Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La mujer que me sedujo bajo la luz de la luna

Todavía no consigo sacarme a Selene de la cabeza. Su recuerdo me persigue, y cada mañana estoy seguro de que las ganas terminarán por vencerme y volveré corriendo a buscarla.

Todo empezó hace un año, a finales de octubre, cuando regresé al pueblo donde crecí. Desde la ventanilla del autobús vi cómo esos campos extensos y apagados se iban convirtiendo en una ciudad pequeña y fría. Probablemente ya no existirían las callejuelas en las que me escabullí con mis primeras parejas, y quizá hasta hubieran derribado la casa donde viví de niño. Traté de no ponerme nostálgico: iba a la universidad a dar una conferencia, ese era el plan, e intentaría reencontrarme con alguna amistad perdida, entre las redes o caminando de bar en bar. Si encontraba soltera a alguna de mis viejas novias, podría considerar quedarme unos días más, hospedado en el hotel y masticando mis recuerdos.

Cuando bajé del autobús y estaba por tomar un taxi hacia el alojamiento, se me acercó corriendo un viejo vagabundo. Le faltaban dos dientes, llevaba el pelo canoso enmarañado y la piel cubierta por lo que parecía una costra de suciedad de años.

—¡Cuídate de la mujer del cornudo! —me gritó. Entonces reconocí su voz.

—¡Rosendo Aguirre! —le dije, forzando una alegría que más bien era lástima—. ¿Se acuerda de mí? Soy Esteban.

Rosendo apenas pasaba de los treinta cuando me marché; ahora, pese a lo envejecido que se veía, debía rondar los cuarenta. Cuando lo conocí era un guitarrista sin trabajo, gracioso como pocos, que andaba de plaza en plaza cantando coplas, conquistando incautas y embaucando turistas. Los estudiantes sentíamos por él una mezcla de camaradería y envidia. Era triste ver cómo había terminado.

—¡Cuídate de la mujer del cornudo, de la patas de cabra! ¡Cuídate de las malditas brujas, porque saben muy bien lo que andas buscando!

Ay, mi pueblo, pensé. ¿Cuántas historias había escuchado de niño sobre mujeres adúlteras que dejaban borrachos a sus maridos, salían volando por la ventana convertidas en bolas de fuego y se iban a cazar hombres calenturientos? Le dejé unas monedas en un saquito que colgaba de su cuello y subí al taxi.

Antes de ir a la universidad me bañé, tratando de quitarme las señales del viaje. Frente al espejo me pareció que las primeras canas de la barba me daban cierta autoridad, y la autoridad nunca está de más para una conferencia. Ya en la sala de piedra, tosca y reverberante, hablé de mi tema ante una veintena de personas más o menos interesadas. Una mano arriba, luego otra: un chico preguntó algo sobre mis investigaciones, una profesora mayor se demoró agradeciendo.

Y al fin la tercera mano. Era una chica de la primera fila, de unos veinticinco años. Tenía la piel perlada y pecosa. Unas gafas grandes se sostenían sobre una nariz delgada que terminaba en una bolita encantadora; detrás de los cristales, unos ojos rasgados y soñolientos. Hablaba con toda la calma del mundo, desde unos labios estrechos y sonrosados. El cabello castaño le caía por las clavículas y se curvaba un dedo por encima del nacimiento de los pechos. Llevaba una blusa corta color vino, de cuello con encaje, y el escote dejaba ver la línea apretada entre dos pechos turgentes que contrastaban con su espalda breve y delicada.

Me hizo tres preguntas seguidas, cortas y afiladas, de esas que le hacen creer a uno que su trabajo tiene sentido. Las contesté con el interés de quien acaba de encontrar a un colega. Le clavé la mirada en los ojos, en buena parte porque cualquier descuido me habría llevado a mirarle el escote. Ella sonreía y me sostenía la mirada, retándome.

Cuando el moderador despidió al público, la chica se acercó a la mesa y siguió haciéndome preguntas, planteando problemas, meciendo entre los brazos una carpeta con la que, de paso, se cubría el pecho. Me señalaron que había que desalojar la sala. Le agradecí su interés con tono de despedida, pero ella se desentendió y me acompañó hasta la salida de la universidad. El aire frío y los tonos azules anunciaban las seis de la tarde. Se encendían los primeros faroles: la noche en mi pueblo no se parece a ninguna otra que conozca.

—Ay, y usted seguramente tiene cosas más importantes que hacer —dijo ella.

—Esta investigación es mi vida —contesté con aplomo—. No tengo nada más importante.

