue un momento de lo más cachondo.
Se colocó a mi lado y, con la mano derecha, le dio unos golpecitos al elefante sin llegar a agarrarlo.
—Con buena trompa bien se juega —dijo guiñándome un ojo—. Me voy a fumar y saca las cartas.
***
—Se me ha ocurrido una cosa —anunció al volver—. Jugamos al que antes gane seis partidas. El que pierda tiene que hacer una prueba que mande el otro. Yo ya tengo la mía preparada.
—Así que ve pensando qué prueba me pones, que lo tienes imposible. Aunque miedo me das.
Empezamos a jugar y la cosa pintaba fatal. Tres a cero perdiendo.
—Como te quedes a cero —se burlaba—, cuando venga mi madre la mando para que te ponga un pañal y te dé el biberón. Menudo cachondeo.
—¿Cómo? Explícate mejor —dije, muerto de risa, mientras barajaba.
Gané dos seguidas. Tres a dos. Hicimos un pequeño parón, cigarro y cerveza. Era casi la una y media de la madrugada.
—Mi prueba —dijo ella— es que vayas hasta mi casa vestido solo con el tanga.
—Acepto. Y la mía: te haces un striptease con la ropa interior y de vestir más sexy que tengas. Integral o no, lo dejo a tu elección.
—Adelante —respondió.
Y de repente, sin darme tiempo a comentar nada, se quitó la camisa de un movimiento. Ahí estaba el sujetador blanco, a plena vista. Me descentré sin querer y empezó la siguiente partida. Cinco a dos se puso. Movía el pecho de lado a lado en señal de victoria.
—Voy al baño un momento, perdón —dije.
No tardé nada. Salvo que entré con pijama y volví solo con el tanga, dejando la trompa apoyada en la mesa, y me quité también la parte de arriba.
—Juguemos —solté.
Conseguí recortar al cinco a cuatro.
—Menuda provocación, me has querido desconcentrar. Eso no vale —protestó ella.
—Creo que usted ha hecho exactamente lo mismo —respondí, levantándome y dejando caer la trompa contra el canto de la mesa.
Cinco a cinco. Otra vez en juego. Se bajó las tiras del sujetador, sacándoselas de los brazos, y antes de repartir se metió las manos dentro de las copas, se tocó el pecho y dijo:
—Qué nervios. Cómo me sudan las tetas. ¿Tú no estás nervioso?
—Un poco —contesté, y no mentía.
Se levantó de la silla.
—Igualadísima la partida, Hugo. Que gane el mejor.
Me levanté a darle la mano para sellar la última ronda. Y en ese momento se bajó levemente el sujetador, dejándolo todo a la vista durante tres segundos eternos, mientras con la otra mano me agarraba la trompa y también la saludaba. Caí de lleno en su trampa. Seis a cinco. Me había ganado.
***
—Vamos a mi casa, tontorrón. Dame tu ropa —dijo, recogiéndola del sofá.
Salimos a la calle. El frío cortaba. Yo iba en tanga y zapatillas, nada más. Lucía se adelantó y abrió su casa.
—Si das una vuelta a la manzana entera tendrás recompensa —me retó desde el portal.
Ni me lo pensé. Apreté el paso. Eran las dos de la mañana, difícil que hubiera alguien por la calle, pero aun así el corazón me iba a mil. Hice la vuelta completa, sintiendo el aire helado en sitios donde nunca lo había sentido, y volví medio corriendo. Cuando llegué a mi puerta estaba cerrada. Lucía me dio mis llaves entre risas y me cambié: un bañador tipo bóxer y una camiseta vieja de baloncesto. Ahora sí, abierto.
De vuelta en su casa, me esperaban dos chupitos en la cocina, de los fuertes.
—Hay que bebérselos sin manos —explicó—. Del suelo y de la mesa.
—¿Terminas? —escuché desde el pasillo cuando acabé el segundo.
—Sí —dije.
—Ponte el bañador y ven a la ducha.
Acabamos los dos bajo el agua calentita, ella en bikini y yo en bóxer, riéndonos como críos. Qué gusto. Nos secamos, ella se fue a la habitación a por algo seco y yo me derrumbé en el sofá. Cogí dos cervezas y nos las tomamos tranquilamente.
Entonces me explicó otro juego, el de los chupitos. Eran ya las dos y media de la madrugada. Tres tiradas cada uno, empezando ella.
—Pecho —dijo—: el vaso apoyado en el pecho desnudo, y lo coges con la boca, sin manos. Luego tripa, y luego boca.
Se quitó la parte de arriba del bikini con una naturalidad que me dejó la garganta seca, se reclinó en el sofá y se colocó el primer chupito entre los pechos. Me incliné despacio, le rocé la piel con los labios y atrapé el vaso. Lo bebí mirándola a los ojos. No se reía. Ya no era un juego de risa.
—Te toca prepararme la tripa —murmuró.
Cumplí mi turno. Pecho, culo y muslos: ese era el reparto que me había tocado a mí, y lo fue cantando en voz baja mientras me colocaba cada vaso. Cuando llegó al último, el de los muslos, sus dedos se entretuvieron más de la cuenta en la cinta de mi bóxer. La cocina de las bromas y los pañales había quedado muy atrás.
—¿Sabes qué? —dijo con la voz distinta, sentándose a horcajadas sobre mí—. Bruno se ha perdido la mejor parte de la fiesta.
No contesté. La besé. Llevábamos toda la noche dando vueltas alrededor de ese beso, midiéndonos, picándonos, escondiéndonos detrás de las cartas y los chupitos. Cuando por fin ocurrió, fue como soltar algo que los dos habíamos estado conteniendo durante horas. Me clavó las uñas en la nuca y yo le subí la mano por la espalda mojada.
Lo que pasó después os lo dejo a la imaginación, porque hay cosas que un caballero no cuenta. Solo diré que el sol empezaba a colarse por la persiana cuando por fin nos quedamos quietos, agotados y muertos de risa otra vez, y que ninguno de los dos volvió a mencionar el maldito fútbol.