Mi mujer apareció en la oficina pasada la medianoche
El golpeteo de tu zapato contra el suelo era el único sonido que quedaba en la planta. A esas horas las oficinas estaban muertas, las luces de los pasillos apagadas, los demás escritorios cubiertos por esa penumbra azulada que entra desde la calle. Solo tu lámpara seguía encendida, y solo tú seguías ahí, hundido en la misma silla en la que llevabas casi doce horas.
El cuello te dolía de un modo sordo, constante. Te ardían los ojos de mirar la pantalla. Eran las horas extras de siempre, las que se habían vuelto costumbre durante las últimas semanas, y empezabas a odiarlas con una claridad nueva.
Pensaste en Daniela, en lo poco que la habías visto. Pensaste en tu hija, en que llevabas tres días sin darle un beso despierta. Demasiado sacrificio por un proyecto que nadie te iba a agradecer del todo.
Habían pasado semanas desde la última vez que la tocaste con calma, sin que uno de los dos cayera rendido a mitad de camino. El deseo seguía ahí, intacto, pero la rutina lo había ido sepultando bajo informes y reuniones interminables. A veces, en mitad de la jornada, te sorprendías recordando el peso de su cuerpo contra el tuyo y tenías que sacudir la cabeza para volver a la pantalla.
Tenías el teléfono en la mano, dispuesto a llamar y avisar que llegarías tarde otra vez, cuando oíste un ruido en el pasillo. Pasos lentos sobre la moqueta.
—¿Marta? ¿Eres tú? —llamaste a la recepcionista de planta, suponiendo que había vuelto por algo olvidado.
Nadie respondió. El pomo de la puerta giró despacio, y en el umbral apareció una silueta que conocías mejor que ninguna otra. La de tu mujer.
—¿Qué haces aquí? —te incorporaste de golpe—. Estaba a punto de llamarte. ¿Pasó algo?
—Nada, mi amor —dijo ella, y entró cerrando la puerta a su espalda con un clic suave—. Todo bien en casa. Solo que me sentía sola. Te echaba demasiado de menos.
Avanzó hacia ti con un andar que no tenía nada de casual. Lento, felino, calculado, como si hubiera ensayado cada paso en el ascensor.
—Y yo a ti —admitiste—. Perdóname por trabajar tanto últimamente. Te juro que esto se acaba pronto.
Le ofreciste tu regazo casi por inercia, como tantas noches en el sofá de casa. Daniela se acomodó sobre tus piernas, te pasó un brazo por la nuca y acercó su boca a la tuya. El beso fue largo, húmedo, de los que te dejan sin aire y sin argumentos. Olía a su perfume de siempre y a algo más, a una intención que reconocías y que te hizo sentir un tirón inmediato en la entrepierna.
—No te preocupes por la niña —susurró contra tu oído—. La dejé con mi hermana. Pensé que te vendría bien desestresarte un poco.
Mientras hablaba, su mano bajó por tu pecho, por tu abdomen, hasta posarse sobre tu pantalón. Te acarició por encima de la tela, despacio, sintiendo cómo crecías bajo sus dedos.
—¡Daniela! —le apartaste la mano de un manotazo nervioso—. ¿Estás loca? Hay cámaras.
—Por eso no te preocupes —sonrió sin moverse un centímetro—. Las desconecté antes de subir. Le dije al de seguridad que venía a traerte la cena. Y a estas horas no va a aparecer nadie.
Fue entonces cuando la miraste de verdad por primera vez. El abrigo que llevaba estaba medio desabrochado, y entre las solapas asomaba un corsé de lencería negra, ajustado, con cordones que le cruzaban el vientre. Ese que te volvía loco y que ella solo sacaba en ocasiones especiales.
Contuviste un gemido. Echaste una última mirada a la cámara de la esquina, rezando para que lo que fuera que hubiera hecho funcionara, sin tiempo ni ganas de comprobarlo.
Que se vaya todo al diablo, pensaste.
La levantaste de tu regazo y la sentaste sobre el borde de tu mesa, apartando el teclado y un par de carpetas de un empujón. Le terminaste de desabrochar el abrigo y lo dejaste caer por sus hombros. Debajo del corsé no llevaba nada más. Nada.
—Vine preparada —dijo ella, mordiéndose el labio.
El pubis lo tenía depilado, liso, perfecto, como a ti te gustaba. Le abriste las piernas con las dos manos y te arrodillaste frente a la mesa sin pensarlo dos veces. Hundiste la cara entre sus muslos y diste un primer lametón largo, de abajo arriba, saboreándola entera. Estaba mojada, y su sabor te golpeó con esa mezcla salada y tibia que conocías de memoria.
—Sí, así, joder —gimió, cerrando los dedos en tu pelo—. Lámelo entero.