—Qué diálogo más respetable y triste —se rió. Luego, un poco apenada, agregó—: Disculpe, no debí decir eso.

Me pareció un buen chiste y, tras desconcertarme un instante, también me reí.

—Quiero decir que no me quitas el tiempo —aclaré.

—¿Y le molestaría que se lo quitara un poco? —sonrió—. Creo que le gustaron mis preguntas, así que algo tendremos de qué hablar. Si quiere.

—¿Cómo te llamas? —pregunté, tratando de ganar tiempo. La verdad es que me intimidaba una mujer tan hermosa.

—Selene —dijo. Y como sonreí enseguida, me preguntó—: ¿Le hace gracia mi nombre?

—No, no… es que es un nombre que los antiguos usaban para la luna.

—Sí —asintió, y me guiñó un ojo—. No es usted el primero que intenta ligarme con eso.

Debí ponerme muy rojo, porque soltó una carcajada.

—Tranquilo, hombre, es broma. O no. La noche es joven y la luna está linda.

Ya no hizo falta que respondiera nada. Empezamos a caminar, conversando animados, y entramos a un bar estrecho y acogedor. Cuando nos trajeron dos vasitos de mezcal, le confesé:

—Yo viví en este pueblo, cuando todavía era un pueblo. Venía a este bar de joven.

—Eres joven —dijo Selene, como si hubiera dicho una tontería. Me alegró que empezara a tutearme.

En algún momento, cuando me levanté a pagar, me tomó del brazo a toda velocidad y me besó. Fue un beso largo y profundo, que duró hasta que nos pidieron que despejáramos el paso.

Al salir, el cielo negro de las ocho nos cayó encima. La luna brillaba con fuerza y se reflejaba en la piel perlada de Selene: en las mejillas, en los hombros, en la línea compacta del escote. Una multitud de estudiantes pasó entre los dos y la perdí de vista un momento. Cuando volvimos a encontrarnos, corrió hacia mí con pasitos rápidos y me tomó la mano.

—Si me sueltas, a lo mejor desaparezco —dijo entre risas.

—Los viernes en este lugar son justo como los recordaba —le dije, apretándole la mano con ternura—. Llenos de vida.

—Los viernes son buenos: dos por uno en casi todo, y mis compañeras de casa no están —me guiñó el ojo otra vez.

¿Han sentido alguna vez cómo la ternura se vuelve excitación de golpe, esa mezcla de alegría inesperada y un poco de culpa por ir ensuciando con deseo algo tan tenue? Desde ahí todo fue cuesta abajo.

***

Selene me contó que vivía con dos amigas, todas estudiantes de maestría, en una casita a las afueras, más en el campo que en la ciudad. Tomamos un transporte que nos dejó en mitad de la nada. Caminamos unos cinco minutos por la carretera hasta que ella se detuvo.

—¿Ya te arrepentiste?

Le dije que no, claro que no, pero miré alrededor: nada. Cerros a lo lejos, una pendiente debajo y el lecho de lo que alguna vez fue un río. A decir verdad, era inquietante. Nunca había estado ahí y a esas horas seguramente ya no había transporte de regreso.

—¿Por qué vives tan lejos? ¿No es peligroso? —pregunté.

—Ay, los de ciudad. Esto es cerca —dijo, y me sentí tonto por preguntar—. Además, vivir apartada tiene sus ventajas.

Me besó, y se me olvidaron todos los reparos. Se abrazó a mi cintura, presionando los pechos contra mí, y me besó hasta que estuve duro. Entonces llevó la mano a mi pantalón, reconoció la forma de mi miembro y empezó a acariciarlo de arriba abajo por encima de la tela.

—Me gusta el tamaño, pero seguro puede crecer más —dijo—. ¿Se te ocurre cómo?

Miró a ambos lados de la carretera, comprobando que no venía ningún coche. Después se llevó las manos a la espalda, se desabrochó el sostén por debajo de la blusa y caminó hasta los restos de una barda con un cartel político despintado. Apoyó la pierna derecha sobre unos ladrillos, abrió las piernas y me dijo:

—Ven. Préstame tu boca.

Me atrajo y guió mi mano bajo su falda. Al primer roce noté que no llevaba ropa interior. ¿Nunca la llevó o se la había quitado sin que yo lo viera? En la carretera aparecieron dos puntos luminosos acercándose y quise retirar la mano, asustado de que nos vieran.

—No —dijo Selene, devolviéndola a su sitio.

