El reloj que me convertía en mujer cada Halloween
La noche de Halloween caía sobre San Andrés del Valle como una sábana húmeda. Las calles empedradas se hundían bajo un cielo cargado, y el aire olía a cempasúchil, a incienso barato y a algo más viejo que el pueblo. Mateo Rivas arrastraba los pies hacia su edificio, encorvado, con la cabeza baja, como si pedirle permiso al suelo fuera lo único que sabía hacer.
Su vida cabía en un cuarto de paredes descascaradas. De día apilaba papeles en una oficina gris donde nadie recordaba su nombre; de noche bebía cerveza tibia frente a un espejo rajado. A los treinta y ocho años no había tocado a una mujer que de verdad lo deseara, no había sentido nunca que su cuerpo valiera algo. Para el mundo, Mateo era un hueco con forma de hombre.
—¿Y vos quién sos? —le preguntó a su reflejo, con la voz rota—. Nadie. Un despojo que no le importa a nadie.
Ni siquiera a mí.
Esa noche, frente a su puerta, encontró un paquete envuelto en terciopelo negro. Sin remitente, sin nota. Adentro había un reloj de bolsillo antiguo, con la esfera de obsidiana grabada de runas que parecían latir con un fulgor rojizo. Las agujas estaban detenidas en la medianoche. Cuando sus dedos rozaron la llave, un susurro grave y cálido le llenó la cabeza, como un aliento pegado a la nuca.
—Dale cuerda, mortal —dijo la voz—. Durante una semana, cada Halloween, serás mujer. Libre de gozar, libre de cobrar por tu cuerpo. Pero el placer se paga. En la última noche, las sombras vendrán a reclamar lo que tomaste.
—¿Una semana como mujer? —murmuró Mateo, temblando, el reloj quemándole apenas la palma—. No tengo nada que perder, carajo. Nada.
Le dio cuerda con frenesí. El tictac estalló como un segundo corazón. Las agujas giraron al revés y una niebla violácea inundó el cuarto, espesa, con olor a almizcle y a velas recién apagadas. Un calor brutal le recorrió la piel. Sintió los huesos reacomodarse sin dolor, la carne ablandarse y volver a apretarse en otro molde. Los hombros se le angostaron, las caderas se le abrieron, el pecho se le llenó hasta tensar la piel en dos curvas firmes. Lo que había entre sus piernas se retrajo y se volvió otra cosa, suave, tibia, latiendo con un pulso nuevo.
Cuando la niebla se disipó, frente al espejo rajado había una mujer. Pelo oscuro y largo, boca carnosa, ojos que por fin brillaban. Se llamaría Marina; el nombre le subió a los labios solo.
—¿Esta soy yo? —susurró, y la voz le salió grave y aterciopelada—. Dios mío. Soy hermosa.
***
Marina se quedó largo rato mirándose, recorriéndose con las manos como quien estrena una casa que no esperaba heredar. Tenía la mente de siempre, la curiosidad torpe de un hombre que nunca había tenido un cuerpo así de cerca, y ahora lo tenía entero, suyo, para entenderlo desde adentro.
Dejó caer la ropa raída al piso. Se tocó un pezón con la yema de un dedo y el roce le arrancó un escalofrío que le bajó hasta el vientre. No fue nada parecido a lo que conocía: era más lento, más ancho, una corriente que se ramificaba por toda la piel en vez de concentrarse en un solo punto.
—No puede ser que algo se sienta así —dijo, casi riendo, casi asustada.
Se tendió en la cama con las piernas abiertas y exploró sin apuro. Aprendió dónde estaba el centro de todo, cómo los círculos lentos encendían un calor distinto al de los rápidos, cómo el cuerpo entero respondía a la anticipación más que al apuro. El primer orgasmo la sorprendió de costado, sin aviso, una ola larga que la dejó temblando y con la respiración rota contra la almohada.
—Soy un genio con este cuerpo —jadeó, mirando el techo manchado—. Es como tener un instrumento que toca solo.
Pasó la noche descubriéndose. Cada rincón de esa piel nueva era un mapa sin marcar, y ella lo recorrió hasta que el amanecer la encontró agotada, hundida en las sábanas, con una sonrisa que Mateo nunca había podido sostener.
***
Despertó todavía mujer, el reloj inmóvil en la mano. No había sido un sueño. Buscó algo que ponerse y solo encontró una camiseta blanca de Mateo, tan fina que dejaba ver la sombra de sus pezones, y unos bóxers que se le ajustaban a las caderas. Se miró y se rio sola.
—Necesito ropa que esté a la altura de esto —dijo.
Salió a la calle bajo el sol del mediodía. Sentía cada paso, la tela rozándole la piel, las miradas de los hombres clavándose en ella como nunca se habían clavado en Mateo. Entró en una boutique y eligió un vestido negro de encaje con un escote que apenas la contenía. En el probador, frente al espejo, la sola idea de lo que ese vestido provocaría afuera le aceleró el pulso. Deslizó una mano bajo la falda y se acarició hasta que tuvo que morderse el labio para no gritar, el reflejo devolviéndole la imagen de una mujer al borde, hermosa y peligrosa.
—Este cuerpo me pide jugar todo el día —murmuró contra el cristal, antes de recomponerse, pagar y salir con las piernas todavía flojas.
***
Pero el placer no pagaba el alquiler, y Mateo seguía esperándola al otro lado de la semana, pobre como siempre. Marina hizo cuentas con la frialdad de su vieja cabeza de oficinista: tenía siete noches, un cuerpo que los hombres miraban como un milagro, y todo un año de miseria por delante. La idea de venderse le encendió el orgullo y, al mismo tiempo, le revolvió el estómago. Porque por dentro seguía siendo él, y la sola idea de un hombre encima le daba un asco viejo y terco.
