Seduje a mi vecino el día que vino a comer
Llevábamos semanas cruzándonos sin saber del otro más que el rellano que compartíamos. En el portal, en el ascensor, en la cola del supermercado de la esquina: una sonrisa rápida, un «buenos días» que siempre se quedaba corto, y cada uno a lo suyo. Ni siquiera sabía en qué puerta vivía hasta que una avería me obligó a averiguarlo.
Mi ordenador llevaba tres días encendiéndose y apagándose solo, sin motivo. Una compañera me había comentado que el chico del cuarto B entendía de informática, que tenía una pequeña tienda de reparaciones a un par de calles. Así que una tarde, armándome de valor, llamé a su timbre.
Abrió con una toalla anudada a la cintura, el pelo y el pecho todavía húmedos de la ducha. Los dos nos quedamos sin palabras durante un segundo demasiado largo.
—Perdona, te pillo en mal momento —dije, intentando no mirar más abajo de su cara y fracasando.
—Tranquila. Dime.
Le expliqué lo del ordenador. Él se llamaba Diego, me dijo, y no había problema en echarle un vistazo. Intercambiamos los números «por si acaso» y quedamos en hablar. No acordamos precio: ya lo veríamos según cómo quedara el arreglo. Me despidió con una sonrisa entre tierna y juguetona que me acompañó todo el camino de vuelta a mi puerta, a tres metros de la suya.
Esto se va a complicar, pensé. Y la idea, lejos de asustarme, me gustó.
***
Yo siempre he sido demasiado calenturienta, lo reconozco. Desde joven, la cabeza se me va por su cuenta y construye historias que ninguna persona sensata se atrevería a contar en voz alta. Y con Diego la imaginación no me daba tregua. Pasaron los días sin noticias del ordenador, y en lugar de impacientarme por la reparación, me impacientaba por volver a verlo.
El viernes por fin me escribió.
—Ya encontré el problema. Es una pieza interna, hay que cambiarla. Puedo conseguirla en mi tienda y dejártelo listo para el jueves.
—Perfecto, muchas gracias —respondí—. ¿Y el sábado nos vemos y hablamos de qué te debo?
—Quedamos así. El sábado te escribo 😉.
Bloqueé el teléfono con el corazón a mil. Aquel guiño era una puerta entreabierta, y yo llevaba semanas esperando precisamente eso. Me pasé el día entero dándole vueltas: en el trabajo, en el autobús, bajo el agua caliente de la ducha. Cuando salí, envuelta en la toalla, ya tenía decidido que no iba a dejar nada al azar.
Volví a coger el móvil.
—Hola otra vez. Perdona que insista. Pensaba que, si te apetece, podríamos quedar a comer y hablamos con calma de lo que te debo.
—Me parece genial. Tengo el día libre, aunque por la mañana hago unos recados y aprovecho para dejarte el ordenador listo. ¿Sobre las dos y media? Así nos conocemos un poco mejor.
—Hecho. Dime qué te apetece comer y lo preparo, que menos que invitarte.
Discutimos un rato sobre quién hacía de anfitrión. Gané yo, por supuesto. No pensaba renunciar a tenerlo en mi terreno.
***
El sábado me levanté temprano y bajé al mercado. Decidí hacer costillas al horno, patatas y una ensalada fresca; algo sencillo que me dejara tiempo para lo importante. Diego se encargaría de la bebida. Volví a casa, recogí, fregué, puse el horno a calentar y monté la mesa. Y entonces me dediqué a mí.
Tardé más en arreglarme que en cocinar. Quería estar cómoda pero, sobre todo, quería provocar. Opté por unas medias de rejilla, una falda corta de algodón, los pies descalzos con las uñas recién pintadas de rojo y la pedicura impecable. Arriba, un top blanco ajustado sin escote, de esos que no enseñan nada y lo insinúan todo, y una sudadera corta por encima para fingir inocencia mientras durase.
El último detalle lo dejé en el baño. Colgué de la percha, detrás de la puerta, un picardías rosa transparente con encajes, colocado justo donde la vista cae sin querer. Si Diego entraba allí, lo vería. Y yo quería que lo viera.
A las dos y media en punto sonó el timbre. Unos toques de colonia, un par de segundos de hacerme la interesante y abrí.
Dos besos. El roce de su mejilla, el olor de su perfume mezclado con su voz cuando me saludó, me prendió las mejillas de golpe. Me giré para que no lo notara y lo guié hasta el salón. Traía vino tinto, un par de refrescos, agua bien fría, aceitunas y unas patatas fritas. Lo dejó todo sobre la mesa con una naturalidad que me desarmó.
—Empezamos con una copa mientras se hace la carne, ¿te parece? —propuse.