Cuando los faros del primer coche barrieron la oscuridad, le vi los pechos por primera vez en toda su belleza. Pesaban tibios sobre mis manos. Con el pulgar masajeaba uno de los pezones en círculos mientras besaba y lamía el otro; con la mano libre seguía acariciándola entre las piernas. Los coches pasaban uno cada dos minutos: aminoraban al entender lo que veían y luego aceleraban. Cuando los oía venir, Selene gemía. Cuando se alejaban, me miraba a los ojos, como intentando leer lo que yo pensaba.

—¿Te arrepentiste? —preguntó otra vez.

—Para nada. Eres increíble. No recordaba que las chicas de aquí fueran tan atrevidas.

—Si todavía no me has abierto bien —se burló, tomándome el miembro por encima del pantalón—. ¿Qué tal? ¿Me quieres aquí mismo?

—Sí —le supliqué.

—Qué bestia. No, no: mi casa está a dos minutos. Vas a tener que esperar.

***

La casa era un bloque verde de dos pisos. Una escalera de caracol trepaba por fuera como una enredadera hasta la planta alta.

—Abajo viven los que nos rentan —aclaró Selene.

Entró, anunció su llegada y no respondió nadie. Lo celebró lanzándome un beso con la palma de la mano. «La casa es nuestra», dijo. Los muebles eran de madera pesada; en la sala, un par de libros descansaban sobre el sillón y una caja de pizza cubría la mesa de centro. A su manera, parecía una vida acogedora.

En la sala se quitó la blusa, se sostuvo los pechos con las manos y me preguntó:

—¿Qué adjetivos te gustan para mis pechos?

—Enormes. Perfectos. De pezón rosado.

—Lindo diálogo —se rió, y se arrodilló frente a mí para abrirme el pantalón.

Me sacó el miembro, repartió la humedad por todo el glande y me miró a los ojos.

—¿No vas a decir nada?

Intenté responder algo ingenioso, pero me calló lamiéndome de abajo arriba. Luego se lo metió a la boca solo hasta la mitad y lo sacó, repitiendo el gesto varias veces.

—Eres un poco grande para más —dijo, tomando aire—. Hasta el fondo no es lo mío.

—Como quieras —le dije.

Entonces puso mi miembro entre sus pechos y empezó a masturbarme con ellos. Era algo que jamás había sentido. Los hacía rebotar a mi alrededor y, cada tanto, los cerraba por completo y los movía de arriba abajo. Cuando se cansaba, golpeaba el glande contra sus pezones, sin dejar de mirarme.

Pasado un rato me indicó que me recostara. Se sentó a horcajadas y me frotó con su sexo. Se echó sobre mi pecho, me besó, volvió a erguirse y tomó mi miembro apuntándolo hacia ella.

—Dime que lo meta —pidió.

—Por favor, mé… —no esperó a que terminara y se dejó caer de un solo movimiento.

A los dos pareció dolernos, así, tan rápido, pero estábamos demasiado encendidos para detenernos. Me apoyaba una mano en el pecho mientras yo veía sus pezones dibujar círculos en direcciones opuestas. Varias veces quise incorporarme para morderlos con cariño, pero ella no me dejó.

—Estoy cansada —dijo al rato, levantándose—. Vamos a mi cuarto, aquí vamos a hacer un desastre. Y arriba vas tú, ¿eh?

***

El cuarto de Selene estaba oscuro. Encendió a tientas seis velas de lavanda, de un púrpura profundo. Me preguntó si me gustaba el aroma y le dije que sí.

—Ahora te va a recordar a mí —dijo. Y tenía razón.

Yo ya estaba sin pantalones cuando ella se recostó, solo con la falda puesta. Apenas la distinguía por un rayo de luna que se colaba por la ventana y caía en la punta de su nariz y en la curva de sus pechos. Un reloj digital de números muy rojos marcaba las dos de la madrugada.

Me coloqué sobre ella, listo para seguir.

—Espera, antes tengo que preguntarte algo. ¿Te molestaría saber que estoy casada?

—¿Casada? ¿Por qué no me lo dijiste antes?

—¿Ya no me quieres? —puso una carita triste e infantil.

¿Qué estaba pasando? ¿Por qué una mujer casada viviría con dos amigas universitarias? Mientras lo pensaba, Selene trenzó las piernas detrás de mi espalda y se empujó contra mí. No pude resistirme y la penetré.

Apoyaba las manos a ambos lados de su cabeza y movía la cadera buscando entrar más hondo. Veía sus pechos rebotar al ritmo de mis embestidas o buscaba su mirada, pero ella tenía los ojos cerrados, concentrada.

