Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La sesión de fotos que cumplió mi mayor fantasía

Damián se había marchado antes del amanecer, como casi siempre, dejando en mi piel el rastro de sus manos y en la casa un silencio que yo todavía no sabía habitar. Me quedé tendida en la cama un largo rato, mirando el techo, repasando a la mujer en la que me había convertido en apenas unas semanas. Un año atrás, yo era la madre tranquila que cocinaba, doblaba la ropa y esperaba sin esperar a un marido que ganaba dinero al otro lado del mundo. Ahora era otra cosa, algo que ni yo misma terminaba de reconocer en el espejo.

Bajé a la cocina con una bata corta y puse el café. Escuché los pasos de mi hijo en la escalera y enderecé la espalda por puro instinto.

—Buenos días, mamá —dijo Tomás, todavía con el pelo revuelto del sueño.

—Buenos días, mi amor. Siéntate, que ya casi está el desayuno.

Le serví y me senté frente a él. Tomás tenía veinte años y, esa mañana, la mirada demasiado despierta para mi gusto. Desde que había empezado la universidad apenas coincidíamos, y sin embargo esa distancia no me tranquilizaba: a veces sentía que intuía más de lo que decía.

—Anoche llegaste tarde —comentó, sirviéndose jugo sin mirarme.

—Cosas del trabajo nuevo —mentí—. Ya sabes cómo son los comienzos.

No sabía absolutamente nada de mi trabajo nuevo, y yo prefería que siguiera así.

Terminó su café, se colgó la mochila al hombro y se despidió con un beso rápido en mi mejilla. Cuando la puerta se cerró, respiré hondo y por fin me sentí dueña de la casa y de la mañana.

Abrí la laptop sobre la mesa de la cocina y entré al portal para adultos en el que llevaba días pensando. Me registré despacio, leyendo cada cláusula como si firmara un pacto. Posaría desnuda, ofrecería algún contenido a la carta y cobraría caro por él, pero no mostraría la cara. Si alguien quiere ver el rostro de la mujer que hay detrás, que pague el doble. Con esa idea armé el paquete más exclusivo y sonreí sola.

Para empezar necesitaba fotografías buenas, y para eso necesitaba un fotógrafo en quien confiar. Rastreé las redes hasta que un perfil me detuvo en seco: retratos de modelos de todos los estilos, desde lo más recatado hasta lo más provocador, firmados con un seudónimo, Nocturno. Escribí al correo que aparecía allí, me presenté como Orquídea, sin dar mi nombre real, y adjunté una foto frente al espejo en conjunto de encaje negro. Mandé el mensaje y cerré la laptop antes de arrepentirme.

***

Para no quedarme rumiando, me fui al gimnasio. Me puse un short mínimo y una camiseta corta que dejaba el ombligo al aire, me hice una selfie y se la envié a Damián con un «Te extraño». No respondió. Damián castigaba con el silencio cuando algo no le había gustado, y yo empezaba a aprender las reglas de ese juego.

Hice mi rutina sintiendo las miradas de los hombres recorrerme sin disimulo y los cuchicheos de las mujeres a mi alrededor. El cuerpo sudoroso, la respiración agitada, y por primera vez en mi vida nada de eso me incomodaba. Al contrario: me sentía intocable, como si bastara un chasquido de mis dedos para que cualquiera de ellos hiciera lo que yo quisiera.

—Mira nada más… si es Mariela —dijo una voz conocida a mi espalda.

Me giré y le sonreí más por cortesía que por gusto. Patricia había trabajado conmigo en la oficina; tenía mi edad, el cabello negro y largo, y unos ojos de gata que ahora me recorrían de arriba abajo.

—Me llegó la noticia de tu renuncia —siguió, bebiendo de su botella—. Si yo tuviera un marido ganando una fortuna afuera, habría hecho lo mismo.

—Aunque no lo creas, no me gusta vivir de nadie —respondí.

—En eso pensamos igual. ¿Y conseguiste algo mejor?

Me mordí el labio, midiendo cuánto contar.

—Estoy montando mi propio negocio. Diseño de ropa para modelos.

Patricia asintió, un poco decepcionada, como si esperara un escándalo y se topara con la misma mujer recatada de siempre. Se despidió con un gesto y se alejó contoneándose, robándose las miradas que un minuto antes habían sido mías. No me extrañaría encontrarte un día en el mismo portal que yo. Con esa idea me fui a las duchas.

