La sierva que ofreció su placer a la diosa
Naelys despertó en el planeta Vorell después de un viaje que la había arrancado a millones de kilómetros de todo lo que conocía. No era más que una joven traída desde un mundo lejano para servir en el templo de la diosa Issaria, y aun medio dormida sentía el peso de aquel destino sobre los hombros. Las siervas, como las llamaban, llegaban de los rincones más distantes del universo, y a cambio sus familias recibían una dote en korlith, un metal raro y costoso con el que podían pagar deudas, vivir con holgura e incluso costear la educación de otros hijos.
¿Por qué eran tan codiciadas estas muchachas? Porque servir a Issaria era servir a reyes y a guerreros, hombres que creían con fervor que beber del placer de una mujer los volvía más fuertes para vencer en la batalla. Los nobles se sentían bendecidos cuando podían saciarse de una doncella, pues era mandato de la diosa y a ella le dedicaban cada acto.
Esa mañana, Naelys se presentó ante las mujeres mayores que se encargaban de examinarlas. La hicieron desnudarse sobre una plataforma blanca, bajo una luz intensa que no dejaba ningún rincón en sombra, y le pidieron que girara despacio mientras revisaban cada centímetro de su cuerpo.
—Es hermosa —murmuró la nodriza más joven, deslizando los dedos por el surco entre sus nalgas firmes.
Todas asentían con aprobación. Aunque no era de las más altas que habían llegado, su metro setenta era puro músculo, fruto de años de buena alimentación y disciplina. La naturaleza le había regalado una piel clara y luminosa, unos pechos grandes y firmes, y unas caderas que invitaban a la mano.
Su cabellera oscura le caía hasta la cintura y contrastaba con la palidez de su piel. Sus ojos, de un tono más claro que el ámbar, brillaban expectantes. La habían entrenado toda la vida para servir a los guerreros, pero no podía evitar el nudo de nervios en el estómago. Quería honrar el nombre de su familia.
La nodriza de mayor rango entró en la sala de inspección. Se le notaba la autoridad en cada gesto, en el modo seco con que daba las órdenes.
—Y bien, ¿es digna de servir a la diosa?
—Lo es —respondieron al unísono las nodrizas menores.
—Ya veo. Eres muy hermosa, serás de las preferidas, te lo aseguro —dijo, dirigiéndose por primera vez a Naelys.
—Mi destino es servir, mi señora, y lo haré con devoción y placer —contestó ella, tal como le habían enseñado.
—Pues llévenla a las habitaciones. La probará un veterano. Será su primera ofrenda a la diosa.
—Por la gracia de nuestra señora —exclamaron de nuevo las nodrizas.
***
La bañaron en agua perfumada y la cubrieron con un aceite tibio de flores de lunaris, masajeándole los hombros, la espalda, la curva de las caderas hasta que la piel le quedó brillante y sensible al menor roce. Le pasaron una esponja entre los muslos con una lentitud deliberada, y Naelys tuvo que morderse el labio para no delatar el cosquilleo que le subía desde el vientre. La depilaron con cuidado y la vistieron con una túnica de seda tan fina que, más que cubrirla, dibujaba cada línea de su cuerpo bajo la tela.
Luego la condujeron a una habitación amplia, dominada por una cama enorme y por una extraña camilla muy alta, con una escalera lateral. La camilla se dividía en dos a la mitad, de modo que la sierva quedara con las piernas abiertas, ofreciendo su sexo a la altura exacta de la boca de quien la probara. El solo imaginarse allí tendida, expuesta ante un desconocido, le aceleró el pulso de un modo que no supo si era miedo o anticipación.
A los costados había dos postes metálicos con correas de cuero, para sujetarla y mantenerla quieta. Al fondo, un pequeño altar con una estatua de la diosa, apenas más alta que un brazo, dos velas blancas, dos copas doradas y una botella de vino bendecido para el ritual.
Era la primera vez que Naelys cumpliría aquella ceremonia. Le habían explicado la teoría mil veces, pero la realidad pesaba distinto. Se sentó al borde de la inmensa cama mientras la sirvienta cerraba la puerta, y durante unos minutos se quedó completamente sola. La habitación entera estaba pensada para el éxtasis: de eso no había duda. De pronto la puerta se abrió.