Estuvimos así largo rato. Me extrañó no cansarme y miré el reloj: seguían las dos. Debía estar descompuesto. Entonces algo se movió a mi espalda; sonó como el tintineo de una hebilla. Me volví y reconocí una figura, una sombra casi. Cuando Selene notó que me iba a salir de ella para ver qué era, me apretó de nuevo contra su cuerpo.

—Tranquilo. Mírame —dijo, sujetándome la barbilla con firmeza—. Es mi marido. Solo quiere mirarnos.

Sentí que debía parar. No me gustaba el rumbo de aquello. Pero Selene era hermosa. La luna le daba de lleno en los pechos y mis embestidas los sacaban de la luz y volvían a iluminarlos. Su respiración se volvió pesada, casi un silbido, y empezó a gemir. Me sentí bien por estar satisfaciéndola y procuré ignorar lo demás.

—Ay, Esteban. Sí que eres joven… te sientes tan joven dentro de mí —dijo. El diálogo era extrañísimo, pero por alguna razón me excitó.

Desde entonces hice las penetraciones más lentas, más profundas, restregándome un poco para que sintiera el roce en el clítoris.

—Coges riquísimo. Deberías ser joven siempre, siempre, siempre. ¿Eso te gustaría? —repitió, sin que yo entendiera por qué decía algo así.

El marido se acercó y me puso la mano en el hombro. Un escalofrío me corrió por la espalda. Lo oía masturbarse detrás de mí, y de algún modo sentí que me pedía que siguiera, que la cogiera más rápido. Y yo, sin saber bien por qué, aceleré el ritmo y me agaché a besarle los pechos.

—Vamos, acábame. Acaba adentro. O no, mejor en mis pechos. Sé que te gustaron. Sal y acaba en mis pechos. ¿Eso te gustaría?

Selene repitió varias veces más «¿eso te gustaría?», como si quisiera convencerme. Yo estaba como en trance, incapaz de contestar, y ella parecía excitarse más con cada repetición.

Al fin tuvo un orgasmo, y en ese instante salí corriendo. Tiré la caja de pizza sin querer, abrí la puerta sin cerrarla y bajé a tropezones por la escalera de caracol. ¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué me había asustado tanto? Pensándolo con calma, Selene era la mujer más hermosa que había conocido. ¿No valía la pena?

Al alejarme volví la vista, temiendo que alguien me siguiera. Algo en la casa me pareció raro. Eché a correr en diagonal, queriendo ver el costado, desmentir lo que me decían los ojos. A cierta distancia miré de nuevo y se me cayó el corazón al estómago: de la casa solo quedaba la fachada y el cuadrado de los cimientos. Las paredes se habían derrumbado hacía años. La escalera de caracol por la que subí y bajé seguía en pie, pero no llevaba a ninguna parte.

Corrí durante horas de regreso, escapando entre la maleza y sobre la carretera, deseando con toda el alma que pasara un taxi. No pasó ni un solo coche. Llegué al hotel a las cinco de la mañana, sudando frío y jurando no volver jamás a ese lugar.

***

Intenté olvidar, pero ya no pude regresar a la ciudad. Pensar en Selene me ata a este pueblo. Busqué cualquier trabajo: dos, tres a la vez. Lo importante es no pensar. El dinero, por alguna razón, ya casi no me alcanza. En este año las canas se apoderaron por completo de mi barba. La espalda me duele casi siempre, y por las noches siento castañetear mis dientes.

No he vuelto a ver a Selene. Pero ayer se me heló la sangre cuando oí cantar a unos estudiantes:

A la bruja me encontré,

por el aire iba volando.

«¿Quién es usted?», me dijo;

«soy un cantador de huapango».

Me agarra la bruja,

me lleva al cerrito,

me vuelve maceta

y un calabacito…

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios (5)

NocheDeVerano22

tremendo relato!!! no pude parar de leer hasta el final

Valentina_Rj

Por favor la segunda parte, no puede terminar asi, quede con demasiadas ganas de saber que paso despues jaja

MaruSalta

lo que mas me gusto es la tension desde el primer parrafo. Eso de que si la soltabas iba a desaparecer... que imagen tan potente. Me atrapó de entrada.

LuisDeNoche

ese final no me lo esperaba, lo lei dos veces para asegurarme jaja. Muy bueno

KikoSantiago

bien escrito, se nota que sabes manejar los tiempos y la atmosfera. segui asi!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.