Al revisar el teléfono en el casillero, tenía un correo nuevo. Era de él. Se presentaba como Darío, fotógrafo profesional especializado en desnudo artístico, y me dejaba su número para coordinar una cita. Lo llamé apenas salí del gimnasio, todavía con el pelo húmedo, y una voz grave y serena me contestó del otro lado.

—¿Podrías hoy mismo? —pregunté, sorprendida de mi propia urgencia.

—Hoy mismo. Te paso la ubicación de un café cerca de mi estudio. Conversamos y, si te animas, conoces el lugar.

***

Llegué a la cafetería sin saber a quién buscar. Lo descubrí al fondo y se me cortó la respiración. Conocía esa cara, ese cuerpo enorme, esos hombros que parecían no caber en la silla. Era el hombre que había visto aquella noche en el club al que Damián me llevó, semanas atrás. Él levantó la mano apenas me reconoció, y yo crucé el salón intentando que las piernas no me temblaran.

—Mariela… así que ese es tu nombre real —dijo, con una sonrisa que era pura calma.

—No imaginé que fueras tú —admití, sentándome enfrente.

—La vida tiene esos detalles. A unos los deja sin palabras; a otros, con una sonrisa.

Pedí un café americano para tener algo entre las manos. Él hablaba sin prisa, con una seguridad que no necesitaba alzar la voz. Yo había pensado en darme media vuelta y huir, pero algo más fuerte que el pudor me mantenía clavada en la silla. Damián me ignoraba, y yo necesitaba fuego en la piel.

—Busco un fotógrafo, no un amante —solté, retándolo—. ¿Te conformas con verme desnuda posando para ti?

—¿Y tú? —respondió, mirándome por encima de la taza.

No supe qué contestar. Terminé el café de un trago, como si me diera el valor que me faltaba.

—Mi estudio está a la vuelta —dijo, dejando el pago sobre la mesa—. Hacemos una prueba. Si te gusta cómo trabajo, tenemos un trato. Y si no, al menos te habré visto una vez.

Me puse de pie antes de pensarlo. Mandé un mensaje a Tomás —«Compra algo para cenar, hoy trabajo hasta tarde»— y lo seguí a la calle. De pie, Darío me sacaba más de una cabeza; su figura oscura y maciza hacía que la mía, blanca y delgada, pareciera de cristal a su lado.

***

La recepción del estudio era sobria: paredes negras, retratos de modelos colgados, algunos con un código en una esquina que, según me explicó, llevaba directo a sus perfiles. Cerró la puerta con llave y entornó las persianas. Me condujo por un pasillo de varias puertas hasta una sala amplia, con focos de colores, una barra cargada de ropa y una enorme cama de sábanas blancas frente a un espejo que la reflejaba entera.

—Interesante —murmuré, dejando mi bolso sobre el tocador.

Eligió de la barra un conjunto de encaje negro, medias y una chaqueta de cuero, y me lo tendió.

—Pruébatelo. Si te queda como imagino, empezamos con eso.

Me cambié detrás de un biombo, dentro de la misma sala. El sostén apenas contenía mis pechos, la tanga se ajustaba entre las nalgas y las medias se estiraban por mis piernas. Sabía que él veía mi silueta recortada contra la tela, y eso me encendía más que cualquier caricia. Salí despacio, con la chaqueta abierta.

—Hermosa —dijo, sin teatro, levantando la cámara—. Hoy es tu día de suerte.

Subí a la cama. Su voz me guiaba: cómo girar la cadera, dónde apoyar la mano, cómo deslizar un tirante por el hombro. Posé tímida al principio, pero la timidez se fue con cada disparo. Dejé caer el sostén sosteniéndolo apenas con un dedo entre los pechos, y cuando sonó el clic lo solté del todo y me puse en cuatro, mirándolo a los ojos. Lo oí tragar saliva.

—¿Así está bien? —pregunté, con una voz que no reconocí como mía.

La tanga cayó después. Me senté con las piernas abiertas, la espalda arqueada, el cabello cubriéndome media cara, y noté cómo el bulto crecía bajo su pantalón hasta marcarse contra la tela. Deslicé un dedo entre mis piernas, lo subí brillante y lo lamí sin apartar la mirada.

—Parece que no estás muy cómodo —dije, señalando su pantalón.