Empezó a restregarse contra tu boca, marcando ella misma el ritmo, usándote para su placer. Te encantaba cuando hacía eso, cuando se olvidaba de todo y se dejaba ir como si nadie pudiera verla. Le castigaste el clítoris con la punta de la lengua, en círculos, despacio primero y más rápido después, hasta que sentiste que sus muslos empezaban a temblar a ambos lados de tu cara.
Tu polla estaba dura como una piedra, apretada contra la bragueta, pidiendo salir. Te incorporaste, te desabrochaste el pantalón y te lo bajaste lo justo. Daniela te miraba desde la mesa con los ojos brillantes, las piernas todavía abiertas, esperando.
La agarraste del pelo y le echaste la cabeza hacia atrás mientras la penetrabas de un solo golpe. Ella soltó un grito ronco que rebotó en las paredes vacías de la oficina.
—Despacio —jadeó, aunque sonrió al decirlo.
Pero no había despacio esa noche. Estaba caliente, chorreante, apretándose alrededor de ti como si le fuera la vida en cada embestida. La empujaste hasta tumbarla sobre la mesa y empezaste a moverte con urgencia, sin tregua, dejando que toda la tensión acumulada de las últimas semanas se descargara en cada golpe de cadera.
—Siénteme —le dijiste al oído, sin dejar de embestir—. Siente cuánto te deseo.
Ella te rodeó las caderas con las piernas y empezó a moverse contigo, buscándote, acompañando cada empujón. Le sacaste un pecho del corsé y le mordiste el pezón, y ese pequeño dolor le arrancó un gritito de sorpresa que se transformó enseguida en un gemido más profundo. Bajó una mano entre sus piernas y empezó a masturbarse el clítoris sin dejar de mirarte.
—Estoy cerca —avisó con la voz quebrada—. No pares, por favor.
No paraste. Aumentaste el ritmo hasta que la sentiste retorcerse debajo de ti, hasta que se arqueó sobre la madera y se corrió con un grito largo, de los que hacía tiempo que no le oías. La acallaste con la boca, besándola hondo, tragándote su orgasmo, su sudor, el temblor que todavía le recorría el cuerpo.
Te quedaste quieto un momento, dentro de ella, recuperando el aliento. La oficina entera olía a sexo, y de algún modo eso lo volvía todo más intenso, más prohibido.
—Por detrás —pidió ella entre jadeos, todavía con los ojos cerrados—. Quiero que me la metas por el culo.
—¿Estás segura?
Asintió, y ese gesto fue lo único que necesitaste. La bajaste de la mesa, la giraste de espaldas y la inclinaste sobre el borde, con las palmas apoyadas en la madera. Te afianzaste detrás de ella, le separaste las nalgas con los pulgares.
—Relájate —le pediste con un gruñido—. Déjame entrar.
Y ella lo hizo, respiró hondo y aflojó lo suficiente para que pudieras empezar a empujar. Pensaste que costaría, pero entre la lubricación que traías y sus ganas, entraste despacio hasta el fondo. Daniela contuvo la respiración, los dedos clavados en el borde de la mesa. Le diste unos segundos para que se acostumbrara, acariciándole la espalda, antes de sujetarle las caderas con firmeza y empezar a moverte.
—Así, no pares —gimió, empujando hacia atrás para recibirte.
El sonido de tu respiración entrecortada y el de los muebles crujiendo eran lo único que llenaba la planta. Embestías cada vez más fuerte, más profundo, sintiendo cómo se acercaba el final.
Cuando estabas a punto de explotar, ella se separó de pronto, te empujó hasta dejarte sentado de nuevo en la silla y se subió encima, dándote la espalda. Te cabalgó como una jinete desatada, con las manos apoyadas en tus rodillas, marcando un ritmo que te dejó sin defensas. No pudiste hacer otra cosa que agarrarle los pechos con las dos manos y dejarte ir, vaciándote dentro de ella con un gemido ahogado contra su nuca.
Os quedasteis los dos jadeando, ella desplomada contra tu pecho, tú con la cara hundida en su pelo. La silla crujió bajo el peso de ambos. Afuera, la ciudad seguía indiferente, ajena a lo que acababa de pasar en una oficina a oscuras del piso doce.
Daniela se levantó al fin, se giró y te besó largamente en los labios, sin prisa esta vez.
—Vístete —dijo, recogiendo el abrigo del suelo y echándoselo sobre los hombros—. Nos vamos a casa.
—Dame un minuto —respondiste, todavía sin aire, mirándola buscar sus cosas con una sonrisa idiota en la cara.
—Y si te portas bien en el coche —añadió, guiñándote un ojo desde la puerta—, igual hay un segundo asalto cuando lleguemos.
Apagaste la lámpara. Por primera vez en semanas, no te importó dejar el trabajo a medias.