Mientras yo iba a por los platos de los aperitivos, él me preguntó por el baño. Le señalé la segunda puerta junto a la cocina. Lo oí encender la luz, entrar, cerrar. Y desde la cocina, conteniendo la risa y la respiración, lo oí soltar un «joder» bajito que no estaba destinado a mis oídos pero que llegó perfectamente claro.
Vamos bien, pensé. Iba por el camino exacto que había trazado.
***
Cuando salió, los dos disimulamos. Nos sentamos uno frente al otro, las copas servidas, y empezamos a hablar. Teníamos la misma edad y, para mi sorpresa, muchas más cosas en común de las que esperaba: la misma música, las mismas series, el mismo sentido del humor un poco torcido. Pusimos una lista de canciones de fondo y brindamos.
—Por los vecinos que tardan tres días en saludarse de verdad —dijo, levantando la copa.
—Por eso —respondí, mirándolo por encima del borde del cristal.
La conversación fluía, pero debajo de ella crecía otra cosa, una tensión que se notaba en cada silencio un poco más largo de la cuenta. Empezaba a hacer calor, o eso me dije. Me quité la sudadera con un gesto perezoso y, al hacerlo, sentí su mirada caer sobre mis pezones, marcados con claridad bajo la tela blanca del top. Me levanté a comprobar la carne y, desde la cocina, lo pillé reacomodándose con disimulo el bulto del pantalón.
Sonreí para mis adentros. La carne estaba en su punto.
Comimos con un vídeo de música puesto a volumen bajo, para poder seguir hablando. En mitad de la comida, a Diego se le cayó la servilleta al suelo. No sabría decir si por torpeza o por estrategia, pero a mí me dio igual: cuando se agachó a recogerla, separé las piernas bajo la mesa lo justo, despacio, sin prisa. Tardó en aparecer de nuevo apenas un instante más de lo necesario. Lo suficiente para hacerme saber que había visto exactamente lo que yo quería que viera.
Se incorporó con las mejillas encendidas y los ojos brillantes, y ninguno de los dos dijo una palabra al respecto. No hacía falta.
***
Llegó el postre, unas natillas caseras, y con él unos chupitos que yo había comprado «por si surgía». Surgió. Las preguntas se fueron poniendo más atrevidas con cada copita, las respuestas más descaradas, y nuestras sillas, sin que recuerde haberlas movido, cada vez más cerca.
Hubo un silencio. De esos que no son vacíos sino todo lo contrario. Nuestras miradas se encontraron, su respiración estaba a un palmo de la mía, y no hizo falta decidir nada porque ya estaba decidido. Nos besamos. Un beso largo, hambriento, que arrastraba semanas de roces en el rellano y de fantasías guardadas.
Lo cogí de la mano y lo llevé hasta mi cuarto sin despegar los labios de los suyos. Lo empujé contra la pared, la ropa cayendo a tirones por el camino, mi falda, su camisa, todo amontonado en el suelo. Me arrodillé delante de él, sosteniéndole la mirada, y lo recorrí primero con la lengua, despacio, con besos y caricias que lo hicieron apoyar la cabeza en la pared. Después lo tomé entero en mi boca, hasta el fondo, hasta notar cómo palpitaba contra mi paladar y cómo se le tensaban los muslos.
—Ven aquí —jadeó, tirando de mí hacia arriba.
Me agarró de la cintura, me tiró sobre la cama y se hundió en mí de una sola vez. Lo sentí llenarme por completo, abrirme paso a paso mientras nos besábamos y nos frotábamos, y noté cómo me empapaba más a cada embestida, más excitada de lo que recordaba haber estado nunca.
Le pedí el turno con un empujón en el pecho. Me senté a horcajadas sobre él y empecé a moverme despacio, en círculos lentos con la cadera, recostada sobre su torso, agarrándome a mis propias nalgas para marcar el ritmo. Subía y bajaba solo con la pelvis, boca contra boca, los dos cuerpos pegados y resbaladizos.
Mi respiración se aceleró cuando bajó la mano y empezó a acariciarme el clítoris sin dejar de moverse dentro de mí. Cada vez más rápido, cada vez más hondo. Aguanté unos segundos, mordiéndome el labio, hasta que sentí que ya no podía más y me dejé ir. Me corrí sobre él con un gemido que no me molesté en contener, y él, al oírme, perdió también el control: explotó dentro de mí agarrándome fuerte contra su cuerpo, clavándome los dedos en la espalda.
Nos quedamos quietos, sudados, deshechos, con la respiración entrecortada y una risa floja que se nos escapó a los dos a la vez. El ordenador seguía estropeado sobre la mesa del salón, olvidado por completo. Ninguno de los dos había vuelto a mencionarlo.
—Deberíamos darnos una ducha —murmuró él contra mi cuello, todavía sin soltarme.
—Deberíamos —respondí.
Pero lo que pasó en esa ducha te lo cuento otro día.