Dejó la cámara en el tocador y se acercó. Se quitó la camiseta y descubrió un torso enorme, oscuro y trabajado que me arrancó un jadeo.

—¿Me ayudas con esto? No quisiera lastimarme —bromeó.

Le abrí el pantalón y lo bajé sin soltarle la mirada. Cuando cayó, por fin vi su sexo, grueso y duro, más grande que cualquiera que hubiera tenido. Lo rodeé con la mano, que apenas lo abarcaba, y empecé a acariciarlo de arriba abajo.

—El mejor que he visto —murmuré, y bajé a probarlo.

Lo lamí primero en la punta, despacio, saboreando. Después lo metí en la boca tanto como pude, ayudándome con saliva, esforzándome por abarcar más de lo que cabía. Él me sostuvo la cabeza y marcó el ritmo, y yo lo dejé hacer, con los ojos llorosos y la respiración entrecortada, gimiendo de un placer que me sorprendía a mí misma.

—Eres paciente… me encanta —jadeó.

Me apartó antes de perder el control y me besó con una intensidad que me dobló las rodillas. Me empujó sobre la cama y se colocó entre mis piernas. Frotó su sexo contra el mío, abriéndome despacio, rozando justo donde yo estaba más sensible. Cada roce me arrancaba un gemido más alto.

—Métela, por favor —supliqué, aferrada a las sábanas—. Te lo ruego.

—No te oí. ¿Qué dijiste? —susurró en mi oído, sin dejar de torturarme con la punta.

—Que me la metas ya —grité.

Entró despacio, disfrutando cada centímetro, hasta el fondo, y se quedó quieto para que yo sintiera cómo latía dentro de mí. Apenas empezó a moverse, una corriente eléctrica me recorrió entera y me derrumbé en un primer orgasmo que no esperaba tan pronto.

—Qué sensible eres —dijo, triunfal, y empezó a embestirme de verdad.

Salía casi entero y volvía a hundirse de golpe, marcando un punto exacto que me nublaba la cabeza. La sala se llenó de mis gritos, del choque de la piel contra la piel, de sonidos que escapaban por la ventana entreabierta. Le clavé las uñas en la espalda y le enredé las piernas en la cintura mientras él me mordía el cuello.

Después me hizo girar. Se sentó en la cama, frente al espejo, y yo me subí encima dándole la espalda, con los pies apoyados en sus rodillas. Froté mi clítoris contra su dureza hasta que no aguanté más y me dejé caer sobre él, temblando, sintiéndolo llenarme por completo. En el reflejo nos miramos: su cuerpo oscuro sosteniendo el mío, sus manos enormes apretándome los pechos.

—Esto es apenas el comienzo —me susurró al oído, y empezó a guiarme arriba y abajo, cada vez más rápido.

Me corrí dos veces más antes de sentirlo tensarse, y cuando por fin acabó me sostuvo contra su pecho hasta que las dos respiraciones se calmaron. Me derrumbé sobre las sábanas revueltas, agotada y satisfecha como pocas veces en mi vida.

***

Me vestí en silencio mientras él revisaba las fotos en la cámara. Eran buenas. Eran perfectas. Teníamos un trato, y los dos lo sabíamos sin necesidad de decirlo.

—Orquídea va a dar que hablar —dijo, acompañándome a la puerta.

Salí a la calle con las piernas todavía flojas y el teléfono vibrando. Era un mensaje de Damián, por fin: «¿Dónde andas?». Lo guardé sin contestar. Que esperara, por una vez. Pensé en Tomás, que a esa hora estaría poniendo la mesa para una cena que yo no había cocinado, y en la mujer nueva que volvía a casa con un secreto más bajo el brazo. Ya no me asustaba. Por primera vez, el deseo no mandaba sobre mí: era yo quien mandaba sobre él.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios (5)

ViajeraDeNoche

Dios mio que relato!!! me tuvo enganchada hasta la ultima línea, no pude parar

ManuelQ_BA

Por favor una segunda parte!! quedé con ganas de saber como siguió todo jeje

GabrielMdz

Me recordó a una situación parecida que viví hace años. Esas coincidencias que parecen destino... lo describiste perfecto. Excelente trabajo

Nati_cba

Que bien escrito, se siente real sin ser forzado. Tenés más historias así?

TorresKira

Se me hizo cortisimo jajaja queria mas! muy bueno igual

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.