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Relatos Ardientes

El reloj maldito que encendía mis fantasías

Aquella noche de Halloween, Valmorada parecía contener el aliento. Las nubes negras se arrastraban sobre los tejados y los relojes de la plaza se habían detenido a medianoche, como si el tiempo mismo temiera la oscuridad. Yo caminaba sola por las calles empedradas, mis tacones marcando un latido ansioso contra la piedra. Me llamo Renata, y desde que Tomás murió en aquel accidente, un año atrás, había dejado de fingir que era una mujer recatada.

El duelo me había vaciado y después me había llenado de otra cosa: un hambre que ningún hombre lograba saciar. Los vecinos me observaban de reojo y susurraban a mis espaldas. Algunos me llamaban «la viuda ardiente», y yo había aprendido a llevar el apodo como quien lleva una joya. No me avergonzaba mi deseo. Lo cultivaba.

Cuando volví a casa, encontré un paquete sobre la mesa. Estaba envuelto en terciopelo negro, sin nota, sin remitente, como si hubiera brotado de la nada. Lo abrí con dedos curiosos y dentro hallé un reloj de bolsillo antiguo, con la esfera de ébano grabada de runas que parecían respirar. Las agujas estaban clavadas en la medianoche.

Un cosquilleo me subió por la espalda. Antes de decidirlo, mis dedos ya rozaban la pequeña llave de cuerda. Entonces una voz grave, cálida como un aliento en la nuca, llenó la habitación.

—Dale cuerda, mortal —murmuró—, y sumérgete en el placer que tanto ansías.

Giré la llave. El tictac estalló como un corazón desbocado, las agujas corrieron en reversa y la habitación se deshizo en una niebla púrpura que olía a almizcle y a tierra fría.

***

Emergí en otra Valmorada, retorcida y silenciosa, iluminada por faroles de llama verde. Frente a mí se alzaba un mausoleo de piedra húmeda, y en su interior aguardaba alguien que reconocí enseguida. Era Tomás, o algo que tenía su forma, pálido y quieto, con la mirada vidriosa y una sonrisa que no era del todo suya.

—Mientras el reloj lata, estarás aquí conmigo —dijo con voz ronca—. Entrégate y te revelaré la verdad. Niégate, y quedarás atrapada para siempre.

No sentí miedo. Sentí calor. Mi cuerpo respondió antes que mi razón, el deseo encendiéndose entre mis muslos como una brasa. Me acerqué, dejé que el vestido negro resbalara por mis hombros y me arrodillé ante él. La piel se me erizó cuando sus manos frías me sujetaron la nuca.

—El reloj aviva tu lujuria sin fin —susurró mientras yo lo recibía en mi boca—, pero todo placer tiene un precio.

Apenas escuchaba. A nuestro alrededor, sombras de carne fría se movían en la penumbra, desconocidos sin nombre que me rodearon despacio. Unas manos me recorrieron la espalda, otras me separaron las rodillas. Me dejé caer sobre la piedra y los recibí a todos, una marea de cuerpos que me envolvía. Mi cuerpo se arqueaba con cada embate, los gemidos rebotando contra las paredes del mausoleo.

—Más —jadeé, sin reconocer mi propia voz—. Lo quiero todo.

El placer me sacudió en oleadas hasta que el tictac, de pronto, cesó. La cuerda se había agotado. El mausoleo se disolvió en un destello púrpura y la voz se desvaneció con una promesa.

—Volverás, mortal, cuando el reloj despierte.

Desperté en mi cama, el reloj inmóvil en la mesilla, el cuerpo tembloroso y la piel ardiendo con el eco de lo vivido. No quedaba rastro de nada, salvo el latido entre mis piernas y una sonrisa que no podía borrar. La promesa del precio, en lugar de asustarme, me encendía aún más.