—Si este cuerpo es un milagro, que me pague —se dijo frente al espejo, ajustándose el vestido—. Aunque tenga que apretar los dientes con cada uno.
Se paró en una esquina cerca de los bares, donde el neón parpadeaba y el aire olía a licor y a sudor. Vestida de encaje negro, apoyada contra un poste, no tuvo que esperar mucho. Un hombre de unos cuarenta, con la camisa abierta y aliento a tequila, se acercó con los ojos encendidos.
—¿Cuánto por una noche, reina? Sos un sueño.
—Doscientos —respondió ella, con una sonrisa que le costó—. Y rápido.
La llevó a un callejón. La empujó contra la pared y entró en ella con torpeza, embistiendo sin ritmo. El cuerpo de Marina respondía a su pesar, encendiéndose por su cuenta, pero su mente se mantenía aparte, contando los segundos, soportando el olor a alcohol y a cigarrillo. Cuando él terminó y le dejó los billetes arrugados en la mano, ella ya estaba calculando cuánto faltaba para llegar a lo que necesitaba.
—Tu cuerpo no me da asco —le dijo entre dientes, guardando el dinero—. Vos sí. Andate.
Cada noche se repitió el patrón. Hombres de todas las edades, alientos rancios, manos apuradas. El cuerpo de Marina gozaba como una máquina ajena a su voluntad, y esa traición íntima era lo peor: terminar temblando de placer encima de alguien al que despreciaba. Pero la bolsa de billetes crecía, y eso era lo único que de verdad la mantenía en la esquina.
—Cada uno es un infierno —masculló al final de la sexta noche, contando el fajo bajo una farola—. Pero esta plata es mi vida entera. Un día más.
***
La séptima noche, el aire cambió. El neón se puso enfermizo, las sombras del callejón se espesaron hasta tener bordes, y el reloj en el bolsillo de Marina empezó a latir con un tictac lento y hambriento. Las runas de la esfera ardieron rojas como brasas. La voz que volvió no era el susurro cálido del principio; era un rugido que subía desde algún pozo sin fondo.
—El placer que tomaste tiene un precio, mortal —tronó—. Tus orgasmos son nuestros. El tictac viene a cobrar.
—No —dijo Marina, apretando el reloj contra el pecho, la bolsa de dinero pegada al cuerpo—. El cuerpo es mío. El placer me lo gané.
Las sombras se desprendieron de las paredes y tomaron forma: siluetas altas, de contornos rotos, hechas de humo y de algo más antiguo que la noche. La rodearon sin tocarla todavía, y el frío que despedían le caló los huesos. Marina retrocedió hasta que la pared le cerró el paso.
—Te dimos el cuerpo —crujió la primera—. Ahora devolvés lo que sentiste.
Lo que vino después Mateo nunca lograría contarlo del todo. Las sombras se cerraron sobre Marina como una marea y le arrancaron, una a una, todas las olas de placer que había acumulado en la semana, vaciándola desde adentro hasta dejarla hueca y temblando. Sintió que la piel que el reloj le había regalado se deshacía, que el cuerpo prestado volvía a ser arcilla en manos que no eran suyas. Hubo dolor, hubo un grito que se le quedó atascado, y hubo, sobre todo, el vértigo de perder algo que por fin había sentido propio. La niebla violácea volvió, esta vez helada, y se la tragó entera.
—¡Tomen su maldito placer, pero déjenme el dinero! —alcanzó a sollozar antes de que todo se apagara.
***
Mateo despertó en el callejón al amanecer, hombre otra vez, el cuerpo dolorido como si lo hubieran corrido a golpes por dentro. El reloj seguía inmóvil en su mano. A su lado, intacta, la bolsa de billetes. Se quedó sentado contra la pared sucia, llorando sin entender si lloraba de alivio, de horror o de la nostalgia absurda de un cuerpo que ya no tenía.
—Devuélvanme eso —murmuró, mirando la esfera negra—. Devuélvanme lo que sentí. Al menos… al menos tengo la plata.
Con ese dinero cambió su vida. Dejó el cuarto descascarado, alquiló un departamento luminoso en el centro, compró ropa, un auto, después un pequeño negocio que prosperó. Por fuera, Mateo se volvió un hombre próspero al que el pueblo empezó a saludar. Por dentro seguía contando los días que faltaban para el próximo Halloween.
Porque el reloj no soltaba. Cada año, en la misma noche, la niebla violácea volvía y él se convertía en Marina por una semana. Y cada año aprendió a aprovecharla mejor: clientes ricos, bares de lujo, tarifas altas negociadas con la sangre fría de su vieja cabeza. El asco no se iba, pero tampoco se iba la plata, y entre las dos cosas siempre ganaba la plata. Hasta que llegaba la séptima noche y las sombras volvían a cobrar, vaciándola de todo lo que había gozado, arrastrándola de vuelta a la carne cansada de Mateo.
Los vecinos murmuraban sobre «la mujer maldita» que aparecía cada Halloween, seducía a los hombres más caros del pueblo y desaparecía antes del amanecer. Nadie la relacionaba con el empresario callado del centro. Mateo envejeció rico y solo, atrapado en un ciclo que ningún dinero podía romper.
En su lecho de muerte, rodeado de lujos comprados con el cuerpo de Marina, el reloj vibró una última vez sobre la mesa de luz. Las runas brillaron, y Mateo entendió que el contrato no terminaba con la vida.
—Solo quería sentir algo —susurró, con el último aliento—. Solo quería que mi cuerpo valiera. Y mirá el precio… mirá el precio que sigo pagando.