Un hombre entró y la observó fijamente unos segundos. Ella se levantó de inmediato y le ofreció una reverencia.
—Mi señor, mi nombre es Naelys de Veyra, y estoy aquí para servir a la diosa y darle el placer que desee.
El hombre se acercó y entonces pudo verlo en todo su esplendor. Era muy alto, de espalda ancha y músculos definidos por años de guerra. Llevaba el pelo cortado al ras y una barba perfecta enmarcando una boca carnosa. Sus ojos, de un azul clarísimo, casi gris, se clavaron en los de ella.
—Naelys. Bonito nombre —dijo con voz grave y pausada—. Quítate la túnica y acuéstate en el potro.
Así que potro llamaban a aquella camilla extraña, pensó ella.
Obedeció sin dudar. Sintió la mirada del hombre recorrerle la espalda y posarse en sus glúteos, casi como una caricia cálida, y para su propia sorpresa aquello la excitó. No lo esperaba.
—Sí, mi señor —dijo, acomodando las piernas en la posición exigida, abierta y expuesta.
El guerrero, que respondía al nombre de Draxen, ya se había despojado de sus ropas. Naelys contempló su cuerpo magnífico y, más abajo de la cintura, su sexo pesado, todavía en reposo pero amenazante. Él la miró a los ojos con un destello extraño y se acercó al potro. Le ató primero las piernas a los postes, luego las muñecas. Después le rozó los pezones con suavidad, y a continuación los apretó con más fuerza. A ella le gustó. Demasiado.
Naelys suspiró y cerró los ojos, dispuesta a concentrarse, a entregarle a la diosa su orgasmo en la boca del guerrero. Sintió unos dedos gruesos y firmes separándola, y luego un aliento cálido que precedió a la lengua. Draxen lamió sin remilgos sus labios mientras los abría con los dedos, buscando lo más hondo de su intimidad. Ella empezó a retorcerse contra la estrecha camilla.
Era un experto. Conocía el ritmo exacto, la presión justa, el momento de retroceder para dejarla a la espera y volver cuando ella menos lo aguantaba. Subió con la lengua hasta el clítoris y lo succionó mientras dos dedos se hundían en ella sin esfuerzo, porque ya estaba empapada. Cada vez que ella creía rozar el límite, él aflojaba y la dejaba suspendida, jadeando, tirando inútilmente de las correas que la mantenían abierta para su boca.
Naelys gimió, tímida al principio. Aquello era una delicia. ¿Cuánto más voy a poder resistir?
Sintió cómo él abría más la boca y la pegaba por completo a su sexo, succionando, lamiendo, mientras las manos le subían a los pechos para presionar y pellizcar los pezones, tan duros ya que cada roce le arrancaba un escalofrío. Se retorcía, y los gemidos se le habían vuelto gritos. Las nalgas se le despegaban del potro y empezaba a sentir los primeros espasmos. En ese instante Draxen arremetió: tres dedos gruesos llenándola de golpe mientras succionaba con fuerza el clítoris enrojecido. Ella no aguantó más. Naelys de Veyra estalló con un grito de placer absoluto, todos los músculos convulsionando en pleno éxtasis.
Él no dejó de chupar. Ahora era cuando debía beber el néctar de la sierva y tragárselo en nombre de la diosa. Sacó despacio los dedos del sexo que aún se contraía en oleadas y limpió con la lengua cada resto de humedad, tal como ordenaba el mandato divino.
Luego, con el rostro todavía brillante, le soltó las correas. Tambaleándose, Naelys lo siguió hasta el altar, donde encendieron las velas blancas en señal de que la ofrenda se había completado. Draxen llenó las copas, le entregó una y ambos bebieron el vino bendecido antes de inclinarse ante la estatua.
Naelys lo vio en su mirada: la deseaba. Y ella deseaba que la poseyera, porque ese era el siguiente paso del ritual. Con las piernas todavía temblorosas, se dirigió hacia la enorme cama para cumplir con su deber.
Pero eso ya es otro relato.