***

El día siguiente fue un tormento delicioso. No podía pensar en otra cosa. Bajo el agua de la ducha me acaricié recordando la niebla púrpura, y por la noche, entre las sábanas, mis dedos volvieron a buscar lo que la realidad ya no me daba. Cada hora miraba el reloj sobre la mesilla, su esfera de ébano brillando como un ojo paciente que me esperaba.

A medianoche no pude resistirme. Giré la llave con manos temblorosas. El tictac estalló, las agujas retrocedieron y esta vez la niebla fue negra y densa como humo.

Aparecí en un páramo desolado, el suelo cubierto de cenizas y hierba seca, el aire cargado de un olor primal a tierra húmeda. De la penumbra surgieron formas musculosas de ojos encendidos como brasas, criaturas que respiraban con un gruñido ronco y se acercaban en círculo, husmeándome.

La más grande de todas avanzó, su aliento caliente rozándome el cuello.

—Entrégate, mortal —rugió—, o el reloj te atrapará para siempre.

El deseo volvió a doblegarme. Dejé caer la ropa sobre las cenizas y me ofrecí a ellas sin pudor. Aquellos cuerpos salvajes me poseyeron en el suelo del páramo, sus formas pesadas montándome una tras otra, sin descanso, mientras yo gritaba al cielo negro. El calor me consumía, cada embate más profundo que el anterior, el placer rozando el delirio.

—Que no pare nunca —supliqué, hundida en el frenesí.

Me corrí entre aullidos que no sabía si eran míos o suyos, el cuerpo entero convulsionando. Y entonces, como la primera vez, el tictac se detuvo. El páramo se borró en un destello, las bestias se esfumaron con un lamento, y la voz repitió su promesa antes de soltarme.

Desperté empapada en sudor, la piel hipersensible, el corazón latiendo con un anhelo voraz. Cada noche me llevaba más lejos, y cada mañana me dejaba más hambrienta.

***

Perdí la cuenta de los días, o quizá dejaron de importarme. Mi vida se redujo a esperar la medianoche. Caminaba por las calles de Valmorada con el cuerpo vibrando bajo el vestido, ajena a las miradas, ajena a todo lo que no fuera el reloj. Los recuerdos de las dimensiones perdidas eran más reales que el suelo que pisaba.

La tercera noche, la niebla fue plateada. Me encontré en una fábrica abandonada, entre engranajes colosales que giraban despacio y tuberías que goteaban un líquido brillante. Olía a metal y a lubricante, un aroma extrañamente excitante. De entre las sombras surgieron figuras de acero pulido, articuladas y precisas, con apéndices fríos que zumbaban al moverse.

—Entrégate, mortal —vibró una voz metálica—, o el reloj te atrapará para siempre.

Ya conocía la respuesta de mi cuerpo. Me desnudé bajo la luz azulada y dejé que aquellas máquinas me alzaran. Sus extremidades me recorrieron con una exactitud inhumana, vibrando y girando contra cada punto sensible, arrancándome temblores que no había sentido nunca. No había torpeza ni descanso, solo un placer calculado, mecánico, implacable, que me llevó al borde una y otra vez.

—Más fuerte —exigí, retorciéndome entre el acero.

El orgasmo me partió en dos, prolongado e interminable, hasta que el tictac volvió a callar. La fábrica se disolvió en un destello plateado y la promesa resonó de nuevo en mi oído.

Desperté en mi apartamento, el cuerpo zumbando como si aún lo recorriera una corriente. Sonreí en la oscuridad. Cada dimensión superaba a la anterior, y mi sed crecía con ellas.

***

La cuarta noche, la niebla se tornó verdosa. Aparecí en una caverna pulsante de paredes carnosas que supuraban una savia tibia, un lugar vivo que respiraba a mi alrededor. El aire era espeso, orgánico, húmedo. De las grietas brotaron formas amorfas cubiertas de apéndices flexibles que se deslizaban hacia mí con una lentitud hipnótica.

—Entrégate, mortal —siseó la criatura mayor—, o el reloj te atrapará para siempre.

Me rendí sin pelear, como siempre. Aquellos zarcillos vivos me envolvieron por completo, sujetándome en el aire, recorriéndome con ventosas que succionaban y acariciaban a la vez. No había forma de anticipar su ritmo: ondulaban, se enroscaban, me llenaban en un vaivén constante que me robó el aliento. Colgada en el centro de la caverna, me abandoné a ellos, mi cuerpo convertido en un solo nervio expuesto.

—Sí —gemí, sin fuerzas para nada más.

El placer se volvió insoportable, una marea que no cedía, hasta que el reloj, una vez más, enmudeció. La caverna se deshizo en un destello verde y las criaturas se desvanecieron con un siseo, dejándome la misma promesa de siempre.

Desperté temblando, la piel ardiendo, el anhelo más afilado que nunca. Cuatro mundos me habían poseído, y aun así no me bastaba. Quería más. Lo quería todo.

***

La quinta noche llegué a la medianoche con el pulso desbocado. Tomé el reloj, lo besé casi, y giré la llave con fervor. El tictac estalló en mi pecho, las agujas corrieron en reversa.

Pero la niebla no apareció.

La habitación permaneció inmóvil, fría, silenciosa. El tictac resonaba en el vacío, sin abrir ninguna puerta. Giré la llave de nuevo, y otra vez, y otra más, con desesperación creciente. La esfera de ébano seguía apagada, las runas inertes, el aire muerto a mi alrededor.

—¿Por qué no despiertas? —susurré, las manos temblándome—. Quiero volver. Quiero más.

El reloj no respondió. Comprendí entonces, demasiado tarde, cuál era el precio. No era el alma, ni la vida. Era esto: el deseo encendido para siempre y la puerta cerrada para siempre. La condena de arder sin posibilidad de saciarme.

Aquella noche transcurrió en un silencio cruel. Y la siguiente. Y todas las demás. Cada medianoche tomaba el reloj con la esperanza de un milagro, y cada medianoche el tictac sonaba hueco, un eco vacío en la penumbra de mi cuarto. Durante el día me consumía en mi propia obsesión, mis manos buscando entre mis piernas un placer que palidecía contra el recuerdo de las dimensiones perdidas. Ningún orgasmo se acercaba siquiera a aquellos.

Los vecinos seguían llamándome «la viuda ardiente» y susurraban sobre los gemidos que se filtraban por mis paredes, pero yo ya no los oía. Mi mundo se había reducido al reloj, a la llave, al tictac que jamás volvería a despertar.

Pasaron los años. Mi piel se llenó de arrugas, mis manos se volvieron lentas, pero la lujuria siguió ardiendo intacta, un fuego que la edad no logró apagar. Cada medianoche, hasta el final, mis dedos débiles giraban la llave. Los recuerdos del mausoleo, del páramo, de la fábrica y de la caverna se volvieron más vívidos que mi propia vejez, un bucle de éxtasis inalcanzable que me devoraba por dentro.

En mi lecho de muerte, postrada y frágil, mis manos arrugadas giraron la llave una última vez. El reloj seguía inmóvil en mi palma, mudo como siempre. Mi último aliento se escapó cargado de un anhelo que nunca se cumplió, y el tictac se apagó para siempre, dejando mi alma atrapada en un eco eterno de placeres perdidos. La esfera de ébano, testigo silencioso, fue lo último que vieron mis ojos.

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Comentarios (4)

NocheQuieta_07

tremendo!! me atrapó desde la primera línea y no pude soltar el celular hasta el final

Dario_cba

y despues que paso?? necesito la continuacion, me quede con ganas de mas

MartaZ76

me encanto la atmósfera que lograste, oscura y sensual al mismo tiempo. Sigue escribiendo asi!

MisterioFan77

ese reloj lo quiero yo jajaja, donde lo consigo

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